MONROE: SIEMPRE NOS QUEDARA MARILYN

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Se dice que de niña fue violada, que nadie sedujo como ella, y que la asesinaron por causas políticas. Más allá de su excitante imagen de rubia tonta, la leyenda de Marilyn se agiganta a través de pasiones peligrosas y enigmas aún no resueltos. He aquí la controvertida historia de su corta vida, tronchada a los 36 años, cuando intentaba demostrar que era algo más que una actriz mediocre y una cortesana de la Casa Blanca.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: Jeremy Powel / Jack Martin / Peter Gordon / Brendan Woolf / Michael Calmes / Dean Neuman / Stanley Pessl / Thomas Delinsky

Pregunta que no necesita respuesta: ¿quién no se enamoró de Marilyn? Quizá fue por eso que ella llegó más alto que Rita Hayworth, Ava Gardner y demás leyendas eróticas del Hollywood de los 50, y que cayó más bajo que ninguna nunca jamás. Nadie superó sus récords de gloria y espanto, tanto en la vida como en la muerte. Nadie fue más fuerte ni más débil que Marilyn. Nadie afectó al poder político como ella.
Podría decirse que es el objeto del deseo más brillante que dio el cine, y a la vez el más oscuro. Ficción y realidad creando un cebo irresistible, y también el anzuelo que ella misma mordió. Metáfora fácil que explica por qué fue un gran ícono norteamericano en la pintura de Andy Warhol y triste poema del nicaragüense Ernesto Cardenal, pero obliga a responder las preguntas pendientes: ¿será verdad que era tonta, o una mera prostituta, o una ambiciosa desmedida? ¿Se suicidó o la mataron? Y lo más importante: ¿fue feliz?

Enloquecio al poder

Intervenciones estéticas. Según un informe médico recientemente descubierto, se operó la nariz y la barbilla, y estuvo embarazada.

Tiempo de vivir
Nació en Los Angeles el 1º de junio de 1926 y la llamaron Norma Jeane Mortensen. Primer misterio: el de sus nombres y apellido. Tal parece que el origen está en los de su madre, Gladys Monroe, más Baker por su primer marido, y Mortensen por un fugaz amorío con un inmigrante noruego. Pero se dice que el verdadero padre de Marilyn habría sido un tal Stanley Gifford, compañero de trabajo de Gladys como presunta montajista de la RKO (esto último, tampoco queda claro), y además se barajan otros nombres.
Gladys era promiscua e inestable, y como admiraba a la actriz del cine mudo Norma Talmadge, le puso Norma a su hija única. En cuanto a Jeane (con “e”), quizá Gladys lo tomó erróneamente de otra de sus divas favoritas: Jean Harlow. Como sea, Norma Jeane Mortensen pasaría a ser Norma Jean (sin “e”) y finalmente Marilyn, más el apellido de su madre. Pero eso ocurriría mucho tiempo después.
En principio, la díscola Gladys la dio en adopción a los seis meses de edad. Y con el matrimonio Bolender, vecinos de su abuela materna, se crió Norma Jean hasta los siete años. Después, un ir y venir errático y angustioso. Gladys se la lleva a vivir con ella a una casita recién adquirida, aunque en un año es internada en un manicomio para esquizofrénicos y paranoicos, y la niña salta del cobijo de los Bolender al de su abuela, para terminar al fin en los orfanatos públicos.
Y si en algún punto de su desarrollo emocional hubiera que ubicar el pavor de Marilyn ya adulta a enloquecer como su madre, sería éste. Sin padre a la vista, con Gladys perdida y desprovista ella de todo afecto estable (también habría pasado por otros hogares provisorios), ya a los doce años alentaba fantasías de fuga y soluciones finales acaso impropias a tan corta edad, pero comprensibles en el marco de su dolorosa madurez precoz.

“Nadie fue más fuerte ni más débil que Marilyn. Nadie afectó al poder político como ella.”

