ERNEST HEMINGWAY: DUROS ERAN LOS DE ANTES

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El sol, las olas, bestias de todo tipo, los puños, las balas y la bebida cuajaron uno de los escritores definitivos del siglo XX. Acaso el único que forjó, a conciencia, un mito célebre y persistente. Pero hay algo más: los viajes. Cubrió, y combatió, en tres guerras. París fue su fiesta. Se enamoró perdidamente en Italia. España, y los toros, definieron su moral. Cazó en Africa. Cuba fue la tregua antes del ocaso. Todos sus recorridos los transcribió con pulso firme, hasta el final, con las montañas de Idaho de testigos.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AP / AFP

Hemingway Gellhorn

Hemingway y Gellhorn.

El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera.” Palabras de Ernest Hemingway. Y esa frase con ese nombre bastan para imaginarlo caminando con un rifle por alguna pradera, adelantando su mentón barbado para llegar antes que nadie a una París sitiada por los nazis, a una Pamplona de fiesta o bebiendo un mojito en El Floridita. Y claro, con su ceño fruncido, o tal vez relajado, tipeando en su máquina de escribir. Mito a base de oraciones y anécdotas, directas y sustanciosas. Esa acción que simulaba no detenerse ante nada ni nadie (para ello sólo basta recordar su final) tuvo su primera página el 21 de julio de 1899 en Oak Park, una localidad de las afueras de Chicago, cuando nació el segundo hijo del matrimonio entre el doctor Clarence Hemingway y una antigua compañera de colegio, Ernestine Hall. El enclave familiar (cuatro hermanas y un varón) fue rico para su desenvolvimiento, entre enseñanzas, oraciones y experimentos de ciencias. Y si su madre lo sobreprotegió (vistiéndolo igual que su hermana menor Marcelline pues su sueño era tener mellizos), Clarence fomentó en el niño sus propias aficiones: caza, pesca, deportes y lectura. A los diez años le regaló su primera escopeta, la que usaría durante los veranos en Michigan explorando bosques y perfeccionándose como taxidermista. En el colegio, fue capitán del equipo de water polo, jugó al rugby y el box le concedió una nariz rota además de una visión parcial en el ojo izquierdo. Así fue su niñez, mezcla de fortaleza, sudor, aparte de lecturas y relatos propios. En su mayoría historias pugilísticas, aventuras de tinte violento y parodias humorísticas. Al recibirse en la preparatoria, el adolescente que se hacía odiar o amar, así sin medias tintas, decidió que no quería cursar en la Universidad.

Siendo muy joven, recibió en su breve paso por el periódico Kansas City Star las mejores enseñanzas sobre escritura: oraciones cortas, primeros párrafos contundentes, un inglés vigoroso, el positivo y nunca el negativo como apoyo. Normas que con el correr de los años y propulsadas por él mismo, se volvieron el punto de inflexión para la literatura universal, aún para los detractores del modelo.

La primera herida

Hemingway And Bergman 1941

Hemingway y Bergman 1941.

