MAHATMA GANDHI: PEQUEÑO GRAN HOMBRE

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Era casi una tímida silueta debajo de su túnica hindú. Pero la fortaleza de su espíritu no conocía límites. Se llamaba Mohandas Karamchand Gandhi. Sin disparar un arma o cerrar un puño, logró la independencia de la India. Sus palabras, sus huelgas de hambre, su resistencia pacífica conmovieron al mundo. Tres balas extremistas acabaron con su vida. El poeta Rabindranath Tagore lo había rebautizado como el Mahatma (Alma Grande). Eso era el padre de la no violencia.

Texto: Texto: Vicente Battista / Fotos: Naiyer Mijira / Satish Bhatta / Hemant Mohanty / Bana Gopalan / Yash Bhattacharya / Sunil / Amal Rahim / Pradip Singh

Padre de la no violencia

En 1945, encabezó el movimiento popular por la liberación de India. Luchó sin armas a favor de la independencia de su país.

El 2 de octubre de 1869 fue un día de júbilo para los Gandhi: Mohandas Karamchand se incorporaba a la familia. El niño tendría el privilegio de pertenecer a la casta de los Basilla, la de los comerciantes y labradores. Vivían en Rajkot y su padre, Karamchand Gandhi, era primer ministro de la ciudad. Los primeros años del pequeño Mohandas transcurrieron sin sobresaltos: la India se había convertido en una colonia inglesa y los millones de habitantes que cubrían el extenso territorio parecían aceptar pasivamente esa situación.
Mohandas terminó la escuela primaria y cuando comenzaba a cursar la secundaria su padre le anunció que viajarían a Porbandar. Sabía cuál era el motivo: había dejado de ser un niño, era hora de casarse. Le contaron que su futura esposa era una niña de Porbandar, se llamaba Kasturbai y no dudaban de que iba a ser de su agrado. Kasturbai y Mohandas se conocieron unos minutos antes de la ceremonia de boda. Los dos niños, fieles a la tradición, representaron los sietes pasos del rito Saptapadi prometiéndose fidelidad y virtud.
Mohandas tomó un pedazo de kansar y se lo puso a Kasturbai en la boca. La niña hizo lo mismo con su nuevo esposo y ambos saborearon el dulce manjar. Se acababa de consumar el matrimonio. Mohandas Gandhi regresó a sus estudios secundarios y cuando cumplió los 16 años, su joven esposa le anunció que tendrían un hijo. La alegría del nacimiento muy pronto se cruzó con la tristeza de la muerte: el bebé murió a los cuatro días de nacer. Al dolor de esa pérdida se unió otro nuevo lamento: el joven Gandhi, además de perder a su hijo perdía también a su padre: Karamchand murió dos semanas más tarde.

“Entre uno y otro viaje iban a pasar muchos años, cargados de incertidumbre, luchas y esperanzas.”

Era necesario superar el sufrimiento y continuar estudiando. Finalmente, se graduó. El paso siguiente fue trasladarse a Inglaterra, sólo allí podía doctorarse en Derecho: era el deseo de sus mayores y él estaba dispuesto a cumplirlo. Hubo que hacer trámites largos y tediosos, y en el ínterin su esposa le daría un nuevo hijo. Cuando por fin llegó el permiso desde Londres, su madre, su esposa y su pequeño hijo despidieron a Gandhi en el puerto. A fines de septiembre de 1889 llegó a Londres. En sus alforjas llevaba una recomendación para un conocido abogado que de inmediato lo introdujo en las formas de la cultura inglesa.
Gandhi le explicó que él había hecho votos inviolables: no comer carne, no beber alcohol, no fumar ni llevar vida licenciosa. A medida que pasaban los meses, fue asimilando la cultura inglesa, pero sin abandonar sus votos. Cambió sí el estilo de sus ropas y recorrió los centros de moda para comprar trajes europeos. En India los espejos eran un lujo que muy pocos se podían ofrecer, aunque en esta nueva ciudad, Gandhi podía pasar largos minutos frente a uno, acomodándose la corbata o peinándose a la moda.
Sin embargo, tenía bien en claro que estaba en Inglaterra para completar sus estudios, no para convertirse en un “caballero inglés”. Por eso, no bien obtuvo el título de abogado decidió volver a la India. Lo graduaron el 10 de octubre de 1891; unos días después se embarcó rumbo a su patria. Ese desconocido muchacho hindú, de nombre Mohandas Gandhi, que ahora dejaba Inglaterra, volvería a Londres con el nombre Mahatma Gandhi para discutir la independencia de su país. Entre uno y otro viaje iban a pasar muchos años, cargados de incertidumbre, luchas y esperanzas. La verdadera historia de Mahatma Gandhi recién comenzaba.
Llegó a la India cuando su hijo estaba por cumplir cuatro años. Fue un momento de felicidad que quedaría empañado por la noticia que le tenía reservada Kasturbai: “Tu madre ha muerto”, casi le susurró. Dijo que no hubo modo de avisárselo: la muerte se había producido cuando él estaba en medio del océano. Había vuelto, pero aunque estaba en su pueblo se sentía un extraño. Muy pronto comprendió que le iba a ser difícil ejercer la abogacía. Por eso aceptó un empleo en un estudio jurídico de Bombay. Otra vez hacer las maletas. Los días en Bombay no le iban a dejar un buen recuerdo. Comenzaba a comprender que su futuro no estaba en el Derecho. Sin embargo, no vaciló en tentar fortuna en Sudáfrica. Dada Abdulla y Cía., una firma musulmana, necesitaba los servicios de un abogado. Así, pocos días después, se embarcaba rumbo a Durban, una ciudad portuaria del estado de Natal. Una vez más tendría que dejar a su familia, pero lo hacía con el fin de labrarse un futuro. Kasturbai lo entendió.

