TERRY EAGLETON: ESPERANZA SIN OPTIMISMO

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La industria del pensamiento ha sustituido la idea de esperanza por un término menos intrigante y más sencillo de manejar: el optimismo. En un virtuoso ejercicio de erudición, seriedad y humor, Terry Eagleton distingue la esperanza del ingenuo y ensimismado optimismo, de la jovialidad, del idealismo o de la adhesión a la doctrina del progreso. Además, el crítico literario inglés propone un enfoque de la esperanza que requiere reflexión y compromiso, que surge de la lúdica racionalidad, que debe ser cultivado mediante la práctica y la autodisciplina, y que reconoce el fracaso y la derrota pero se niega a capitular ante estos. Compartimos el prólogo de Esperanza sin optimismo y sus primeras páginas.

Texto: Terry Eagleton / Fotos: Gentileza Editorial Taurus

Este libro tiene su origen en las Page-Barbour Lectures que pronunció en 2014 a invitación de la Universidad de Virginia.

Este libro tiene su origen en las Page-Barbour Lectures que pronunció en 2014 a invitación de la Universidad de Virginia.

Alguien como yo, para quien la proverbial botella no sólo está medio vacía sino que casi con seguridad contiene un líquido potencialmente letal y de sabor repugnante, quizá no sea el autor más apropiado para escribir sobre la esperanza. Están aquellos cuya filosofía es “come, bebe y alégrate, porque mañana moriremos” y aquellos, con los que siento más afinidad, cuya filosofía es “mañana moriremos”. Una razón por la que he elegido escribir sobre este tema a pesar de esa angustiosa propensión es que ha sido curiosamente ignorado en una época que, en palabras de Raymond Williams, nos pone ante “el sentimiento de pérdida de un futuro”. Es posible que otra razón para evitar el tema sea el hecho de que quienes se aventuran a hablar de él están abocados a la insignificancia a la sombra de la monumental obra de Ernst Bloch El principio esperanza, que trataré en el capítulo 3. Tal vez no sea el texto más admirable en los anales del marxismo occidental, pero es, con diferencia, el más largo.

En cierto sentido, el optimismo está más relacionado con la confianza que con la esperanza.

Se ha afirmado que los filósofos prácticamente han abandonado la esperanza. Un rápido vistazo al catálogo de cualquier biblioteca sugiere que han dejado vergonzosamente el tema a libros con títulos como Medio llena: cuarenta estimulantes historias de optimismo, esperanza y fe; Un poco de fe, esperanza y alegría, y (mi favorito) Los años de la esperanza: Cambridge, la administración colonial en los mares del Sur y el cricket, por no mencionar las numerosas biografías de Bob Hope. Es una cuestión que parece atraer a todos los moralistas ingenuos y animadores espirituales del planeta. Así que no parece fuera de lugar una reflexión sobre el tema de alguien como yo, que no tiene un pasado en el cricket ni en la administración colonial, pero que está interesado en las implicaciones políticas, filosóficas y teológicas de la idea.

  1. La banalidad del optimismo

Puede haber muchas buenas razones para creer que una situación va a acabar bien, pero esperar que ocurra así porque eres optimista no es una de ellas. Sería igual de irracional creer que todo saldrá bien porque eres albanés o porque ha estado lloviendo durante tres días seguidos. Si no hay una buena razón para que las cosas resulten satisfactoriamente, tampoco la hay para que no acaben mal, por lo que la confianza del optimista es infundada. Se puede ser un optimista pragmático, en el sentido de estar seguro de que este problema, y no otro, se va a resolver; pero también está aquel al que cabría describir como optimista impenitente o profesional, que se siente confiado sobre determinadas situaciones porque tiende a sentirse confiado en general.

Encontrará el pendiente que ha perdido o heredará una mansión jacobina porque la vida en conjunto no es tan mala. De esta forma corre el peligro de desvalorizar su esperanza. De hecho, en cierto sentido, el optimismo está más relacionado con la confianza que con la esperanza. Se basa en la opinión de que las cosas tienden a salir bien, no en el exigente compromiso que entraña la esperanza. Henry James se explayó sobre el tema tanto en conversaciones como en sus obras. “En cuanto a las aberraciones del optimista superficial –escribe en El arte de la novela–, el campo (sobre todo el de la novela inglesa) está sembrado de sus minúsculas partículas, como de cristal roto”.

