APRENDER INGLES: EL DESAFIO

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No hace mucho apareció en las librerías Como aprendí inglés: 55 latinos realizados relatan sus lecciones de idioma y vida, editado por Tom Miller, un jugoso acercamiento a la realidad que experimentaron muchos inmigrantes al instalarse en Estados Unidos y tener que lidiar con una lengua que no era la suya. Para muchos es una prueba intimidante; para otros es fácil. Sin embargo, desde la personalidad de Cristina Saralegui en la televisión y el congresista José Serrano, hasta los jugadores de béisbol Juan Marichal y Orlando Cepeda, todos recuerdan la lucha por aprender la caprichosa lengua, de verbos tan irregulares, y sus incomprensibles y frecuentes enredos, casi trabalenguas. Aquí el testimonio del legendario músico cubano, ganador de varios Grammy y un virtuoso del clarinete y el saxo, que en 2007 obtuvo una beca Guggenheim.

Texto: Paquito D’Rivera / Fotos: AFP

ELENA PONIATOWSKA

La escritora Elena Poniatowska también contó su experiencia.

Mi primer encuentro frontal con “El Difícil” (que es como el percusionista cubano Daniel Ponce le llama al idioma inglés) fue en mi temprana niñez. Mi padre apareció en casa con aquel LP de Benny Goodman grabado en vivo en el teatro Carnegie Hall de Nueva York. Muy sorprendido pregunté yo “¿Cómo?, ¿Carne y frijol?”. Yo no veía la relación que podía existir entre lo que cocinaba mi madre tan a menudo y aquella música excitante que tocaba la orquesta del clarinetista judío. Como 25 años después de que mi padre casi se atorara de risa con aquella ocurrencia mía, de gira con Irakere, desayunaba yo en una cafetería de Broadway, precisamente muy cerca del Carnegie Hall. Mientras esperábamos la comida, escuché a uno de los músicos del conjunto, esforzándose en explicarle en inglés a un ejecutivo de CBS, que no se sentía bien aquella mañana, porque la noche anterior había comido demasiado, y había amanecido con “estreñimient”. -¿¡Estreñimient!?, exclamó el norteamericano, tratando de pronunciar la extraña palabra, ladeando la cabeza hacia un lado y a otro, como hacen los perros cuando no entienden bien lo que uno trata de enseñarles. El músico quería decir que estaba teniendo problemas para evacuar su vientre, o sea, que estaba estreñido. Recuerdo que quien dijo aquel curioso “hispanismo de extrema derecha”, se encabronó muy seriamente cuando el saxofonista Carlos Averhoff casi se cae de su silla con un tremendo ataque de risa. Y es que una cosa es el “spanglish”, que tanto ha permeado nuestro diario lenguaje coloquial, y otra el disparate, que a veces produce situaciones graciosísimas. Una vez, en una gasolinera en Union City, cuando por fin logré establecerme en la ciudad de Nueva York a fines de 1980, uno de mis primeros trabajitos fue haciéndole la suplencia a José Fajardo, el famoso flautista cubano. El era tan popular, que a veces tenía hasta dos o tres orquestas trabajando a la vez en distintos locales de la ciudad. En aquellos días aún vivía con mi madre.

II FORO ATLANTICO *EUROPA-AMERICA: NUEVOS DESAFIOS*

Alvaro Vargas Llosa.

