ZSUZSA BÁNK: EN PLENO VERANO

0

En pleno verano reúne doce relatos que comparten una atmósfera melancólica y nostálgica; en todos ellos algún cambio, por imperceptible que sea, señala el final de una etapa. El tiempo parece fluir sigiloso en el viaje que acaba, la amistad que languidece, la lejana infancia o el amor que ya sólo pervive en el recuerdo. Historias cotidianas en las que la escritora alemana Zsuzsa Bánk se sirve de la elipsis, así como de su intuición y empatía, para recrear la soledad, el miedo o el sentimiento de pérdida de los personajes. Aquí presentamos el relato “El último domingo”.

Texto: Zsuzsa Bánk / Fotos: Gentileza Editorial Acantilado

Está a un metro y medio de Anna, como si tuviera miedo de acercarse más. Los demás se han apartado a un lado, formando un semicírculo. Intuyen que no deben molestar, retroceden uno o dos pasos, titubeando, revisan sus bolsillos y carpetas, consultan sus relojes. Después de la conferencia de Anna, ha aguardado entre la muchedumbre a que la gente terminara de hacerle preguntas y de hablar con ella, mientras observaba entre una multitud de cabezas la mesa de Anna, su hoja, sus lápices. Anna se ha fijado en ella pero no le ha preguntado nada, no ha querido saber quién era, porque hay muchos que hacen lo mismo: quedarse sólo porque los demás también se quedan.

Quieren retrasar el último abrazo, diferirlo. Se despiden durante mucho rato, caminan despacio.

Autora Zsuzsa Bánk.

Autora Zsuzsa Bánk.

Ella le pregunta a Anna: “¿Eres…?”, pronunciando su nombre completo como si Anna pudiera ser otra persona, a pesar de que allí todo el mundo sabe quién es y, además, lo anuncian los carteles del pasillo, de la puerta y del estrado. A continuación, le dice que la ha reconocido enseguida, no debería habérselo preguntado. Ha escuchado su entrevista en la radio por la mañana, en uno de esos nuevos programas de entretenimiento, mientras tomaba el primer té del día, le explica, casi como si tuviera que pedirle disculpas por encontrarse allí. Se ha levantado de un salto, dice, para subir el volumen de la radio, y los demás han enmudecido enseguida para escuchar, luego ha recorrido toda la ciudad, saltándose la universidad, las clases, con el permiso de sus padres; ha atravesado ese vestíbulo, ese enorme vestíbulo, para poder estar ahora frente a Anna. Y le pregunta: “¿Eres…?”, pronunciando el nombre de Anna, su nombre completo, con una voz que suena insegura, casi temerosa, y Anna piensa: “¿Qué se ha creído?, ¿qué narices le ocurre?, ya sabe que soy yo, todo el mundo lo sabe”, y le responde “Sí, soy yo” en un tono que indica que no quiere que le dirijan la palabra, como si cualquiera pudiera hacerlo en cualquier momento.

Ahora es Márti quien dice su nombre, que Anna ya sabe: Márti. Anna conoce a sus padres. Los conoce bien, sobre todo a su madre, y le pregunta, aunque es innecesario: “Entonces ¿tú eres la hija de…?”. Márti se lo confirma con un rápido y enérgico asentimiento, como si Anna por fin la hubiera liberado, como si por fin le hubiera quitado un peso de encima al decir el nombre de su madre, que vuelve a pronunciar otra vez, Zsóka, poco a poco, como si quisiera dejar resonar cada una de las letras, Zs-ó-k-a, y luego repite el nombre de Márti añadiendo un superfluo “así que eres tú”, como si acabara de hacerse a la idea de que ella es la persona que creía que era desde el principio. A los labios de Anna aflora una frase sobre el tiempo que ha pasado, sobre lo mucho que ha crecido, pero no llega a decirla en voz alta.

Avanzan una hacia la otra con un pequeño paso que no tiene vuelta atrás, o tal vez sólo es Anna la que se acerca a Márti. Se dan un torpe y breve abrazo, como si ninguna de las dos supiera cómo abrazar en un momento como ése. Márti lucha para contener las lágrimas, se disculpa, busca un pañuelo para sonarse la nariz, y Anna dice rápidamente lo primero que le viene a la cabeza, quizá para llenar el silencio mientras Márti busca el pañuelo.

–Llevábamos mucho tiempo sin vernos –dice–, creo que cuando tenías ocho años estuviste en nuestra casa con tus padres, ¿es posible? Recuerdo cómo eras de niña, recuerdo perfectamente que no quisiste tomarte el té porque no te gustaba el color.

Márti la mira con incredulidad, quizá porque Anna recuerda detalles que los demás olvidan enseguida y los evoca como si hubieran sido determinantes.

–¿Cuántos años tienes? –pregunta Anna.

–Veintiuno y medio –le responde Márti en un tono desafiante, casi arrogante, como si no hubiera otra respuesta mejor a su pregunta.

Las dos se sienten un poco desconcertadas.

