CULTO A LA AMISTAD

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Cosas del destino, en el lapso de tres meses mi mejor amigo se suicidó y mi padre falleció. De repente me vi asolado por la muerte, por su contundencia, por su fatalidad. No tuve ni tiempo para procesar la decisión de mi amigo de abandonarnos, que mi progenitor dijo basta a una larga lucha contra los embates del deterioro de muchos de sus órganos y se entregó al descanso eterno; tuvo, eso sí, el gesto de morir al otro día de mi cumpleaños. Una agonía terminaba, otra parecía instalarse.

La tarde en que asistí al apartamento de mi amigo, con su mujer aturdida y desencajada, con sus familiares trastornados y abatidos, en un momento fui avistando en el amplio salón de su casa algunos objetos que venían a reemplazar ahora a su ausencia implacable. Unas gafas de sol, un mechero metalizado, una cajetilla de cigarros negros a medio camino, una chaqueta de un gris metalizado… Esos objetos ya no tenían dueño, sólo eran las huellas de un hombre que a sus 44 años había decidido que era suficiente.

Los distintos agentes de la policía –desde un par de oficiales a personal del sector científico– husmeaban todo recoveco del hogar de una familia destruida, buscando explicaciones que determinaran un por qué. Nosotros, los que quedábamos en offside en este doloroso e imprevisto juego –todos estábamos alcanzados por ese mazazo: el suicidio nos cacheteaba ferozmente, llenándonos de cuestionamientos descalabrados; al final, éramos testigos de un crimen; en ese momento, todos portábamos con una culpa desoladora–, no había uno de los presentes que no rumiase en voz alta sobre cierto alerta que no escuchamos.

En un punto, la determinación de mi amigo nos exponía crudamente sobre los avatares y deslices del vínculo que a cada uno nos unía a él. La mujer, los padres, las hermanas, los cuñados: ¿qué habíamos hecho mal? ¿Qué señal habíamos pasado de largo? ¿Qué alarma desoímos? Hasta que caímos en la cuenta de que no íbamos a hallar respuestas, tuvieron que pasar horas y días, días y más días. Por lo menos, en mi caso, ya en la noche de ese domingo tristísimo, rodeado de algunos amigos, las palabras, los consejos y los atenuantes que se fueron vertiendo, buscaron desalentar cualquier grado de culpa: el suicida no avisa; desestima o desoye todo tipo de ayuda; está convencido y es nula la influencia exterior.

Minutos antes de retirarnos del apartamento –se nos pidió encarecidamente que no estuviésemos presentes en el lugar en el momento en que cargasen con el cuerpo y lo llevasen a la morgue–, fui manoteando esos objetos que denunciaban la desaparición de mi amigo: el mechero, sus cigarros, las gafas de sol y una chaqueta. No era descabellado suponer que ese pequeño tesoro dejaba constancia de los últimos momentos de mi amigo. Podía recobrar la escena de él fumando en el balcón del apartamento, con su cabeza vislumbrando un reparo que para los que lo sobrevivimos está cargado de munición gruesa.

La frialdad y la paz de uno, el desconcierto y el desconsuelo de los otros. Ese minúsculo harén que fui recolectando estaba invadido del espíritu de lo irrecuperable: acarrear con cada una de esas cosas no garantizaba que la figura de mi amigo se desplegara antes mis ojos como si sólo se tratase de una pesadilla. La realidad lúgubre era real e irreparable. Algo inapelable. Tendríamos que acostumbrarnos a convivir con ese vacío, con ese viento frío que no reconocía parámetros ni termómetros.

Nadie está preparado para la muerte, y menos preparados estamos para el suicidio de seres queridos. De ahí en adelante debíamos cabalgar contra el feroz vendaval que esa falta regurgita. En ese arrebato de cotejar ciertos objetos que marcaban su decisión irreversible también estaba cierta intención personal de atosigar el dolor de la ahora viuda el día después, cuando el espacio cotidiano se viese invadido por el espesor sanguinario de la incomprensión.

Quizá, ingenuamente, creí atemperar con la toma de esos objetos el desamparo de su mujer cuando al otro día se desplazase por un hogar quebrantado. Como si ese pequeño tesoro conservara, para ella, el misterio de una ausencia que venía a dinamitar todas nuestras certezas. Con el tiempo ella se encargó de hacerme llegar parte del vestuario de mi amigo: desprenderse de ciertas chaquetas y camisetas –me confesó también que ciertas prendas iban a quedar en su poder porque se le hacía imposible renunciar a ellas– implicaba soltar las amarras ante un viaje que necesitaba emprender.

Entonces, suerte de homenaje a la prestancia e hidalguía de mi amigo –dueño de un vestuario cuidado y exquisito–, comencé a lucir algunas de sus prendas. En ningún instante se me pasó por la cabeza que sus pertenencias estaban ungidas de energía negativa –si bien alguna vez pensé en almacenar información sobre este tipo de legado; indefectiblemente somos parte de una generación familiarizada con la compra de ropa en ferias o mercadillos; y vaya a saber uno si sus antiguos dueños siguen vivos o han tenido finales trágicos–, ni me predispuse a reflexionar en qué grado esta actitud tal vez guardaba el deseo de no asumir la muerte de mi amigo. Además, tampoco me propuse gravar a esta decisión de un tamiz melancólico.

Prestancia e hidalguía son dos buenos vectores para rememorar ese universo que se deshizo en pedazos ese domingo de finales de junio cuando perdí a mi mejor amigo. Atesorar sus chaquetas, lucirlas, combinarlas con mi vestuario, darles utilidad, aún no conllevan un objetivo específico: no descansa fin alguno en mi proceder. Sólo la comprobación –cuando caigo en la cuenta– de que algo me une a la vida, ese casi insignificante resquicio que tal vez mi amigo no pudo avizorar.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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