LO BUENO ENTRE LO MALO

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Ellen Stofan, jefe científico de la NASA, en una declaración reciente ha asegurado que la agencia espacial encontrará indicios categóricos de vida extraterrestre en menos de diez años. Su optimismo se basa en una ola de asombrosos descubrimientos relacionados con el agua –cada vez más frecuentes– lo que haría posible determinar finalmente si estamos –o no– solos en el universo. La sorprendente afirmación es contemporánea con la revelación de los resultados en la prestigiosa publicación Nature Communications de una flamante investigación sobre el deterioro que los seres humanos le hemos provocado a nuestro planeta.

De acuerdo con el informe, descontando los océanos y los polos, donde la presencia del hombre es radicalmente baja, el estudio indica que los seres humanos han alterado ya el 75% de la superficie terrestre. El alcance del impacto es medido en el marco de un proyecto llevado a cabo por expertos de la Universidad del Norte de Columbia Británica, la Universidad de Queensland, la Wildlife Conservation Society (WCS) y otras seis instituciones académicas, que analizan el alcance de la “huella humana” en el planeta comparando su crecimiento a lo largo de los años.

Los resultados revelan una compleja y muy extensa historia de cómo los humanos están modificando los hábitats naturales a escala planetaria. Los ecosistemas más alterados por la acción humana en estos veinte años han sido los bosques de frondosas de Europa occidental, el este de Estados Unidos y de China. También han padecido la intervención humana las sabanas de India y Brasil y las selvas húmedas del sudeste asiático.

En el otro extremo, los desiertos del Sahara, Gobi y Australia, junto a las regiones de la tundra y las zonas más escondidas de las selvas húmedas del Amazonas y el Congo han rehuido, por ahora, de la explotación de los humanos. El más reciente mapa de la “huella humana” muestra el impacto en la reducción de la biodiversidad del planeta o eliminación de especies. El 97% de las regiones con mayor riqueza natural, calculada en número de especies vegetales endémicas (al menos 1500) y de vertebrados (más de 500 especies), se han visto alteradas por alguna de las variables humanas.

Sin embargo, no todas son malas noticias. El informe destaca algunos países que han reducido su huella respecto a 1993. La tendencia parece ser irrefutable: en aquellos países con mayor desarrollo económico, un mejor índice de desarrollo humano y menores índices de corrupción, la huella está decreciendo, lo cual muestra una relación directa entre la conducta humana y el impacto ambiental. De hecho, dos indicadores clave utilizados para evaluar la profundidad de la huella, como son el crecimiento económico y la población mundiales, se han ampliado un 153% el primero y un 23% el segundo. Indices notablemente más altos que el impacto humano, determinado en un 9%.

Para los más escépticos, una posible explicación de esta mejoría relativa podría deberse a la exportación de la huella; es decir, los países ricos que impactan los ecosistemas de los menos desarrollados a través del comercio de materias primas y explotación de recursos naturales fronteras afuera. Ahora bien, los investigadores analizaron los datos del comercio mundial de productos básicos como la carne o los cereales y recursos naturales como la madera y no encontraron señales de la exportación de la huella. “Comprobar que nuestros impactos han aumentado a un ritmo menor que el crecimiento económico y el de la población es esperanzador”, afirma el científico de la Universidad del Norte de Columbia Británica y principal autor del estudio, Oscar Venter.

Una explicación inevitable de la mejora es también el progresivo pero inevitable cambio generacional de la clase dirigente. Las nuevas generaciones, conmocionadas por el alcance global de la comunicación, muestran un nivel de conciencia superior acerca del problema. Este nivel de conocimiento ha desarrollado en los más jóvenes un sentido de responsabilidad ecológica que las generaciones anteriores no han mostrado. Y son ellos los que asimismo encarnan el rol de difusores de conciencia, evangelizadores de una forma de vida que pone el respeto a la naturaleza en lo más alto. Hoy es frecuente ver a un niño regañar a sus padres frente a una conducta contaminante.

Hallar vida en otros planetas puede ser, además de inesperadamente fascinante, extraordinariamente útil para la evolución humana y su sustentabilidad. Aunque debe ser igual de importante, vital y prioritario, la conservación del hasta ahora único espacio habitable en el universo que conocemos. Queda mucho por hacer. Pero yo me siento completamente optimista. Porque veo que niños y jóvenes han puesto el comportamiento ecológico en lo más alto de su jerarquía de prioridades. El famoso lema “déjalo mejor de lo que lo has recibido” es una realidad para ellos. Nuestros hijos y nietos tienen un futuro posible. Un espacio para soñar y crecer con conciencia y respeto por todo lo que les rodea.

Bienvenido sea.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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