ARACATACA: EL PUEBLO QUE INSPIRO UNA VIDA DE NOVELA

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Cien años de soledad, La hojarasca y Los funerales de la Mamá Grande. Los tres libros de Gabriel García Márquez hablan de Aracataca. El decidió llamarla Macondo. En la Calle Correa 5ª, número 624, el 6 de marzo de 1927, desde el vientre de Luisa Márquez y en las manos de una comadrona, nació el hombre que pondría al ignorado Aracataca-Macondo en el centro del mundo. Esa casa que lo vio nacer, lentamente sufrió la erosión del tiempo y del abandono. Una pared a medio terminar cubrió su frente, la maleza devoró el cuarto en que Gabo abrió los ojos por primera vez, y los precarios postes de madera que la sostenían se inclinaron hasta asemejarla a un barco a punto de naufragar. En diciembre de 1982, Luis Pazos escribía esta crónica, y decía de esta casa en ruinas: “Cuando estuve allí, sólo se conservaba la paila de hierro en la que Luisa preparaba la miel.” Hoy, restaurada, como una gema en un pueblo de sol, polvo y nostalgia, esa casa es el museo que evoca el nacimiento y los primeros años de su célebre hijo. Y es justicia. Aracataca, olvidada en el tiempo, será siempre un capítulo aparte.

Texto: Luis Pazos Fotos: Jorge Aguirre

Aquí estoy. De rodillas sobre una  calle de tierra seca y bajo un sol que se clava en mi cabeza como si fuera un cuchillo. A mi lado tengo diez bolsas de nailon. Acabo de comprarlas por un precio exorbitante en Foto Quiroga, Heladería y Miscelánea.

El vendedor de bananas, un clásico de Aracataca.

El vendedor de bananas, un clásico de Aracataca.

Se me acerca Joaquín Galíndez, el vendedor de plátanos. Tiene en la mano media docena y los deja a mi lado. Me está regalando una fortuna, porque valen dos pesos cada uno y son su comida de hoy. Le pregunto por su burra, La Consentida. Estoy en Aracataca, Colombia. El cubil de un monstruo: el subdesarrollo. También la cuna de un genio: Gabriel García Márquez. Se acercan tres, cuatro niños.

Tienen la piel color cobre o chocolate y el pelo de alambre de púa. Están en todas partes, como las hormigas y las lagartijas. Rolando, el sobrino de Joaquín, me pregunta qué estoy haciendo, y otro le dice: “Junta tierra para un experimento”. ¿Cómo explicarles que estoy juntando puñados de esta tierra alucinada para llevarla a mis amigos de la Argentina? Pasa un camión y me cubre de polvo. Hace tres días que el polvo me invade. Lo llevo en el cabello, en la ropa, en el cristal de los anteojos. Pero sobre todo en la boca. Son las nueve y media de la mañana y Aracataca ya asumió su identidad: sucursal del infierno. Salimos a las siete y ya vamos por la cuarta o quinta botella de soda. Desde el altoparlante de la iglesia, José Vergara Mercado, presidente y locutor de la radio “La Voz Católica”, da las noticias del día. La radio no tiene horario transmite a las ocho de la mañana, a las tres de la tarde o a las nueve de la noche. Depende. Anuncia entierros, bautismos y cumpleaños. Y también reprende a los habitantes. Hoy, Vergara la emprende contra los vecinos de la plaza Bolívar porque se niegan a limpiarla “como Dios manda”. Aracataca tampoco tiene periódico. Pero sí lo que los cataqueros llaman pasquines.

El mercado: veinte puestos casi desvencijados; comida, baratijas y hasta anteojos para ver bien, según reza un cartel.

El mercado: veinte puestos casi desvencijados; comida, baratijas
y hasta anteojos para ver bien, según reza un cartel.

