RUANDA: DEL GENOCIDIO A LA PASARELA

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Ruanda quiere vestirse de moda. El país que fue escenario de una de las masacres étnicas más sádicas veinte años atrás, viene desarrollando una industria que día a día impone sus reglas de solidaridad: el diseño de moda. El reconocimiento internacional de los diseños africanos es en parte resultado de la demanda cada vez mayor de vestimenta producida de modo ético. Encuentro con varias mujeres que desde distintos lugares de la cadena comercial están transformando la imagen de un territorio que busca reconciliarse también con… el futuro.

Texto: Amy Fallon / Fotos: Benjamin Mukagasana / Yves Mutsinzi / Paul Bagosora / Dominique Bizimungu / Gilbert Sehene

Ruanda para Canada

La confección de prendas se ha tornado una vía de superación en Ruanda. La iniciativa es impulsada por el Centro César.

Antes del genocidio de Ruanda en 1994, el esposo de Salaam Uwamariya la mantenía a ella y a sus ocho hijos con su trabajo de profesor, mientras ella vendía verduras en el mercado para complementar los ingresos de la familia. Sin embargo, como le ocurrió a mucha gente en este país de Africa Central, su vida cambió en sólo 100 días, cuando unos 800 mil miembros de la minoría tutsi y moderados hutus murieron en la matanza que comenzó tras la muerte de los entonces presidentes de Ruanda, Juvénal Habyarimana, y de Burundi, Cyprien Ntaryamira.
El 6 de abril de 1994 el avión donde viajaban fue derribado por un misil cerca de Kigali –la capital de Ruanda–, para impedir que firmaran un acuerdo de paz. Entre los muertos durante el genocidio estuvieron el esposo de Uwamariya y sus dos hijos mayores. Poco a poco, Uwamariya pudo rehacer su vida confeccionando ropa que vende dentro del país y en el extranjero y que, incluso, llegó a las pasarelas de otros países africanos. En la actualidad, gracias al Centro César, Uwamariya aprendió nuevas técnicas y puede mantener a su familia. Este centro comunitario “adoptó” en 2005 a su aldea, Avega, en Kimironko, cerca de Kigali.

“Ruanda quiere convertirse en la Singapur de Africa.”

“Perdí a mi familia, muchos bienes materiales, mi casa, todo”, relató a esta cronista en kinyarwanda, una lengua local. También perdió a sus padres, tías y tíos en el genocidio. “Me impactó enormemente… ni lo puedo expresar”, se quebró. Avega posee 150 casas y 750 habitantes. Con apoyo económico de la organización humanitaria canadiense Ubuntu Edmonton, el centro ofrece cursos de capacitación para los residentes que quedaron marcados de por vida por la violencia fratricida. Hay cursos de mecánica y de serigrafía, además de un programa escolar, guarderías infantiles y un taller de costura donde trabaja Uwamariya. Semanalmente, unas 85 personas circulan por el centro y se benefician de sus servicios.
Antes de esa tragedia, el país tenía una industria “pequeña y poco competitiva”, que fabricaba fundamentalmente jabón, textiles, bebidas a pequeña escala, muebles y artículos de plástico. Ahora, Ruanda quiere convertirse en la Singapur de Africa. El país “espera emular en Africa la hazaña de las tecnologías de las comunicaciones y la información de Singapur, creando políticas favorables que pongan el cimiento del sector”, recalcó un informe económico divulgado por la consultora Consultancy Africa Intelligence. El estudio destacó los logros de Ruanda en el sector de las telecomunicaciones y la informática desde 1994.

La costurerita que dio el buen paso
“La costura mejoró mi vida un montón porque obtengo dinero. Mejoró mi vida y la de mis hijos”, remarcó Uwamariya, quien aseguró que gana unos 3 mil francos ruandeses (unos 4,44 dólares) por prenda, y que sólo demora dos días en confeccionar. Todas las costureras reciben un pago justo y el dinero va directo a las manos de las mujeres. Con máquinas industriales, uno de los profesores, el sastre Edison Hategekimana, el único hombre, les enseñó a coser. Le dio clases a Uwamariya durante un año, aunque según ella, “no fue difícil”.
Un día cualquiera, suelen haber unas 20 mujeres, entre las que está Uwamariya, de 58 años, trabajando laboriosamente para producir vestidos, chaquetas, pantalones, bolsas, delantales y joyas con notorios motivos africanos. Muchos de los artículos que elaboran incansablemente son las creaciones que mostrará la diseñadora de moda Colombe Ituze Ndutiye. Cuando Ndutiye comenzó a dibujar a los seis años pensaba que se convertiría en una caricaturista. Ahora, con 25, ostenta la distinción de ser la primera diseñadora de Ruanda en tener su propia marca de moda: “INCO icyusa”; la lanzó en 2011.

