BRASIL: LA COPA MUNDIAL DE LA FIFA CUENTA SUS MUERTOS

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En Brasil, como en muchas partes del mundo, el fútbol es un deporte muy popular. A mediados de junio arranca una nueva edición de una contienda que paraliza la vida de millones de personas: la Copa Mundial de la FIFA. El país sudamericano es el anfitrión de un evento que le redituará a las arcas de su economía una cuantiosa suma de dinero, pero que también ha generado una serie de debates que ponen en duda la transparencia de los preparativos. Además, se han sumado denuncias de violación de derechos humanos y el número creciente de operarios muertos en la construcción de los estadios y otras obras.

Texto: Fabíola Ortiz / Fotos: Hilderaldo de Oliveira / Paulo Bilac

La presión para terminar a tiempo los 12 estadios de fútbol de Brasil en los que se jugará desde el 12 de junio la Copa Mundial de la FIFA (Federación Internacional del Fútbol Asociado) impone jornadas extenuantes, de hasta 18 horas, y amplía el riesgo de accidentes y muertes. Nueve trabajadores murieron ya en las obras, siete por accidentes y dos por fallos cardíacos. El último incidente fatal ocurrió el 29 de marzo en el Arena Corinthians, en la sureña ciudad de San Pablo. Fábio Hamilton da Cruz, de 23 años, murió al caer de una altura de ocho metros, cuando trabajaba en el montaje de unas gradas. La muerte provocó el cierre parcial de las obras por parte de la justicia, que exigía que la empresa mostrara que corrigió las fallas de seguridad. Pero el lunes 7 de abril, el Ministerio de Trabajo autorizó a reanudar los trabajos, ya que el estadio debe estar listo para el partido inaugural del Mundial, el 12 de junio.
El 7 de febrero, el portugués Antônio José Pita Martins, de 55 años, falleció cuando una pieza que desmontaba de una grúa cayó sobre su cabeza, en el estadio Arena da Amazônia, en la norteña ciudad de Manaos. En esa obra había fallecido Marcleudo de Melo Ferreira, de 22 años, el 14 de diciembre. El joven cayó de una altura de 35 metros cuando se rompió una cuerda a las cuatro de la madrugada. Ese mismo día, al lado del estadio, murió de un infarto José Antônio da Silva Nascimento, de 49 años, mientras trabajaba en la construcción del Centro de Convenciones de Amazonas, que integra el complejo preparado para el campeonato de fútbol. La familia se quejó de las condiciones laborales y de las jornadas “de domingo a domingo”.
El 28 de marzo de 2013 había fallecido un cuarto operario en la Arena da Amazônia, Raimundo Nonato Lima da Costa, de 49 años, por traumatismo craneal tras caer de una altura de cinco metros. En San Pablo, el 27 de noviembre de 2013 murieron otros dos obreros, Fábio Luiz Pereira, de 42 años, y Ronaldo Oliveira dos Santos, de 44, cuando cayó una grúa en el estadio del club Corinthians, más conocido como “Itaquerão”. Un paro cardiorespiratorio acabó con la vida de Abel de Oliveira, de 55 años, el 19 de julio de 2012. El hombre se sintió mal mientras trabajaba en la construcción del Minas Arena, popularmente llamado “Mineirão”, en la ciudad de Belo Horizonte, centro-sur de Brasil.

MANAOS, CIUDAD SEDE DE VARIOS PARTIDOS DE BRASIL 2014

Se estima que los extranjeros dejarán en Brasil aproximadamente 2,978 millones de dólares.

