SUDAN: SUDANDO PETROLEO

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Sudán vive días agitados. Debajo de todo el conflicto étnico que flagela a la nación africana en las últimas décadas, se esconde la preciada efigie del petróleo. En un momento en que el barril se cotiza a precio de oro, Sudán se convirtió en una fuente importante de abastecimiento. La cuestión es tener el control de sus yacimientos de hidrocarburos, algo que tanto Estados Unidos como China saben bien. ALMA MAGAZINE se mete en las entrañas de una región altamente compleja e inflamable.

Texto: Agustín Atir Fotos: AFP / AP

CHINA-AFRICA-ECONOMY-FINANCE-FUND

China ya se beneficia con el abastecimiento provisto por Sudán.

Las piezas de ajedrez sobre un tablero suelen ser la representación más frecuente de las complejas variantes que encubre la política internacional. La crisis de Sudán es, acaso, la expresión más despiadada del ajedrez fatal que juegan las grandes potencias en ese país africano, donde se mezclan ambiciones, necesidades estratégicas, apetitos hegemónicos y tentaciones expansionistas. Sobre ese lúgubre escenario flota una agria fragancia de petróleo, esa materia prima cada vez más rara y más cara que desde hace un siglo provoca guerras, golpes de Estado y asesinatos. Esas referencias son imprescindibles para comprender el largo confl icto que en cuatro años provocó 200 mil muertos, más de 2 millones de personas desplazadas, 4 millones de damnificados y cuyas metástasis se extienden hasta los países vecinos (la República Centroafricana y Chad). Para algunos teóricos en geoestrategia, Sudán es un modelo en escala reducida de los confl ictos de baja intensidad que caracterizarán las primeras décadas del siglo XXI: enfrentamientos inspirados en razones económicas con protagonistas teleguiados desde la penumbra por las grandes potencias. Para el Departamento de Estado norteamericano, el dramático caso de Sudán fi gura en la categoría de “genocidios”. Aunque ese adjetivo parece exagerado a juicio de las otras grandes potencias, las organizaciones no gubernamentales (ONG) están divididas sobre la forma de definir la tragedia. Algunos prefieren hablar prudentemente de “catástrofe humanitaria de grandes proporciones”. Otras ONG denuncian a China como responsable de un “genocidio” provocado por sus exportaciones clandestinas de armas y su voracidad por el petróleo que encierran las extrañas geológicas de Sudán. Algunas de esas ONG no son totalmente inocentes, pues expresan en voz alta lo que piensan los think tanks vinculados a los neocons. Las instituciones internacionales, como la Organización de Naciones Unidas (ONU) o la Unión Europea (UE) rehúsan utilizar un lenguaje tan categórico. Pero esa prudencia semántica se debe, en buena medida, a la necesidad de evitar un enfrentamiento con China que podría poner en peligro la frágil pacifi cación de Darfur.

En números

Superficie 2.505.813 km2 Moneda Nueva libra (desde enero 2007) Idioma Arabe y dialectos Religión Musulmanes (norte), animistas y cristianos (sur) Población 40 millones Económicamente activa 7,4 millones Ocupación Agricultura 35%, industria 25%, servicios 40% Tasa de desempleo 18,7% PIB per cápita U$S 2.400 Exportaciones US$ 7.505 millones (petróleo, algodón y especias) Pobreza 40% Tasa de analfabetismo 39% Tasa de fertilidad 4,6 hijos por mujer Dato Tasa de mortalidad infantil: 91‰; esperanza de vida al nacer: 49 años Prefijo telefónico +249 Títulos Es el país con mayor superficie de Africa.

HAMBRUNA Y DESPUES

SUDAN OIL

Los sudaneses inauguraron el primer pozo petrolífero en 1999.

