PABLO PICASSO: RETRATO DE UN GENIO

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El vigor y talento del artista malagueño irrumpieron en el siglo XX, y los caminos del arte ya no fueron los mismos. En su momento de mayor genialidad, Pablo Picasso era el pintor revolucionario que desafiaba a los valores de su época. En su momento de mayor celebridad, era como un personaje de la realeza: idolatrado, rico y en absoluto aislamiento. La versatilidad de sus estilos corrió parejo con sus tumultuosos amores. El hacedor de Las señoritas de Avignon y el Guernica murió a los 91 años. Hasta la noche anterior había trabajado en el retrato de su último amor. Este mes se cumplen cuatro décadas de su ausencia pero su vigencia perdura: a fines de marzo último, El sueño fue vendido a 155 millones de dólares.

Texto: Vicente Battista / Fotos: Carlos Celay

Portrait of Pablo Picasso

Hay artistas que reinventan el arte, como el primer ser humano que pintó los muros de una caverna. Picasso es uno de ellos.

Un parto difícil: la pobre María está agotada por el dolor y por ese constante pujar. Por fin el bebé sale de su vientre. María escucha que el crío está muerto. “Por asfixia”, asegura la partera. Entonces, todo ha sido en vano. Ahora sólo resta llorar, pero las lágrimas se niegan a salir. Por suerte no salen, porque aquello que iba a ser desconsuelo se convierte en alegría. En el cuarto está el tío Salvador, médico, con su habitual habano en la boca. Pita largo y arroja el humo sobre la cara del recién nacido; de inmediato se oye el llanto. “¡Este crío está más vivo que todos vosotros!”, brama Salvador. Faltan unos minutos para la medianoche del martes 25 de octubre de 1881 y en esa habitación de esa modesta vivienda de Málaga todo es felicidad.
Dos días más tarde, José Ruiz y Blasco se presenta en la parroquia de Santiago con el fin de anotar a su hijo. El sacristán está atento a los nombres que tendrá el recién nacido, moja la pluma en el tintero. “Quiero que se llame –pide Ruiz Blasco– Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso”.
Entre tan vastos nombres, sus padres elegirán Pablo para llamarlo. Hasta poco antes de su casamiento, José Ruiz y Blasco había llevado una auténtica vida de bohemio, movido por dos pasiones: la pintura y las mujeres. Cuando se unió a María Picasso López, las mujeres comenzaron a ser un grato recuerdo, pero sigue fiel a la pintura; aunque ahora de manera menos bohemia, ya que se desempeña como profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga y es conservador del Museo del Ayuntamiento. Por eso a nadie sorprende que el pequeño Pablo ya a los tres años ande borroneando papeles y pase horas y horas con el lápiz en la mano. Su padre, además de la pintura, le transfiere la pasión por los toros. Suelen acudir a las corridas que se llevan a cabo en la plaza de Málaga.
El niño no es un buen estudiante, no quiere saber nada con las matemáticas y muestra poco interés por las letras, la historia y la geografía; sólo le interesa el dibujo. Entre ir a la escuela o acompañar a su padre al museo, elige invariablemente el museo. El progenitor no se opone a los gustos de su hijo, es feliz enseñándole los secretos de la plástica. En más de una oportunidad permite que el pequeño finalice las telas que él mismo ha iniciado.
A los 14 años, Pablo pinta un óleo, La muchacha de los pies desnudos, que aún impresiona a quienes lo ven: se trata de un trabajo realizado por un verdadero profesional de la pintura. Su tío Salvador le cede uno de sus cuartos para que lo habilite como estudio y le otorga una beca de cinco pesetas diarias. El pequeño Pablo termina el cuadro El viejo pescador en menos de dos días. Sus padres se han mudado a La Coruña y Pablo inicia su bachillerato en el Instituto Eusebio da Guarda, pero lo que más le interesa es asistir a la Escuela de Bellas Artes. En La Coruña comienza a desarrollar los temas de la humanidad desvalida que más tarde profundizará en su llamado período azul.
El padre de Pablo obtiene un puesto de profesor en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona. La familia se afinca en la Ciudad Condal y Pablo ingresa como alumno en las clases superiores. Una de las primeras pruebas es realizar un dibujo hecho del natural, otorgan un mes de plazo para concluir la obra. Pablo lo realiza en un día. Tiene 14 años y ya está decidido su destino. De esa época es su célebre Ciencia y caridad, por el que logra una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1897 y la medalla de oro en Málaga. Todavía firma sus cuadros con el nombre Pablo Ruiz Picasso, pero no por mucho tiempo.

