BOB DYLAN: PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2016

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Qué revuelo que generó la secretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius, cuando el jueves 13 de octubre a las 13, hora sueca, anunció que el Premio Nobel de Literatura 2016 le correspondía a un músico que escribe canciones y no a un escritor hecho y derecho. La noticia provocó una novela por entregas que seguramente seguirá desenrollándose cuando estas bagatelas –oh, Catulo, gran poeta latino, gracias por haber dejado para la posteridad el peso de tus ocurrencias como algo significativo– lleguen a los ojos del lector.

Desde la airada respuesta de los detractores como la efervescencia de los mensajes de quienes saludaron con beneplácito la sorpresiva elección, hasta primero el silencio –como corresponde a la figura esquiva del triunfador– ante las llamadas de la organización para comunicarle la sentencia y luego la aceptación casi resignada –ese mismo jueves por la noche tocó en Las Vegas, y como es costumbre sus labios permanecieron sellados entre canción y canción– del hombre de 75 años que se lo conoce como Bob Dylan, todo indica que solo alguien como el señor implicado podía levantar tanta controversia.

Podemos entender a la tertulia literaria: el nobelizado a lo sumo cuenta con un libro que remite a las bagatelas de Catulo –la novela experimental Tarantula (1971), imbuida por el fervor poseso que lo sustrajo a mediados de los años 60, días en los que su máquina de escribir lo acompañaba hasta en el baño– y unas memorias espléndidas bajo el título de Chronicles (2004), no mucho más. Después, sí, un apabullante catálogo de canciones. Memorables, muchas. Casi memorables, otras. Tupidas, otras más.

Se comprende el malestar de la grey literaria. Como que el tipo fue más escrito por otros –el misterio de muchos momentos de su vida ha suscitado una cantidad infinita de páginas, como también existe un aluvión de literatura crítica sobre su monumental obra– que dado a publicar sus escritos. En verdad, el señor nobelizado dejó todo en manos de las canciones, el único salvoconducto posible para trazar una tradición que va del francés Arthur Rimbaud a los popes de la generación beat, el surrealismo y una cofradía de escritores cuyas raíces están en el country inmaculado, el blues y la linaje folk de Woody Guthrie, la familia Carter, Robert Johnson y decenas de baladistas escoceses e ingleses.

Ahora bien, Dylan siempre estuvo esquivando las etiquetas, los precintos, las cárceles del lenguaje. Y ahora se lo han puesto difícil. Por lo pronto, ya ha comunicado –escuetamente, claro– que está enterado del convite, aunque no ha aclarado que el 10 de diciembre será de la partida en la entrega de la medalla de oro, el diploma y una generosa suma de dinero –975 mil dólares– en la ciudad de Estocolmo. Sabemos que el desplante es parte de su carácter. Ya desde sus inicios musicales, cuando querían convertirlo en la voz de una generación –por sus canciones de “protesta”–, pasando por el legendario accidente de moto en 1966 –que lo llevó a alejarse de los escenarios por un largo tiempo, hasta 1974–, o su conversión al cristianismo a fines de los 70 –Robert Allen Zimerman, hijo de una familia judía, eso dice su pasaporte–, lo usual en su camino fue y será el desplante. Rehusarse a lo esperado.

Convengamos que el premio en sí, dylanísticamente hablando, no es muy alentador. Cuando cae la daga bien pensante de la Academia Sueca, en ciertas ocasiones sus cuellos favoritos son los de aquellos narradores o vates cuya obra está atravesada por los pesares de sobrevivir u oponerse a un sistema represivo. La bielorrusa Svetlana Aleksiévich (2015), el chino Mo Yan, seudónimo de Guan Moye, que significa “no hables” (2012), y el turco Orhan Pamuk (2006), son algunos ejemplos que surgen. El objeto del galardón estaba atravesado por el mensaje de alerta: “Producen literatura inmersos en un escenario tortuoso”.

En todo caso, esta situación espinosa que ha planteado la determinación de la Academia Sueca también sacó de las casillas a los grandes emporios editoriales, acostumbrados a reeditar cada año el catálogo del personaje laureado. Por una vez, la industria del libro tendrá que contemplar como son otros lo que se relamen los bolsillos. En Spotify la escucha de las canciones de Dylan se dispararon ostensiblemente: los streamings aumentaron más de un 500% en todo el mundo.

En otro momento vendrá el análisis de la influencia de la armónica en el entramado de su sonido. O mismo de su endiablada voz –viene a mi memoria su apreciación de la voz de Woody Guthrie, a la que describió como “un estilete”– y su peculiar dicción. Ni hablar de las lágrimas de cocodrilo del Nobel Mario Vargas Llosa, que se rasgó las vestiduras porque la Academia Sueca le otorgó la condecoración al hombre que le cambió la vida a los Beatles –“después de escuchar a Dylan nos dimos cuenta que las letras de rock podían decir otras cosas”, confesaron– y a medio planeta.

Esa hipocresía que es baba en los labios del escritor peruano –“la cultura de nuestro tiempo tiende a convertirse en espectáculo y lo que se presenta como una democratización cultural se convierte en banalización y frivolización”, comentó en plena polémica por la decisión sueca–, es pura potencia en los Dylan del mundo. ¿O, señor Vargas Llosa, no son sus fotos con su enamorada en la portada de ¡Hola! –alta (in)cultura propiamente dicha– muestras rotundas de esa “banalización y frivolización” que tanto lo escandaliza?

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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