Es posible tener esperanza sin el sentimiento de que las cosas en general van a salir bien.

El optimismo como actitud general se alimenta a sí mismo. Si resulta difícil argumentar en su contra es porque se trata de una postura primordial frente al mundo, como el cinismo o la credulidad, que ilumina los hechos desde su propio prisma y por tanto se resiste a ser refutado por ellos. De ahí la trillada metáfora de ver la vida a través de un cristal de color rosa, que teñirá de ese tono todo aquello que no encaje con su visión. En una suerte de astigmatismo moral se deforma la verdad para conformarla a nuestras tendencias naturales, que ya han tomado todas las decisiones vitales en nuestro nombre. Como el pesimismo implica una falsificación espiritual muy parecida, estos dos estados de ánimo tienen más en común de lo que se suele pensar.

El psicólogo Erik Erikson habla de un “optimismo desadaptativo”, en virtud del cual el niño no reconoce los límites de lo posible, pues no es capaz de registrar los deseos de los que le rodean, y su incompatibilidad con los suyos. Reconocer la tozudez de la realidad es, en opinión de Erikson, vital para la formación del ego, pero es precisamente esto lo que le resulta tan difícil al optimista crónico o profesional. Un optimista no es sólo alguien que abriga grandes esperanzas. Incluso un pesimista puede sentir confianza sobre una cuestión determinada, con independencia de su melancolía habitual.

Análogamente, tanto el optimismo como el pesimismo son formas de fatalismo.

Es posible tener esperanza sin el sentimiento de que las cosas en general van a salir bien. Un optimista es más bien alguien con una actitud risueña ante la vida simplemente porque es optimista. Prevé que las cosas van a resultar de forma favorable porque él es así. Como tal, no se da cuenta de que hay que tener razones para estar feliz. Por tanto, el optimismo profesional no es una virtud, como tampoco lo es tener pecas o pies planos. Simplemente es una peculiaridad del temperamento. “Mira siempre el lado bueno de las cosas” tiene tanta racionalidad como “hazte siempre la raya del pelo en medio” o “quítate el sombrero respetuosamente ante un lebrel irlandés”. La consabida imagen de la botella que está medio llena o medio vacía dependiendo de la perspectiva de cada uno es instructiva a este respecto. Dicha imagen delata el hecho de que no hay nada en la situación misma que determine cómo respondemos a ella. No pone en entredicho nuestros prejuicios. Objetivamente, no hay nada en juego. Veremos la misma cantidad de líquido tanto si somos despreocupados como si tendemos a la melancolía.

Así pues, cómo vemos la botella es puramente arbitrario. Y, desde luego, es dudoso que un juicio puramente arbitrario pueda considerase un juicio. Desde luego, no es posible discutir sobre esta cuestión, igual que para las formas epistemológicamente más ingenuas de posmodernismo no es posible discutir sobre las creencias. El hecho es que usted ve el mundo a su manera y yo a la mía, y no existe un terreno neutral en el que estos dos puntos de vista puedan confrontarse. Como incluso dicho terreno sería interpretado de forma diferente por los puntos de vista en cuestión, no sería neutral en absoluto. Ninguna de las dos posturas puede ser rechazada empíricamente, puesto que cada una interpretará los hechos de una manera que confirme su propia validez.

 

Los optimalistas están tan desprovistos de esperanza como los nihilistas porque no la necesitan.

Análogamente, tanto el optimismo como el pesimismo son formas de fatalismo. Uno no puede evitar ser optimista, lo mismo que no puede evitar medir un metro sesenta. Está encadenado a su jovialidad como el esclavo a su remo, una perspectiva nada halagüeña. Como en el caso del relativismo epistemológico, realmente sólo cabe que las dos partes respeten sus respectivas opiniones con una tolerancia un tanto estéril. No hay argumentos racionales para decidir entre estas posturas, de la misma forma que, según una determinada corriente del relativismo moral, tampoco hay argumentos racionales para decidir entre invitar a tus amigos a cenar o colgarles boca abajo de una viga mientras les vacías los bolsillos.