“Entre ir a la escuela o acompañar a su padre al museo, el niño elige invariablemente el museo.”

¿Por qué elige sólo el apellido Picasso? Años después, en una carta dirigida a su amigo George Brassaï, lo explicaría así: “¿Sabe lo que me atraía de ese apellido? Pues sin duda las dos eses, bastante inusitadas en España (…) El apellido que se tiene o el que se adopta tiene su importancia. ¿Me imagina usted llamándome Ruiz? ¿Pablo Ruiz, Diego José Ruiz o Juan Nepomuceno Ruiz? Tengo no sé cuántos nombres de pila. ¿Se ha fijado en las dos eses de los apellidos de Matisse, Poussin o del aduanero Rousseau?”.
Por fin es Pablo Picasso y se encuentra en Barcelona. Es un joven que aún no ha cumplido los 20 años y ya es un parroquiano habitual de Els Quatre Gats, la bohemia cervecería de la calle Montesino a la que acuden todos los artistas del lugar. Allí se topa con Miguel Utrillo y Santiago Rusiñol. En las paredes de Els Quatre Gats realiza su primera exposición individual: veintiuna acuarelas y dibujos, casi todos retratos de los bohemios que visitaban la cervecería.
La vida de artista exige sacrificios. Picasso es consciente de ello. Duerme pobremente en una habitación miserable del barrio chino (conocido en la actualidad como el Raval), y hay días en que directamente no tiene qué comer, aunque continúa con el tesón y la seguridad de aquel que se sabe destinado a la inmortalidad. El próximo paso es París. Hacia allí se embarca en compañía de sus amigos Carlos Casagemas y Manuel Pallarés. Por entonces ya ha decidido romper con el academicismo que fatalmente le imponían las escuelas de arte.
Una clara muestra de esa ruptura será El diván, una obra que realiza en 1900 y se la puede catalogar de fauvista-expresionista. En París, los tres amigos rentan un cuarto en el 49 de rue Gabrielle. Picasso viste al estilo de un artista de la época: zapatos gruesos, ropas arrugadas y una gran capa para cubrirlo. Usa barba tupida e impresiona por sus ojos muy negros y profundos. Si bien está en el borde mismo de la pobreza, logra vender algunos cuadros y consigue que Pedro Mañach, un industrial catalán, le otorgue un salario de ciento cincuenta francos por mes a condición de que pinte para él. El joven Picasso no tiene de qué quejarse. Ha conseguido una pequeña entrada y puede pasar largas horas en el Museo del Louvre y, sobre todo, puede visitar las galerías en las que se exhiben las grandes obras de los pintores modernistas: Degas, Gauguin, Van Gogh y Toulouse-Lautrec.

Cambio de rumbo
Pero no todo es alegría. Su íntimo amigo Casagemas anda sufriendo un gran desengaño amoroso: la muchacha francesa por la que él viajó a París lo acaba de despreciar. Falta poco para la Navidad y Casagemas convence a Picasso de que vuelvan a Barcelona. Pablo le propone un destino mejor: lo invita a ir a Málaga, está seguro de que su tierra natal puede ser un buen remedio para la enfermedad que sufre su amigo. Sin embargo, las cosas no son como imaginara. El brillante cielo andaluz no le quita las penas a Casagemas; por el contrario, parece aumentárselas: visita tabernas y tablaos flamencos y se emborracha salvajemente en cada una de esas visitas.
Picasso decide abandonarlo a su suerte y viaja a Madrid. Jamás volverá a pisar Málaga. En Madrid se queda unos meses. Allí mismo recibe la noticia de que Casagemas había regresado a París y en el Café de l’Hippodrome, del Boulevard de Clichy, se ha pegado un tiro en la cabeza. Le aseguran que murió de inmediato. “La muerte de Casagemas –escribiría Picasso años después– probablemente cambió el rumbo de mi vida; aquella tragedia me impresionó extraordinariamente.” Ese dolor lo plasmará en los futuros cuadros. Realiza una serie de retratos póstumos que culminarán con el definitivo El entierro de Casagemas.

