MEJOR IMPOSIBLE: HUGH HEFNER, UN PLAYBOY AMERICANO

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SU CREACIÓN YA LLEVA 52 AÑOS DE VIDA. FUE UNA VERDADERA REVOLUCION EN LA SOCIEDAD NORTEAMERICANA. VENDIÓ UN MILLON DE EJEMPLARES A LOS POCOS MESES DE APARECER. HUGH HEFNER PROTAGONIZO LA VIDA QUE PROPUSO EN LAS PAGINAS DE SU REVISTA: A TODO PLACER, CONFORT Y LUJO, RODEADO DE LAS LEGENDARIAS CONEJAS. CON DOS DE ELLAS VIVIO AGITADOS Y TORRIDOS ROMANCES, PERO CASI TODAS VISITARON EL LEGENDARIO DORMITORIO DE SU MANSION. UN HOMBRE Y UNA HISTORIA INCOMPARABLES.

Texto: Joe Lepen

El IQ tenía razón. Aunque el rendimiento en el colegio del adolescente Hugh Marston Hefner –Hef, para los más cercanos– era el de un alumno promedio, los 152 puntos del test anticipaban un futuro de genio. Hoy, a los 80 años, puede mirar hacia atrás y decir que con Playboy cambió muchas cosas de la cultura cotidiana de Estados Unidos. En aquellos años, la inclinación del joven Hef era marcada: el dibujo, especialmente el cartoon. Ya en la Universidad, mientras estudiaba sociología y tomaba clases de arte, se había embarcado en la que fue su primera publicación: Shaft, una mezcla de humor y estudiantina que delataba su agudeza y capacidad de observación. Poco tiempo después, al leer el por entonces increíble informe del Kinsey Institute sobre la sexualidad humana, Hefner se puso de lleno a redactar un dossier sobre las leyes que regían la vida sexual en Estados Unidos. Ya se perfilaban en ese momento las que serían características centrales de su vida: la estética, la edición de publicaciones y el sexo. Pero no eran todo rosas para el futuro icono de Playboy: se le cerraban las puertas de los diarios para publicar su tira satírica “That Toddlin’ Town”, que ponía a su ciudad natal, Chicago, bajo una lupa nada complaciente. Eran tiempos en los que debía conformarse con 45 dólares por semana por ser asistente del manager del Chicago Cartoon Company, o un redactor publicitario de las cadenas Carson, Pirie, Scott, donde le pagaban 40 dólares. Y cuando vislumbró una mejora concreta –un puesto de redactor de promociones para la revista Esquire, cuya sede estaba en su ciudad–, la alegría le duró poco: la tradicional revista masculina se mudó a Nueva York y se negó a concederle un aumento de cinco dólares por el traslado. Hefner lo pensó bien y se decidió: su futuro estaría en una publicación propia. Una mesa de cocina Así comenzó una serie de intentos fallidos. Hasta que encontró a alguien que accedió a su propuesta de imprimir el primer número de una revista, y a otro hombre que prometió distribuirla en todo el país. No había tiempo que perder: sus flamantes amigos podían arrepentirse en cualquier momento.

Apenas seis años después de haber fundado su primer Playboy Club, Hefner trabajaba con dedicación sobre el material de la revista, en un pasillo de su mansión.

Apenas seis años después de haber fundado su primer Playboy Club, Hefner trabajaba con dedicación sobre el
material de la revista, en un pasillo de su mansión.