Por el contrario, la esperanza auténtica debe estar basada en razones. En esto se parece al amor, del que desde una perspectiva teológica es un modo específico. Debe ser capaz de seleccionar las características de una situación que la hacen creíble. De lo contrario, no es más que un presentimiento, como si estuviéramos convencidos de que hay un pulpo debajo de nuestra cama. La esperanza debe ser falible, mientras que la alegría temperamental no lo es. Incluso cuando el optimismo reconoce que los hechos no lo justifican, su entusiasmo puede permanecer intacto. Mark Tapley, un personaje de la novela Martin Chuzzlewit, de Charles Dickens, es tan fanáticamente jovial que busca situaciones terribles que llevarían a otros a la desesperación para demostrar que paga un precio muy alto por su buen humor. Como Tapley quiere que sus circunstancias sean lo más angustiosas posible para sentirse satisfecho consigo mismo, su optimismo no es en realidad más que una forma de egoísmo, lo mismo que la mayoría de las actitudes que se muestran en la novela.

Se parece mucho al sentimentalismo, otra forma de afabilidad cuyo objeto no declarado es ella misma. En Martin Chuzzlewit el egoísmo prolifera tanto que incluso la generosidad de espíritu de Tapley se representa como una suerte de idiosincrasia o peculiaridad del temperamento y no como un fenómeno moral. En cierto sentido, no quiere que su situación mejore realmente, puesto que esto privaría a sus efusiones de valor moral. De esta forma, su jovialidad es cómplice de las fuerzas que extienden el sufrimiento a su alrededor. Por su parte, el pesimista también recela de los esfuerzos por mejorar, no porque le privarían de oportunidades para alegrarse, sino porque piensa que casi con seguridad están condenados al fracaso.

Los optimistas tienden a creer en el progreso. Pero si es posible mejorar las cosas, la conclusión lógica es que su estado actual deja algo que desear. En este sentido, el optimismo no es tan risueño como lo que el siglo XVIII conocía como optimalismo: la doctrina leibniziana de que habitamos en el mejor de los mundos posibles. El optimismo no es tan optimista como el optimalismo. Para el optimalista, ya disfrutamos del mejor de todos los órdenes cósmicos; por el contrario, el optimista puede reconocer las deficiencias del presente al tiempo que contempla un futuro más radiante. La cuestión es si la perfección ya está aquí o si es un objetivo hacia el que nos encaminamos. En cualquier caso parece evidente la posibilidad de que el optimalismo conduzca a la inercia moral, lo que a su vez podría socavar su tesis de que el mundo no se puede mejorar.

Los optimalistas están tan desprovistos de esperanza como los nihilistas porque no la necesitan. Como no consideran que el cambio sea necesario, se podrían encontrar en el mismo campo que los conservadores, para quienes el cambio es deplorable, o para quienes nuestra condición es tan corrupta que lo frustraría. Henry James señala que “aunque un conservador no es necesariamente optimista, creo que un optimista puede muy bien ser conservador”. Los optimistas son conservadores porque su fe en un futuro propicio está enraizada en su fe en la bondad esencial del presente. De hecho, el optimismo es un componente típico de las ideologías de las clases dominantes.

Si en general los gobiernos no animan a sus ciudadanos a creer que les acecha algún terrible apocalipsis en parte es porque la alternativa a una ciudadanía confiada puede ser la desafección política. La desolación, por el contrario, puede ser una postura radical. Sólo si nos parece que nuestra situación es crítica vemos la necesidad de transformarla. La insatisfacción puede ser un acicate para la reforma. Los optimistas, sin embargo, es probable que sólo ofrezcan soluciones puramente cosméticas. Cuando más necesaria es la verdadera esperanza es cuando la situación es más extrema y reviste una gravedad que el optimismo se suele resistir a reconocer.

Sería preferible no tener que esperar, puesto que la necesidad de hacerlo es una señal de que lo desagradable ya ha ocurrido. En las escrituras hebreas, por ejemplo, la esperanza tiene unas connotaciones sombrías, pues implica la derrota de los impíos. Si tenemos necesidad de la virtud es porque estamos rodeados de villanos. En Schopenhauer como educador, Friedrich Nietzsche distingue entre dos clases de alegría: una inspirada por la confrontación trágica con lo terrible, como en el caso de los antiguos griegos, y una variedad superficial de jovialidad cuyo optimismo no es sino ceguera ante lo irreparable. Es incapaz de mirar a los ojos a los monstruos que supuestamente quiere combatir. En este sentido, la esperanza y el optimismo temperamental son irreconciliables.