Ernest se mudó a Kansas donde trabajó como meritorio para un periódico local, el Kansas City Star. Fueron sólo seis meses, entre fines de 1917 y comienzos de 1918, pero –según sus palabras– recibió allí las mejores enseñanzas sobre escritura: oraciones cortas, primeros párrafos contundentes, un inglés vigoroso, el positivo y nunca el negativo como apoyo. Normas que con el fábucorrer de los años y propulsadas por él mismo, se volvieron el punto de inflexión para la literatura universal, aún para los detractores del modelo. Pero para dar con el Hemingway escritor todavía faltaba algo de tiempo. Del otro lado del Atlántico, terminaba una era a base de trincheras, máscaras de gas y llamamientos al honor. Algo de eso caló hondo en Ernest, entonces quiso ingresar al ejército norteamericano para ver la historia (¿o la Historia?) de cerca. Su visión defectuosa (los golpes de box recibidos en la niñez) le impidieron ingresar a la infantería, por lo que mintió sobre su edad y se inscribió en la Cruz Roja. Hemingway llegó a Burdeos para cruzar a Italia. Un coro de obuses alemanes cantó su bienvenida. En ese cuadro restaba algo: los cadáveres, las caras de horror, la muerte en todo su espectro. Como conductor de una ambulancia, Hemingway tuvo que cargar con cuerpos destrozados y no sólo de soldados. Ya no se trataba del honor imaginario sino de la cruenta realidad que vivió en carne propia. En julio de 1918, mientras llevaba unas barras de chocolate a los combatientes en Fossalta di Piave, fue herido al recibir la carga de un mortero austríaco. Lo condecoraron con la “Medaglia d´Argento al Valore Militare”. Postrado, conoció a Agnes von Kurowsky, una enfermera de quien Hemingway se enamoraría perdidamente. “No puedo obviar el hecho de que tú eres sólo un niño…”, le respondió en una carta esa morena de ojos verdes penetrantes y largas piernas, que encandilaba a los heridos. Sus biógrafos aún discrepan sobre si fue una relación seria, un affaire o parte de la imaginación fogoneada por el futuro escritor, y que quedaría representada en A Farewell to Arms. De algo no dudan, la novela editada en 1929 es de sus mejores trabajos. Volvió a Estados Unidos con el corazón deshecho y cierta repercusión mediática por haber sido el primer héroe norteamericano herido en Italia. Antes de acabar la década del 20 conoció a Hadley Richardson, su primera esposa. Al poco tiempo de casados, el Toronto Star lo designó enviado especial a Europa. Mientras los locos años 20 sacudían Estados Unidos, Hemingway “era muy feliz y muy pobre” en París como narraría en A Moveable Fest. “Si no hubiera sido por París, no estoy seguro de que hubiéramos tenido al Hemingway que hoy conocemos”, sentenció Michael Reynolds, autor de varios libros sobre su figura; y añadió: “Entre enero de 1922 y abril de 1924 se transformó a sí mismo”. La radicalidad de ese tiempo, y de esa ciudad, no pasaron únicamente por Hemingway. John Dos Passos, Ezra Pound y William Faulkner eran parte del clan que se cruzaba en el Café des Deux Magots y buscaban cobijo en Gertrude Stein (quien los definiría como la “Generación Perdida”). Además, en ese sitio Ernest conocería a Francis Scott Fitzgerald poco antes de publicar The Great Gatsby, y se dejaría seducir por Josephine Baker. “Estaba tratando de escribir y me encontré con la más grande de las dificultades, más allá de saber lo que sentía o de lo que debía sentir; debía expresar lo que realmente sucedía en acción. Lo que las cosas producían como emociones y que uno vivía como reales. Estaba tratando de aprender a escribir, comenzando por las cosas más simples.” O como diría de otra forma: “Todo lo que quería era escribir bien”. Eso incluye una competencia con sus colegas. Apostó 100 dólares a que podía contar una historia corta en 6 palabras. Y ganó por escribir “Rebaja: zapatos de bebé, sin estrenar”. Con esa frase abonó el mito del escritor competitivo que si bien era llano no perdía imaginación. En tanto, publicaba sus primeros cuentos, se mantenía a base de papas fritas, y viajaba a España para ver corridas de toros y las fiestas de San Fermín en Pamplona. Con la edición en 1926 de The Sun Also Rises, basada en estas experiencias, alcanzó un impensable suceso de crítica y comercial. Y apareció en su vida Pauline Pfeiffer: con la corresponsal de Vogue y amiga de Hadley Richardson se casó en 1927. Durante la década del 30 tuvo un hogar recurrente, Key West. Allí Hemingway dio forma a los relatos que cincelaron la fábula propia, la del hombre que se sobrepone a todos los traspiés. Mejor dicho, que antes de pegar prefi ere recibir un golpe, escupir la sangre, y desde allí arremeter a su contrincante. Aunque, a veces, bestia y cazador puedan intercambiar los roles, y siempre, pero siempre, el respeto. Para la publicación en 1932 de Death in the Afternoon señaló que había visto alrededor de mil quinientas matanzas de toros. “Es moral lo que hace que uno se sienta bien, inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Juzgadas según estos criterios morales que no trato de defender, las corridas de toros son muy morales para mí.” Esa sería su respuesta a quienes lo criticaban por exaltar el costado bravío del ser humano. Y así lo hizo él mismo, pescando en el Caribe, cazando en las colinas de Wyoming o de safari por el continente africano, costumbres que dieron lugar a The Green Hills of Africa en 1935. En el medio de la excursión por Tanzania surgieron sus impresiones sobre la literatura, como aquella que hizo célebre al libro: “Los buenos escritores son Henry James, Stephen Crane y Mark Twain. Ese no es el orden en el que son buenos. No lo hay para los buenos escritores… Toda la literatura norteamericana proviene de un libro llamado Huckleberry Finn. Si uno lo lee, debe detenerse donde los niños le roban a Nigger Jim. Ese es el verdadero final. El resto es trampa. Pero es el mejor libro que hemos tenido”. Reflexiones sobre libros y escritores en medio de la naturaleza abierta es algo que se repitió en su obra: mucha de su teoría narrativa está repleta de imágenes deudoras de un hábitat salvaje. Como la famosa historia del iceberg, que por cada parte que se ve, o cuenta, debe haber algo por debajo mucho más importante y sugerente. Lo que se conoce como lo no dicho. 49 Stories, libro publicado en 1938, y para muchos críticos el cenit de “su” escritura, así lo demuestra.