Una hoja tamaño oficio y escrita en mimeógrafo. Los principales son El Aguijón, El Látigo, El Cuervo y El Ojón. Aparecen cuando pueden y deben, y denuncian las injusticias. El más cáustico es El Aguijón, que siempre lleva por fecha el 23, aunque aparezca en cualquier otra. Tampoco el Ciclón Bananero (un mini ómnibus de latón y asientos de madera) tiene horario ni paradas.  Pasa, cubriendo de polvo a la gente que desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche está en la puerta de sus casas, acunándose en las mecedoras. El cine. Un afiche anuncia “Viudas calurosas”. Me gustaría verla. Pero ¿cómo saber cuándo la darán? La sala es al aire libre, piso de cemento, bancos de plaza desvencijados por el sol y la lluvia, y una pared pintada de blanco como pantalla. Ahora estoy en la estación de trenes. La pavorosa estación de Cien años de soledad. Aquí –según la novela– los cadáveres de tres mil obreros fueron cargados rumbo al mar. La masacre fue el resultado de la huelga de los trabajadores bananeros contra la United Fruit Company, el 6 de diciembre de 1928. Llega el tren y pasa de largo. Ya nadie baja ni sube en Aracataca. Al costado de los rieles, en medio de la maleza, hay dos vagones dormitorio que fueron del tren de la United… Son la ruina de una ruina.

Son las nueve y media de la mañana y Aracataca ya asumió su identidad: sucursal del infierno.

HOTEL MACONDO

Mediodía. El sol no me deja pensar: 104º F a la sombra. Intento refugiarme en el hotel (diez años de vida, siete habitaciones). Se llama “Macondo” y es el mejor del pueblo. Habitaciones pintadas a la cal, cielo raso de cinc, dos clavos oxidados como ropero. En el techo, una bombilla. El suelo, un cuadrado de cemento. No hay agua corriente. Voy al baño y pruebo suerte. La tengo. Lleno un balde de agua, me saco la sudadera y me lo echo encima. No me seco. No vale la pena. Tomo la sudadera y la tiro a la basura, porque cometí el error de colgarla en un clavo, y se llenó de hormigas. En la pared de la entrada cuelga una planta, mezcla de pulpo y cactus. Raquel Mejía, la dueña (60 años, piel color tierra) me explica que es “una mata de sávila”, y que hace diez años que “me protege, porque a mí nadie me va a mamar el gallo” (tomar el pelo). En la puerta del hotel me espera Evelio Peñaloza con su camioneta. El único habitante de Macondo que tiene dos vehículos.

La radio no tiene horario: transmite a las ocho de la mañana, a las tres de la tarde o a las nueve de la noche.

Le pido  que me lleve hasta el río Aracataca. Atravesamos lentamente la Calle 8. Es la principal. Parece la hoja de una espada al rojo vivo. Empieza en una jungla y termina en el río. Ahora estoy en El Camellón 20 de Julio: una  rambla de cemento de dos cuadras de largo bordeada de almendros. Aquí, el 6 de diciembre de 1928, la policía se hartó de matar huelguistas. Son las dos de la tarde. Aracataca hace la digestión y nos disuelve. Detrás nuestro, la nada. El polvo que levanta la camioneta envuelve a Macondo como un sudario. Me saco los tenis y vestido, como estoy, me zambullo en el agua. Nelson Noches me dijo que el que se sumerge en sus aguas, vuelve. Tal vez: Macondo es una encantadora de serpientes. Un jovencito se lava en medio del río, vestido. Luego acarrea agua con un tronco sobre los hombros y una lata colgando a cada costado. Retrocedo cinco mil años. En  este instante, el Aracataca es el Nilo, el Ganges, el Tíber. Una mujer golpea el jabón con un palo (el manduco), lo estira hasta convertirlo en una lámina, saca del fondo del río una piedra y la envuelve con la hoja de jabón. La piedra parece una bola de billar. Frota la ropa con la bola y después la golpea con el palo. Pone la ropa en la punchera (un pedazo de latón que trata de ser una fuente) y la carga sobre la cabeza. Se va, y vuelvo al siglo XX. Volvemos al pueblo. Veo a Alfredo Correa García. Me hace señas con la mano y me muestra una foto de García Márquez, dedicada: “A Fejo, de su hermano mayor”. Y me cuenta que su madre, Abigail, ayudó a la comadrona que trajo a Gabo al mundo. Pasa Enrique Ramos Calle en su bicicleta.  Sombrero de rafia y ojotas. Es el tercer hombre que conocí en Macondo, y me develó un secreto: el origen del nombre. El macondo es un árbol. El rey de los árboles. Si alguien pudiera trepar hasta su copa vería al pueblo con los ojos de un pájaro. También fue el nombre de una finca modelo que construyó la compañía bananera. Y también se llamó así un río que ya no existe.

