FRIDA KAHLO: LA ARTISTA QUE NACIO CIEN VECES

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SUS AUTORRETRATOS –MAS DE CINCUENTA- SON UNA MARCA REGISTRADA. PINTO SU CUERPO DESTRUIDO –PADECIO ACCIDENTES Y MAS DE TREINTA INTERVENCIONES QUIRURGICAS- PERO CON UN CORAZON ARDIENTE, LATINO Y TURBULENTO. DE ESO DAN FE NO SOLO SUS OBRAS, SINO TAMBIEN SUS AMORES: DIEGO RIVERA, LEON TROTSKY, ANDRE BRETON. MEXICANA Y TRANSGRESORA DE ALMA Y DE PIEL, SE VESTIA COMO UNA DONCELLA INDIGENA CON EL COLORIDO TRAJE TEHUANO Y SUS COLLARES DE ORO Y PLATA. MEDIO SIGLO DESPUES DE SU MUERTE, SIGUE ASOMBRANDO DESDE LAS PRINCIPALES GALERÍAS DE ARTE DE EUROPA Y ESTADOS UNIDOS.

Texto: Raúl García Luna

De ella, André Breton dijo: “Es patrimonio de la Humanidad”. De ella, Diego Rivera dijo: “Es mi gran amor”. De ella, ella misma dijo: “Yo soy la desintegración. Jamás pinté mis sueños, sino mi propia realidad. Así que no tengo dueño”.

EN UNA DE SUS ULTIMAS EXPOSICIONES SE HIZO TRANSPORTAR A LA GALERIA EN CAMILLA. EN MEDIO DE LA ENORME SALA PRINCIPAL, SE DEDICO A BEBER TEQUILA SIN CONTROL Y A CONTARLE AL AZORADO PUBLICO CHISTES DESAGRADABLES. “YO NO ESTOY ENFERMA: ESTOY ROTA”, REPETIA ANTE LOS CRONISTAS Y FOTOGRAFOS.

EN UNA DE SUS ULTIMAS EXPOSICIONES
SE HIZO TRANSPORTAR A LA GALERIA EN
CAMILLA. EN MEDIO DE LA ENORME SALA
PRINCIPAL, SE DEDICO A BEBER TEQUILA
SIN CONTROL Y A CONTARLE AL AZORADO
PUBLICO CHISTES DESAGRADABLES. “YO
NO ESTOY ENFERMA: ESTOY ROTA”, REPETIA
ANTE LOS CRONISTAS Y FOTOGRAFOS.

También se refería a sí misma como “una mujer que murió y renació cien veces”. Y no exageraba. Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón vino al mundo el 7 de julio de 1907, en la villa de Coyoacán, al sur de México. Pero, ya adolescente, ella insistiría en que esto ocurrió tres años después. Simplemente porque en 1910 estalló la Revolución Mexicana, una de sus grandes pasiones. Rasgo que la pinta en cuerpo y alma: el compromiso político fue en su vida tan intenso como sus cuadros, sus amores y sus penurias. El dolor, como la rebeldía, la modeló en carne y hueso. A los 7 años contrajo la poliomielitis, y su pierna derecha le quedó más corta y delgada que la izquierda.

A los 18, un grave accidente de autobús la dejó herida para siempre: le fracturó la columna, una clavícula, varias costillas, la pelvis y la pierna del caso en once partes. Y de todo esto se repuso para llegar a ser, voluntad y talento mediante, la más famosa de todas las pintoras mexicanas. El día de la colisión del bus con un tranvía viajaba con su novio, un ilustrador publicitario amigo de su padre, con el que ella tomaba clases de diseño gráfico. Ese día entre los días, Frida Kahlo nació otra vez. O mejor, nació definitivamente. Porque fue durante su prolongada convalecencia cuando empezó a pintar. A pintar sola, sin maestros y sin otro modelo que ella misma. Sola en manos de su propia inspiración, y del tequila que la acompañaría hasta el último de sus días.