Racismo y epifanía
En Durban, Gandhi vivió el racismo en carne propia. Sucedió abordo de un tren. Había sacado pasaje en primera y en ese vagón se instaló. El guarda le dijo que debía trasladarse a un vagón de tercera: por ser hindú no contaba con el privilegio de viajar en primera. Gandhi se negó y lo único que logró fue que lo obligaran a bajar del tren. Ese episodio lo marcaría.
Empezó a interiorizarse acerca de las condiciones políticas, sociales y económicas de los hindúes del lugar. Logró reunir a una enorme cantidad de compatriotas y les hizo ver la humillación que debían sufrir sólo por ser hindúes. Fue la primera vez que dio un discurso público, pero no sería la última. Le escribió al director de los ferrocarriles. Al poco tiempo, las autoridades contestaron su reclamo. Aseguraban que dejarían viajar en primera y segunda clase a aquellos hindúes que estuvieran correctamente vestidos. Gandhi pensó cuál sería para ellos la definición de “correctamente vestidos”, pero al menos había conseguido algo. Era el comienzo de una lucha por los derechos de su pueblo que se propagaría por todo Sudáfrica, aunque esto Gandhi aún no lo sabía.
El trabajo en Sudáfrica estaba llegando a su fin. Decidió que era tiempo de volver a su país. Unos días antes de embarcar se enteró de que se iba a gestar un proyecto que anularía el derecho de los hindúes de elegir representantes en la Asamblea Legislativa de Natal. Si se aprobaba esa ley, sus compatriotas perderían hasta el último de los derechos que habían adquirido. Supo que debía quedarse en Pretoria. Jamás imaginó que a partir de esa decisión le aguardarían veinte años de lucha en Sudáfrica.
El primer paso fue reunir a un gran número de voluntarios dispuestos a defender la causa. Las autoridades hicieron oídos sordos a los reclamos. La ley se aprobó. Gandhi no se amilanó. Convocó a sus compatriotas y les dijo que debían ser fuertes para enfrentar esa injusticia. Les propuso fundar el Congreso Indio de Natal. Sabía que aún le quedaba mucho trabajo en Sudáfrica. Quería hacerlo con su familia junto a él. Viajó a la India con el propósito de regresar a Sudáfrica en compañía de su mujer y su hijo. Unos meses más tarde llegaba nuevamente al puerto de Durban. No se puede decir que la recepción haya sido cálida.

“En Durban, Gandhi vivió el racismo en carne propia. Sucedió abordo de un tren.”