LA CASA DE LOS ESPANTOS

La casa de la madama. Paredes de madera podrida color óxido y un techo de lata sostenido por piedras. Durante la fiebre del banano (principios de siglo y comienzos de la década del ’40), la United Fruit Company la usó como burdel. Allí vive la madama. Nadie sabe qué edad tiene. Alguien dice que “cerca de cien”. Otros, que es ciega, “pero conoce las calles de memoria”. Otros, que habla inglés. Está sentada en el porche de la casa. Es una momia. Jorge le saca la foto con flash. Ella se levanta y golpea el suelo con el bastón, grita, maldice. Los vecinos rodean la casa y forman un muro de carcajadas. Me recuerdan a los gallinazos. Ahora, Correa 5a. número 624. La casa donde nació Gabriel García Márquez. Hoy es de la familia Iriarte Ahumada. “Esta es la habitación donde nació Gabito”, me dice la dueña. Es un cuadrado de cuatro por cuatro, devorado por la maleza. En otra, Luisa, su madre, preparaba la miel. No, no es la casa donde nació Gabriel García Márquez. Es el nido del gallinazo prehistórico. Pasamos por la iglesia de los masones. Víctor me dice que aquí “hay espantos”. Es decir, fantasmas. Paso de largo… El pueblo está lleno de afiches impresos en blanco y negro, tamaño oficio. Dicen: “José Guerra Ortiz ha muerto. Lliyo Costa, Alcides Costa y Efraim… invitan a sus amigos y relacionados al sepelio”. En Aracataca los velatorios duran nueve días. Estoy en la casa de José Guerra Ortiz. Hoy es el noveno día. La gente avanza por la calle polvorienta con las sillas al hombro y se sienta frente a la casa. Nadie llora ni habla ni reza. Adentro, la viuda (luto riguroso) sirve tinto (café). En el frente de la casa están las marcas de las balas. A José Guerra lo mataron a tiros. Nadie quiere decirme por qué. Su viuda pasará a ser una de las infinitas mujeres de vestido y sombrilla negros que pasean, como la muerte misma, bajo el sol aullador de Macondo. Después, la cumbiamba. A tres cuadras del velatorio está “Cacique Ara”. Una pista de baile al aire libre rodeada por bloques de cemento. La voz de Diomedes Díaz me pone los pelos de punta. Canta, por millonésima vez, uno de sus vallenatos (cumbia con acordeón): la única música que se escucha en Aracataca. De las seis y media de la mañana a las doce de la noche. Entramos. Mesas y bancos de madera devastados por la intemperie y botellas de aguardiente Cristal servido en vasitos de cartón tamaño dedal.

La vieja, vestida de negro como el ángel de la decrepitud, me insulta de arriba abajo porque Jorge le sacó una foto.

Se me acerca Grees Ramos (ojos achinados, alma de guajira) y me pregunta por mi seguranza. Quiere saber si me lo dieron los indios motilones, si ya tomé el brebaje de yerba y si llevo colgado del cuello un Cristo de oro. Le digo que no. La música me obliga a hablar a los gritos. Bailamos con los cuerpos entrelazados y los ojos cerrados. Hay olor a frituras. Cerca de la empalizada, una mujer revuelve el sancocho (guiso) y fríe caramañolas (bollos de maíz amarillo). Un sapo salta entre las mesas. Veo por primera vez gente joven. No usan sombrero de caña flecha, ni machete a la cintura, ni atan el caballo al palenque del granero (almacén). Usan jeans y remera. Nacieron aquí, pero están de visita. Estudian en Barranquilla o en Santa Marta. Grees tiene 17 años y toma aguardiente como un marinero. Pienso en Ursula y Amaranta, las hermanas del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, capaces de entrar en delirio por amor.

