GRACE KELLY: EL CISNE DE MONACO

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Nació en cuna de oro. Debutó como actriz a los 6 años. Falleció a los 52 en un accidente automovilístico. Triunfó en Hollywood y en Mónaco donde le legó relevancia social y glamour a un principado pequeño y casi en bancarrota. Fue la musa de Alfred Hitchcock. Le dio tres hijos al príncipe Raniero III. En estos días, el controvertido estreno de una película sobre su vida ha causado revuelo y despertado la ira de la corona. Así era Grace Kelly, una reina de dos mundos.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: Christophe Goldwaser / Rémi Celine / Peter Strom / Mark Kramer / Olivier Milcent / Steven Newman / Michel Jacquet / Jean-Paul Rent / Nick Pierce

Grace Patricia Kelly vivió dos vidas: la primera, en Hollywood; la segunda, en Mónaco. Y no cabe duda de que en ambas brilló con luz propia. Más aún, como princesa superó todos sus fastos de actriz, llevando una existencia plena de fama y lujos que en el cine suelen ser fantasías pasajeras. Además, al hablar de Grace no se puede aludir a una infancia desdichada, típica motivación de escape y ardua búsqueda del estrellato modelo Marilyn Monroe o Rita Hayworth, por ejemplo. Todo lo contrario, como Katharine Hepburn y un pequeño grupo de artistas, Grace nació en cuna de oro y creció sin conflictos familiares, a base de una educación refinada y con una libertad envidiable.
Llegada al mundo en Filadelfia el 12 de noviembre de 1929, en un próspero hogar irlandés y católico liderado por un rico empresario de la construcción, Grace fue la tercera de tres hermanas y, como ellas, desde niña estudió en la escuela religiosa de Ravenhill. La idea era, claro está, convertirla en una señorita elegante y destinada a contraer un matrimonio “conveniente”, al modo de su propia madre. Pero a los 6 años encarnó a la Virgen María en una obra de teatro infantil, y esa noche fue la suya. Así comenzó Grace su primera vida.

Nace una estrella
Ese debut lo cambió todo. Su madre había sido modelo y se conmovió ante su precoz carisma. Su padre, incómodo, soportó una broma de su hermano y tío de Grace, el escritor George Kelly: “Paciencia, han parido una actriz”. Y la hoja de ruta quedó marcada: la niña seguiría actuando a nivel amateur, y terminados sus estudios se trasladaría a Nueva York para tomar clases de interpretación en la prestigiosa American Academy of Dramatics Arts.
Veinteañera ya, Grace tenía una irreprochable conducta y su padre protestó, aunque no se opuso a que desfilara como modelo de alta costura y luego en avisos comerciales de televisión, en los que ofrecía aspiradoras eléctricas, sombreros, cerveza o cigarrillos. Terminaba la década de 1940 y la modernidad parecía encarnarse en ese rostro equilibradamente bello, alejado de la imagen de la “mujer fatal” made in Hollywood.

En las revistas del corazón figuró como “la Primera Dama de Hollywood” por encima de Marilyn, Rita y Ava.

Y así, doméstica pero atractiva, sencilla pero inteligente, fue para los productores de Broadway una herramienta impar en las desparejas piezas teatrales que protagonizó, y en las que de pronto la descubrirían los cazatalentos del cine. Cosa que ocurrió puntualmente en 1949, cuando se destacó en un programa de televisión: Bethel Merriday, una adaptación de una novela de Sinclair Lewis con el mismo título. Ni lento ni perezoso, el director Henry Hathaway le ofreció un rol secundario en su primer filme, Fourteen Hours, de 1951.
Después, sus saltos hacia la cumbre serían pocos, pero enormes. Uno fue el western High Noon (1952), obra maestra de Fred Zinneman, con Gary Cooper como un alguacil obligado a defender por sí solo a un pueblo de cobardes asolado por una pandilla de malhechores. Allí, junto al taciturno Cooper y la recia Katy Jurado, la serena Grace logró componer un personaje secundario de primer nivel.