La moda de Etiopía se rinde a su tradición
Texto: James Jeffrey

Las mujeres que se dedican al diseño de moda en Etiopía echan mano a su rico patrimonio cultural y lo aderezan con modernidad para lograr éxito local y alcance internacional. El sector está demostrando que es uno de los más dinámicos de Etiopía, con pequeñas empresas y márgenes de ganancias del 50 a más del 100%, según Mahlet Afework, de 25 años y fundadora de la línea MAFI en Adís Abeba, la capital del país africano. “Etiopía es el sueño de cualquier diseñador por su diversidad de grupos étnicos, que son fuente de inspiración”, reveló Afework. Su colección más reciente se basó en los diseños Dinguza, de la sureña región de Chencha.
Pequeñas empresas como la suya pueden florecer ante la ausencia de grandes cadenas y por los costos relativamente bajos de abrir una tienda, en comparación con los elevados precios que el público está dispuesto a pagar por prendas de calidad hechas a mano. La economía en general se beneficia del interés internacional en la industria textil y la vestimenta que se genera en este país. Las pequeñas empresas, que emplean como máximo a 10 trabajadores, vendieron al exterior 62,2 millones de dólares en 2011, en comparación con 14,6 millones de dólares en 2008. El gobierno cree que la industria puede alcanzar una producción con un valor agregado de 2.500 millones de dólares para fines de 2015.
Quienes se dedican con éxito al diseño de moda son sobre todo mujeres, que crecieron rodeadas de telas de algodón tejidas al modo tradicional, aprendiendo de sus madres y sus tías las habilidades de la confección y el bordado de prendas hermosas y delicadas. Esta herencia de inspiración femenina no se olvida. Afework trabaja exclusivamente con mujeres tejedoras que se mantienen a sí mismas y a sus familias, a pesar de que el sector textil está dominado por hombres. “Si bien muchas diseñadoras cuentan con la ventaja de haber aprendido en sus hogares el arte de la moda, sin educación formal se les dificulta el acceso al mercado internacional”, indicó Afework, quien es autodidacta y atribuye a Google el mérito de ser su principal tutor.
Otro problema en la arena internacional es concretar las ventas. Considerado una jurisdicción de alto riesgo en materia de corrupción y lavado de activos, Etiopía está sometida a penalidades que determinan que no haya bancos extranjeros instalados aquí. “Y a menudo los clientes internacionales son reticentes a pagar en cuentas africanas”, admitió la diseñadora de moda Fikirte Addis, fundadora de YeFikir Design, con sede en Adís Abeba. Actualmente la empresa tiene que vender a través del Polo de Diseño de Africa, una tienda en línea operada desde Estados Unidos y fundada en 2013 por dos mujeres occidentales para dar a conocer los diseños africanos.
“Tras vivir en Africa oriental durante varios años, vimos el potencial de los diseños africanos en el mercado mundial”, señaló la cofundadora de la tienda, Elizabeth Brown. Del mismo modo observó una brecha entre la industria y los consumidores mundiales, que el Centro de Diseño de Africa busca superar. Actualmente, casi todos los clientes del Polo están en Estados Unidos, aunque este año planea empezar a vender productos a Canadá y a países asiáticos como Corea del Sur, Japón y Taiwán, que han mostrado interés en las artesanías y moda de Africa. “El éxito del diseño en Etiopía también depende de abrazar el cambiante presente, sin perder de vista el pasado”, convino Fikirte.
Todas las prendas de YeFikir se confeccionan a mano o en telares tradicionales con técnicas que datan de hace siglos, cuando los etíopes hacían sus propias ropas. “Me encanta el aspecto tradicional de las prendas. Ahora hay muchos vestidos demasiado modernos, y usan telas en las que se pierde el sentido del ser etíope”, señaló Rihana Aman, dueña de una cafetería en Adís Abeba, quien visitó el local de YeFikir para comprar un vestido de novia. Fikirte trata directamente con las tejedoras para asegurarse de que las habilidades y los ingresos permanezcan en las comunidades, y que las prácticas sean éticas: “En la industria del tejido ha habido explotación laboral infantil”, advirtió.
Por el tiempo y el trabajo que insume la confección de las prendas, los vestidos de YeFikir pueden venderse por hasta 850 dólares, en un país donde muchos trabajan duramente para ganar tres dólares diarios. “Pese a tan evidentes desigualdades, muchos etíopes, especialmente la creciente clase media, están contentos de pagar sumas abultadas por prendas a medida que mantienen las influencias tradicionales. Los etíopes se enorgullecen mucho de su diversidad étnica. Aquí se hablan unos 84 idiomas y 200 dialectos”, expresó Afework.
La línea creada por Afework, MAFI, se especializa en prendas listas para usar, con un toque de notable originalidad en el crisol étnico del país. Y ese toque ha resultado exitoso. En 2012, Afework exhibió sus modelos en la Semana de la Moda Africana de Nueva York. Sin embargo, todavía hay prejuicios. En un vuelo europeo, Afework iba sentada junto a un pasajero que se sorprendió al oír que en Etiopía existían diseñadores de moda. Ante esto, el prestigioso diseñador Markus Lupfer, radicado en Londres y que trabaja desde 2010 con colegas etíopes, afirmó: “Etiopía tiene una artesanía maravillosa. Este creciente reconocimiento internacional es en parte resultado de una demanda cada vez mayor de una moda producida con ética”.
No obstante, por ahora ese reconocimiento todavía elude a muchos de los diseñadores etíopes. Y aunque la demanda local es importante, los diseñadores coinciden en que la internacional es la clave del éxito. De ahí que Afework y Fikirte busquen colocar a sus empresas en internet. Ambas comparten el objetivo de exportar a tiendas en línea y físicas, y quieren mostrar al mundo lo que son capaces de hacer. “La industria de la moda está cambiando la imagen de Etiopía. Está mostrando la diversidad y la belleza de la cultura etíope y entregando algunos de los mejores textiles artesanales de algodón del mundo”.

