CARTA DEL EDITOR: REENCUENTROS

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Sabemos que los reencuentros con los compañeros de la escuela, tanto de la primaria como de la secundaria, han fecundado y proliferado con la llegada a la vida cotidiana de las redes sociales. Son una excelente excusa que sirve para ponerse al día: observar en vivo y en directo a dónde nos ha llevado la vida. Los que eran pareja, podrán comprobar lo bien que han hecho en separarse. Los que eran maltratados, podrán comprobar que al fin y al cabo aquellos que los atacaban, ahora son tan comunes y corrientes como la electricidad. Hasta podemos sorprendernos de comprobar que aquellos que se jactaban de una rebeldía inaudita, ahora exhiben panzas despampanantes, una calvicie prominente y lo que es más incomprensible: están casados, lucen aburridos, el único tema de conversación que proponen está relacionado con sus hijos y no hacen gala de ningún atisbo que presuma que esa persona ponía en conflicto el mundo como lo conocíamos.

Sabemos también que para muchos estos reencuentros resisten el análisis, porque si con el paso del tiempo hemos elegido el silencio y la ausencia, el motor ha sido entonces no saber nada de esas personas con las que hemos compartido largas jornadas en instituciones escolares de todo talante. ¿Para qué nos vamos a tomar el tiempo de recuperar un tiempo perdido que por algo está perdido? Les produce un fastidio superior, a aquellos que rezongan con la sola posibilidad de reencontrarse con los viejos compañeros de escuela, remontarse en el tiempo, desenredar las distintas alternativas que los han encaminado por esa distancia insoluble. Es más, ¿por qué nos vamos a involucrar con gente por la que no nos hemos preocupado en seguir viendo?

Pero, aquí estamos, soy prisionero de un práctica a la que tantos otros no vemos con tanto recelo. Y que adoptamos sin tanta alharaca. Nos tiramos a la piscina con el morbo como la excitación que implica reanudar un vínculo que por lo pronto es puntual: tal día, a tal hora, en tal lugar, los antiguos estudiantes retomarán sus vidas donde las dejaron. Vendrán los comentarios sardónicos (“¡Estás igual!”), las desprolijidades propias de la memoria (“¿Quién eres tú?”), y un largo etcétera más que adecuado a una situación tan singular.

No es el entusiasmo que supone para un grupo de rock volver a rodar por los escenarios, con la consabida y no menos estimulante certidumbre de que la cuenta bancaria se agrandará. Este ingrediente, no hace falta ahondar, no es de la partida. En un punto, estos reencuentros traslucen el deseo de comprobar si el camino recorrido, esa iniciativa personal que nos ha depositado en el presente, ha sido el válido. Esto es una hipótesis. E imagino que fue lo que me llevó a ser parte del reencuentro, veinte años después, de la promoción 1986. Un dato no menor: somos todos ex alumnos de secundario de una escuela argentina salesiana que en ese momento era sólo de hombrecitos.

Entonces, no primó el estímulo voyeurista de cotejar si la chica impactante e inaccesible había envejecido con garbo. La testosterona se había coagulado en los pasillos del instituto, espacio que esa jornada nos abrió sus puertas a 60 marcianos que, en muchos de los casos, volvían a verse las caras desde aquellos días. Otro dato no menor: en ese noviembre de 2006 aún no era popular entre nosotros el uso de las redes sociales. Así que la convocatoria corrió por cuenta de un par de mis ex compañeros que se pusieron en campaña vía correo electrónico o llamados telefónicos con muchos meses de anticipación.

Si bien hubo una serie de ex colegas que no se sumaron a la cita, el éxito fue rotundo. Además, los organizadores se ocuparon de congregar a una gran parte de nuestros antiguos profesores. Lo que le dio todavía más color a esa extraña confluencia de eternos desconocidos. El escritor alemán W. G. Sebald había escrito: “Nuestra obligación es ser testigos aunque no sepamos exactamente de qué”. Así que ahí estaba yo, saludando a troche y moche a hombres que pisaban casi los 40 años, sacando a relucir cada uno la afinidad o el asombro que iba deparando la reunión.

En lo personal, más allá de la constatación de que había algo que nos arrinconaba a esa adolescencia, en las que los roles que habíamos jugado seguían gravitando ahora en el modo en acercarnos, cuando era claro que ya no éramos los mismos, fue estimulante dar con una serie de muchachos a los que por mi identidad un poco altanera y anarca de aquella época –“se empieza por querer ser diferente y se termina en el vértigo de no poder recuperar la semejanza”, escribió el escritor argentino Germán García– no pude valorar o aproximarme sin la barrera de los prejuicios sistémicos de la edad.

Por otro lado, uno de mis compañeros, al ponerlo al tanto de las derivas de mi vida, me sorprendió con un “Tú siempre hiciste lo que quisiste”. Podría escribir que me descolocó, que no supe qué contestar. Pero la verdad es que para eso estaba allí: para corroborar a través de la mirada de los otros –unos otros tan conocidos como desconocidos, tan cercanos como lejanos– que no había sido en vano el horizonte elegido. Que si estaba ahí, más allá del placer de ser parte de algo inédito, era porque buscaba revalidarme. Sentir que pese a que éramos muy diferentes todos los allí presentes, aún continuábamos padeciendo amorosamente la sed de ser. Algo, alguien. Unos, otros. Ya lo escribió el argentino Edgardo Cozarinsky: “Todos intentamos imponer alguna especie de forma a esa acumulación de desastres y pérdidas que otros llaman experiencia”.

Este año se celebran los 30 años de la graduación de mi promoción. Ya estoy recibiendo mensajes de si voy a sumarme al evento. ¿Compro pasaje?

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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