“Picasso ha pintado una composición que será considerada el punto de partida del cubismo.”

Otra vez en Barcelona, sus amigos de Els Quatre Gats le organizan una exposición en la Sala Parés. En el número de junio de la revista Pèl & Ploma, Utrillo le dedica un comentario elogioso. En 1901 vuelve a París. Allí lo aguarda Mañach, aquel empresario catalán que le había pagado un salario mensual para que le pintara cuadros. Mañach organiza una muestra en la galería del marchante Ambroise Vollard. Picasso ha cumplido con su palabra, entre óleos y dibujos presenta 64 obras. Vollard, en su libro de Memorias, recordó: “Esta exposición no tuvo ningún éxito y, en mucho tiempo, Picasso no halló mejor acogida del público”.
No obstante, esa poca acogida no lo desalienta. Permanece en París y su vida bohemia no le impide trabajar con un ímpetu poco común entre los otros artistas que lo acompañan: pinta un promedio de dos a tres cuadros por día. Uno de ellos es Niña sentada, la obra que preanuncia lo que luego será su período azul. Pero en febrero de 1902 hace las maletas y un día después se instala en la casa de su familia, una modesta vivienda en la calle de La Merced.
Entonces comienza a experimentar con el azul, un color que lo apasiona desde niño. El barrio chino barcelonés, poblado de figuras patéticas, miserables y estrafalarias, es el modelo natural para una serie de cuadros que definitivamente rompen moldes. En El arlequín y su compañera, en La bebedora de ajenjo, en El niño del pichón se traslucen el dolor y la desesperanza de esas criaturas.
Luego de esa descarga, Picasso siente que debe volver a París. Otra vez realiza las maletas y emprende el viaje. Se instala en un ático del Hotel Marruecos, un lugar realmente miserable. De allí lo rescata su amigo Max Jacob y lo lleva a vivir a su cuarto en un quinto piso del Boulevard Voltaire. Tienen una sola cama. Jacob duerme de noche, en tanto que Picasso lo hace de día, porque las noches las utiliza para pintar. Los críticos hablan maravillas de sus cuadros. Pero sus obras no se venden y la miseria crece sin descanso.
Es hora de regresar a Barcelona. Para pagar el pasaje malvende Madre con niño junto al mar y la noche antes de partir, atormentado por el frío y con el sólo fin de darse calor, quema en la chimenea buena parte de sus últimos dibujos. Otra vez en la calle de La Merced, sigue trabajando con la fuerza del primer día. Sin embargo, y pese a las desventuras que allí viviera, Picasso no cesa de pensar en París. Poco después lo encontramos en el número 13 de rue Ravignan, en pleno Montmartre. El período azul está llegando a su fin para darle paso a lo que sería el período rosa. Sin duda estamos ante una etapa más placentera. Tal vez una vecina, la bella Fernande Olivier, quien de inmediato se convierte en su amante, tenga algo que ver con esa metamorfosis.
Se los ve siempre juntos. A Fernande le asombra la manera de trabajar de Picasso: siempre de noche hasta bien entrada la madrugada; como no hay luz eléctrica y tampoco cuenta con lámparas de gas, coloca sobre su cabeza una lámpara de kerosén y así pinta, agachado ante la tela. Cuando no tiene plata para comprar el kerosén, se alumbra con una antorcha bañada en aceite. “¿Cómo puedes pintar así?”, le pregunta ella. “Así lo hacía Goya”, responde Picasso de inmediato. Ha nombrado a uno de los artistas que más respeta. Aún no sabe que años después dirán que él es el Goya del siglo XX.