Hemingway, en la mira de los otros El narrador: Si pudieras pelear con una celebridad, ¿con quién lo harías? Tyler: ¿Viva o muerta? El narrador: No importa. ¿A qué tipo duro elegirías? Tyler: Hemingway. ¿Y tú? (Escena del fi lme Fight Club.) “Veterano de guerra antes de cumplir los veinte. Famoso a los veinticinco. A los treinta, un maestro.” (De la biografía de Hemingway realizada por su amigo, el poeta Archibald MacLeish.) “Su estilo poderoso, maestría de la forma en el arte de la narración moderna, como lo evidenció en The Old Man and the Sea.” (Cita del texto al otorgársele el premio Nobel en 1954.) “Una tensión interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela.” (Gabriel García Márquez, escritor colombiano.) “Me pregunto a qué tipo de tirador pertenecía Ernest Hemingway cuando ese amanecer del 2 de julio de 1961, luego de tantos años de disparar al aire, miró fi jo a los ojos del doble cañón de su escopeta comprendiendo que, después de tanto joder con eso del iceberg, él no era nada más que el inhundible Titanic.” (Rodrigo Fresán, escritor argentino.) “Sal del falso pelo en pecho, Ernest. Todos te conocemos.” (Palabras de Max Eastman. Cuando Hemingway y el escritor socialista se encontraron, discutieron fuertemente. La disputa se zanjó con Hemingway probándole que el pelo de su pecho era real.)

Las campanas estallan

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Hemingway en Cuba.

En 1937, Hemingway viajó a España para cubrir la guerra que dividía al país en dos bandos. Su silueta se había hecho popular en la zona este de Madrid y se rumoreaba que, entre botellas de whisky, dejaba de lado su rol de observador y les enseñaba a manejar el rifl e a los reclutas. A los republicanos. Es que el escritor decidió no ser objetivo. Su decisión de narrar sobre los niños, el coraje de los combatientes socialistas y las atrocidades a mano de los franquistas, le valieron la crítica furibunda de John Dos Passos (y el fi n de su amistad) por no contar los excesos del otro lado de la trinchera. Por ese entonces, Hemingway se enamoró de Martha Gellhorn, una periodista a la que había conocido poco tiempo atrás, tal vez el amor de su vida, la mujer más asimilable al escritor en el escenario de batalla. Con ella se mudó a San Francisco de Paula, Cuba, donde dio forma a su cuarta novela, For Whom the Bell Tolls. El recuerdo a pólvora recién esparcida fue la antesala de la segunda gran guerra. Durante su transcurso patrulló las costas en busca de navíos alemanes, al tiempo que su tercera esposa huía de las continuas riñas y borracheras del escritor mientras rivalizaban en crónicas periodísticas. Y sobre el mismo campo de batalla terminó de moldear su retrato aventurero, participando de misiones aéreas en bombardeos u observando el desembarco de Normandía. A esa altura el mito se mezclaba con los hechos. Avanzó hacia París, adelantándose a las tropas aliadas e instalado en una suite del Ritz –lugar que declaró haber liberado junto a sus partisanos– celebró la liberación con cincuenta Martinis, uno tras otro. Lo real es que por sus servicios en acción recibió una estrella de bronce del Ejército. Si bien el personaje estaba henchido, después de tanto trajín, su carrera como escritor sembraba más dudas que aplausos. Con inocultables ansias de revancha hacia la crítica literaria, escribió en 1952 The Old Man and the Sea. La historia inspirada en su amigo pescador, Gregorio Fuentes, fue un best seller instantáneo, ganó el premio Pulitzer, le allanó el camino para el Nobel y mostró su última exhibición de escritura en total control, con una prosa resonante, sentida y parca. En 1954, la muerte casi le ganó la pulseada. Se publicaron informes sobre la muerte de Hemingway durante un accidente aéreo en Uganda junto a Mary Welsh, su cuarta esposa. Por las heridas el hombre quedó resentido. Su rodilla maltrecha acentuó sus problemas de salud, junto a súbitas depresiones, brotes paranoicos y el recuerdo presente del suicidio de su padre en 1928, quien cejó su vida con un disparo. Quedaban algunos destellos en entrevistas y textos, mientras intentaba –inútilmente– reponerse en su Finca La Vigía en Cuba, con ocasionales visitas a la Bodeguita del Medio. Al compás de un nuevo camino para la isla (recibió la caída de Fulgencio Batista con alabanzas, aunque Fidel Castro rápidamente le inspiró desconfianza), Hemingway desbarrancaba. En las paredes del baño de La Vigía escribía los números de la presión de sangre, peso y altura. Para 1960 los trastornos nerviosos le hicieron perder gran parte de su raciocinio. A duras penas terminó de escribir para la revista Life la crónica sobre la temporada taurina de 1959 y la rivalidad de las dos figuras del momento, Luis Miguel Dominguín y su cuñado Antonio Ordóñez (The Dangerous Summer como libro recién fue editado a mediados de los 80), y en el medio de tratamientos de electroshock para combatir su estado, decidió ponerle final a su existencia. Fue con un disparo, durante la madrugada del domingo 2 de julio de 1961, con las montañas de Idaho como testigos.


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