VOLCÁNICO NICK CAVE

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“La poesía es el intento de restituir por medio del lenguaje articulado esas cosas que oscuramente intentan expresar los gritos, las lágrimas, las caricias, los besos, los suspiros”, definía el francés Paul Valery a un género como la poesía. Si lo sabrá el volcánico Nick Cave (Warracknabeal, 1957), ese músico y escritor australiano que ha bordeado todos los límites y abismos –oh, drogas– y que de cada viaje hacia las tinieblas ha regresado con un caudal de información suficiente para presentir que la experiencia, pese a todo, ha sido lo suficientemente enriquecedora.

Sin embargo, su última travesía musical tiene marcada en la piel el dolor intolerable y siniestro de la muerte de un hijo. En el verano de 2015, uno de sus vástagos gemelos de 15 años, Arthur, falleció al caerse de un acantilado en Brighton (Reino Unido) tras haber consumido LSD. Y casi como David Bowie, que buceó en el deterioro de su cuerpo –atravesado por un cáncer– en lo que fue su último aliento artístico, el disco Black Star, el desgarbado Nick Cave encontró en los senderos de la composición el modo más certero para enfrentar tamaña catástrofe.

Su 16º álbum junto a The Bad Seeds se llama Skeleton Tree y se recuesta sobre pequeñas piezas y salmos, con un decorado lúgubre y sentimental, donde la voz de Cave es la de un spokesman fantasmagórico más que la de un cantante con temple rockero. Recién en la segunda parte, con la agridulce I Need You, aparece un pulso más cancionero, tan propio del Cave más popular. En el medio, su voz nos va relatando la odisea del sobreviviente, de aquel que no puede comprender por qué sigue vivo.

No hace mucho, tuve que asistir al entierro del hijo de un gran amigo. Con solo 18 años, el chico decidió quitarse la vida. Era muy extraño todo. ¿Qué hacían los padres sepultando a un hijo? ¿Qué hacían allí todos los amigos del muchacho, desgarrados y sin palabras, en un lugar al que tendrían que ir, en verdad, a acompañar el final de sus abuelos? ¿Cómo hacíamos para seguir al otro día los allí presentes? ¿Y por qué nos aferrábamos al dolor de estar vivos? ¿Y por qué nos aferrábamos al espanto de continuar?

Cuatro siglos atrás, el filósofo francés Blaise Pascal intentó determinar el siguiente concepto: “Una angustia que se escribe bien no está tan consumada como para no haber conservado algo del naufragio”. Nick Cave, con toda su angustia y desconcierto a flor de piel, logró rebatir o por lo menos hacer de su naufragio una enaltecedora puesta al día del amor de un padre por su hijo. Que no es poco.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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