A José Guerra lo mataron a tiros. Nadie quiere decirme por qué. Su viuda pasará a ser una de las infinitas mideres de vestido y sombrilla negros que pasean, como la muerte misma, bajo el sol aullador de Macondo.

A José Guerra lo mataron a tiros. Nadie quiere decirme por qué. Su viuda pasará
a ser una de las infinitas mideres de vestido y sombrilla negros que pasean, como
la muerte misma, bajo el sol aullador de Macondo.

Diez de la mañana. Cementerio de Macondo. Tumbas blancas y flores lila creciendo al azar, como maleza. Mariposas amarillas: las mismas que anuncian la llegada de Mauricio Babilonia en Cien años… Busco las tumbas del coronel Nicolás Márquez y su mujer, Tranquilina: los abuelos de Gabo. El hombre que lo educó en el horror de la Guerra de los Mil Días (la más cruenta que asoló a Colombia) y la mujer que le reveló que los muertos charlan con los vivos. No las encuentro. Le pregunto al sepulturero, Humberto Ellis, 68 años, 43 enterrando hombres y sueños. No sabe nada. No hay registros ni planos. Sólo su memoria, y está en blanco. Pero me muestra su propia tumba: “La hice por si me agarra la jornada”. Su cuna, mi coronel, es hoy una tumba sin memoria. Quisiera ser el Ángel Exterminador, mi coronel, para arrasar Aracataca a sangre y fuego. Estoy harto, mi coronel, de las mujeres que riegan las calles para aplacar el polvo, de las mecedoras en la puerta de cada casa, de las tres motos Suzuki que a las siete dan media docena de vueltas a la plaza Bolívar.

SEÑORA DE LA FRITANGA

Siete de la mañana. Mercado de Aracataca. Veinte puestos, comida y baratijas. Manuel Fuentes, el cacharrero, vende lo imposible: anteojos para ver bien. Me tomo un tinto caliente en la fritanga de Agapita. La vieja, vestida de negro como el ángel de la decrepitud, me insulta de arriba abajo porque Jorge le sacó una foto. Pero Naney González quiere ser amable y me explica cómo se prepara el petu: arroz licuado, leche, canela y mucho hielo. Veo carne pudriéndose al sol. Veo perros que vagan entre los puestos como almas en pena. El olor a pescado frito en aceite de palmera se apodera de todo. Un hombre blanco, de bigote renegrido, les grita a todos. La cosa es con nosotros. Nos acusa de fotografiar negros, y dice que eso es malo para el pueblo. Llegan los carros con mercadería. Los tira una mula, pero las ruedas son dos gomas de auto. Siempre la contradicción exasperada. La misma de los indios molicotes que encontré frente a la iglesia: trajes rituales, pero reloj pulsera en la muñeca. Demasiado sol, demasiado polvo, demasiado de todo. Un último apunte: Aracataca significa Río del Cacique.

ORACION POR MACONDO

Señor: yo, Luis Pazos, con el derecho que me otorga ser tu hijo, te pido que protejas a Macondo. Que sus habitantes entiendan que la pobreza no debe ser su cruz sino su fuerza. Sé que la tecnología no es tu fuerte. Pero ¿qué te cuesta darles agua potable y pavimento? Cuando me alcance la vejez, no me bendigas con la amnesia. Haz que nunca olvide lo que vi aquí, aunque te pida a gritos olvidarlo. Protégela, sobre todo, de sus protectores. Si así no lo haces, el día de mi muerte iré hasta donde estés para exigirte que me rindas cuentas.


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