Cubismo, mujeres y dinero
Es el invierno de 1905, Picasso acaba de conocer a Henri Matisse, uno de los artistas que con mayor justeza representan el fauvismo. Acaba de darle los últimos toques a El actor, el cuadro con el que se iniciaría el período rosa. En sus telas sigue habiendo arlequines, acróbatas y saltimbanquis, aunque ya no muestran el patetismo de las criaturas del período azul, predominan los rosas suaves, con tonos de ocre y gris. Una tarde le avisan que Gertrude Stein y su hermano Leo, multimillonarios norteamericanos que han llegado a París en busca de nuevos talentos, quieren visitar su estudio. Picasso accede. Los Stein le compran varias telas por casi 900 francos; una pequeña fortuna para la época.
Por aquellos días, Picasso visita el Museo del Trocadero y pasa horas enteras contemplando las máscaras de los anónimos artistas africanos. Tiempo después dirá: “Comprendí el uso que los africanos hacen de su escultura, por qué esculpían de aquella manera y no de otra. Al fin y al cabo, no eran cubistas, dado que el cubismo aún no existía”. Está a punto de producirse uno de los acontecimientos claves para el arte del siglo XX.

“Está considerado uno de los principales artistas de su tiempo, y su obra aumenta la cotización minuto a minuto.”

Retrato de un genio

Siete museos en Europa llevan su nombre: París, Antibes, Vallauris, Barcelona, Münster y dos en Málaga.

Fernande advierte que Picasso está como poseído. Ha instalado su estudio en el sótano de la casa, y ahí se encierra todas las noches y trabaja sin descanso; no permite que nadie vea lo que está haciendo. Se trata de Las señoritas de Avignon (1907), una obra que plasma sobre la enorme tela, luego de haber realizado más de 800 bocetos. El cuadro resulta la primera acción de ruptura con el arte moderno: las figuras, los objetos y el espacio no están diferenciados al modo tradicional, y no existe la perspectiva renacentista. Tal vez por eso es rechazado. Picasso ha pintado una composición que será considerada el punto de partida del cubismo. Sabe que es una obra mayor. Por eso, pese al juicio negativo de sus amigos, no piensa cambiar de rumbo. Las cartas están echadas y ése será su futuro juego.
A pesar de ello, Las señoritas de Avignon permanece a lo largo de trece años en su estudio: no acepta venderlo ni mostrarlo. Por último, en 1920 lo compra Jacques Doucet. A lo largo de esos años, Picasso vivirá la angustia de la Primera Guerra Mundial, se separará de Fernande y por un tiempo creerá estar enamorado de Marcelle Hubert, sufrirá la muerte de su padre, conocerá a Jean Cocteau, y por intermedio de éste a Olga Khokhlova, bailarina del ballet ruso, con quien se casará en 1918. Dos años después venderá Las señoritas d’Avignon, y al año siguiente nacerá su primer hijo, Paolo. Su pintura está llena de vida y de luminosidad, con muchachas jugando en la playa y gente feliz.
Es 1927 y están veraneando en Cannes. Allí pinta Mujer sentada, un cuadro que sin duda representa a Olga: una mujer que parece estar encadenada a la silla. En 1931, cuando Picasso acaba de cumplir 50 años, conoce a Marie Thérèse Walter, una muchacha rubia de sólo 17 años. El amor es recíproco. Ambos viajan por España. Picasso ensaya nuevas esculturas, Marie Thérèse invariablemente es su modelo. Además, le dará una hija: María de la Concepción, que ellos prefieren llamar Maya. Picasso parece estar de verdad enamorado.
Tal vez por amor o como consecuencia de su amistad con André Breton, con Louis Aragon y con Paul Eluard, lo encontramos escribiendo poesías de neto corte surrealista que más tarde Breton publicará en Cahiers d’Art. Poco después se sabrá que no era Marie Thérèse y menos aún Khokhlova la musa de esos poemas. Ha conocido a Dora Maar, una sugestiva mujer que en realidad se llamaba Henriette Theodora Markovitch. Es Eluard quien le presenta a esta dama arrolladora que había sido la tumultuosa amante de Georges Bataille. El tumulto también se produce en la vida amorosa de Picasso: sigue viviendo junto a Khokhlova y al mismo tiempo visita a Marie Thérèse y a Dora.