Lo aguardaba una horda de europeos y sudafricanos. Todos estaban molestos porque Gandhi había revelado cómo se maltrataba a la comunidad hindú en Durban. Cuando bajó del barco, la muchedumbre lo rodeó. Recibió patadas, piedrazos e insultos de toda clase. La familia Gandhi se instaló en Natal. El Congreso Indio comenzó a trabajar a pleno. Su mayor desafío fue cuando se promulgó un proyecto de ley que obligaba a que tanto los hombres como las mujeres hindúes deberían registrar sus huellas digitales, como si fuesen criminales. Además, tendrían que transitar por las calles con un permiso especial. La policía se arrogaba el derecho a ingresar en cualquier casa y reclamar ese permiso. Según el gobierno, aquellos que se negaran a colaborar con esta medida serían encarcelados.
Gandhi había convocado al Congreso a una reunión extraordinaria. En medio de esa reunión un hombre se puso de pie y dijo: “Si alguno se atreve a entrar en mi casa y pedirle un certificado a mi esposa me vería obligado a matarlo ahí mismo”. La gente lo apoyó a gritos. Gandhi pidió silencio.
–Esta es una crisis muy seria –dijo–. Ante mis ojos, significa el primer paso para echarnos de este país. Pero también somos responsables por la seguridad, no sólo de los hindúes de esta comunidad, sino de todo Sudáfrica. Es una ley humillante para nuestro pueblo.
La gente aplaudió. Gandhi pidió nuevamente silencio.
–La resolución que tomaremos hoy es diferente de las que hemos tomado antes y es mi deber explicárselas. Estoy dispuesto a todo, hasta a morir, pero no a matar. Y eso es lo que les propongo a ustedes. No nos sometamos a esta ley, pero tampoco respondamos con violencia. Simplemente no la cumpliremos. Quiero advertirles que esto tendrá consecuencias. Es muy posible que terminemos en la cárcel. Hasta pueden confiscarnos las propiedades o deportarnos.
Un hombre levantó la mano y Gandhi le dio la palabra.
–¿Hasta cuándo duraría esta lucha? –preguntó.
–Estoy casi seguro de que si la comunidad entera soporta esta prueba, el final estará cerca. Pero si caen en el camino, la lucha será prolongada. Y esto que voy a decir lo digo con certeza: si todos los hombres se mantienen leales a su promesa, sólo puede haber un final y ese es la victoria.
Gandhi terminó su discurso y oyó los aplausos. Sonrió. Eso significaba el apoyo incondicional. Sabía que el pueblo hindú estaba más fuerte y más unido que nunca. Pensó que esta nueva forma de llevar a cabo una resistencia debía tener un nombre. “Satyagraha –propuso–. La fuerza que nace del amor, la verdad y la no violencia”. En cuanto las autoridades se enteraron de esa decisión, Gandhi fue encarcelado. Era la primera vez que iba preso, pero no sería la última. Muchos de sus compañeros también fueron encerrados. Pero todos continuaron con el movimiento satyagraha, aun dentro de la prisión. Cada vez más hindúes llenaban las cárceles, condenados por no portar el permiso. Las autoridades sudafricanas tuvieron que ceder ante esa resistencia pasiva.

“Si todos los hombres se mantienen leales a su promesa, sólo puede haber un final y ese es la victoria.”

Gandhi y su familia estaban listos para volver a la India. Le esperaba otra lucha aún más grande, y el satyagraha sería su única arma. No bien llegaron se instalaron en Santiniketan. Allí construyó un ashram, una residencia comunitaria abierta a todos los que en ella quisieran vivir. Una tarde se presentó el poeta Rabindranath Tagore. Fue a agradecerle todo lo que estaba haciendo por los desposeídos y le propuso el nombre que se merecía: Mahatma, es decir: Alma Grande.
El paso siguiente fue recorrer la India y ver con sus propios ojos en qué condiciones desastrosas vivían sus compatriotas. A lo largo de su peregrinaje fue construyendo nuevos ashrams. Hacía tiempo que había dejado los lujos. Su vida se había simplificado y sólo contaba con lo necesario para subsistir. Vestía como un hindú más; los atuendos de caballero inglés habían quedado para siempre en Sudáfrica.

Llegaria la paz

Fue encarcelado varias veces, participó en numerosas huelgas de hambre y abogó por los derechos de los musulmanes en la India.