Hasta los 16 años, animada por una compañera de cuarto, soñó con casarse para dejar atrás los orfanatos. Y lo hizo con James Dougherty, un irlandés de 21 años que trabajaba en una fábrica aeronáutica. Así obtuvo Marilyn la mayoría de edad, y casa propia. Pero estalló la Segunda Guerra Mundial y James ingresó en la Marina y fue enviado a la isla Catalina, frente a Los Angeles, y poco después a Australia.
Y a los 19 años, junto a su suegra, ella se esforzó por contribuir con el país desde esa fábrica de aviones. Allí, en 1945, la descubrió un fotógrafo naval que relevaba los aportes femeninos al conflicto bélico. Fueron sus primeras fotos, y pronto la revista Yank le ofreció posar en estudios, y rápidamente la empleó la agencia de modelos Blue Book. Era bella por donde se la mirase, y con las cámaras se llevaba tan bien que parecía no tener inhibiciones ni pudor alguno.
Frescura e inocencia: eso era lo que irradiaba esa dulce estadounidense de melena color castaño que, luego teñida de rubio platinado (moda retro de los locos 20, en realidad), la harían aparecer en 30 tapas de revistas en sólo un año. El mismo año en el que Ben Lyon, un fogueado rastreador de figuras de reparto de la Fox, la vio y, boquiabierto, la contrató por 125 dólares a la semana. El resto fue meteórico.
Fan de la olvidada actriz Marilyn Miller, Lyon le cambió el Norma Jean por Marilyn, y en 1946 ella ya había rodado una prueba escénica, abandonado a su marido irlandés y seducido a un reputado fotógrafo que, a su vez, la abandonó por celos. El no podía tolerar sus coqueteos con otros hombres, ni ella desobedecer a su naturaleza. Para Marilyn, agradar era una necesidad profunda, arraigada y compulsiva.
En 1948-49, coprotagonizó tres películas y se destacó en una: Ladies of the Chorus, raudo trampolín a la astuta lente del fotógrafo Tom Kelley enfocada en el calendario más popular de su época, con una Marilyn completamente desnuda. Boom instantáneo, fama sin escollos. Tanto, que en 1951 fue invitada a la entrega de los Oscar, en 1952 salió en la portada de Life y en 1953 dejó su nombre en el cemento fresco del Hollywood Boulevard y fue cubierta del primer número de Playboy.
Más rápido, imposible. Ya llevaba hechas unas 20 de las 30 películas que en total filmaría, entre ellas All about Eve, Niagara, Gentlemen Prefer Blondes y How to Marry a Millionaire. Entretanto, habría enamorado al gran cineasta Elia Kazan y contraído secreto enlace con el escritor Robert Slatzer (esto jamás se probó). En cambio, sí se casó con el célebre ex beisbolista Joe Di Maggio en 1954, para divorciarse a los 9 meses por incompatibilidad de caracteres. El buen Joe se moría de celos y ella, harta de reproches, rompía platos y trofeos. Ya era la reina de las tropas norteamericanas en Corea y una voluntariosa alumna de Lee Strasberg en su Actors Studio neoyorquino. Quería ser una buena actriz y que dejaran de preguntarle si era verdad que de niña fue abusada sexualmente (ella nunca lo negó).

“Con las cámaras se llevaba tan bien que parecía no tener inhibiciones ni pudor alguno.”

Luego, en busca de mayores ingresos, fundó su propia productora y financió dos películas: Bus Stop y The Prince and the Showgirl, ésta en sociedad con el flemático Laurence Olivier, que de ella dijo que era “corta de entendederas”. Y tras un duro pleito con la Fox por llegar siempre tarde a los rodajes, ese estudio la recontrató y le pagó 8 millones de dólares por siete filmes.
Se casó con el dramaturgo Arthur Miller a fines de los 50 y en 1960, durante el rodaje de Let’s Make Love, amó al francés Yves Montand dentro y fuera de los sets. El escándalo terminó así: Simone Signoret, esposa legal del galán galo, viajó desde París y se lo llevó de las narices, y Miller se divorció de Marilyn. Ese año ella ganó un Golden Globe a la mejor actriz de comedia, al siguiente se internó en la clínica psiquiátrica Payne de Nueva York, y al salir se compró una casa en Santa Mónica.
Acababa de intervenir en el que sería su último estreno, The Misfits, con Clark Gable. Sobre ella se cernían las sombrías luces de un 1962 descontrolado por exceso de exposición, e inacabado quedaría su trabajo final, Something’s Got to Give, saboteado por ella misma al abandonar los sets para preparar otra espectacular actuación: cantarle el “happy birthday” al presidente John F. Kennedy en una impresionante gala pública. Sus curvas, enfundadas en un procaz vestido que tan sólo parecía una segunda piel, medían 94-58-92. Había salido su postrera entrevista en Life, era la noche del 4 de agosto y se fue a dormir exhausta y asustada. Se cuenta que a su empleada doméstica le dijo: “Apaga las luces y vete, pero no me digas adiós”.

Eterna

Revista Life. “Marilyn, ¿qué es lo que llevas en la cama?”, le preguntaron. “Yo sólo me pongo Chanel Nº 5”.

