CON LOS SHAMANES DE LA SELVA PERUANA – AYAHUASCA

0

La selva en el Perú, atravesada como un reptil por el río Amazonas, esconde secretos milenarios. Cerca de un shaman -curandero indígena que conoce hasta la última hoja de esa botica verde- se pueden vivir experiencias muchas veces indescifrables para un hombre de ciudad. Para algunos, un alucinógeno más; para otros, una raíz sagrada para el propio conocimiento, la ayahuasca es una de esas experiencias paradigmáticas. En esta crónica, un periodista peruano cuenta la suya, sin juicios de valor. Tal como la vivió.

Texto: Roberto Ochoa Berreteaga Fotos: AP/AFP

Esta noche me he quedado solo en la maloca de un hospedaje ubicado en medio de la selva. Es sábado por la noche y no comparto la fiebre de mis colegas que se fueron a gozar la vida loca en el malecón de la ciudad de Iquitos, capital de Loreto, una región tan grande como el territorio de Alemania, pero cubierto de selvas y sabanas amazónicas. Iquitos también es la capital de la diversión y del turismo de la Amazonia peruana. Iquitos es una fiesta permanente de sensualidad y lujuria, y su malecón es el point tropical con decenas de pubs y discotecas instaladas a orillas del río más caudaloso del mundo. Aseguran que allí están las mujeres más hot del Perú. Pero yo estoy aquí, tranquilo y solitario bajo el cielo estrellado y las sensaciones de la noche selvática. No es que me esté poniendo viejo o que alguna nueva fe haya cambiado mis gustos. No, todo es por la maldita ayahuasca. Sucede que desde que me sometí a una sesión de esta raíz santa ya no soporto el caos y la degradación urbana de la selva peruana. La última vez fue en Puerto Maldonado, antes en Pucallpa o en Yurimaguas. Siempre se repite la misma ceremonia: apenas bajo del avión me instalo en un hotel céntrico y de pronto empieza ese zumbido que sólo yo escucho, esa jaqueca de otro mundo, esas náuseas, esos murmullos rondando a mi lado y esos murciélagos que asuelan mi habitación durante la misma pesadilla. No lo soporto, esa misma noche abandono el hotel y busco alojamiento en algún resort ubicado en medio de la selva. No importa que su ubicación complique mi trabajo periodístico, pero ya no soporto esas urbes que se expanden como hierba mala en toda la Amazonia peruana. Y todo por la ayahuasca.

PARA MI LA SELVA YA FUE

AYAHUASCATengo 45 años y poco más de tres décadas viajando por el Perú como mochilero, primero, y luego como reportero. Pero desde hace diez años mi sueño se hizo realidad: recorro este, mi país, que parece un planeta para armar mis crónicas y reportajes dedicados al turismo, a los ritos, a la historia y las tradiciones de mi pueblo. Pero en el año  2000 no sólo cambiamos de siglo, sino que, en mi caso, cambié de hábitat luego de esa inolvidable sesión con la sagrada ayahuasca. Hasta entonces disfrutaba hasta el amanecer las sensaciones tropicales de las ciudades amazónicas. Incluso tuve permanencias de varias semanas en ciudades como Iquitos. Cosas de la chamba, del trabajo, pero debo reconocer que me encantaba ese ritmo desorbitado de su vida nocturna. Las sigo disfrutando en Lima y otras ciudades de la costa y sierra peruanas. Pero en la selva ya no. Como se dice en Lima, para mí, la selva ya fue. Y todo por la ayahuasca. El 2000 fue mi año cero. Estaba en Pucallpa, la ciudad más oriental de la zona central del Perú, cuando se presentó la oportunidad de visitar unas zonas inhóspitas ubicadas en la frontera con Brasil. Decían que había nativos no contactados, tribus de nómadas semidesnudos que tienen la suerte de no saber que existimos. Pero más me entusiasmó saber que con ese recorrido ya no quedaría un rincón del territorio peruano desconocido para mí. Luego de varias horas de recorrido por el río, nos detuvimos en un poblado sin nombre y sin Dios, habitado por nativos de la etnia shipiba y colonos procedentes de todo el Perú. Desde ahí se iniciaba otro viaje de varios días entre ríos, cochas (lagunas) y senderos que no figuran en ningún mapa oficial. El problema fue que no encontraba un guía. Y no es que les sobre trabajo. Varios guías estaban disponibles pero se negaban a “entrar al monte” por temor a los narcos, piratas y taladores informales que asuelan la zona fronteriza con el Brasil. “Sólo te podrán llevar hasta donde vive el gringo”, me dijeron. Pero insistí hasta que un foráneo se ofreció por un buen dinero. Me estafó. No habíamos viajado ni un día cuando nos detuvimos en el muelle de un poblado perdido en la selva. Me dijo que iba a comprar algo de comida y que yo podría aprovechar para fotografiar caimanes en una cocha cercana. Yo le había contado mi extraña fascinación por los caimanes. Lo cierto es que abundaban y logré algunas fotos espectaculares, pero cuando volví al muelle ya no quedaban rastros del bote, ni del guía. Así que regresé al sendero y tras una caminata de media hora llegué a un lugar con tres malocas bien instaladas. Me recibió un tipo que no dejó de tejer una red de pescador cuando le pedí alojamiento. Me dijo que sí, que eligiera la maloca. Había tres niñas-mujeres de edad indescifrable que deberían estar jugando con sus muñecas… pero estaban con sus hijos. Ese pescador me pidió que nunca citara su nombre. Pensé que como muchos otros colonos tendría un saldo con la justicia. Pero después reconoció que su problema no era con la justicia, sino con los colonos. “Se están comiendo el monte”, me dijo.