“Quería hacer algo joven y más clásico, pero le añadí accesorios tradicionales para combinar dos culturas bien diferentes, la occidental y la africana. Normalmente, esos accesorios tradicionales los usamos sólo para una boda. Reflejan un tema ruandés. Para mí, mezclarlos con la cultura occidental fue algo salvaje”, sostuvo Ndutiye al dar cuenta de su nueva colección, llamada “Identidad salvaje”. Curiosamente fue la canadiense Johanne St. Louis quien le hizo reparar en el talento local.

“Es un gran paso para la industria en la diminuta Ruanda, donde no hay una escuela de diseño de moda.”

Se abre un mercado

La economía ruandesa ha recorrido un largo camino desde el genocidio de 1994, y la industria de la moda se va afianzando.

Las diseñadoras se conocieron en el Festival de Moda de Ruanda en 2010. St. Louis es la directora general de St. Louis Fashion y Dreamyz Loungewear. “Me gustaba mucho su ropa y le pregunté donde mandaba a coserla. Entonces me dijo que eran las mujeres del Centro César quienes lo hacían. Vine aquí (al centro) en 2011. Desde 2012, toda mi producción se realiza aquí. Trabajé con los sastres de la ciudad, pero aquí todas ellas son muy talentosas. Para grandes órdenes son las mejores”, rememoró Ndutiye.
Cuando la diseñadora descubrió el centro, muchas de sus integrantes contaban con herramientas básicas. St. Louis entrenó a algunas y esas le enseñaron a otras. “La primera vez que vine eran buenas, aunque no tanto como ahora. Cada vez son mejores”, observó Ndutiye. Las prendas que Uwamariya y sus compañeras cosen se venden en la tienda de Ndutiye en Niza, Kigali. St. Louis comercializa las suyas en su tienda de Cannington, a unos 110 kilómetros a las afueras de Toronto.
“Es emocionante hacer ropa para personas de Canadá porque nos pagan. El desafío ahora es conseguir un nicho de mercado, conseguir más órdenes, más ropa para coser”, explicó Uwamariya. Quizá suceda más pronto que tarde a medida que Ndutiye y St. Louis hablen con otras tiendas internacionales del sector de la vestimenta. Juntas abrieron la casa Doda Fashion House un año atrás. Doda quiere decir “coser” en kinyarwanda. Cuentan con un taller en Kimironko, Kigali, que contratará a cuatro empleadas nuevas y tienen previsto emplear a otras catorce mujeres para comenzar a entrenarlas y crear nuevos productos. En los próximos años, con suerte, su taller ofrecerá varios cursos de capacitación en costura comercial, diseño, máquinas de coser y mercadeo. Es un gran paso para la industria en la diminuta Ruanda, donde no hay una escuela de diseño de moda.
Entre tanto, en el Centro César, el supervisor Alain Rushayidi, señaló a esta cronista que sólo estará satisfecho cuando la organización de beneficencia sea capaz de transferir la propiedad de sus instalaciones a la gente de Avega. “Este centro debe ser suyo. En 10 o 15 años le pertenecerá a sus integrantes, a todas ellas”, indicó. Según Rushayidi, actualmente se implementa una estructura capaz de volver al centro sostenible y económicamente independiente: “No le puedo explicar los desafíos que había cuando comenzamos a trabajar en el centro. Solíamos tener un banco de alimentos en la aldea. Había personas infectadas con el VIH (virus de inmunodeficiencia humana). Diez años después, por supuesto que las cosas no están al 100%, pero sus vidas mejoraron”.