Tiempo de morir
El 5 de agosto de 1962 estaba muerta en su cama, con el teléfono descolgado. Y así como el biógrafo Donald Spoto describió como pocos sus primeros años, el periodista Donald Wolfe investigó como nadie su repentino deceso. Para él fue víctima de un complot y de un asesinato, quizás ordenado (y hasta presenciado) por el fiscal general de Estados Unidos, Robert Kennedy. “Es que Marilyn sabía demasiado”, arriesgó Wolfe. Conocido ya su ménage à trois con John y Bob, y su amistad con Frank Sinatra y sus “padrinos” mafiosos, y con personajes vinculados con el comunismo (en plena guerra fría), el FBI no habría vacilado en abrir una carpeta titulada: “Marilyn Monroe, asunto de seguridad C (comunista)”.
J. Edgar Hoover, jefe del FBI y luego de la CIA en Washington, temía que el ardor del presidente por ella se convirtiera en una involuntaria filtración de datos de seguridad nacional. Marilyn recibía en su casa a un tal Frederick Vanderbilt Field, se acostaba también con el guionista mexicano José Bolaños, y le contaba a Ralph Greenson, su influyente psiquiatra, sus conversaciones eróticas y políticas con John.
Y esos tres hombres eran “izquierdistas”, y acaso espías de Moscú. Cóctel fatal para Marilyn, que además todo lo registraba en un meticuloso diario íntimo, en el que habría llegado a anotar no sólo que ella tenía contacto telefónico directo con el Salón Oval bajo el seudónimo Nancy Green, sino incluso un plan top secret para invadir Cuba y asesinar a Fidel Castro.
En julio, Marilyn había leído parte de sus notas en una fiesta, y el cronista James Bacon recuerda que ya en los años 50 le divertía hacer eso. De ahí que ese comprometedor diario (desaparecido, claro está) pasara a ser un objetivo de alta prioridad para James Jesus Angleton, jefe de contraespionaje de la CIA. Y por si esto fuese poco, mientras el doctor Greenson se jactaba de “hacer que Marilyn haga lo que a mí se me antoje”, ella les confiaba a sus amigos que guardaba “una información muy peligrosa para los hermanos Kennedy”, y que estaba decidida a “utilizarla en defensa propia” si ellos seguían considerándola “sólo un pedazo de carne descartable”.
Se le había ocurrido ser respetada por la cúpula política (o ser parte de ella) y, sintiéndose despreciada por ésta, habría perdido los estribos e incurrido en un ingenuo error: amenazar al poder. El fantasmal diario habría pasado de mano en mano, y de uno a otro buró de investigaciones, reapareciendo incluso en 1978 en un archivo de cierta célula de “lucha contra el crimen organizado”, y más tarde en la caja fuerte de un juzgado de instrucción, de donde volvió a esfumarse. Básicamente, sus últimos apuntes se referirían a las dudas de JFK sobre la validez de la conducta de Estados Unidos ante la Unión Soviética, y a los resquemores de Bob respecto de los “consejos” que le daría Marilyn, basados en las ideas de sus presuntos “camaradas” (inverosímil, pero no imposible).

“Para Marilyn, agradar era una necesidad profunda, arraigada y compulsiva.”

El cadáver fue rápidamente embalsamado en una funeraria privada, tras una autopsia que habría descartado signos de violencia, y dos versiones acerca de la ingestión de barbitúricos chocaron entre sí. Primero, no había ningún rastro de ellos. Después, Marilyn se habría tragado 40 cápsulas de Nembutal: suficiente para matar a 15 personas. Así se cerró oficialmente el caso: suicidio.
Fuera de análisis quedó un raro pinchazo en un brazo, sobre el que según Wolfe y otros investigadores hubo testimonios, sustentando la sospecha de que a Marilyn le inyectaron esa enorme dosis de Nembutal. Y también una grabación que conservaba el atemorizado doctor Greenson, en la que Marilyn desmentía toda fantasía de suicidarse, aunque se hubiese divulgado que ya lo había intentado cuatro veces.
Además, esa fatídica noche, el matrimonio Landau y otros vecinos suyos habrían asistido a un auténtico desfile de personalidades que entraban y salían de la casa de la “rubia tonta”: desde su entrañable colega Peter Lawford, nexo natural con la familia de la Casa Blanca, hasta Robert Kennedy y sus numerosos asistentes y custodios, más el insistente merodeo de un Mercedes-Benz negro sin placas y el vuelo rasante de un helicóptero, culminando con la llegada de ruidosos patrulleros una hora después.
Se dice que esa despiadada noche, alrededor de las 10.30 u 11 p.m., alguien gritó desde una ventana: “¡Asesinos, asesinos!”. Grito que habrían escuchado desde el sargento Jack Clemmons, primer policía que acudió a la casa de Beverly Hills tras un aviso anónimo, hasta el doctor Hyman Engelberg, a quien alguien “de peso” había telefoneado con la precisa instrucción de “recuperar” a la ya tal vez agonizante Marilyn.
Y bien, ¿la habrán asesinado, a secas, para sacarse de encima a una “caprichosa e indeseable bocona” (como le decían ciertos cronistas oficialistas), o tan sólo pretendieron someterla para que confesase dónde diablos escondía ese maldito diario? Por otro lado, ¿será real todo esto, o simplemente se habrá quitado la vida ella misma, harta ya de vivir sin padre y sin madre, sin reconocimiento artístico y sin verdadero afecto?
El misterio continúa. Tres días más tarde, el leal Joe Di Maggio la sepultó en recoleto funeral, y Lee Strasberg la despidió con estas palabras: “Jamás le diremos adiós”.


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