Más muertes
El primer accidente fatal de las obras de la Copa FIFA ocurrió el 11 de junio de 2012, cuando un trabajador de 21 años, José Afonso de Oliveira Rodrigues, cayó de una estructura de 30 metros de altura en el Estadio Nacional de Brasilia. Pero las malas condiciones de trabajo también se cobraron vidas en instalaciones deportivas que no figuran en la lista oficial de la FIFA. El 15 de abril de 2013, parte de las graderías del estadio Arena Palestra del club Palmeiras, en San Pablo, se derrumbaron y causaron la muerte del trabajador Carlos de Jesus, de 34 años. Otro resultó herido al caer una losa. En el momento del accidente estaban trabajando unos 500 operarios, cinco de ellos justo en el sitio de la caída. Tres escaparon ilesos. Araci da Silva Bernardes, de 40 años, estaba colocando una luminaria en el estadio Arena do Grêmio, en la sureña Porto Alegre, cuando una descarga eléctrica lo mató el 23 de enero de 2013. Este estadio se inauguró en diciembre de 2012, pero no está previsto que se celebren en él partidos del Mundial.
“El gobierno presiona a las empresas y estas descargan en los operarios, que están pagando con sus vidas”, remarcó el dirigente Antônio de Souza Ramalho, presidente del Sindicato de los Trabajadores de las Industrias de la Construcción Civil de San Pablo (Sintracon-SP) y congresista estadual del Partido de la Socialdemocracia Brasileña. Fue una “irresponsabilidad demorar las obras para luego, con la fecha encima, matar a los trabajadores con jornadas extenuantes de hasta 18 horas por día. Los males de la Copa van a dejar secuelas por muchos años. No podemos aceptar accidentes, son algo criminal”, observó. Según el sindicalista, la caída de la grúa que mató a dos trabajadores en San Pablo fue anticipada por los obreros.
En la zona donde se levanta el estadio del Corinthians se rellenó una cantera apuradamente para sostener la grúa que transporta las piezas de la estructura que cubre el estadio, cuando se necesitaba construir una base de cemento armado. “Los propios trabajadores y los ingenieros de seguridad advirtieron que eso era inseguro. Sabemos que fue la prisa, pues hacer la base de cemento requería 60 días y tenía su costo. Prefirieron improvisar”, sostuvo Ramalho.
Varios meses después de esas muertes, se desconoce el resultado de la pericia técnica. En diciembre, el Ministerio de Trabajo y Odebrecht, la empresa contratista, firmaron un compromiso de ajuste de conducta que impide a los operarios de las grúas hacer horas extras o trabajar de noche. La jornada del resto de los trabajadores debe ser de siete horas y media, más una hora para almorzar, y sólo pueden hacer dos horas extras diarias.
No obstante, según Ramalho, el acuerdo “no se cumple”. “Presenté una denuncia para que la policía investigue. Estamos viviendo una enorme inseguridad jurídica”, aseveró. Una de las principales irregularidades de las obras en San Pablo son los contratos llave en mano, en los que se paga al trabajador por un servicio específico en un plazo determinado. “Al pagarse por tarea realizada, se evaden las leyes laborales que prevén cargas sociales. Todo el mundo lo sabe, pero no hay cómo probarlo”, lamentó Ramalho.
El presidente del Sindicato de Trabajadores de las Industrias de la Construcción Civil del norteño estado de Amazonas, Eduardo Lopes, relató que “el riesgo es inherente a la construcción, pero la carrera para entregar las obras genera un peligro mucho mayor, sin duda. Sin embargo, en los dos accidentes fatales (en la Arena da Amazônia), las personas llevaban el equipamiento de seguridad. Fue imprudencia de los trabajadores que incumplieron las normas e ingresaron a zonas restringidas”.
Lo cierto es que cuando el cronograma se acorta, la prevención pasa a segundo término, admitió el ingeniero mecánico y de seguridad Jaques Sherique, del Consejo de Ingeniería de Río de Janeiro. En la remodelación del estadio Maracaná de esta ciudad, concluida en abril de 2013, no hubo muertos, pero sí varios lesionados, la mayoría por descarte inadecuado de materiales y heridas cortantes por manipulación y sobrecarga, sin contar las largas jornadas de trabajo, incluso nocturnas. “La obra concluye y el trabajador se enferma después. Cuando el estadio queda listo y bonito, la población de operarios sale abrumada, agotada y estresada”, describió.
La construcción civil es el sector que crea más empleos en Brasil, con 3,12 millones de nuevos puestos en 2013, pero también donde más crecen los accidentes. En 2010, se registraron 55 mil y en 2012 subieron a 62 mil, un aumento del 12%, según el Ministerio de Trabajo. Sólo en San Pablo se quintuplicaron los accidentes laborales de la construcción en los últimos dos años, indican datos recopilados por Sintracon-SP. En 2012 sumaron 1.386 y 7.133 en 2013. En las obras para los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, Rusia, murieron más de 60 obreros, según la Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera. En las de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, no hubo muertes.
“Muchas veces los operarios se alegran cuando se accidentan porque van a casa a descansar. Y los que resisten van a desarrollar dolencias más tarde. Resulta paradójico, pero las enfermedades laborales que ganan protagonismo en esta industria son los disturbios mentales o psicosociales. Es un legado perverso y subregistrado, la parte sumergida del iceberg de la seguridad laboral: las dolencias adquiridas en el trabajo”, destacó el ingeniero Sherique.
Esto no preocupa a la industria, especialmente en las obras deportivas que entrañan un ritmo intenso, presión y plazos. La ley prevé una indemnización del 6% del salario de un trabajador durante el período en que está expuesto a actividades peligrosas, insalubres o nocivas. “Esto no es razonable ni correcto”, opinó Sherique, porque “la mayoría de las veces estas enfermedades ni son notificadas”. En 2011, el Tribunal Superior del Trabajo lanzó un programa nacional de prevención de accidentes laborales que, sin embargo, “no ha tenido resultados reales”, valoró el especialista.