“Devuélvanme a Grace”
De la devoción artística que Alfred Hitchcock sintió por Grace Nelly nacieron Rear Window, Dial M for Murder y To Catch a Thief, tres filmes que le devolvieron al realizador inglés una jovialidad que en tres años dilapidaría, al perder a Grace a manos del príncipe consorte Raniero III. Tanto que, en 1962, tratando de suplantarla con Tippi Hedren durante el rodaje de The Birds, el posesivo cineasta llegó a maltratar agriamente a su nueva “musa rubia”: “¡No gesticules! ¡No lagrimees! ¡Actúa como Grace! ¡Sé Grace! ¡Por Dios, devuélvanme a Grace!”. Ya en 1960 le había suplicado a Raniero, sin éxito, que le permitiera a la princesa actuar en Marnie. Y una última anécdota con Hitchcock: en 1974, Grace lo acompañó a la gran gala neoyorquina con que lo homenajeaba la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center, y él sólo tuvo ojos para ella. Al día siguiente, le implantaron un marcapasos.

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La dinastía. Tuvo tres hijos, un matrimonio tumultuoso y una muerte trágica, en 1982, en un accidente automovilístico.

Tanto que, en 1953, el gran John Ford la incluyó en Mogambo, excitante aventura africana en la que Grace conformó un triángulo amoroso con el galante Clark Gable y la “devoradora de hombres” Ava Gardner. Escándalo de ficción que en no pocos países europeos, a partir de España, padeció la censura religiosa y hasta llegó a prohibirse su proyección.
Grace ya había sido nominada a un Oscar por High Noon, obtendría el de mejor actriz de reparto por Mogambo, y al fin ganaría el de mejor actriz en 1955 por The Country Girl, dirigida por George Seaton. Película romántica en la que se habría enamorado perdidamente de su partner William Holden, al punto de intentar casarse con él. ¿Por qué no lo hizo, entonces? Quizá por consejo de sus padres, que seguían imaginando para ella un esposo con fortuna y alcurnia, lejos de las magras tentaciones de Hollywood.
Con 25 años, Grace había replicado con toda una serie de amoríos fugaces, siempre con colegas de la pantalla grande: desde Ray Milland hasta Bing Crosby, pasando tal vez por Cary Grant, de quien se decía que sólo era su mejor amigo y más leal confidente. El caso es que Grant, actor fetiche de Alfred Hitchcock desde 1941, cuando el maestro del suspenso rodó con él Suspicion, le presentó a Grace en 1953, y hubo amor artístico a primera vista. Hitchcock estimaba las facciones poco expresivas, reconcentradas antes que desbordantes, y Grace tenía, como su amigo Grant, una perfecta “cara de poker”.

La prensa la llamó “la boda del siglo”, y también “un cuento de hadas”.

En cuanto a Grace como actriz, en seis años trabajó en once películas, y en las revistas del corazón figuró como “la Primera Dama de Hollywood” por encima de Marilyn, Rita, Ava y otras estrellas más eróticas. Tal vez porque, misterios del star system estadounidense, ella fue la menos norteamericana de todas las divas.
Cabe considerar que, en los modernos años 50 y los primeros 60, el ombligo de las aspiraciones culturales de las clases media y alta estadounidenses quedaba en Londres y en París, cunas del existencialismo, el pop art, el prêt-à-porter y toda la renovación del período de posguerra, aún en plena Guerra Fría. Y quizá Grace sintetizaba eso: la gracia, el encanto, la seducción femenina sin extorsión sexual. Cualidad de época que le permitió trabajar sin escollos de género en películas bélicas como The Bridges at Toko-R, y en comedias musicales como High Society, o también en Green Fire y The Swan, de donde saldría su apelativo para su segunda vida: “El cisne de Mónaco”.

American actress Grace KELLY, posing for Life Magazine.

“De joven siempre me estaba enamorando de hombres que me daban mucho más de lo que yo les daba a cambio”, confesó la princesa.