RIO AMAZONAS

Poblados a orillas del Río Amazonas. Cuando crece las malocas parecen flotar.

EL “GRINGO” ERA UN MOCHILERO HOLANDES QUE SE DECLARO MUY ENFERMO Y QUE LLEGO DONDE JUAN DIEGO PARA PROBAR LA AYAHUASCA. LO HIZO Y, DURANTE LA SESION, ALGO PASO QUE “VIO” AL YANAPUMA: AL TEMIBLE OTORONGO NEGRO, EL REY DE LA SELVA AMAZONICA. UNO DE LOS FELINOS MAS ENIGMATICOS Y MAJESTUOSOS DEL MONTE, CON SUS MANCHAS DE JAGUAR APENAS PERCEPTIBLES EN SU PIEL NOCTURNA Y ESOS OJOS AMARILLOS QUE INUNDAN DE TERROR LOS RELATOS AMAZONICOS. VER AL YANAPUMA DURANTE UNA SESION DE AYAHUASCA ES UNA SENTENCIA DE VIDA. VER AL YANAPUMA TE HACE SHAMAN Y RESIDENTE PERPETUO DEL MONTE.

EL GRINGO QUE SE HIZO SHAMAN

Así que ahora lo llamaré Juan Diego, y lo primero que se me ocurrió fue preguntar por el gringo. “Ya no hay –me respondió con su acento cantarín–, ahora es un shamán y se fue hacía allá, al Brasil”. ¿Un gringo shamán? Fue lo primero que pregunté. “Es que llegó por la ayahuasca –me dijo Juan Diego como si no le importara–, pero vio al yanapuma y se hizo shamán”. Luego supe que el “gringo” era un mochilero holándes que se declaró muy enfermo y que llegó donde Juan Diego para probar la ayahuasca. Lo hizo, y durante la sesión, algo pasó que “vio” al yanapuma: al temible otorongo negro, el rey de la selva amazónica. Uno de los felinos más enigmáticos y majestuosos del monte, con sus manchas de jaguar apenas perceptibles en su piel nocturna (Jorge Luis Borges decía que esas manchas son la escritura de Dios), y esos ojos amarillos que inundan de terror los relatos amazónicos. Ver al yanapuma durante una sesión de ayahuasca es una sentencia de vida. Ver al yanapuma te hace shamán y residente perpetuo del monte. Juan Diego me dijo que recién en una semana pasaba un peque-peque (nombre onomatopéyico de un enorme bote con motor fuera de borda) para volver a la “civilización”, así que le propuse una sesión de ayahuasca para librarme de toda esa mala suerte. Ahora que lo recuerdo, Juan Diego no me pidió dinero por el “servicio”, sólo quería un cuaderno y varios lápices para sus hijos. Yo lo convencí para que aceptara un poco de dinero a cambio de la sesión. “Dura tres días”, me advirtió. Recordé que en Pucallpa y hasta en Lima ofrecen sesiones de ayahuasca para turistas que sólo duran dos horas, “al gusto del cliente”. Pero yo tenía todo el tiempo del mundo, así que recibí mi ración de ayahuasca y la única alucinación que sentí fue un cólico alucinante que me hizo vomitar hasta los malos pensamientos. “Es el primer día de limpieza”, fue una de las cosas que me dijo Juan Diego. Esa “limpieza” me hizo recordar la que aplican los shamanes del norte peruano antes de servir el San Pedro (alucinógeno elaborado con un cactus de cinco puntas). Pero en el norte te limpias aspirando por cada hoyo de la nariz una mezcla de tabaco negro y cañazo (aguardiente de caña). Y la verdad es que botas hasta el alma.

