RADUAN NASSAR: UN VASO DE CÓLERA

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Con tan sólo tres libros publicados, Raduan Nassar es considerado como una de las máximas figuras de las letras brasileñas contemporáneas. Escritor de culto, eremita (jamás da entrevistas o asiste a actos públicos), Nassar es dueño de una prosa demoledora y precisa, que plasma los instantes con puntualidad e inteligencia. La luz, los objetos, la temperatura de los colores, la espesura del ambiente son delineados con una mirada incisiva, punzante y cautivadora. Un vaso de cólera, su segundo libro, narra dos días en la vida de una pareja que se encuentra sumida en un estado de crisis. Compartimos sus primeras páginas.

Texto: Raduan Nassar / Fotos: Gentileza Editorial Sexto Piso

La llegada

Y cuando llegué por la tarde a mi casa, allá en el 27, ella ya me esperaba dando vueltas en el jardín, vino a abrirme el portón para que yo entrase con el coche y, en cuanto salí de la cochera, subimos juntos la escalera hacia la terraza, y nada más entrar abrí las cortinas del centro y nos sentamos en las sillas de mimbre mirando hacia el lado opuesto y hacia arriba, por donde el sol se iba poniendo, y estábamos los dos en silencio cuando ella me preguntó: “¿Qué te pasa?”, pero yo, muy distraído, continué distante y tranquilo, el pensamiento abandonado en el enrojecimiento aquel del poniente, y fue únicamente por la insistencia en la pregunta que respondí: “¿Ya has cenado?”, y como ella respondió: “Más tarde”, yo entonces me levanté y fui sin prisas a la cocina (ella vino detrás), saqué un tomate del refrigerador, fui al fregadero y lo lavé, y después tomé el salero de la alacena y me senté enseguida allí a la mesa (ella desde el otro lado acompañaba cada uno de mis movimientos aunque yo displicente fingía que no me daba cuenta), y sin dejar de estar en su punto de mira empecé a comer el tomate, echando sal poco a poco a medida que lo iba comiendo, fingiendo un empeño exagerado en la mordida para mostrar mis dientes fuertes como los dientes de un caballo, sabiendo que sus ojos no se despegaban de mi boca, que por debajo de su silencio se retorcía de impaciencia, que tenía más ganas de mí cuanto más indiferente yo me mostrase, sólo sé que cuando acabé de comer el tomate la dejé allí en la cocina y fui a buscar la radio que estaba en el estante de la sala y sin volver a la cocina nos encontramos de nuevo en el pasillo, y sin decir una palabra entramos casi juntos a la penumbra del cuarto.

Parecíamos dos extraños siendo observados por alguien, y ese alguien éramos siempre ella y yo.