En todo caso, el conflicto generalizado que estalló en febrero de 2003 no hizo más que cristalizar las rivalidades que había dejado la hambruna de 1983-84 con su cohorte de miseria, enemistades clánicas, rencores y racismo. En pleno siglo XXI resulta difícil comprobar que una de las mayores crisis internacionales puede estallar por los mismos motivos que existían en la época de las cavernas. Durante esos 18 meses de 1983-84, en los cuales no cayó una sola gota de lluvia en Darfur, la sequía diezmó los rebaños y provocó la muerte de unas 100 mil personas en esa región ubicada al oeste de Sudán. Los pastores árabes de las tribus mahariyas arrearon las manadas hacia el sur, provocando una ruptura del sutil equilibrio que existía –desde tiempos inmemoriales– sobre el reparto del agua y de las praderas fértiles con los cultivadores africanos de esa región. Casi 10 años después de ese drama humanitario, bastó un soplido para reavivar el fuego de esas brasas. En 2003, las hostilidades comenzaron cuando la mayoría de las etnias africanas apoyaron en forma masiva una rebelión contra el régimen islamista implantado en Khartum a partir de 1989 por el general Omar el Bechir. Una de las primeras medidas adoptadas por ese militar apenas llegó al poder fue instaurar la chariá, es decir, la incorporación de la ley islámica al Código Civil. Para combatir a los rebeldes negros, el Bechir movilizó a las tribus árabes. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja porque en Sudán el confl icto enfrentó a todos contra todos: las fuerzas gubernamentales y sus milicias janjawides contra los rebeldes, árabes contra negros, musulmanes contra cristianos y animistas, nómades contra sedentarios, aldea contra aldea. Entre tanto, y por encima de esa guerra generalizada, las grandes potencias movían las piezas de tablero a través de envíos de armas, dinero e infl uencia con la esperanza de conquistar una posición de privilegio para el futuro. En cambio, algunos expertos internacionales aseguran que el verdadero casus belli fue el descubrimiento del petróleo, realizado en 1980 por la empresa norteamericana Chevron. Las rivalidades étnicas sólo fueron el pretexto para provocar un confl icto por el control de los yacimientos de hidrocarburos. Para complicar aun más la situación, la guerra generalizada de Darfur se superpuso, por momentos, con otros dos viejos confl ictos que se arrastraban desde hacía años. En diciembre de 2006, el gobierno de Khartum logró fi rmar un acuerdo de paz con el Frente del Este del Sudán, formado a principios de 2005 por la etnia beja y la tribu árabe Rachidiya. Durante casi dos años, los rebeldes controlaron toda esa región, pobre y escasamente desarrollada, que limita con Eritrea. Las hostilidades terminaron con la integración de los 1.800 rebeldes en las fuerzas armadas regulares y la designación de algunos dirigentes del Frente en el gobierno central. La pacifi cación del sur, lograda en enero de 2005, puso término a 21 años de guerra entre el gobierno de Khartum –representante de la comunidad árabe-musulmana del norte del país– y el Ejército Popular de Liberación de Sudán (SPLA en sus siglas inglesas), que se rebeló en nombre de la mayoría cristiana y animista que reside en el sur del país. A pesar del armisticio de 2005, la paz en esa región sigue siendo extremadamente frágil. Una vez pacificados los frentes del este y del sur del país, el conflicto más grave –en Darfur– debería terminar con el envío de una fuerza híbrida, integrada por 26 mil hombres de la ONU y de la Unión Africana (UA). La creación de esa fuerza fue aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU y por la UA el 1 de agosto. El apoyo de Estados Unidos a ese Acuerdo de Paz Global (CPA) marcó un cambio en la posición de la Casa Blanca. A diferencia de la actitud de Bill Clinton, que había colocado a Sudán en la lista de estados parias, el gobierno de George W. Bush restableció el diálogo con el régimen del general Omar el Bechir por consideraciones de orden geopolítico: la idea de Washington es que el tratado de paz pueda darle al SPLA el control de una parte de las riquezas petroleras y –de ese modo– abrir las puertas a las empresas occidentales frente al virtual monopolio que ejerce China. Sin embargo, en las aldeas de Darfur los campesinos abrigan pocas esperanzas de ver una paz estable y duradera.

La guerra

2003 Estallido de la guerra civil

2005 La ONU denuncia crímenes contra la humanidad

2006 Acuerdo entre rebeldes y gobierno. Siguen los combates

2007 Llegan 26 mil soldados de paz para reforzar los 7 mil cascos azules presentes

EN LA MIRA DE LOS CODICIOSOS

SUDAN-DARFUR-CHINA-DIPLOMACY

En Sudán celebran el arribo de funcionarios e inversores chinos.