Armas para la paz
El Congreso Nacional Indio celebraba su reunión anual y Gandhi fue uno de los invitados de honor. En el congreso se estudiaban los distintos problemas que aquejaban a los hindúes; Gandhi encontró que estaban divididos en dos líneas antagónicas. Unos querían conciliar con el imperio; otros, más extremistas, exigían la independencia de la India. En ese congreso, Gandhi conoció a Jawaharlal Nehru. Desde ese día serían grandes compañeros.
Una tarde, los trabajadores de los molinos textiles fueron a visitarlo para hacerle saber que estaban en lucha con la patronal, en demanda de mejores salarios. Gandhi estudió esa causa y les aconsejó que realizaran un juramento satyagraha.
–¿Qué es eso? –preguntaron.
–Simplemente no vuelvan a trabajar hasta que no lleguen a un acuerdo con los dueños. Esto traerá consecuencias y puede haber represión, pero lo más importante es que no respondan a la violencia con violencia. Es primordial que no rompan ese juramento –proclamó.
Los dueños de los molinos no tenían intenciones de negociar. Mientras tanto, los trabajadores empezaban a sentir en carne propia las consecuencias de esa huelga. Sin paga no había modo de conseguir comida, y eso los debilitó. Muchos rompieron su promesa y regresaron a los molinos. Gandhi volvió a reunirlos y sin vacilar anunció: “No tocaré un bocado, a menos que ustedes se mantengan firmes en la huelga general hasta llegar a un acuerdo”.

“Era la primera vez que iba preso, pero no sería la última.”

Era la primera vez que tomaba la decisión de ayunar, pero sabía que no le quedaba otra alternativa. Al tercer día de ayuno, los trabajadores llegaron al lecho de Gandhi en el ashram.
–Queremos contarle que finalmente llegamos a un acuerdo. Los dueños se han conmovido con su hazaña y hemos podido establecer un pacto. Su ayuno ha concluido, Mahatma.
Aquél sería el primero de los muchos ayunos que emprendería como forma de lucha. Tiempo después, un episodio terrible lo conmovió: las tropas colonialistas británicas habían disparado contra los hindúes reunidos en el parque Jallianwala Bagh. Cientos de cadáveres quedaron sobre el césped. Gandhi decidió que había llegado el momento de dejar de cooperar con el gobierno. Dijo que no comprarían ni usarían nada que perteneciera al extranjero. A partir de ese momento, los hindúes producirían sus propios alimentos y, sobre todo, su propia vestimenta.
La influencia de Mathama Gandhi en su país crecía a pasos agigantados. Lord Chelmsford, virrey de la India, recibió una carta del líder de la no violencia. Le anunciaba que a partir de ese momento no habría ningún tipo de cooperación. Con esa carta, Gandhi le devolvió la medalla de oro que el gobierno le otorgara en 1915. Junto a Nehru, Jinnah y otros líderes viajó por el país organizando reuniones y predicando el satyagraha. Explicando que el boicot tenía que ser general.
No sólo a las autoridades, sino también a las instituciones, escuelas y cortes. En todos los casos proclamaba la no violencia. Esto significaba nada menos el principio del camino hacia la independencia hindú. No obstante, aún faltaba para ese día. Vendrían años de cárcel, tormentos psicológicos y presiones de todo tipo, pero Gandhi no se inmutaba. Su voluntad y sus hazañas lo llevaron hasta el propio palacio de Buckingham. Ahí estaba nuestro hombre, vestido con su humilde túnica, dispuesto a dialogar con los reyes. Le pidieron que se pusiera ropas adecuadas.
–Si me pusiera otra cosa –dijo–, no sólo estaría traicionando al rey, sino a mí mismo. Además, el rey tendrá puesto lo suficiente para ambos.
Los monarcas británicos tuvieron que aceptar que ese hombre pequeño, enjuto, que apenas alzaba la voz para hablar, ingresara al palacio vistiendo apenas una pobre túnica tejida con el hilo que él mismo había ovillado. Pero el imperio, ahora con Sir Winston Churchill como primer ministro, no pensaba darle la independencia a la India; aunque día a día se hacía más difícil detener a millones de personas que sin el menor gesto de violencia se oponían a todo lo que ordenaba el gobierno central.
La política de Gandhi resultaba efectiva. Sin embargo, su líder estaba otra vez preso. Había sufrido la muerte de su esposa y comenzaba a ver su propia muerte. Ante esa realidad, las autoridades decidieron otorgarle la libertad. “Que muera fuera de la cárcel”, señalaron. Ese mismo día fue llevado a su ashram. Sus amigos no se movieron de su lado y el pueblo rezaba por él. El milagro se produjo: Gandhi, al borde de la agonía, comenzó a recuperarse. Estaba otra vez firme para la lucha.
La Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin. Churchill, héroe de la contienda, no fue reelegido primer ministro. La era Churchill también llegaba a su fin. Los líderes independentistas hindúes tenían clara conciencia de esto. El nuevo primer ministro inglés, el laborista Clement Attlee, dijo que garantizaría la independencia de la India. Pero surgía un nuevo conflicto, Muhammad Alí Jinnah, el líder musulmán paquistaní, bregaba por la independencia de Pakistán. Eso significaba dividir en dos a la India. Gandhi luchaba por conservarla unida. No fue posible.