Como éramos vecinos de Fajardo en Overlook Terrace de West New York, Nueva Jersey, y como residíamos en el mismo edificio, un frío domingo de invierno nos fuimos juntos en su enorme station wagon hacia el restaurante La Bilbaína de la Calle 23 en Manhattan. Allí me quedaría ocupando su lugar, mientras él continuaba rumbo a Brooklyn, donde lo esperaba otra de sus charangas. Con nosotros venía su hijo, que ya salía de vez en cuando a practicar el timbal con Fajardo y sus Estrellas. Por haber nacido en Estados Unidos, Armandito, que era el nombre del chico, desde niñito era perfectamente bilingüe y ayudaba a su padre –quien solamente hablaba español– a comunicarse. La tarde era clara, serena y luminosa y desde el río helado soplaba una brisa gélida y finísima, que se mezclaba en la atmósfera con el delicioso olor a comida cubana que salía del Overlook Terrace. Al salir al parqueo, la gente que lo reconocía saludaba al legendario artista con afecto y entusiasmo. No bien hubo echado a andar el motor del auto, por las bocinas de la radio salieron casualmente las alegres notas de Sayonara-Sayonara, Me Voy Pal Japón, uno de los hits del guajiro pinareño en la Cuba de fi nales de los años 50. Era el programa dominical de Polito Vega, vecino nuestro y uno de los locutores estrellas de la City. Salíamos por Boulevard East, rumbo norte hacia el Lincoln Túnel. El impresionante perfi l de la ciudad de los rascacielos parecía moverse en el horizonte como si tuviera vida. Un grupo de niños, guiados por lo que serían sus maestros y padres, depositaban ofrendas florales junto al busto de José Martí, que desde hacía algunos años descansaba en su pedestal de mármol en el parque de la acera este del boulevard. -Cuentan que cierta vez –les comenté a los Fajardo– en una clase que estaba impartiendo en la escuela, Martí pronunció el nombre de Shakespeare tal y como se diría en español “Cha-ques-peare”, y cuando a un alumno se le ocurrió corregirlo, Martí continuó el resto de la lección en perfecto inglés. -Pues mira mi hermano, menos mal que yo no estaba en esa clase, pues no hubiera entendido “¡Ni papa!, ¿me oite?”, respondió el guajiro con su criollísima gracia habitual. De camino a La Bilbaína, paramos en una gasolinera para abastecer el goloso tanque de la enorme camioneta. -Filirópalo, primo, pronunció con su voz áspera y carrasposa el flautista, dirigiéndose al pakistaní que estaba a cargo del servicentro. Protegiéndose del viento glacial que soplaba y temblando de pies a cabeza, el hombre se caló el gorro de lana hasta las orejas y miró hacia mí como en busca de ayuda. Yo me encogí de hombros y al regresar su mirada al músico, éste trató de aclarar: -Que lo fi liropées, mi hermanito, “filiropeltan”, ¿o tú no underestan mai ingli, o qué? Echale primo. Armandito adivinó algo en mi cara de desesperación y vino a nuestro rescate.

La pronunciación es factor agravante en cualquier idioma, sobre todo cuando uno encuentra palabras que para nuestro oído hispano se parecen y a veces confunden. Por ejemplo, la palabra sheet, que es una sábana o una hoja de papel, y shit, que es mierda. Por eso es que en mi profesión yo siempre me refiero a piano parts, porque si digo lead sheet y me sale lead shit, sabrá Dios la reacción que podría yo provocar en los músicos norteamericanos.

CHILE-PINOCHET-HEART ATTACK-DORFMAN

Ariel Dorfman da su visión.

