NICK DRAKE: ANTESALA DE LA MUERTE

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La antesala de la muerte es el vector en algunas novedades que han llegado a las librerías en los últimos meses. Me refiero más que nada a La última posada, del húngaro Imre Kertész, ganador del premio Nobel de Literatura quien murió a fines de marzo, a los 86 años en Budapest, tras una larga enfermedad. Y Gratitud, el libro de ensayos firmado por el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, fallecido a fines de agosto de 2015.

En febrero del año pasado, Sacks recibió la noticia de que el melanoma que le habían diagnosticado en el ojo una década atrás había hecho metástasis y ahora le damnificaba al hígado. Se trataba de un tipo de cáncer con muy pocas alternativas de tratamiento, y los médicos le pronosticaron que no le quedaban más de seis meses de vida. A los pocos días escribió el ensayo “De mi propia vida” –uno de los cuatro que forman parte de Gratitud–, en el que manifestaba su inmenso sentimiento de gratitud por haber tenido una existencia plena. Poco más de un año antes, había completado su conmovedora autobiografía En movimiento.

En el caso de Kertész, en su último esfuerzo artístico, gravemente enfermo –venía padeciendo desde hacía años mal de Parkinson– concibió un texto como La última posada que compone un testimonio visceral y a veces perturbador de sus experiencias, y de la lucha del ser humano por la dignidad en circunstancias extremas. Kertész había sobrevivido los campos de concentración nazis de Auschwitz y Buchenwald. Las peripecias vividas allí quedaron plasmadas en Sin destino (1975), uno de sus libros más célebres.

Entre el agradecimiento y el balance, estas dos despedidas permiten indagar en esos momentos delicados cuando lo inevitable se acerca y en donde nos abalanzamos sobre los recuerdos tal vez como modo de redención. La certidumbre del final del recorrido nos permite liberarnos. En tanto, los lectores, pensamos, mientras las páginas van pasando, cómo habrá sido cada uno de esos minutos donde la escritura al mismo tiempo que escrudiñaba el pasado, trataba de hacer cuentas con el futuro. “A fuerza de mirar, uno se olvida de que puede ser también objeto de miradas”, escribió el francés Roland Barthes.

Pero qué sucede cuando un artista ya ha visualizado ese desenlace, y si bien la antesala de la muerte queda muy lejos debido a su juventud, concentra fuerzas en la inviabilidad de seguir vivo. Pienso en el cantante británico Nick Drake, quien con sólo 26 años se suicidó como resultado de una sobredosis de antidepresivos. Tres discos –al momento de su muerte, corría el año 1974, sólo había vendido 10 mil copias de toda su obra–, ni diez presentaciones en vivo, nulo contacto con la prensa y un repertorio de canciones extremadamente hermosas son su legado.

Y qué sucede cuando un artista escribe su propio epitafio, aún cuando es remota –por su lozanía– la idea o la posibilidad de la muerte. ¿Qué lo lleva a escribir ese testimonio que condensará el asombro de aquellos que no discernirán el por qué ese artista incomprendido y desechado por sus contemporáneos, encarna ahora un valioso tesoro, el cenit del talento y la sofisticación? Esa epifanía ya estaba en las elucubraciones de Nick Drake si nos detenemos en una de sus primeras canciones que se encuentra en su álbum debut, Fives Leaves Left, que lo graba con sólo 20 años.

Fruit Tree es una candorosa como repulsiva denuncia de un porvenir inconcluso. Vivir con el convencimiento de que será inviable tallar un árbol que sólo dará frutos agrios, cruel ironía que el título remarca. La paradoja, entonces, como móvil para enquistar el presente con el futuro, y presagiar sin la altivez del filósofo la sabiduría amarga de alguien que ya observó sin preámbulos la frontera que separa el éxito del fracaso.

Algunos tramos de la canción Fruit Tree: “La fama no es más que un árbol frutal / tal vez muy endeble / nunca puede florecer / hasta que su tronco está en el suelo / Por eso los hombres famosos / nunca pueden encontrar su camino / hasta que el tiempo ha volado / lejos del día de su muerte (…) Arbol frutal, árbol frutal / nadie te conoce salvo la lluvia y el aire / No te preocupes / ellos seguirán de pie y mirarán fijo / cuando te hayas ido”.

Drake, un joven solitario, que vestía prendas anticuadas para la época –dominada por los coletazos del colorido Power Flower–, no parecía sintonizar no sólo con sus iguales, sino con las reglas del juego del universo del espectáculo. Introvertido y fumón –todos sus perfiles destacan su avidez por fumar marihuana y hachís–, hacedor de canciones frágiles e imbuidas de una melancolía crepuscular, Drake pese a todos esos guarismos, creía que su obra estaba predestinada al baño de masas, no comprendía por qué sus canciones no eran coreadas por el gran público.

Resulta ingenua como provocadora su percepción de la notoriedad. Suerte de incongruencia: la ambición de la fama y la imposibilidad de aceptar los patrones de la fama. ¿Fuera de lugar o afuera de un lugar? ¿Tan imposible era la tarea de integrarse o sentirse a gusto? Si los únicos lazos estaban regulados por la intangibilidad de las canciones y su poder residual –la esperanza depositada en el éxito comercial–, ¿a qué ilusiones poderosas se aferró Nick para medir su compromiso con la vida y que ésta tambalease ante la pobre respuesta que despertaba su repertorio? ¿Era tal vez el arte de la canción su única atadura al continuum de la existencia?

En general, los suicidas no dejan notas. En el caso de Nick Drake, no sólo eso, sino que nos dejó canciones rebosantes de belleza. Una belleza agridulce si la medimos con el paso del tiempo y la circunstancia letal que impone su suicidio. ¿Cuáles son los síntomas que nos brindan esa incomprensión hacia las bondades de la vida? Porque más allá de algunas letras puntuales, esas canciones están esculpidas en preciosas e injuriosas melodías.

Ahora que está naturalizado escuchar música a destajo online, sin tener que uno levantarse a cambiar el lado (si es vinilo) o el disco (si es cd), el canal YouTube me arma una seguidilla incontrolable de canciones de Nick Drake. Su voz se entromete en cada rincón de mi oficina. Le presto y no le presto atención. Tal vez deposito cierta confianza en que ese loop altere mi investigación, o me ilumine de cierto modo para comprender por qué estoy aquí sentado, tratando de inferir ciertos parámetros desconocidos que arriben a una mirada nueva sobre el caso Nick Drake.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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