Guernica, más mujeres y el final
Por entonces España se proclama república y Picasso pasa a ser director del Museo del Prado: acepta el nombramiento aunque no toma posesión del cargo. El gobierno republicano le encarga un mural para ser exhibido en el Pabellón Español de la Exposición de París. El 26 de abril de 1937, antes de que Picasso comience a diseñar su obra, los aviones alemanes de la Legión Cóndor, en apoyo al levantamiento del general Franco, bombardean Guernica, en el País Vasco. Ese ataque asesino a una población civil preanunciaría los mortíferos métodos que se llevarían a cabo dos años más tarde durante la Segunda Guerra Mundial.
Entonces Picasso anuncia: “La pintura mural en la que estoy trabajando, y que titularé Guernica, expresa claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte”. El cuadro mide tres metros y medio de alto por ocho y medio de ancho. Para llegar a esa obra genial, Picasso realiza cientos de bosquejos, Dora se ocupa de fotografiar cada uno de ellos. Luego de la clausura del Pabellón, el Guernica se expone en Noruega e Inglaterra, y viaja a Nueva York como parte de la gran exposición Picasso: Forty Years of his Art que se realiza en el MoMA.
Ante la derrota de la república española, Picasso ordena que quede allí en préstamo. Dice que deberá volver a España cuando el país recupere su democracia. Desde 1981 el Guernica está en España. En 1939, España ha quedado en manos del dictador Francisco Franco y el ejército nazi invade Polonia. Es un año de pesadumbre para Picasso: al horror del fin de la república y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se une la muerte de su madre. Su vida romántica continúa siendo tormentosa (nunca dejará de serlo), Olga Khokhlova ya no vive con él, pero no le otorga el divorcio: se han casado bajo el rito ortodoxo ruso y lo tiene prohibido.
Cuando el conflicto militar global llega a su fin, algo similar ocurre con la pasión de Picasso por Dora. Su nuevo amor se llama Françoise Gilot. Es una joven pintora a la que, tal como sucediera con sus parejas anteriores, le jura amor eterno. En esta ocasión, la eternidad durará algo menos de diez años. A lo largo de 1947 vive en Vallauris, en compañía de Françoise y Claude, el hijo que han tenido, y allí produce más de seiscientos objetos diferentes. Dos años más tarde nace su hija Paloma y entonces retoma las temáticas infantiles y maternales.
Por entonces moran en la villa de La Galloise, ha dibujado su célebre Paloma de la paz y ha tenido tiempo de reencontrarse con Genevieve Laporte, una jovencita de 24 años que en 1944, cuando aún era una niña, lo había visitado con el fin de hacerle una entrevista. Genevieve comienza a posar para él, y así surgen cuadros de exquisita sensualidad que Picasso debe ocultar a los ojos de Françoise. Puntualmente, los miércoles visita a su modelo quien, por supuesto, también se ha transformado en su amante.

“Fue un artista en todo lo profundo de la palabra; sencillamente, un genio.”

En 1953, Françoise hace lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer con Picasso: lo deja. Dice que no quiere pasar el resto de su vida junto a un monumento histórico y se marcha con sus dos hijos. Pocos días después, Picasso oye que golpean la puerta, abre y se encuentra con Jacqueline Roque. Ambos son vecinos. Jacqueline es catalana, separada de su marido y madre de una niña de 6 años. Poco después es su flamante mujer; se mudan a la California, una villa cercana: Jacqueline no quiere compartir la casa en la que Picasso vivió con Françoise.
En 1955 muere Olga Khokhlova. Picasso se convierte en un hombre viudo, libre de casarse con quien quiera. Tres años después contrae matrimonio con Jacqueline y a los dos años reconoce legalmente a sus hijos Maya, Paloma y Claude. Cuenta con 77 años pero mantiene la vitalidad y el genio de los primeros tiempos, ya que no cesa su capacidad creadora. Diez años más tarde sufre la muerte de su gran amigo Jaime Sabartés, quien fuera el impulsor y mecenas del Museo Picasso de Barcelona. Sin dudarlo, dona la serie de Las Meninas (1957) a la institución.
Francia se apresta a celebrar los 90 años del artista que había elegido ese suelo para vivir, aunque jamás renegara de su nacionalidad española. Para que no queden dudas de ello, Picasso dona a España 4 mil cuadros de su colección privada. Ha cumplido 91 años aunque no deja de trabajar y crear. La muerte lo sorprende el 8 de abril de 1973. En el taller queda un cuadro de Jacqueline a medio terminar: había estado trabajando en él hasta la noche anterior. El último.


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