Nace una princesa
En 1955, por haber sido la actriz más taquillera del año anterior, representó a la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos en el Festival de Cannes. La revista Paris Match destacó su “talento, belleza y distinción”, y orquestó una “cita cumbre” o reportaje a dos puntas entre Grace y el por entonces apuesto y soltero príncipe de Mónaco, que denodadamente buscaba una posible esposa para darle continuidad a la estirpe de los Grimaldi.
“Se llama Raniero, tiene 32 años, estudió Ciencias Políticas en París, es coronel del ejército francés y se lo considera el mejor partido europeo para cualquier mujer”, le dijeron a Grace. “Yo no soy cualquier mujer”, respondió ella, pero finalmente aceptó el encuentro. Y como cuenta el biógrafo James Spada en su best seller Grace: The Secret Lives of a Princess, “la bella y la bestia” se conocieron en el palacio monegasco y, juntos, recorrieron los regios jardines con vegetación y zoológico propios, preguntándose mutuamente cómo era vivir de esa manera, qué esperaban el uno del otro, y si podían volver a verse algún día. Quizá porque no se gustaron, acaso por todo lo contrario.
La que se mostraba más confundida e incómoda era la actriz. Pero según Françoise Jaudel y Laure Boulay, autores del libro There are Still Kings, bastó que Raniero metiera la diestra en la jaula de los tigres y acariciara la cabeza de uno de ellos, sin otra consecuencia que un feroz ronroneo, para que Grace quedara “secretamente flechada”. “Es que, de pequeño, yo quería ser domador”, le habría confesado Raniero, y ella le habría dado un irrefrenable beso en la frente.
De regreso en su Filadelfia natal, Grace recibió decenas de cartas de su ya enamorado príncipe, aunque sólo respondió a tres o cuatro de ellas. Y una mañana de sol, Raniero se presentó en su casa paterna. No vestía su uniforme militar galo ni ostentaba los fastos monárquicos de medallas y plumas al viento, sino apenas un simple traje occidental con corbata algo ladeada, más un democrático ramito de rosas frescas. Y en un par de días con sus noches, Grace le dio el sí para contraer nupcias.
Sin embargo, no era tan fácil casarse con un noble. Primero, había que certificar clínicamente que ella era fértil, para asegurar la sucesión monegasca. Segundo, el futuro suegro debía entregarle a su inminente yerno una dote de dos millones de dólares. A cambio, Raniero le obsequió a Grace un anillo de compromiso real con diamantes y rubíes, que ella lució en su última película: High Society (1956). Es que, de ahí en más –y ésta era la más dura condición–, Grace debía despedirse de los sets de filmación para siempre. Y así lo hizo, aún con lágrimas en los ojos.

El plan era hacer de Mónaco el centro turístico más selecto y caro del mundo, y el faro universal fue Grace.

Una vida unica

Los cuentos de hadas no existen. La vida de la estrella de Hollywood que se convirtió en princesa estuvo llena de sombras.

En abril de 1957, la pareja se casó en la catedral de Mónaco. Hubo más de 600 invitados especiales, entre ellos el rey Faruk de Egipto, el Aga Khan III, el naviero griego Aristóteles Onassis, el escritor W. Somerset Maugham y varios amigos del universo cinematográfico: Frank Sinatra, Ava Gardner, David Niven y otros.
La prensa la llamó “la boda del siglo”, y también “un cuento de hadas”. “Esto no es ningún cuento”, refutó Grace, y poco después fue madre de Carolina, y al año siguiente de Alberto, el esperado varón que al fin regiría el pequeño imperio de los Grimaldi. El plan era hacer de Mónaco el centro turístico más selecto y caro del mundo, y el faro universal fue Grace: por ella, miles de artistas, empresarios y ricachones a secas acudieron a sus hoteles y casinos de cinco estrellas, y dejaron fortunas allí.
Entretanto, Raniero cabalgaba o cuidaba animales de granja y Grace cocinaba hamburguesas y hot dogs en un módico rancho cercano al gran palacio. Según Spada, más allá de haber “conquistado” al general Charles de Gaulle y presidir la Cruz Roja local, de haber puesto en escena los más fastuosos y rentables bailes anuales de disfraces, y soportado estoicamente la muerte de su padre en 1960 y una infidelidad cortesana de su esposo, Grace se sentía frustrada por una oculta razón: extrañaba Hollywood. No obstante, le dijo que no a la Marnie de Hitchcock y sufrió dos abortos espontáneos, y llegó a confesar en la revista Playboy: “Sí, sí, hasta Su Alteza Serenísima Grace de Mónaco tiene ambiciones insatisfechas”.
En 1965 nació Estefanía, y una vidente leyó su carta astral y le profetizó a Grace: “Esta hija encarnará tu rebeldía dormida, será altanera e independiente y te dará, quizá, lo peor de tu vida. Cuídate de ella”. Grace la echó, al grito de: “¡Fuera, bruja! ¡Puras supercherías!”. El bautismo de Estefanía, en la catedral monegasca, fue una ceremonia premeditadamente espectacular, superior a cualquier escena cinematográfica jamás rodada: los súbditos regaron el piso con miles de rosas blancas y claveles rojos, colores del principado, y Grace dejó boquiabiertos a los periodistas e invitados, avanzando hacia la pila bautismal con Estefanía en brazos, vestida con una bata de seda azul y rosa pálido de Dior, valuada en 12 mil dólares, con una cola de encaje de cuatro metros de largo.