En la cama

Al principio, ya en el cuarto, parecíamos dos extraños siendo observados por alguien, y ese alguien éramos siempre ella y yo, y era nuestra responsabilidad vigilar lo que yo hacía, no lo que hacía ella, por eso me senté en el borde de la cama y fui quitándome lentamente los zapatos y los calcetines, tomando mis pies descalzos con las manos y sintiéndolos deliciosamente húmedos como si hubieran sido arrancados de la tierra en aquel instante, y enseguida me puse, sabiendo muy bien lo que hacía, a andar por el parqué, fingiendo que mi caminata por el cuarto seguía pequeños patrones, dejando que la bastilla del pantalón rozara el suelo al mismo tiempo que cubría parcialmente mis pies con cierto misterio, sabiendo que ellos, descalzos y muy blancos, incorporaban poderosamente mi desnudez anticipada, y enseguida yo escuchaba sus inspiraciones profundas allí al lado de la silla, donde tal vez ella ya se abandonaba a la desesperación, enredándose al quitarse la ropa, enmarañando hasta los dedos en los tirantes que se escurrían por el brazo, y yo, siempre fingiendo, sabía que todo aquello era verdadero, conociendo como conocía su maníaca obsesión por los pies, sobre todo por los míos, de porte firme y bien esculpidos, un tanto nudosos en los dedos y marcados nerviosamente en el empeine por venas y tendones sin que por ello perdieran su aspecto tímido de raíz tierna, y yo iba y venía con mis pasos calculados, dilatando siempre la espera con mínimos pretextos, pero en cuanto ella abandonó el cuarto y fue un instante al baño me quité rápidamente el pantalón y la camisa, y tendiéndome en la cama me dispuse a esperarla ya tieso y listo, disfrutando en silencio el algodón de la sábana que me cubría, y enseguida cerraba los ojos pensando en las artimañas que emplearía (de las muchas que sabía), y de esta manera fui repasando en la cabeza cada cosa que hacíamos, cómo ella vibraba con los jeribeques iniciales de mi boca y con el brillo que forjaba en mis ojos, haciendo aflorar lo que en mí había de más obsceno y sórdido, a sabiendas de que ella, arrebatada por mi lado oculto, gritaría de nuevo: “Es a este canalla a quien amo”, y repasé mentalmente ese otro lance trivial de nuestro juego, preámbulo con todo de insospechadas tramas posteriores, y tan necesario como comenzar la partida con un movimiento de peón sobre el tablero, y en el que yo, cerrando mi mano en la suya, le acomodaba los dedos, imprimiéndoles coraje, conduciéndolos bajo mi mando hacia el vello de mi pecho, hasta que ellos, a imitación de mis propios dedos debajo de la sábana, desarrollaran por sí solos una primorosa actividad clandestina, o si no, en una etapa posterior, después de explorar de manera juiciosa nuestro vello, nuestros huesos, cada uno de nuestros olores, cuando los dos, de rodillas, calculábamos el camino más largo de un único beso, las palmas de nuestras manos pegadas, los brazos abriéndose en un ejercicio casi cristiano, nuestros dientes mordiéndole al otro la boca como si mordieran la carne blanda del corazón, y con los ojos cerrados, abandonando la imaginación en las curvas de esos rodeos, me vi también enredado en ciertas prácticas, como cuando en trance después de levantarme soberbiamente de la montura de su vientre atendía de manera precoz a uno de sus (de mis) caprichos más insólitos, lanzando en chorros súbitos y violentos el fluido lechoso que se le adhería a la piel del rostro y a la piel de los pechos, o también aquella otra, menos impulsiva y de lenta maduración, el fruto que se desarrolla en un crescendo mudo y paciente de enérgicas contracciones, cuando yo dentro de ella sin movernos llegábamos con gritos exasperados a los estertores de la más alta exaltación y pensé sin embargo en el salto peligroso del revés, cuando ella de bruces me ofrecía otra hierba y mis brazos y mis manos, simétricos y casi mecánicos, agarraban por abajo sus hombros, comprimiendo y ajustando, área por área, la masa untada de nuestros cuerpos, e iba pensando todo el tiempo en mis manos de dorso largo, muy utilizadas durante toda esa geometría pasional, tan bien elaborada por mí y que la llevaba invariablemente a decir en franca perdición: “Magnífico, magnífico, eres especial”, y luego me puse a pensar en los momentos de renovación, en los cigarros que fumábamos después de cada burbuja envenenada de silencio, o en el transcurso de las charlas con café (escapábamos de la cama desnudos e íbamos a profanar la mesa de la cocina), cuando ella intentaba describirme su confusa experiencia del orgasmo, hablando siempre de mi seguridad y osadía en la conducción del ritual, disimulando mal su asombro por que yo citara insistentemente el nombre de Dios entre mis obscenidades, hablándome sobre todo de cuánto yo le había enseñado, especialmente la conciencia en el acto a través de nuestros ojos, que muchas veces vigilaban, piedra por piedra, cada uno de los trechos de una carretera convulsa, y entonces yo le hablaba de su inteligencia, que siempre exalté como su mejor cualidad en la cama, una inteligencia ágil y activa (aunque sólo bajo mis estímulos), excepcionalmente abierta a todas las incursiones, y yo de pasada acababa hablando también de mí, fascinado por las contradicciones intencionadas (algunas no tanto) de mi carácter, pregonando entre otras patrañas que yo, canalla, era puro y casto, y yo allí, con los ojos siempre cerrados, pensaba en muchas otras cosas mientras ella no acababa de venir, ya que la imaginación es muy rápida o su tiempo diferente, pues trabaja y mezcla simultáneamente cosas dispares e insospechadas, cuando presentí sus pasos de vuelta en el pasillo, y sólo entonces llegó el momento de abrir los ojos para inspeccionar la postura correcta de mis pies asomándose fuera de la sábana, percatándome como siempre de que el vello castaño que brotaba del empeine y en los dedos más largos les daba gracia y gravedad al mismo tiempo, pero de inmediato traté de cerrar los ojos de nuevo al sentir que ella entraría en el cuarto, y ya adivinando cerca su silueta ardiente y sabiendo cómo comenzarían las cosas, o sea: que ella mansamente, muy mansamente, se aproximaría primero a mis pies que un día había comparado con dos lirios blancos.

Traducción: Juan Pablo Villalobos

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