AYUNO, LIMPIEZA Y CALMA

Con la ayahuasca se necesita todo un día para la limpieza –siempre según Juan Diego–, para que no queden rastros de alcohol, ají, tabaco ni medicamentos. Lo cierto es que no sólo quedas limpio, sino deshidratado y con unas ganas de dormir para toda la vida. Al día siguiente recuerdo que desperté muy temprano y el shamán me ordenó seguir en ayunas. Sólo ayahuasca. Lo extraño es que no sentía hambre pese a que tenía el estómago vacío. La nueva ración me produjo una calma chicha pero en diferentes niveles, como los estratos geológicos que se dejan ver en los acantilados. Yo descendía y ascendía por esos niveles de tranquilidad

VOCES DE LA SELVA

El San Pedro alucinogeno

El San Pedro, un alucinógeno que se logra de un cactus de cinco puntas, es más utilizado por los shamanes del norte del Perú.

Ayahuasca: en quechua significa “liana de los muertos”. Pertenece a la especie de la banisteriopsis caapi. Corteza o raíz de uso medicinal en la selva peruana. Combinada con el extracto de la chacruna tiene efectos alucinógenos por la dimetiltriptamina, una sustancia que es la responsable del sueño. Maloca: cabaña típica de la selva peruana, tipo palafito con techo de hojas. Shamán: curandero. En el Perú los hay desde los lectores de hojas de coca, hasta los que “trabajan” con artes y brebajes de San Pedro, un alucinógeno que se logra del hervido de un cactus de cinco puntas. Cañazo: aguardiente de caña. Yanapuma: Otorongo negro. “Yana” es negro en quechua. Se dice que aquel que asume el espíritu del yanapuma es un shamán.

mientras los sonidos más sutiles de la selva se hicieron audibles. Es más, el mundo se llenó de sonidos, algunos como si los pudiera tocar. Sólo así entendí aquella sentencia de la Teoría del Caos: el aletear de una mariposa en China puede convertirse en un huracán en el Caribe. Lo cierto es que podía sentir el aletear de las mariposas, los pétalos que se abrían, las hojas que se desprendían de las ramas, el trajinar de las hormigas en sus túneles subterráneos. En eso estaba cuando vi al amaru, esa serpiente primigenia que dio origen al mundo, pero su cuerpo era un humo azulado como el de mis cigarrillos, y con una cabeza en cada extremo de su cuerpo enroscado. Yo abría y cerraba los ojos sólo para comprobar que no estaba soñando, pero el amaru seguía ahí, flotando y enroscado sin atender las leyes de la gravedad. Cuando cerraba los ojos lo contemplaba sobre un fondo oscuro, pero con los ojos bien abiertos lo seguía contemplando en la misma posición. Pude ver su movimiento cuando entraba y salía de mi maloca, y cuando se enroscaba en el cuerpo de Juan Diego mientras éste permanecía sentado a mi lado, cantando unas estrofas al ritmo de su pequeño tambor. En mi alucinación el tambor se hizo latidos y el cántico shipibo se hizo sangre circulando al ritmo de los latidos. Y todo mientras el amaru brotaba y se internaba en mi. ¿Por qué será que la ayahuasca siempre trae al amaru? Algunos lo han visto de piedra, otros de madera y hasta de barro. Pero mi amaru era de humo y me pareció tan entrañable como mascota de toda la vida. Sin embargo, nunca pude reconocer a qué bestia pertenecían sus cabezas. Tenían mirada de felino, hocico de caimán terminado en pico de águila y dos enormes caninos como de tigre dientes de sable. Yo preguntaba y el amaru me respondía con mi propia voz, pero me respondía cosas que yo ignoraba, como si rastreara en mis recuerdos o en mi memoria genética. Ahora que recuerdo, un investigador francés propuso que el amaru que aparece con el ayahuasca puede ser nuestro propio ADN, y por eso conserva toda la memoria de nuestros antepasados. Vi escenas de la creación, vi la germinación de las plantas primigenias del monte, vi el río descendiendo desde los Andes hasta regar la sabana amazónica, vi su cauce atravesando la cordillera, vi la primera catarata y la primera laguna y la primera playa donde el otorongo descansaba a pierna suelta. Vi a los primeros hombres internándose en la foresta pero sin habitarla, vi que la selva era intocable para esos mismos hombres, vi que adoraban al caimán porque predecía los terremotos.

CON MI ABUELA DE LA MANO

caserio flotante cerca de Iquitos.

Belén, un caserío flotante cerca de Iquitos. Cuando el Amazonas se retira las chozas –amarradas unas con otras- asientan sobre la tierra.