DIEGO RIVERA, ARTE Y AMOR

Días y años en la Casa Azul de sus padres, el fotógrafo húngaro Guillermo Kahlo y la mexicana Matilde Calderón, que por afecto y convicción les abrieron sus puertas a los revolucionarios zapatistas. Allí nació su primer autorretrato: inerte en una camilla, envuelta en yeso y atrapada en un aparato ortopédico, a un lado de la célebre Casa Azul. Pero en cuanto pudo caminar, visitó al gran muralista Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública y le mostró su Autorretrato con Traje de Terciopelo. Rivera tenía esposa y era muy soberbio, pero perdió la cabeza. Esa muchacha bajita, cejijunta y coja emanaba sensualidad, y pintaba con vigor y elegancia. Algo inusual en una mujer de aquella época, y en un país fuertemente machista.

El amor entre Frida Kahlo y Diego Rivera fue tortuoso y desbordado. Para Frida, Diego era uno de los dos grandes accidentes que sufrió en su vida. Tras su muerte, Rivera la lloró como su esposo y su más grande admirador.

El amor entre Frida Kahlo y Diego Rivera
fue tortuoso y desbordado. Para
Frida, Diego era uno de los dos grandes
accidentes que sufrió en su vida.
Tras su muerte, Rivera la lloró como su
esposo y su más grande admirador.

Ella tenía 22 años y él 43 cuando se casaron, en 1929. Después se fueron a Detroit y New York, donde él tenía trabajo pendiente. Allí ella dio a luz óleos como Niña y El Camión, antecedentes de Frida Kahlo y Diego Rivera, que en 1931 sería exhibido en la sexta muestra anual de la Sociedad de Artistas Mujeres de San Francisco. Ella ya se había afiliado al Partido Comunista en 1927, y en 1932 padecería su primer aborto, lo que le inspiraría dos de sus más dolorosas obras: Henry Ford Hospital y, precisamente, El Aborto. Frida no podía parir. Fueron días en los que ella misma decía: “Yo sufrí dos accidentes. Uno, el que me tumbó al suelo… El otro accidente es Diego”, a quien también se refería como “mi niño, mi universo”. Quinto o sexto nacimiento suyo signado por la infidelidad de él, que era un polígamo sin fronteras ni pudor. A tal extremo que hasta un médico lo declaró “un padrillo incurable”; ese fue un motivo del divorcio de 1934, al enterarse Frida de que él se había acostado con una de sus tres hermanas, Cristina Kahlo. Volverían a casarse en 1940, por mutua admiración y genuino amor. Pero durante esos seis años de separación física -nunca definitiva y sin ruptura artística mediante- Frida también tendría sus aventuras.

CUERPO MALTRECHO, CORAZON ARDIENTE

Uno de sus hombres de turno fue Isamu Noguchi, hijo de un poeta japonés y de una editora irlandesa, nacido en Los Angeles. Frida y Noguchi fueron una pareja muy popular en el ambiente artístico mexicano, e incluso estuvieron a punto de comprarse un departamento para vivir juntos y recibir visitantes. Pero se les presentó Diego Rivera, furioso y revólver en mano, dándoles a elegir entre romper la relación o morir a balazos. Y Noguchi huyó. Sin embargo, no dejó de ser el más leal amigo de Frida hasta su muerte.

Postrada casi permanentemente por sus in- tensos dolores, Frida encontró en la pintura su modo de sobrevivir a la tragedia. A los 18 años, un accidente de autobús la había dejado lisiada para siempre.

Postrada casi permanentemente por sus in- tensos dolores, Frida encontró en la pintura su modo de sobrevivir a la tragedia. A los 18 años, un accidente de autobús la había dejado lisiada para siempre.