Así, juntó entre su familia y amigos algunos dólares, incluyendo los 600 que había pedido prestado a un banco, y se puso manos a la obra en su propio departamento del South Side. Sobre la mesa de la cocina desplegó unas fotos espectaculares de Marilyn Monroe, que había comprado a una empresa impresora de almanaques por la suma de 75 dólares. De esas tomas, utilizó sólo dos: una en la tapa y otra en la doble página central, en la que la (todavía futura) diva aparecía desnuda. Hefner eligió Playboy como nombre, inspirado en un modelo de automóvil que en ese momento venía pugnando por hacerse un lugar en el competitivo mercado automotriz norteamericano. Y en el momento de poner la fecha (Diciembre de 1953), se detuvo: “Que no se imprima ninguna fecha. Tal vez este sea el único número que aparezca de Playboy. Y si no vende lo suficiente, al no tener fecha podrá quedar en los puestos de venta hasta que se termine de vender”. Pero la prevención fue innecesaria. Los 50.000 ejemplares de la revista desaparecieron instantáneamente de los lugares de exhibición. Y el calendario de Marilyn Monroe se convirtió en una de las fotos periodísticas más célebres del siglo. A partir de ese suceso, Hefner contrató un staff de jóvenes escritores, diseñadores y publicitarios para asegurar el impulso de la flamante revista. El crecimiento fue fantástico. Hacia finales de los ’50, Playboy ya vendía más de un millón de ejemplares por mes. El mix era impactante: fotos de mujeres desnudas o en poses insinuantes, y un contenido editorial de lectura imprescindible. Como en las mejores cosas de la vida, la revista mezclaba frivolidad con profundidad, fascinación con realismo. Y transmitió, con esa mezcla, un estilo de vida distinto, que estaba latente –pero no en forma abierta– en esos años de posguerra, en que el lujo se medía por el largo de los automóviles, la ostentación de las residencias, el disfrute de todo lo material que podía ofrecer el país más avanzado tecnológicamente del mundo. En los ’60, Hefner empezó a vivir ese estilo de vida que pregonaba en sus páginas. La famosa “Good Life” que se colaba también en el recién lanzado show de TV Playboy’s Penthouse –con el tiempo llamado Playboy after Dark–, comenzó a formar parte de su vida cotidiana, al adquirir la Playboy Mansion y abrir el primer Playboy Club en el Near North Side de Chicago en 1960.

Fenómeno colectivo

Playboy y su creador ya eran un fenómeno colectivo tal que el famoso columnista Bob Greene bautizó como “Una fuerza de la naturaleza”. Un día le preguntaron a Hef si el objetivo final de tanto despliegue era modificar radicalmente la forma de vivir de los americanos, y su respuesta fue casi humilde: “Yo nunca intenté ser un revolucionario. Mi intención fue crear una revista para el hombre mayoritario del país, que incluya en ella el sexo. Eso terminó convirtiéndose en una idea revolucionaria”. El dueño de todo ese mundo aparecía día y noche rodeado por las famosas bunnies (conejas) y los playmates, construía mansiones de 48 habitaciones en las que se alojaban todas aquellas beldades que se reclutaban prolijamente en avisos clasificados en varias ciudades del país.  Para muchos de sus compatriotas, Hefner había redondeado el sueño masculino de Estados Unidos, así como otros, en años anteriores, habían alcanzado el famoso “sueño americano”. Los primeros años de la revista y de todo el fenómeno circundante no fueron fáciles: el FBI husmeó todo lo que pudo en torno a la figura de Hefner, desconfiando del origen de los fondos, en medio de una ola de maccartismo que atravesaba el país, en que las autoridades buscaban un comunista en cada rincón del territorio, y el ambiente artístico era justamente uno de los blancos preferidos de la ofensiva. Nada le encontraron. Sólo chocaban contra aquella historia real de los 600 dólares que obtuvo a préstamo poniendo a sus muebles como garantía. El resto lo había hecho el olfato para captar una necesidad del público por un nuevo estilo de periodismo.

Con Bárbara Klein, Hefner, que ya bordeaba los cuarenta, y no tenía la mejor reputación, mantuvo un diálogo chispeante que varios cronistas de su vida reprodujeron luego puntualmente. –Eres una buena persona, pero jamás he salido con alguien mayor de 24 años, le aclaró Bárbara. –Está bien, lo mismo me sucede a mí, contestó Hefner.

Barbie y Karen

Tenía buen ojo para elegir mujeres para el negocio. Y sabía disfrutar con ellas la vida. Sin embargo, cuando Hefner la tuvo delante, sintió que esa vez era diferente. Es que Bárbara Klein, una escultural adolescente de Sacramento, era una chica de principios tradicionales, inteligente, agradable, venía de una típica familia de profesionales, y no parecía tener entre sus objetivos la chequera del amo de Playboy.

Barbie era morocha, emprendedora, independiente. Karen rubia, complaciente y conocía todos los idiomas del placer . Para suerte de Hefner, que no podía prescindir de ninguna de las dos, una seducía en California y la otra en Chicago. Pero todo se sabe y el doble affaire terminó en portazos, llantos, celosas recriminaciones y vanos juramentos.

Barbie era morocha, emprendedora,
independiente. Karen rubia,
complaciente y conocía todos los
idiomas del placer . Para suerte de
Hefner, que no podía prescindir de
ninguna de las dos, una seducía
en California y la otra en Chicago.
Pero todo se sabe y el doble affaire
terminó en portazos, llantos,
celosas recriminaciones y vanos
juramentos.