De acuerdo con Nietzsche, el verdadero júbilo es arduo, exigente y consiste en autosuperación y coraje. Desmonta la distinción entre alegría y seriedad, y por eso en Ecce Homo puede hablar de estar “jovial entre verdades todas ellas duras”. Es cierto que Nietzsche también tenía razones objetables para rechazar el optimismo. En El nacimiento de la tragedia, lo tacha, con talante machista, de “doctrina de debilidad” y lo asocia con las peligrosas aspiraciones revolucionarias del “estamento de esclavos” de su tiempo.

Theodor Adorno observó en una ocasión que los pensadores que nos presentan la verdad lisa y llana (en concreto tenía a Freud en mente) hacían a la humanidad un servicio mayor que los cándidos utópicos. Más tarde veremos cómo Walter Benjamin, colega de Adorno, construyó su visión revolucionaria sobre la desconfianza del progreso histórico, así como sobre una profunda melancolía. Benjamin se refiere a su perspectiva como “pesimismo”, pero igualmente se la podría considerar realismo, la condición moral más difícil de alcanzar.

Si tenemos necesidad de la virtud es porque estamos rodeados de villanos.

El texto de Eagleton es una brillante crónica apasionada de la creencia humana y el deseo en un mundo cada vez más incierto.

El texto de Eagleton es una brillante crónica apasionada de la creencia humana y el deseo en un mundo cada vez más incierto.

En un famoso ensayo sobre el surrealismo, sostiene que es preciso “organizar” el pesimismo para fines políticos y contrarrestar el fácil optimismo de ciertos sectores de la izquierda. Hay una urgente necesidad, escribe, de “pesimismo en cada ámbito. Absolutamente. Desconfiar del destino de la literatura, desconfiar del destino de la libertad, desconfiar del destino de la humanidad europea, pero tres veces más desconfiar de cualquier reconciliación de clases, de naciones, de individuos. Y una confianza ilimitada sólo en I. G. Farben y la pacífica perfección de la fuerza aérea”.

El obstinado escepticismo de Benjamin está al servicio del bienestar humano. Es un intento de mantener una fría lucidez en aras de la acción constructiva. Sin duda, en otras manos, esta desalentadora visión podría poner en entredicho la propia posibilidad de transformación política. En el cataclismo general quizá sea inevitable una cierta impotencia. Si es así, cuanto más empeore nuestra condición, más difícil será modificarla. Esta no es la opinión de Benjamin. Para él, la refutación del optimismo es una condición esencial del cambio político.

Optimismo y pesimismo pueden ser características de concepciones del mundo así como de individuos. Los liberales, por ejemplo, tienden al primero y los conservadores, al segundo. En general, el liberal confía en que las personas se conducirán decentemente si se les permite desarrollarse con libertad, mientras que el conservador tiende a considerarlas criaturas imperfectas e ingobernables a las que hay que refrenar y disciplinar para sacar de ellas algo productivo. Hay una distinción parecida entre románticos y clasicistas. La Edad Media fue, con diferencia, menos eufórica en su valoración de la humanidad que el Renacimiento, imbuida como estaba de un sentido del pecado y la corrupción.

Ignatius Reilly, el héroe de la novela de John Kennedy Toole La conjura de los necios y defensor acérrimo de la civilización medieval, declara que “el optimismo me da náuseas. Es perverso. La posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor”. Los conservadores tienden a dividirse entre los llamados deterioracionistas, para los que hubo una edad de oro de la que por desgracia caímos, y aquellos para los que cada edad es tan degenerada como las demás. La tierra baldía de T. S. Eliot se puede leer como una combinación de estas dos posturas mutuamente contradictorias. También había aquellos ideólogos de finales del siglo XIX que eran optimistas y pesimistas al mismo tiempo, pues celebraban las virtudes de la civilización y la tecnología, al tiempo que las veían por todas partes vinculadas a la entropía y la degradación, incluso en la generación de una infraclase semibestial.

Tanto los marxistas como los cristianos son más sombríos sobre la condición presente de la humanidad que los liberales y los reformistas sociales, aunque tienen mucha más confianza sobre sus perspectivas futuras. En ambos casos, estas dos actitudes son las dos caras de la misma moneda. Se tiene fe en el futuro precisamente porque se intenta encarar el presente con sus aspectos más abominables.

Traducción: Belén Urrutia


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