EL COMPLEJO CAMINO HACIA LA LIBERTAD

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Por estas horas el presidente Barack Obama camina por las calles de La Habana, Cuba, en una visita histórica. Su viaje ha estado precedido por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países y por una serie de conversaciones que apuntan a la eliminación del embargo hacia la isla como requisito ineludible para reponer las relaciones comerciales. La visita de Obama está cargada de simbolismos de una y otra parte.

El presidente estadounidense parece transitar el último año de su mandato con gestos para los libros de Historia. Del lado de los hermanos Castro, el primer gesto que ha marcado territorio ha sido la ausencia de Raúl en el recibimiento a Obama en el aeropuerto de La Habana. Su simbolismo ha programado también la visita del presidente venezolano Nicolás Maduro, precediendo el arribo de Obama, y un llamado al congreso del Partido Comunista de Cuba convocado para una fecha inmediatamente posterior a la salida de Obama de la isla.

Sin embargo, más allá de los símbolos, la realidad hace su propio camino. Y lo cierto es que detrás de la retórica política, hay hechos innegables que ninguna de las partes desconoce. Que Cuba no tiene futuro alguno no es ninguna novedad. Pero las fuertes señales de que tampoco tiene un presente explican en parte el aceleramiento del proceso de acercamiento que hemos visto en el último año y medio. Raúl Castro sabe que sin el levantamiento del embargo, y con una muy debilitada Venezuela, la supervivencia del pueblo cubano pende de un hilo delgado. Acepta la llegada de Obama –recibido como un héroe en tierras cubanas– a sabiendas de que comienza a transitar un sendero que le será muy difícil de desandar.

Por su lado, el presidente estadounidense recibe el apoyo de algunos y el rechazo visceral de otros. Tanto una parte de la oposición dentro de la isla, como la mayoría de la dirigencia cubana en el exilio, ven esta visita como una traición y una legitimación del régimen. Recordemos que Obama había prometido que “sólo iría a Cuba si veía avances en materia de derechos humanos”, lo cual no ha ocurrido. No obstante, me cuesta creer que para la ambiciosa necesidad de relevancia histórica que ostenta Obama, sea suficiente un mero viaje a la isla. Si algo hemos aprendido en estos casi ocho años en ejercicio de la presidencia es que Barack Obama cuando no puede hacer algo en forma directa, trabaja para que las cosas simplemente ocurran.

No es casual que la punta de lanza de las nuevas relaciones comerciales entre Estados Unidos y Cuba sean las empresas de tecnología en muchas de sus formas. Google ya ha negociado un acuerdo para ampliar el acceso de internet en la isla. Es una necesidad irrenunciable para una Cuba que agoniza. Aunque también es uno de los principales objetivos del presidente demócrata, que considera que una mayor penetración de internet le dará al pueblo cubano más información. Y un pueblo más informado y con acceso a la tecnología le permite tener más voz. El desarrollo de redes inalámbricas de banda ancha apunta a otro de los propósitos que persigue la Casa Blanca: el apoyo a los emprendedores independientes, lo que le dará un enorme impulso a un sector que ya emplea a una cuarta parte de la fuerza laboral cubana. Las comunicaciones son el combustible del motor de cualquier economía en desarrollo.

La comitiva que acompañó al presidente en La Habana parecería ser toda una declaración de intenciones. Daniel Schulman, presidente de PayPal, y Julie Hanna, directora de Kiva, una plataforma que permite ayudar con pequeñas donaciones a financiar solicitudes de préstamos para pequeños negocios o proyectos sociales. También viajó Brian Chesky, cofundador de Airbnb, uno de las primeros emprendimientos digitales que desembarcó en la isla.

Durante décadas el mundo occidental se ha preguntado qué pasaría en Cuba después de la muerte de Fidel Castro. Los vaticinios de un cambio radical e intempestivo han perdido toda posibilidad de materializarse. La Cuba que Fidel intentó mantener viva a costa de grandes sufrimientos en los tiempos que siguieron a la caída del muro de Berlín y a la desintegración de la URSS, ya no está. La evidencia de una sociedad cada vez más ajena a los valores de la revolución y el avance de una economía de mercado –aún parcial– y el nacimiento de nuevas élites, confirman esa muerte política. El régimen no ha muerto. Pero su acelerada transformación es un hecho irreversible. La multiplicación del trabajo por cuenta propia, la compra y venta de automóviles y casas, la liberalización del consumo, la apertura a la inversión extranjera y cierta flexibilidad migratoria son una prueba cabal de ello. Y es por todo esto que el viaje de Obama es esencialmente oportuno.

No hay dirigente mundial que haya visitado la isla en el pasado que despliegue mayores posibilidades de alentar un cambio que el presidente estadounidense. Llegó a la isla con el antecedente de haber impulsado cuatro grandes paquetes de medidas entre diciembre de 2014 y marzo de este 2016, tendientes a la eliminación del embargo. Además, Obama encarna ciertos atributos que la juventud de la isla valora después de 56 años de comunismo: el ascenso social y político de los afroestadounidenses, una gestión pública en beneficio de las mayorías, el ejercicio diplomático que prioriza la negociación de conflictos. Sin embargo, Obama es, más que todo, la prueba viviente de algo incompresible para muchos de esos chicos y chicas: un estadista joven que ganó legítimamente en elecciones democráticas y que, luego de ocho años de gobierno, se retira.

Queda todavía una enorme nube de incertidumbre respecto de la conducta de los Castro en un futuro cercano. Pero así como la realidad hace su camino en forma independiente, la biología también lo lleva a cabo. Es un hecho irrefutable que un nonagenario Partido Comunista de Cuba está más cerca de su fin, que de su hora de triunfo. El personalismo paga con la discontinuidad a los obsesivos de la perpetuidad.

Dadas las circunstancias por las que atraviesa el régimen cubano, queda flotando en el aire la firme sospecha de que ambas partes persiguen básicamente lo mismo. La discusión parece estar más concentrada en la cosmética del proceso. En la fisonomía final de un cambio, que a estas alturas se muestra irreversible. Si en las negociaciones por venir cada una de las partes logra disfrazar ese cambio como un triunfo sobre el otro, entonces lo que verdaderamente importa se habrá impuesto por sobre la tradicional miseria política.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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