Otro de sus fugaces amantes fue el judío alemán Heinz Berggruen, fugitivo de la Alemania hitleriana y traductor de inglés de Rivera cuando éste pintaba sus murales en San Francisco. Curiosamente, en esta ocasión Rivera fue un ingenuo celestino. No sólo le presentó su esposa a Berggruen, sino que además los dejó viajar juntos a New York para tramitar ignotos permisos legales. En un mes, Frida volvió a los brazos de su enojado marido. Después de la Segunda Guerra Mundial y durante medio siglo, Berggruen fue un extraordinario marchand de arte, comerciando obras de Pablo Picasso. Otro león rendido a sus pies fue nada menos que Leo Davidovich Bronstein, más conocido como Trotsky. Ideólogo marxista, mano derecha de Lenin y creador del Ejército Rojo, en 1925 ya era un paria político expulsado de Rusia por Joseph Stalin. Frida y Diego, alejados al fin de ese comunismo cerrado e injusto que había perdido la brújula histórica, según decían, le dieron asilo en México. Trotsky y Natalia, su esposa, se refugiaron tres años en la bella Casa Azul. Allí, el cerebral revolucionario amó a su pasional anfitriona tan furtiva como brevemente. Ella pronto se cansó de él. Dos filmes dan cuenta de esta relación. En Frida (2002), con Salma Hayek en la piel de la artista, el acento está colocado en los amoríos lésbicos que habría tenido la pintora mexicana. En el otro (Frida naturaleza viva, 1986), de Paul Leduc, Frida lo enfrenta a Trotsky con la idea de su propia muerte. Ella le muestra una calavera y Trotsky, obviamente ateo y agnóstico, queda perplejo ante el vaticinio de su inminente adiós.

La hermosa Casa Azul fue el refugio en donde Frida vivía y recibía a sus famosos amigos y amantes -incluido León Trotsky-. Cristina Kahlo, hermana de la pintora, fue la causa de uno de los divorcios entre Frida y Diego Rivera.

La hermosa Casa Azul fue el refugio en
donde Frida vivía y recibía a sus famosos
amigos y amantes -incluido León Trotsky-.
Cristina Kahlo, hermana de la pintora, fue
la causa de uno de los divorcios entre Frida
y Diego Rivera.

En 1940, lejos ya de la Casa Azul por los celos de Rivera, el español Ramón Mercader le clavaría a Trotsky una piqueta estalinista en la cabeza. Otro affaire de Frida fue André Breton, psiquiatra e intelectual freudiano, padre del surrealismo y miembro del Partido Comunista francés hasta 1938, cuando se separó para fundar, con Trotsky, una “federación internacional de artistas revolucionarios independientes”. Por amor y admiración artística, Breton difundió la obra de Frida Kahlo por la televisión norteamericana de los años ´50, y en Francia hasta bien entrados los años ´60.

ESCANDALIZAR A LOS RICOS Y A LOS CULTOS

Ella no era una improvisada, ni su celebridad el simple producto de sus vínculos sentimentales. Muchos de sus cuadros habían sido admirados en la exposición Mexique ’39, en la prestigiosa galería Renou et Colle de París, y en no pocas muestras colectivas, tanto en Centroamérica como en Estados Unidos y Europa.

RIVERA TENIA ESPOSA Y ERA MUY SOBERBIO, PERO PERDIO LA CABEZA. ESA MUCHACHA BAJITA, CEJIJUNTA Y RENGA EMANABA SENSUALIDAD, Y PINTABA CON VIGOR Y ELEGANCIA. ALGO INUSUAL EN UNA MUJER DE AQUELLA EPOCA, Y EN UN PAIS FUERTEMENTE MACHISTA.

RIVERA TENIA ESPOSA Y ERA MUY SOBERBIO, PERO PERDIO LA CABEZA. ESA MUCHACHA BAJITA, CEJIJUNTA Y RENGA EMANABA SENSUALIDAD,
Y PINTABA CON VIGOR Y ELEGANCIA. ALGO INUSUAL EN UNA MUJER DE AQUELLA EPOCA, Y EN UN PAIS FUERTEMENTE MACHISTA.