Ahí nos enteramos el pakistaní y yo, de que traducido de su lengua particular, lo que Fajardo quería decir era “Fill up the tank”; o sea, que llenara el tanque, y lo de primo no tenía nada que ver con una relación familiar ni mucho menos, sino que lo llenara de gasolina “Premium”. -Bueno, eso mismo dije yo, ¿no? Que lo filiropeara primo… o e que uno habla chino, o qué, aclaró Fajardo, en una forma, digamos que muy libre y sui generis de interpretar el verbo aclarar. Armandito me guiñó un ojo, se sonrió y después de pagarle al confundido pakistaní, seguimos rumbo a nuestra matinée con el inefable Fajardo y Sus Estrellas. En otra ocasión, yo esperaba que me viniera a recoger un ilustre pianista norteamericano, para irnos en su carro a tocar a un jazz club en Wilmington, Delaware. En aquel tiempo aún vivía con mis padres en aquel barrio donde casi todos eran cubanos e hispanoparlantes de diversas nacionalidades. Casi no se veían anglos en aquella zona de Hudson County, Nueva Jersey (ni se ven hoy). -M’ijo, date prisa, que ahí te espera un extranjero que se llama Tim Mc- Coy, dijo mi madre, mientras yo terminaba de arreglarme para el gig. -¿Un extranjero que se llama Tim McCoy, como aquel viejo cowboy de las películas silentes? –pregunté yo, extrañadísimo– ¿De qué tú hablas, mamá? Cuando salí a la sala, el “extranjero” a que mi madre se refería era el gran pianista McCoy Tyner –no Tim McCoy– que me venía a buscar para nuestro gig de aquella noche en Delaware. Pero bueno, como dice aquel dicho español que “en todos lados se cuecen habas”, yo también tuve mis tropiezos con esto del inglés, como aquella vez que le pedía a la empleada de una verdulería coreana un “Rape avocado”. La mujer me miró con asco y me contestó: “Usted es un enfermo”. -¿Qué?, pregunté yo, un poco asustado por el tono de voz y la feroz expresión de la mujer. Pero por suerte la que contestó fue mi esposa, que le aclaró a la señora que yo lo que buscaba era un aguacate maduro, a “Ripe avocado”, y no un aguacate violado, que es lo que quiere decir la desagradable palabra “Rape”. La pronunciación es factor agravante en cualquier idioma, sobre todo cuando uno encuentra palabras que para nuestro oído hispano se parecen y a veces confunden. Por ejemplo: yo prefi ero decir que voy al seashore o to the ocean, porque beach –playa– es algo completamente diferente de bitch. De modo que si digo, “I’m going to the bitch”, se creerán que me voy de putas o algo por el estilo. Otro ejemplo es sheet, que es una sábana o una hoja de papel, y shit, que es mierda. Por eso es que en mi profesión yo siempre me refi ero a piano parts, porque si digo lead sheet y me sale lead shit, sabrá Dios la reacción que podría yo provocar en los músicos norteamericanos. Para nosotros, decir en inglés Aunt Ann and an ant (literalmente, “Tía Ana y una hormiga”), es como hacer la imitación del habla de un fañoso y se imaginarán ustedes lo dificultoso que se nos hace entender un idioma donde ass es burro, pero también es culo. Entonces ¡¿cómo demonios decir el culo del burro?! Estoy convencido de que lo más difícil de un lenguaje no es hablarlo, sino entenderlo, ya que para complicar aún más la cosa, está aquello de los diversos acentos. Una de mis primeras experiencias con acentos extraños, fue al principio de una de mis primeras actuaciones con Dizzy Gillespie, el trompetista que tanto me ayudó a echar pa’ lante mi carrera en el competitivo mundo del jazz. Dizzy nació en Cheraw, Carolina del Sur, y ya se sabe lo que son esos acentos del sur, ¿no? Bueno, pues era la noche de debut en el Rock Head Paradise de Montreal. Ya sobre el escenario, cuando le pregunto a Dizzy qué pieza vamos a tocar, me contestó con algo que sonaba entre el bramar bajo el agua de un búfalo camboyano y el ronquido de un motor diesel con problemas de carburación. Tragué en seco y le pregunté al guitarrista Ed Cherry, a mi lado. -¿Qué dijo Gillespie? -¡Y yo qué sé!, contestó a secas. -Pero cómo que no sabes si tú eres norteamericano como él, ¿no? -Sí, pero él es de South Carolina y eso es otro planeta, Bro. Mejor espera a que él empiece a tocar y enseguida te darás cuenta de por dónde vienen los tiros, ok? Tenía razón el guitarrista y así comprobé una vez más que la música, y sobre todo el jazz, es el verdadero idioma universal, el lenguaje del amor, la tolerancia y el respeto a la libre expresión entre los que lo practican y su público. Por otro lado, no hay dudas de que, precisamente por su sencillez y practicidad, el idioma de Shakespeare o ‘Cha-ques-peare’ –como le gustaba decir a Martí–, se ha convertido en lo que se intentó hacer con el esperanto muchos años ha. Ello no es más que el uso de una lengua común que ayude a la mejor comunicación entre seres humanos de diversas latitudes. Además y muy a pesar de lo dificultoso que puede resultarles a algunos su comprensión, mirándolo con objetividad y optimismo, hay que reconocer que la cosa hubiera sido mucho peor de habernos visto obligados a derribar la frustrante barrera del idioma en cantonés, urdu o búlgaro, ¿no les parece?


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