–No tengo tiempo, ya lo ves –dice Anna, se da la vuelta y señala la multitud con un gesto que no le gusta porque le viene demasiado grande.

–Sí, ya lo veo –responde Márti, pero se queda en el mismo sitio, sin moverse, como si aquella excusa no le sirviera, como si tuviera el derecho exclusivo a estar junto a Anna, con Anna. Quedan para el día siguiente. Anna le propone que traiga a sus padres y a los demás, qué mejor que ir con su gran familia, y Márti dice que así lo hará, otra vez en ese tono altivo y resuelto, como si hubiera ganado, como si el combate hubiera caído de su lado. Se abrazan de nuevo al despedirse con un abrazo más prolongado y sincero, logran sonreír y Anna dice, como recompensa:

–Me alegro de que hayas venido, me alegro de verte.

Se encuentran en una de las amplias calles que, entre semana, suelen dividir la ciudad con su bullicio, pero que los domingos apenas están transitadas. Anna los ve de lejos, de pie en la esquina donde acordaron encontrarse, justo detrás de la ópera. Sus cabezas se vuelven en todas direcciones buscándola, no saben por dónde vendrá, no saben en qué calle ni en qué hotel se aloja. Anna se acerca sin ser vista hasta colocarse justo detrás de ellos, pone la mano en un hombro y abre los brazos, como si fuera el gesto que todos esperan, y dice: “Hola, ya estoy aquí”. No han cambiado. Anna ni siquiera sabría decir si han envejecido. Quizá los encuentra un poco más delgados, más pálidos, pero sólo si se fija con atención.

En los recuerdos de Anna, el padre de Márti era más alto. Su barba revela un incipiente tono grisáceo. Zsóka no ha cambiado ni un ápice. Incluso su peinado sigue siendo el mismo: el que llevaba a los quince, a los veinte, a los treinta años, tal y como le gustaba a Anna, oscuro, corto, con la raya a un lado y una onda en la frente, con gruesos mechones que se aparta tras las orejas con un rápido gesto. Tiene una boquita roja en forma de triángulo que apunta hacia arriba, habla mucho y nunca dice insensateces. Viste de negro. Eso es nuevo. Una falda estrecha y una blusa con cuello de encaje que permite ver su piel hasta los hombros. Como si Anna lo hubiera olvidado, como si pudiera llegar a olvidarlo, ahora se da cuenta de cómo los apreciaba, del gran afecto que sentía por ellos, y no comprende cómo ha podido vivir sin tener noticias suyas, sin saber nada de ellos durante todos los años en los que Márti ha crecido tanto.

Márti es una mezcla entre el padre y la madre, como si se hubieran dividido y entretejido uno con otra. Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta alta atada con un pañuelo blanco, de modo que la melena le cae sobre la nuca en forma de signo de interrogación. Sus gafas de sol, con cristales no demasiado oscuros, se le apoyan en el pelo, encima de la frente. Tiene la piel clara, moteada con minúsculas manchitas marrones en los pómulos y en las mejillas. Nada parece escapar a su atenta mirada. Se examinan recíprocamente, se aseguran unos a otros que apenas han cambiado. Permanecen inmóviles en la amplia calle, apenas transitada los domingos, un día de marzo, bajo el cielo azul de la ciudad que anuncia la primavera y que, por primera vez desde que Anna llegó, sustituye el gris de las fachadas.

Le han traído flores a Anna, pequeñas flores blancas y amarillas, y nadie le lanza el reproche que ella tanto teme y para el que ha estado preparando burdas excusas, el reproche de por qué no les había dicho nada a pesar de que estaba en la ciudad para ir a uno de esos congresos que no le gustan pero a los que sigue asistiendo, por qué no les había llamado, después de tantos años, para decir “Estoy aquí”, para preguntar “¿Tenéis tiempo, queréis quedar?”, por qué tuvieron que escucharla en la radio por casualidad, mientras desayunaban soñolientos el sábado por la mañana, sentados ante la primera taza de té del día, apenas despiertos, para darse cuenta de que ella había vuelto después de tantos años; por qué Márti tuvo que recorrer la ciudad para ir a su encuentro y decirle: “Queremos hablar contigo, queremos verte”.

No comprende cómo ha podido vivir sin tener noticias suyas, sin saber nada de ellos.

Ayer por la noche estuvo reflexionando mientras volvía al hotel desde el centro de congresos cargada de documentos, papeles y carpetas de colores, en taxi, puesto que no soporta el metro ni las interminables escaleras mecánicas que se hunden en las profundidades, ni el mal olor, ni el calor, ni las puertas que se cierran en cuestión de segundos, como si tuvieran que partir algo en dos; y también más tarde, en el hotel, donde no tiene una habitación sino un apartamento con cocina y dormitorio y un cuarto de baño con una bañera independiente en la que se baña cada noche para desprenderse del polvo, de la suciedad que aún cree que forma parte de esta ciudad como ninguna otra cosa.