En 1938 montó su primera exposición individual en la reconocida Julien Levy Gallery de New York, y en 1940 intervino con éxito en la Exposición Internacional del Surrealismo, en la Galería de Arte Moderno en México. Todo esto, dicho sea para aventar esos falsos rumores que hacen de todo genio tempranamente perdido un icono de culto post mortem. Frida fue tan famosa en vida como lo es hoy, medio siglo después de su adiós. Sabía cómo maravillar a los demás. Entre ellos, a sus pares Marcel Duchamp, Joan Miró y Pablo Picasso, que vieron con ojos muy abiertos algunos de sus más de 50 autorretratos, en los que daba amarga cuenta de sus 30 operaciones, la amputación de su pierna derecha engangrenada en 1953, y el misterio de su indomable optimismo, a pesar de sus pesares, en óleos como Viva la vida. Para impresionar a sus interlocutores, y en defensa de su propia cultura ya estuviese en New York o en Coyoacán, Frida se vestía y mostraba como una típica doncella indígena: el colorido traje tehuano, las cejas unidas, el bozo sin depilar sobre el labio superior, el cabello negro recogido, finos pendientes en sus orejas, eterna sonrisa al modo de la Gioconda. Pero ocasionalmente solía vestirse de hombre, con pantalones y sombrero de fieltro. Y así, se dice, habría seducido no sólo a León Trotsky, sino también a la esposa de Breton y hasta a la divina María Félix. La bisexualidad, en aras de una insaciable búsqueda de contención y de afecto, fue una constante en ella. Y Rivera, un referente de hierro en la dura existencia de Frida, no podía ignorarlo. El fue, no sólo su gran amor, sino además su bastón, su esencial apoyo y sostén. No por nada ella decía: “Ser la mujer de Diego es la cosa más extravagante del mundo. Yo lo dejo jugar al matrimonio con otras mujeres, porque él no es el marido de nadie, y nunca lo será… pero es un gran compañero”. Lo que más le molestaba a Frida era esa “molicie burguesa” autosatisfecha en su desinterés ideológico y emocional, decía una y otra vez, mientras en el mundo crecían el fascismo y la intolerancia. De ahí que su cruzada personal consistiera en tratar de escandalizar a las clases ricas y cultas en sus propios ambientes. En una de sus últimas exposiciones, muy grave ya, se hizo transportar a la Galería de Arte Contemporáneo mexicana… en camilla. En medio de la enorme sala principal, se dedicó a beber tequila sin control y a contarle al azorado público chistes desagradables, repletos de palabras insultantes y alusiones sexuales. “Yo no estoy enferma: estoy rota”, repetía ante los cronistas y fotógrafos locales y extranjeros. La performance fue un éxito mundial. Entre sus obras post mortem quedaría un retrato inconcluso de Stalin: un óleo que no había logrado concluir tras años de intentarlo. Tal vez porque, más allá de su probada lealtad al comunismo de los primeros tiempos, ella terminó repudiando hasta la condena a ese régimen social degenerado, según decía. Confiaba en que la evolución de la democracia formal y del pensamiento popular, con la ayuda de las ciencias y las artes, algún día darían a luz un mundo mejor. Ni feminista, ni xenófobo, ni sectorial: éste es el verdadero legado de esa mujer sin dueño que se llamó Frida Kahlo. Y cuya obra, hoy de moda en Europa, deslumbró nada menos que en el Museo de Arte Moderno de New York, el Centro Georges Pompidou de París y la National Gallery de Londres, donde medio centenar de sus autorretratos se convirtieron en un fenómeno popular. Frida murió el 13 de julio de 1954, abatida por una neumonía: su última enfermedad.

Prácticamente toda la obra de Frida -bella, escandalosa y fuerte en un país machista- se centró en los autorretratos. Su pincel fue el traductor de una vida interior inmensa y turbulenta.

Prácticamente toda la obra de Frida
-bella, escandalosa y fuerte en un país
machista- se centró en los autorretratos.
Su pincel fue el traductor de una
vida interior inmensa y turbulenta.

Tenía 47 años, pero dentro de su féretro azteca sin tapa, con su vestido tehuano y sus collares y pendientes de oro puro y plata fina, se veía como de 30. Se dice que en el instante de ser cremada, como pidiera en vida, se levantó del ataúd envuelta en llamas, para caer definitivamente en el fuego. Esta vez, no logró renacer. Le legaba más de 150 cuadros a su único marido, Diego Rivera. Este murmuraba con sincero pesar: “La amé no sólo como esposo, sino como el más entusiasta admirador de su pincel, ácido y tierno, duro y delicado como el ala de una mariposa, cruel como lo más implacable de la existencia, y adorable como una hermosa sonrisa…” .


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