“Lo más importante es que no respondan a la violencia con violencia.”

En Calcuta los fanáticos musulmanes masacraron a cientos de hindúes. Los disturbios se multiplicaron por todo el país. Era la contracara de la propuesta no violenta de Gandhi. Durante meses anduvo de pueblo en pueblo rogando que se pusiera fin a tanta barbarie. No lo consiguió y hubo que aceptar la propuesta de Jinnah: la división era inevitable.
Un mes más tarde, lord Mountbatten llegaba a la India. El que iba a ser el último virrey inglés se reunió con Gandhi y con Jinnah. Muy pronto lord Mountbatten comprendió que la unión entre ambas partes era imposible. El 15 de agosto de 1947 se declaró la independencia de la India. Sri Pandit Jawaharlal Nehru fue su primer ministro. Nacían dos naciones: India y Pakistán. Gandhi nunca aprobó la partición, aunque tuvo que aceptarla. Sin embargo, más allá de los festejos por la independencia, en la mayor parte de la India la violencia se mantenía latente.
Los cientos de miles de hindúes que vivían en Pakistán se vieron en la necesidad de abandonar ese reciente país y trasladarse a la India. Idéntica actitud adoptaron los cientos de miles de musulmanes que vivían en la India: de inmediato emprendieron camino hacia Pakistán. Se produjo el más grande éxodo que registra la historia del hombre. Ambos pueblos jamás imaginaron las miserias a las que se verían expuestos en el largo y tortuoso camino. El hambre y las enfermedades atacaban en todas sus formas. Hindúes y musulmanes morían de a miles, por falta de comida, por enfermedades y por los combates que regularmente se producían.
La angustia de Mahatma Gandhi aumentaba. Había dedicado su vida a la lucha por la independencia de su patria, lo había logrado, pero el resultado era siniestro. Decidió que debía continuar con su prédica y marchó a Delhi con la esperanza de restaurar el orden; confiaba que llegarían a un acuerdo de paz. Pese a esto, las súplicas del Mahatma cayeron en saco roto: muchos hindúes extremistas comenzaron a verlo como un traidor. Gandhi decidió recurrir al arma que hasta entonces le había dado resultado: ayunar. Claro que ahora tenía 78 años, y su cuerpo frágil y enjuto no estaba en condiciones de afrontar un ayuno. Nehru intentó disuadirlo. La respuesta de Gandhi no dejó dudas. Ayunaría hasta lograr la paz y lo iba a hacer hasta su muerte.

“La respuesta de Gandhi no dejó dudas. Ayunaría hasta lograr la paz y lo iba a hacer hasta su muerte.”

Una vez más, el ayuno tocó los corazones de musulmanes e hindúes. Los líderes de ambas partes se reunieron y juntos fueron hasta donde ayunaba el Mahatma. En respetuoso silencio dejaron sus armas a los pies de la cama de Gandhi. Comenzaban los días de paz. Después de abandonar el ayuno, Gandhi se encaminó al sitio de las oraciones. Ese 30 de enero de 1948 caminaba ante una multitud que aguardaba su bendición. De pronto, un joven se separó del grupo y se acercó al líder. Tenía el aspecto de un devoto que necesitaba verlo de cerca. Gandhi juntó las manos y agachó su cabeza en señal de saludo. Al levantarla se encontró ante una escena siniestra. El hombre tenía un revólver en la mano derecha. En menos de un segundo, y ante gran cantidad de testigos que miraban espantados, disparó tres veces a quemarropa. Fueron tiros certeros.
–¡Oh, Dios! –dijo el Mahatma y se desplomó sin vida frente a su asesino.
Así, con violencia, terminó sus días el padre de la no violencia. Nathuram Vinayak Godse, miembro del grupo extremista hindú Mahasabha, fue su verdugo. Godse terminó con sus huesos en la cárcel. Mahatma Gandhi se ubicó definitivamente en el pedestal que alberga a los grandes hombres del siglo XX.


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