EDITH PIAF: EL GORRION SIGUE CANTANDO

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El mito de la artista apasionada, arrollada por las tragedias y la fama, pero nunca vencida. Su voz le sirvió para expiar incontables desaires en vida. Adalid de los desposeídos, come hombres, hedonista, sufriente, vivió con tanta intensidad como la que entregaba en sus presentaciones y grabaciones. A 45 años de su muerte, la fábula sigue iluminando la figura de Edith Piaf, fogoneada por el éxito internacional del filme La môme… Una vida de todos los colores, menos rosa.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AFP

Se dice, se cree, se rumorea, que Edith Piaf alentaba a los periodistas a escribir ficciones, más que realidades, con plena conciencia de la iconografía que se había generado a su alrededor. Su amigo Maurice Chevalier la llamó “la campeona de peso pequeño que repudió las leyes de la reserva del código del artista”. Una mujer de menos de un metro y medio de estatura, de apariencia vulnerable pero con una voz ronca y a la vez dulce, que daba cuenta de haber vivido demasiado en poco tiempo. Edith Piaf seguirá siendo ese hálito de luz colándose por una púa o una radio a galena, y que al brotar, simplemente modifica el aire.

A los 17, parada en una esquina parisina, Edith sorprendió con su interpretación de Les deux ménétriers a Louis Leplée, el dueño de uno de los clubes más importantes de París. El sólo le cambió el nombre. El argot parisino para denominar a los gorriones se volvió su nuevo apellido. Así nació Edith Piaf.

Entre prostitutas y monedas

FRANCE - EDITH PIAF

Edith Piaf cantante.

Si mezcláramos los inicios de Perfume la novela de Patrick Süskind con el filme The Triplets of Belleville nos acercaríamos a la leyenda del nacimiento de Edith Piaf. Annetta Maillard, una cantante de cafés, recorría la calle de Belleville, entre borracha y drogada, cuando sintió los dolores de parto. No pudo más de las contracciones y cayó justo debajo de una farola en el número 72 de esa calle. Un gendarme la atendió en el parto y cubrió a Edith Giovanna Gassion con su capa. Corría el 19 de diciembre de 1915. En realidad nació en un hospital local, pero como pensaba Randolph Hearst (¿O Joseph Pulitzer?) no hay que dejar que la verdad opaque una buena historia. Por el andar trashumante de mamá y papá (Louis Alphonse Gassion era un acróbata y artista callejero), Edith quedó en manos de su abuela quien regenteaba un prostíbulo en Bernay, Normandía. Nuevamente el cuento. Clarissa la crió con vino en lugar de agua, pues creía que ésta era mala para el cuerpo. Edith no hablaba, no se reía, no caminaba y encima tuvo una meningitis que la dejó ciega. El único gesto amoroso de la abuela fue llevarla a la Iglesia de Santa Teresita de Lisieux y encomendársela a la virgen. Y un milagro le devolvió la vista. Más allá de la particular crianza a cargo de prostitutas, algunos biógrafos suscriben que aquellos fueron los años más estables de su vida. Al volver del frente, su padre la llevó a recorrer circos itinerantes. Y nuevamente a París. A sus calles y a cantar canciones populares por monedas. Para el escritor Matthias Henke, son sus tiempos de cultivo en una ciudad luz particular: el reverso pobre de una Belle Epoque extendida más allá de la Primera Guerra, entre acordeonistas, malvivientes y can-can. Junto con Simone Berteaut (quien se haría conocer como su media hermana) seguiría ese camino. A los 17 años dos hechos la marcarían. Murió de meningitis su hija Marcelle (con sólo dos años de edad), a quien tuvo con su amante Louis Dupont.

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Piaf en New York.