Destejiendo una industria promisoria
Luego de la tragedia que se vivió y una pacificación controlada desde el Estado, ahora hay esperanza de que este país muestre también avances en el campo de la moda. Hace casi dos años nació la compañía local House of Fashion para apoyar y promover a la industria. El director de la empresa, John Bunyeshuli, aseguró que los ruandeses tenían un estilo “sutil”, y que sólo la llamada “clase alta” podía viajar a Europa y seguir la última moda: “La población de ingresos medios compra ropa de segunda mano en los mercados”. El empresario mencionó que dentro del país aún no se toma en serio al sector de la moda: “Ruanda es una nación nueva, todavía nos estamos actualizando. Es verdad que se hacen exposiciones de moda, pero la gente las considera un lujo”.
LDJ Productions, la compañía que organizó la Semana de la Moda en Nueva York la década pasada, cree que Ruanda sí tiene potencial para incursionar en la industria. La fundadora y jefa ejecutiva de la empresa, Laurie DeJong, se convirtió en mentora de la diseñadora Ndutiye desde que hace dos años la conoció gracias al programa “Paz a través de los negocios” (PTB, por sus siglas en inglés). El programa es una iniciativa del Instituto para el Empoderamiento Económico de las Mujeres, con sede en Estados Unidos.
El PTB busca conectar a emprendedoras occidentales con mujeres en Afganistán y Ruanda, para impulsar a estas en los negocios. Aunque Ndutiye no fue elegida para el programa, DeJong se contactó con ella. “La moda es una de las mayores industrias del mundo. La Semana de la Moda es uno de los mayores acontecimientos anuales en Nueva York, y genera más ingresos que cualquier otro evento en la ciudad. Yo creo que el potencial de ingresos para este país es igual de enorme”, manifestó DeJong a esta cronista.
LDJ Productions colaboró con la Semana de Kigali –que se realizó a finales del año pasado– con el aporte de los accesorios, la construcción de la pasarela para los desfiles y la instalación de las luces y el sonido. Además, organizó talleres sobre mercadeo y negocios, y tomó fotografías de cada diseñador. “Para nosotros, esto es mucho más pequeño de lo que estamos acostumbrados, pero también es difícil trabajar en un país que no tiene los recursos con los que solemos contar. No obstante, aquí hay una increíble voluntad para aprender, y están comprometidos y decididos a mejorar día a día”, apuntó DeJong.

“Es emocionante hacer ropa para personas de Canadá porque nos pagan. El desafío ahora es conseguir un nicho de mercado.”

Ruanda disena

Los secretos de la moda africana: una mirada local y global a la vez, artesanal y vanguardista, con lo mejor de varios mundos.

Michaella Rugwizangoga, otra diseñadora novel de Ruanda, ve un vacío a llenar en el mercado local, y piensa seguir trabajando dentro del país su nueva línea Chicissime, que lanzó en 2012. La industria de la moda en Africa occidental “es mucho más antigua. Allí tienen más capacidades y el país donde yo nací (Costa de Marfil) está sobre el mar, no rodeado de tierra como Ruanda, lo que facilita que cuenten con muchas más opciones de telas”. Rugwizangoga destacó el éxito de diseñadores ghaneses y nigerianos, que venden sus creaciones en importantes cadenas de Londres. Sin embargo, en Ruanda, la moda “es una industria nueva, y por eso hay mucha emoción y curiosidad”.
Uno de los problemas que afronta este país es que carece de una escuela de diseño. Candy Basomingera, que se asoció con Sonia Mugabo para diseñar la línea femenina Afrikana Exquisiteness, quisiera aprender mucho más sobre la industria. “No hay escuelas de diseño aquí. Puedes aprender el oficio, aunque nunca serás tan buena como si fueras a una escuela donde te enseñan lo básico y tienes pasantías en grandes casas de moda”, argumentó Basomingera. Esta diseñadora belga-ruandesa planea comenzar a vender su nueva línea a través de internet.
Basomingera trabajó en el sector de la salud, pero, cuando su contrato terminó hace un año, decidió incursionar en el campo de la moda. A ella le gustaría ver a más diseñadores, modelos, sastres y fotógrafos ruandeses viajando al exterior para ser parte de la industria internacional. Su sueño podría convertirse en realidad. Algunas diseñadoras ruandesas asistirán a la Semana de la Moda de Nueva York los primeros días de septiembre –del 4 al 11–, y hay planes de que patrocinadores internacionales participen de la que se llevará a cabo en Kigali este año. Asimismo, en mayo pasado hubo otro pequeño encuentro en esta ciudad, en que participaron figuras de la moda de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña. La meta a largo plazo es crear en Ruanda la primera escuela de diseño, con la ayuda de House of Fashion.


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