Grace se sentía frustrada por una oculta razón: extrañaba Hollywood. No obstante, le dijo que no a la Marnie de Hitchcock.

El negocio del glamour monárquico prosperaba, y a nadie le parecía indecoroso mezclarlo con la intimidad familiar en un show for export. Eso sí, a los 6 años, Estefanía ya era una niña insoportable: caprichosa y seductora al mismo tiempo, molestaba a la servidumbre y ensuciaba el palacio, con una clara conciencia de su poder a tan corta edad. ¿Sería ella como lo había vaticinado aquella vidente?
Estefanía escapaba de toda escuela y, adolescente ya, emularía a Carolina en París, llevando una vida alegre y despreocupada, perseguida siempre por gigolós y paparazzi, en bares y fiestas sin fin. Y cuando, en 1978, su hermana mayor se casó con Philippe Junot, un playboy francés que le llevaba 17 años, Estefanía se negó a asistir a la boda porque Grace le prohibió ir en pantalones. Más aún, Paris Match la fotografió justo cuando un grupo de jovencitos como ella la arrojaba a la piscina del Beach Hotel de Montecarlo, y también besándose con el noble romano Urbano Barberini, vástago de la ralea de los Sforza y de 20 años, cuando ella aún no cumplía los 16.

La polémica
Ninguno de los tres príncipes de Mónaco –Alberto, Carolina y Estefanía– estará presente el próximo 14 de mayo en la gala de apertura del Festival de Cannes, donde se proyectará Grace of Monaco, dirigida por el francés Olivier Dahan, la película basada en la vida de su madre. Los tres hijos de la princesa están convencidos de que el filme, protagonizado por la australiana Nicole Kidman, muestra “inexactitudes históricas” y “escenas puramente ficticias”. “No hemos participado en manera alguna en esta película supuestamente dedicada a nosotros”, afirmaron los consortes. Grace of Monaco se centra en los primeros años de la actriz como esposa del príncipe Raniero III. El soberano de este pequeño estado europeo mantenía entonces una disputa política con el presidente francés Charles de Gaulle y el largometraje describe las negociaciones personales que hizo la actriz para que Francia no anexara o invadiera el pequeño y rico principado.

Pero ésa es otra historia, coprotagonizada por amas de llaves y guardaespaldas que celarían, sin éxito, a la más revoltosa y alcohólica hija de los Grimaldi. Sin embargo, conviene retener el dato. Según Louise de Maisonneuve en su libro Estefanía, la princesa maldita, a fines de 1981 ésta fue expulsada del colegio de las Dominicas por indisciplina y por fumar en clase, convivió tres meses con Barberini en una bohardilla parisiense y manejaba automóviles a alta velocidad.
Se dice que el 14 de septiembre de 1982, cuando Grace murió, a los 52 años, en un accidente automovilístico ocurrido en una sinuosa carretera de Mónaco, la que conducía era Estefanía. Curiosamente, la misma curva en pendiente de To Catch a Thief, donde el leal Cary Grant y la inolvidable Grace vivían un romance inmortal.


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