Tan sólo un mes después, hacia septiembre de 1935, caminó junto a Mômone hasta Champs-Elysées con la esperanza de un día lucrativo. Paradas en la esquina de la rue Troyon y avenue Mac Mahon, Edith sorprendió con su interpretación de Les deux ménétriers a Louis Leplée, el dueño de Gerny´s, uno de los clubes más importantes de París. Era muy poco lo que Louis quería cambiar, excepto el nombre. Edith Gassion le parecía inapropiado. El argot parisino para denominar a los gorriones se volvió su nuevo apellido. Así nació Edith Piaf. “Papá Leplée” le enseñó los secretos del oficio: la importancia de las luces, la música, los gestos, la puesta en escena. En un momento en que las grandes voces eran más bien formas de actuar una canción, la suya era ideal para el music-hall. Mistinguette y Maurice Chevalier representaban la alegría. Charles Trenet y Germaine Sablon, la melodía. Frente a esa escenografía de un París ligero, apareció el arrabal de Edith Piaf con sus odas a los barrios proletarios, en medio de valses, tangos y panfl etos realistas. Pero el suceso instantáneo fue opacado por el asesinato de su protector a poco de conocerla. Las relaciones de Piaf con los bajo fondos sembraron dudas sobre su responsabilidad en el hecho (hasta se la mencionó como la asesina). Lo cierto es que las calles fueron su refugio. Para su suerte, quedaban las conexiones con Raymond Asso y Margarita Monnot, quienes la recuperaron de los tugurios para que Edith se apropiara de sus temas. Bajo la protección del compositor, su nuevo amante, Edith terminó de moldearse como una artista profesional. Adorada por el público y difundida por la radio, sus discos se vendieron como pan caliente. Además de actuar en películas, en 1940 se presentó con éxito en la obra teatral Le Bel Indifférent, pieza que Jean Cocteau escribió para ella. Al éxito le siguió la ocupación nazi, a la que no le fue indiferente. Edith ayudó a algunos artistas judíos a escapar del asedio alemán a París. Para mediados de la década conoció a Yves Montand en el Moulin Rouge. Célebre en su rol de devoradora de hombres, tuvo un affaire sobre el final de la guerra. Su dependencia a los hombres bellos y talentosos iba de la mano de sus interpretaciones. “No conoces un hombre hasta que lo llevas a la cama, sabes más de ellos en una noche que con dos meses de conversación. En la bolsa no pueden engañarte”, decía. En ese 1946 le escribió la letra a una melodía de Louis Gugliemi que titularía La vie en rose. Quedaba mucho, o poco, para quien expresó: “Cantar es una manera de escaparme.

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Edith Piaf en escena.

Es otro mundo. Ya no estoy más en la tierra”. Terminada la guerra, Piaf se embarcó por un extenso tour que comenzó en Grecia y con el que llegó a Estados Unidos. Con una determinación de perro dio sus shows en el Playhouse de la 48th Street de Nueva York. Las barreras culturales iban cayendo a medida que se entregaba al público, traduciendo algunas de sus canciones. Edith se volvió una figura recurrente del círculo de celebridades de la gran manzana, codo a codo con Orson Welles, Judy Garland y, especialmente, con Marlene Dietrich (otra europea con quien compartía una infancia difícil y el éxito). Pero Nueva York fue especial en su vida por otra razón. Allí conoció a Marcel Cerdan “The Moroccan Bomber”, un boxeador francés de origen argelino, quien sería su verdadero gran amor. Como Marcel vivía con su esposa e hijos en Marruecos (en Casablanca para volverlo más increíble), la relación se mantuvo bajo un estricto secreto que disgustaba al círculo íntimo de la cantante. Temían por la reputación de ambos. Incluso su amiga Mômone intercedió para ponerle fin a la relación. Pero el idilio creció al punto que Piaf compró una casa en Bois de Boulogne para estar más cerca del deportista. El lugar contaba con un gimnasio para que Cerdan entrenase. En septiembre de 1948 tenía agendada una pelea por el título mundial contra Tony Zale. Antes del evento, volvió a Lisieux para rezarle a Santa Teresa. “Estaba segura de que iba a ganar porque esa noche sentimos olor a rosas en su habitación”, recordó Ginou Richer, su asistente. El símbolo de la santa. Y de su infancia en Normandía. Y Cerdan triunfó. Y Piaf fue feliz. En el cenit de la carrera de ambos se sucedieron las contiendas de él y los shows de ella. Entre París y Nueva York, vuelos trasatlánticos y encuentros en hoteles. El 29 de octubre de 1949 el avión que trasladaba a Cerdan a la gran manzana para visitarla se desplomó en las islas Azores. Esa noche le dedicó su show en Versailles. Luego vendrían días oscuros. Destrozada emocionalmente buscó refugio en las drogas, el alcohol y los mentalistas. Quería contactarse con el más allá. Al tiempo le dedicó a su amado Hymne à l’amour.