Claro está que tantos buenos propósitos se integraban en un envase que cortaba la respiración. Con ella Hefner, que ya bordeaba los cuarenta, y no tenía la mejor reputación en esta materia, mantuvo un diálogo chispeante que varios cronistas de su vida reprodujeron luego puntualmente. –Eres una buena persona, pero jamás he salido con alguien mayor de 24 años, le aclaró Bárbara. –Está bien, lo mismo me sucede a mí,  contestó Hefner. La relación siguió por caminos poco habituales para Hef. Discretas cenas, viajes encantadores, fiestas, encuentros sociales, pero todo trascurría lejos del dormitorio. Asi fue hasta 1969. Bárbara sucumbió a la atracción seductora de la galaxia Playboy. Y no solo compartio con Hefner la enorme cama redonda, sino que aceptó ser fotografiada para transformarse en una star entre las conejitas. Rebautizada como Barbie Benton, fue un hito importante en el corazón y en las páginas del imperio. Pero la estabilidad sentimental, no estaba entre las virtudes de Hugh Hefner. Y esa fue su propia sensación cuando la texana Karen Christie llegó a su mansión de Chicago con la intención de trabajar en alguno de los 15 Playboy Clubs que ya tenía en el país. La timidez de sus 20 años, no alcanzaba para ocultar unas piernas cinceladas y unos pechos magníficos que tiempo después deslumbrarían a miles de lectores. Aseguran que cuando cumplió 21 años Hefner le regaló un anillo de diamantes de cinco quilates de Tiffany’s. La relación entre ambos creció desde una química sexual casi exacta y explosiva. Barbie era morocha, emprendedora, independiente. Karen rubia, complaciente y conocía todos los idiomas del placer. Para suerte de Hefner, que no podía prescindir de ninguna de las dos, una seducía en California y la otra en Chicago. Pero todo se sabe y el doble affaire terminó en portazos, llantos, celosas recriminaciones y vanos juramentos. Karen perdió. Con el tiempo, Barbie, con la que Hef alguna vez había fantaseado con volver a formar una familia, también abandonó el emporio.

Crece la leyenda

Pero, la leyenda se siguió agrandando. Hefner viajaba constantemente desde su mansión de Chicago a la de Los Angeles, a bordo de un jet DC-9 negro que tenía en su cabina todo lo imaginable para disfrutar cada minuto como si fuese el último. La máquina se llamaba Big Bunny. La mansión de Gold Coast, de Chicago, no sólo era exuberante y desproporcionada en su número de habitaciones; también había sido “equipada” con mecanismos que se asemejaban a las que sólo podía verse en las películas de suspenso: túneles, trampas, puertas dobles. Hefner quiso que nada de eso faltara en su Playboy Club, y así fue como hizo construir un túnel, paredes y bibliotecas que aparecían y desaparecían al solo toque de un botón. Según cuenta el escritor Gay Talese, también había instalado un estudio de cine y una máquina de hacer popcorn, un bowling y un baño turco.

Incluso había una piscina de cristal que permitía ver desde un bar que estaba debajo a todos los que allí nadaban, por supuesto en absoluta desnudez.  Su suite, huelga decirlo, era el summum de todas estas exquisiteces terrenales. Una enorme cama podía girar una vuelta completa en distintas direcciones, sacudirse, vibrar o frenarse bruscamente, para que cada momento de vida sobre ella se convirtiese en una aventura surrealista. No faltaba, por cierto, una cámara de TV sobre esa cama. Hombre culto y muy informado, el creador de Playboy siempre trataba de que cada extravagancia, hasta aquellas que parecieran más intrascendentes, tuviese una explicación racional, mezcla de filosofía y fetichismo. En sus heladeras nunca faltaban el champagne y botellas de Pepsi Cola, bebida de la que era realmente adicto: bebía una docena por día. Desde que decidió extender su reinado a la costa oeste –en 1975 ya había elegido vivir en Los Angeles, aunque su vida siempre fue un ir y volver vertiginoso de esa ciudad a Chicago y Nueva York– el vinculo entre Hefner y Hollywood se fue haciendo cada vez más estrecho.

Ahora la mezcla de la compañía podría resumirse así: ciberporno, TV por cable para adultos y ropa para adolescentes. Leyendo esto, parece estar muy lejos de aquellos días del departamento de South Side, cuando un joven Hugh Hefner acomodaba sobre su mesa la figura de Marilyn Monroe para ubicarla en el centerfold de su soñada revista, que hasta ese momento iba a titularse Stag Party (Despedida de soltero).