La elitización del fútbol
Se prevé que la Copa dará una gran visibilidad a esta potencia latinoamericana y atraiga numerosas inversiones. Las proyecciones son que visiten al país durante las seis semanas del torneo unos 3,4 millones de turistas y que ello represente ingresos por unos 5.300 millones de dólares. El gobierno afirma que el Mundial incrementará el producto interno bruto (PIB) en 103 mil millones de dólares durante el período 2010-2019, lo que se traducirá en un aumento anual de más del 0,4%.
“¿La Copa es para los brasileños?”, preguntó el investigador Christopher Gaffney, del Programa de Posgrado de Arquitectura y Urbanismo de la pública Universidad Federal Fluminense, que hace un seguimiento del desarrollo de los grandes proyectos urbanos en el país. “Es una Copa para los intereses de la especulación inmobiliaria, para las grandes construcciones civiles. Dejará de legado estadios bonitos, pero va a significar una elitización del fútbol”, se respondió el investigador de origen estadounidense. El valor de las entradas alcanzó entre 120 y 150 dólares, inalcanzable para el brasileño promedio, argumentó este geógrafo, que monitorea especialmente los preparativos de la Copa FIFA, desde que Brasil fue elegido como sede en 2007. “Será una elitización del fútbol que es, de partida, el deporte más popular y democrático del país y va a ser cada vez más caro”, planteó.
Gaffney criticó que esta aristocratización se exprese ya “en la construcción de estadios faraónicos, multimillonarios, que son la expresión de una propuesta para hacer elitista al fútbol”. Para el experto, el propio término de legado, en que las autoridades insisten para hablar del saldo social positivo del campeonato, es un error. “Cuando se recibe una herencia no hay que pagar para recibirla; en Brasil, vamos a tener que pagar para sostenerla, así que en realidad es una deuda”, subrayó.

“Nueve trabajadores murieron ya en las obras, siete por accidentes y dos por fallos cardíacos.”

Según el investigador, la FIFA quiere que el brasileño pague altos costos para concurrir a los estadios, además de la inversión sin precedentes que realiza para organizar la Copa. “El brasileño está pagando una cifra multimillonaria. Esta es la Copa más cara de la historia y la FIFA quiere que la sociedad pague cifras muy elevadas para ver los partidos”, criticó. Del total de 12 estadios que se han construidos enteramente o remodelados, nueve lo son con fondos públicos. En 2010, los cálculos oficiales estimaban que la inversión requerida para este apartado sería de 3 mil millones de dólares, mientras que actualmente el monto subió a 4 mil millones.
“En 2007, el entonces ministro de Deporte, Orlando Silva, dijo que no se iba a gastar un céntimo de dinero público para los estadios. Pero la inversión privada no apareció. De hecho, un estadio no da ganancias y hay que mantenerlo”, dijo Gaffney. La mayor erogación fue para la remodelación del emblemático estadio Maracaná, cuyo presupuesto actual se elevó hasta 530 millones de dólares. En esta edificación ya se gastaron otros 180 millones de dólares, para mejorar sus instalaciones para los Juegos Panamericanos de 2007.
El problema, según Gaffney, es “qué tipo de estadio vamos a tener”. Para un estadio con tecnología vanguardista y paneles fotovoltaicos producidos por empresas europeas, “la cuenta final será insostenible”, porque se deberá importar la tecnología y la mano de obra para instalarlos y mantenerlo, afirmó. El costo anual del mantenimiento posterior sería de 10% de su valor, por lo que “en 10 años vamos a pagar por un nuevo estadio”.
En cada uno de los estadios se celebrarán entre cuatro y siete partidos. En el caso de la occidental ciudad de Cuiabá, capital del estado de Mato Grosso, serán cuatro juegos, lo que se traduce en una inversión de 370 millones de dólares para ocho horas de Copa, que después quedarán subutilizados. Además, hay costos sociales que pueden transformar la Copa del Mundo en la “Copa de la Exclusión”, porque las obras para su realización ya han generado gran cantidad de desalojos y expropiaciones en asentamientos donde viven familias pobres, las llamadas favelas, para establecer las líneas de buses de tránsito rápido.
El secretario general de la FIFA, Jérôme Valcke, visitó Brasil para fiscalizar cómo marchaban los preparativos. El directivo supervisó las obras en Brasilia, Río de Janeiro, Fortaleza y Recife. “La Copa del Mundo cuesta lo que el país puede pagar y quiere invertir. La FIFA no pide nada que sea más de lo que el país ofreció hacer”, indicó Valcke. En ese sentido, resaltó que fue el gobierno de Brasil el que decidió ubicar los 12 estadios para la Copa en “ciudades que carecen de infraestructura, sistema de telecomunicación, hospedaje y transporte. Por eso hay que hacer un gran volumen de inversiones. No somos una organización privada, no estamos para lucrarnos, del dinero recaudado, el 80% vuelve al mundo del fútbol”.


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