En eso estaba cuando el amaru trajo la imagen de mi abuela paterna, Esther Yánez de Ochoa, y la volví a ver leyendo las hojas de la coca. Su presencia me hizo olvidar el temor que me provocó la ayahuasca. Pero la vi en cada sesión de shamanes a las que asistí en toda mi vida. Ahí estaba yo, bajo la luna llena entre las pirámides de Túcume, al norte de Lima, cuando participé en los funerales de un famoso curandero norteño. Ahí estaba yo, siempre de noche, siempre en plenilunio, en una sesión de San Pedro compartiendo las artes con un conocido shamán en pleno desierto de Nazca, rodeados de petroglifos. Ahí estaba yo, enfrentando el poder de un conocido shamán cusqueño en una ceremonia durante el solsticio de invierno. Pero siempre estaba yo con mi abuela de la mano. “¿Por qué siempre estoy contigo, abuela?”. Esther no me respondió, pero me hizo ver una sesión en su casa del Cusco, en ese viejísimo patio colonial con muros de piedras talladas por los incas, cuando armó una mesada de hojas de coca, mullu, y avarias sólo para compartirla con ella porque yo sería su sucesor. Y también vi a mi padre enfrentando a mi abuela para

AL TERCER DIA SEGUIA EN AYUNAS, VOLVI A BEBER UN BUEN TRAGO DE AYAHUASCA Y JUAN DIEGO HIZO QUE LO SIGUIERA POR EL MONTE. FUE TERRIBLE. RECUERDO EL DAÑO QUE PRODUCIAN MIS PASOS EN LA TROCHA, OIA LAS LAMENTACIONES DE LAS PLANTAS QUE GERMINABAN, SENTIA EL DAÑO QUE PRODUCIA EL AROMA DE MI REPELENTE. ME LLEVO HASTA LA BASE DE UN ARBOL INMENSO DONDE ME PRESENTO COMO OFRENDA A LOS ESPIRITUS DEL MONTE. PERO ALGO EN MI ESTABA DESORBITADO, SENTIA LA NECESIDAD DE MI CUERPO SUMERGIDO, UNA EXTRAÑA ANSIEDAD DE FANGO Y ALGAS RIBEREÑAS, UN HAMBRE DE PEZ CRUDO Y DE CACERIA NOCTURNA. SOLO RECUERDO QUE CORRI HACIA LA COCHA DE LOS CAIMANES Y ESTUVE A PUNTO DE LANZARME AL AGUA DE NO SER POR LA INTERVENCION DE JUAN DIEGO.

puerto de Iquitos,

El puerto de Iquitos, la ciudad levantada por la “fiebre del caucho”. Hoy es sólo diversión tropical para turistas, y puerta de entrada a la selva.

traerme a Lima y hacerme olvidar hasta el quechua. Fue Esther, mi venerada abuela, la que se despidió cuando el amaru volvió a surgir entre el humo. “La selva es intocable –fue lo único que me dijo–, el día que el hombre acabe con ella se acabará el mundo”. Al tercer día seguía en ayunas, volví a beber un buen trago de ayahuasca y Juan Diego hizo que lo siguiera por el monte. Fue terrible. Recuerdo el daño que producían mis pasos en la trocha, oía las lamentaciones de las plantas que germinaban, sentía el daño que producía el aroma de mi repelente. Me llevó hasta la base de un árbol inmenso donde me presentó como ofrenda a los espíritus del monte. Pero algo en mí estaba desorbitado, sentía la necesidad de mi cuerpo sumergido, una extraña ansiedad de fango y algas ribereñas, un hambre de pez  crudo y de cacería nocturna. Sólo recuerdo que corrí hacia la cocha de los caimanes y estuve a punto de lanzarme al agua de no ser por la intervención de Juan Diego. Mi cuerpo siempre fue bueno para los deportes pero debo reconocer que no pude deshacer la fuerza de los brazos del shamán y, contra mi voluntad, casi fui arrastrado hasta mi maloca. Muy de tarde, luego de un sueño reparador, Juan Diego me pidió perdón por su descuido. Nunca debió permitir que desbordara mi asociación con los caimanes. “Están en ti –me dijo–, debes vivir con eso”. Y estoy aquí, este sábado por la noche, lejos de la urbe que crece como un cáncer en medio del bosque amazónico. Nada fue igual desde entonces. Dicen que soy un periodista ecologista, pero lo cierto es que ese pesar ante la destrucción paulatina y acelerada de la selva surgió con la ayahuasca y viene desde adentro, desde mis genes. Esta noche debo preparar otro informe contra los colonos que destruyen la selva para sembrar coca, los narcocaleros. Antes fue contra la terrible contaminación causada por la explotación petrolera, o por el desmesurado crecimiento urbano en cada rincón de la selva peruana. En eso estoy desde aquella sesión con la sagrada ayahuasca.


Compartir.

Dejar un Comentario