Años difíciles

Los años 80 mostraron un giro tal vez inesperado en la vida y las costumbres norteamericanas. La sociedad se volcó hacia un conservadorismo que, desde el poder, encarnaba a la perfección Ronald Reagan. El eje Reagan- Thatcher no sólo cruzaba el Atlántico y ahogaba a la desfalleciente Unión Soviética; también se filtraba en la vida cotidiana de los habitantes de Estados Unidos. Y en esa filtración empezaba a decaer en forma evidente el célebre mix que había construido el éxito fenomenal de Playboy. Las ventas cedieron notoriamente, y la propia salud de Hefner pareció sentir el impacto: un infarto, en 1985, detuvo su loca carrera de placer, negocios y creatividad. Pero el hombre se repuso enseguida y, apelando a un juego de palabras (stroke significa a la vez golpe e infarto), dijo que lo que le había ocurrido había sido un “stroke of luck” (golpe de suerte). El mensaje era claro. No pensaba abandonar ningún barco. Cuatro años después de ese acontecimiento, en 1989, volvió a casarse. Fue con Kimberley Conrad, que acababa de ser proclamada la Playmate del Año. De ese matrimonio nacieron sus hijos Marston Glenn (el 9 de abril de 1990, justo el día del cumpleaños de Hef) y Cooper Bradford, en septiembre de 1991. Hoy la familia está separada, y los hijos viven en una finca adyacente a la mansión de Los Angeles, junto con su madre. La salvadora Pero los ’80 trajeron otras novedades de fondo en la vida de la empresa. Ante la declinación del negocio, Christie Hefner, hija de su primer matrimonio, se hizo cargo de los puestos de chairman y ceo de Playboy Enterprises, aunque su padre sigue hasta hoy ocupando el cargo de editor en jefe, y no renuncia a enterarse de lo que ocurre en otras áreas de la compañía, como televisión por cable y producción de video, entre otras. Christie es una experta en negocios. Para la empresa es fundamental su expertise, ya que ahora todo el conglomerado apunta a la TV, la Internet y otras áreas novedosas. La declinación de las revistas porno que se inició en la década del 80 se profundizó en los años posteriores, y si Playboy no ha caído arrastrada por esa corriente fue, según coinciden los analistas, gracias a las habilidades de esa mujer. “Desde hace casi dos décadas, Hugh Hefner se limita a pasear en pijama por los salones de la compañía, rodeado de modelos recauchutadas con siliconas –escribió una inclemente cronista del show biz de Washington–. Desde 1988, el día a día de Playboy lo lleva su hija”. Y lo ha hecho en un contexto muy adverso: ya van dos décadas de gráficos que apuntan hacia abajo en la venta de revistas con desnudos de mujer o pornografía en general. Para comparar: hoy Playboy vende tres millones de ejemplares, un 42 por ciento menos que en 1972, aunque todavía la revista obtiene beneficios, algo que su competidora mayor, Penthouse, no consigue. Irónicamente, en el actual directorio de Playboy hay un gran número de mujeres. Christie Hefner ha logrado la supervivencia de la marca entre la feroz competencia que tiene, por un lado, al porno hard (sexo explícito), y por otro, el de revistas más soft, como GQ, Esquire o HMV, que hasta hace un tiempo se seguían exhibiendo para su venta en los shopping centers y malls de Estados Unidos. Últimamente, estas cadenas –que han redoblado sus concepciones moralistas– retiraron esos títulos de sus góndolas. Al mismo tiempo, Christie abandonó ciertas áreas de negocio que no eran del todo lucrativos (casinos, los mismísimos Playboy Clubs), y se dedicó de lleno a la TV y la web. Si bien se lo mira, es una decisión lógica: de cada cuatro nuevas páginas web que se crean, una es porno, y Playboy es una de las 20 palabras más buscadas en Internet. Ahora la mezcla de la veterana compañía podría resumirse así: ciberporno, TV por cable para adultos y ropa para adolescentes. Leyendo esto, parece estar muy lejos de aquellos días del departamento de South Side, cuando un joven Hugh Hefner acomodaba sobre su mesa la incomparable figura de Marilyn Monroe para ubicarla en el centerfold de su soñada revista, que hasta ese momento iba a titularse Stag Party (Despedida de soltero) y que a último momento pasó a llamarse Playboy. Muy lejos de aquellos días, sí, pero el hombre todavía pasea sus 80 años por la compañía, y se regocija teniendo la palabra final en la selección de la foto de tapa, la legendaria cover girl de un fenómeno periodístico que ya atravesó largamente el medio siglo.


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