Libros recomendados del mes

Garantías de felicidad

9788415851585

Vanina Papalini

(Adriana Hidalgo)

Joyce y las gallinas

Joyce y las gallinas

Anna Ballbona

(Anagrama)

Aquiles o El guerrillero y el asesino

Aquiles o El guerrillero y el asesino

Carlos Fuentes

(Alfaguara)

Jardinosofía

Jardinosofía

Santiago Beruete

(Turner)

El impresor de Venecia

El impresor de Venecia

Javier Azpeitia

(Tusquets)

 

Anna elaboró algunas respuestas, y siguió haciéndolo más tarde, sentada en albornoz junto a la ventana, ese gran ventanal que llega de pared a pared y del techo al suelo, con vistas a la casa de enfrente, tan cerca que se podría llegar de un salto, una casa desvencijada de fachada oscura, con el yeso desconchado y marcos de madera rectangulares que enmarcan bombillas desnudas. Anna elucubró respuestas absurdas, y seguía haciéndolo esta mañana, mientras desayunaba en el comedor sin ventanas donde cada día tienen lo mismo, pan blanco, queso seco y pequeños tarros de mermelada, y donde, durante toda la semana, se ha sentado al lado de una mujer con sus dos hijas, dos niñas rubias. Anna no ha leído el periódico, hoy no. Ha estado pensando posibles respuestas, aunque ninguna de ellas serviría para explicar por qué no les ha llamado.

Entran en una cafetería que se ha despojado rápidamente del pasado y que ahora tiene el aspecto de todas las cafeterías del mundo, con sillas y mesas de madera oscura, paredes de colores, una larga barra, una cafetera exprés que gorgotea y silba sin parar y una pizarra junto a la puerta que anuncia los platos del día escritos a tiza. Márti no se ha separado de Anna, se ha sentado a su lado, no pierde detalle de todo lo que dice, de todo lo que pregunta. Hablan de los últimos años, de cómo están, de cómo les va, de cómo han cambiado, de lo que son ahora, de cómo viven, del presente. Hablan y preguntan hasta que se han tomado el cuarto café y el quinto vaso de agua, hasta que están mareados y tienen las mejillas ardientes y sonrojadas, y se ríen de sí mismos, de lo absurdo que resulta querer resumirlo todo en una sola tarde.

Evocan veranos ya lejanos. Veranos en los que Márti aún no existía, Anna era una niña y Zsóka casi una mujer. Veranos únicos que quedan lejos, pero que aún recuerdan todos los que están sentados a la mesa, salvo Márti. A Anna le duele pensar en aquellos veranos y, mientras alguien pide más cafés, adopta el tono del que sabe que algo ha terminado, que algo se ha perdido para siempre. Recuerdan el agua donde nadaban, su color azul, verde y gris según la hora del día, los jardines donde saltaban, los juegos de cartas ante la ventana cuando llovía y la luz que arrojaba el atardecer para indicarles que al día siguiente podrían volver a bañarse. Recuerdan la sensación que se apoderaba de ellos en cuanto volvían a verse, en cuanto llegaba uno de esos veranos únicos y se abrazaban junto al seto de un jardín tras un largo viaje, un recuerdo que ha permanecido inalterado por muy lejos que estuvieran unos de otros.

Zsóka habla igual que antes. Su voz no ha cambiado, ni su mirada, ni su forma de decir las cosas, que hace reír a los demás. Llama a Anna como nadie la ha llamado durante años. Cada vez que se dirige a ella, cuando le hace alguna pregunta, utiliza el apodo cariñoso que le puso de niña, y a Anna no le importa que Zsóka la llame con ese mote que nadie pronunciaba desde hacía muchos años, no le molesta en absoluto, al contrario, le gusta.

Quieren retrasar el último abrazo, diferirlo. Se despiden durante mucho rato, caminan despacio. Avanzan dos pasos, se detienen, hablan, se les ocurren nuevas preguntas, nuevas cosas que contarse. Están en la calle que lleva al hotel de Anna, en una esquina, ante una pared de color gris claro llena de carteles que anuncian acontecimientos ocurridos hace mucho tiempo, y Anna comenta que el primer día le impresionaron porque todo parecía igual. La ciudad está como muerta. Un mendigo pide limosna, y el padre de Márti le dice a Anna: “Ya lo ves, esto antes no pasaba”, y lo dice en tono de lamento, de condolencia por todo lo que aquí había y ahora ya no hay, y por otras cosas que preferiría no tener.

Hay una cosa que no les gustó cuando escucharon a Anna en la radio, dice Zsóka a modo de conclusión, como si quisiera compartirlo con ella, como si no quisiera despedirse sin habérselo dicho. Cuando le preguntaron si volvería, ella dijo: “No, seguro que no, no tengo ningún motivo, ninguna razón para hacerlo”, y la próxima vez, dice Zsóka, sonriendo, debía decir: “Sí, por supuesto que volveré, volveré pronto para visitar a Márti y a sus padres”.

Traducción: Marina Bornas Montaña.


Compartir.

Dejar un Comentario