Mito en fotogramas

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Edith Piaf en su camarin.

Hace 25 años, Edith et Marcel, película dirigida por Claude Lelouch, se sumergió en la historia de amor que la cantante compartió con el astro del boxeo. La môme de Olivier Dahan supuso el reencuentro de la diva con la gran pantalla. Teniendo en cuenta los componentes de su leyenda, collage que el director traza más en su faceta melodramática que en los instantes felices, resulta llamativo que su vida no llegase antes al cine. Acaso porque no se había dado con Marion Cotillard. La actriz ofrece una actuación gigantesca que le valió cuatro de los premios más importantes del cine mundial: el Cesar, el Bafta, el Golden Globe y, claro, el Oscar. “No quería realizar una biopic”, señaló Dahan. “Lo que realmente quise fue componer el retrato de una mujer, de una artista.” Cotillard, casi una desconocida para el público no francés –excepto para quienes la recuerden por su pequeño rol en Big Fish de Tim Burton–, fue la primera elección del realizador. “Quería que se sintiese cómoda con la intuición porque sólo hago las películas guiándome en ese sentido”, remarcó. La actriz, una de las más sorprendidas aseguró que no intentó imitar, sino comprender a Piaf. Según Cotillard, el momento más especial de la fi lmación fue la representación de su show en el teatro Olympia, incluso con la presencia de allegados a Piaf como Mômone. “Descubrí una mujer, no un icono. Y sentí algo cercano desde el inicio. Por eso no estaba ansiosa acerca de su figura.” Recién podrá vérsela en la pantalla grande en 2009 con el estreno de Public Enemies, drama de Michael Mann con Johnny Depp; y en Nine, cinta basada en un guión de Federico Fellini, con Penélope Cruz, Sophia Loren, y posiblemente, Judi Dench y Nicole Kidman.

La fin et l´infini

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Edith Piaf.

Pese a que siguió acumulando romances, el fin abrupto de esa relación fue el comienzo del desbarranco. Por cada momento alegre intercedía uno trágico. Junto a su nuevo amor, Charles Aznavour, sufrió un serio accidente automovilístico que derivó en su dependencia a la morfina (y en la que dilapidó sumas exorbitantes de dinero). Ni siquiera su breve matrimonio con el actor Jacques Pills pudo torcer el destino. Mientras los existencialistas la tomaban como referente, su deterioro físico se tornaba irreparable. Con poco más de 40 años pasó por una operación de páncreas, una oclusión intestinal y un coma hepático. Finalmente, en 1959 los médicos le pronosticaron cáncer, enfermedad que la tuvo apartada de los escenarios. Excepto por una ocasión. En 1961, ofreció los conciertos más emotivos de su carrera, con los que ayudó a salvar de la bancarrota al local Olympia de París. Su último esposo, a quien llamaba Théo Harapo (que en griego significa “te amo”), era 20 años menor que ella. Fiel a su costumbre, le hizo cantar. Su muerte se dio a conocer el 11 de septiembre de 1963, cuando se arrimaba a los 48 años pese a que su cuerpo aparentaba los de una mujer de setenta. Edith Piaf fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise, no lejos de la calle de donde se dice, se cree, se rumorea vino al mundo. Cuarenta mil personas acompañaron su cortejo fúnebre. Sus muñecos preferidos (dos liebres y un león) siguen juntos a quien alguna vez dijo: “En mí canta la voz de muchos”.


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