La inseguridad no sólo proviene de las operaciones militares y los combates. Además de los soldados y las milicias rebeldes –que matan, violan y saquean a los pobladores por igual–, la región está infestada de bandidos que controlan los caminos, se apoderan de los vehículos, despojan a los viajeros, cobran peaje y pillan a los campesinos. Las organizaciones humanitarias ya no se atreven a circular en 4×4 por esas rutas inseguras y sólo se desplazan en helicópteros, escoltadas por fuerzas privadas de seguridad –armadas hasta los dientes– que contratan en Estados Unidos o en Gran Bretaña. En estas condiciones, nada indica que el país pueda recuperar la paz en un plazo relativamente razonable. Es que la miseria y el dolor de la guerra, los rencores, las enemistades clánicas y el racismo constituyen un combustible fácilmente infl amable para seguir atizando la inestabilidad endémica de ese país. Asimismo, las enormes riquezas en hidrocarburos de Sudán despertaron la codicia de las grandes potencias, lo que añadió otro factor de inestabilidad. En un momento en que el barril de petróleo se cotiza a precio de oro, Sudán se convirtió en una fuente importante de aprovisionamiento. El país, que produce actualmente 500 mil barriles diarios, dispone de reservas probadas de 563 mil millones de barriles. Algunas estimaciones hacen llegar esas reservas a 1,2 billones de barriles. Ese potencial convierte a Sudán en una de las grandes potencias petroleras de Africa, detrás de Libia, Nigeria, Gabón, Angola y Argelia. Con la mayor superfi cie de Africa, Sudán ocupa –al mismo tiempo– una posición clave en el mapa del continente, pues se extiende desde el estratégico Mar Rojo hasta el Magreb y desde el corazón del continente negro hasta el Cuerno de Africa. La principal preocupación de las grandes potencias occidentales en este momento es cómo frenar la creciente infl uencia de China en Sudán. Por razones de estrategia geoeconómica, Pekín está dispuesto a hacer todos los esfuerzos necesarios para conservar las posiciones que ganó en los últimos años en los yacimientos petroleros de Sudán. La primordial inquietud china en este momento es asegurarse el aprovisionamiento de materias primas que reclama su economía para mantener su asombroso ritmo de crecimiento. El petróleo ocupa el primer lugar de esas prioridades. Pero esa imperiosa necesidad choca con los intereses norteamericanos: “La creciente dependencia china del petróleo africano lanzó a Pekín en una trayectoria que conduce a una colisión frontal con las prioridades políticas de Estados Unidos en el continente”, escribió John Ghazvinian en The Scramble for Africa’s Oil (La pelea por el petróleo africano). China es el segundo consumidor mundial de petróleo detrás de Estados Unidos. Ambos son dependientes del suministro externo para saciar la voracidad de sus industrias. Como Estados Unidos, China necesita importar 40% de su consumo. Actualmente sus necesidades se elevan a 1,6 millones de barriles diarios. Aunque debido a la extinción de sus yacimientos y al aumento del consumo, “las necesidades petroleras de China en 2020 dependerán en 80% de las importaciones”. Por eso su principal estrategia es adelantarse a Estados Unidos y abrir nuevas fuentes de abastecimiento. Cuando negocia con Sudán, China no tiene los prejuicios ni exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI), controlado por Estados Unidos, que condiciona sus préstamos a la aplicación de una política liberal y de principios de buena gobernabilidad. Pekín no formula preguntas. Desde 1999, China invirtió 15 mil millones de dólares en Sudán. Al frente de un consorcio internacional, obtuvo un préstamo del Banco Mundial para financiar un oleoducto de más de mil kilómetros que va desde los yacimientos de Heglig hasta Puerto Sudán, por donde sale toda la exportación de hidrocarburos. En estos días Sudán le vende a China unos 325 mil barriles diarios, es decir, 65% de su producción de crudo. Pero 80% de los U$S 500 millones anuales que ingresaban en las arcas de Khartum se usaban en compras de armas y municiones en Pekín para sostener la guerra contra el sur. Con el progresivo retorno de la paz, China espera incrementar el nivel de extracción. Sin embargo, nada indica que se podrá estabilizar rápidamente la situación. Los pozos de petróleo, por definición, están siempre ubicados en zonas de arenas políticamente movedizas.


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