ART SPIEGELMAN: CRONISTA POP

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Art Spiegelman llevó al comic a una categoría nunca antes alcanzada: ganar el premio Pulitzer. Con Maus, su magistral historieta sobre los recuerdos de su padre, un refugiado judío, e In the Shadow of no Towers, inventó una nueva forma de contar la historia del mundo y de los hombres. Dibujándola.

Texto: Santiago N. Craig 

Art Spiegelman, antes que nada, no es un dentista. No es muchas otras cosas, claro, pero esa decisión, la de no ser un dentista, fue tal vez su primer acto de rebeldía radical frente a la posibilidad de seguir un camino convencional trazado por la tradición y las costumbres sociales. OSTRICKEran sus padres los que deseaban que Art tuviera un promisorio destino de sacamuelas, pero ya a los 16 años el hijo, fascinado con las tiras cómicas, trabajaba como dibujante profesional. Spiegelman nació en 1948 en la ciudad de Estocolmo, donde habían llegado sus padres polacos luego de sobrevivir a Dachau y Auschwitz, los campos de concentración nazis. Vladek y Anja, papá y mamá, habían sufrido entre otras indecibles tragedias, la pérdida de su primogénito durante la guerra: Richeu, de cuatro años. En 1951, los Spiegelman viajan a América y se radican definitivamente en los Estados Unidos, en el barrio neoyorquino de Queens. Siempre habían querido estar ahí, lejos del humo y de los restos devastados de la guerra. Art, pese a la voluntad familiar, elige estudiar arte y filosofía en el Harpur Art, pese a la voluntad familiar, elige estudiar arte y filosofía en el Harpur College y luego en la Art School de San Francisco. Durante esos años se une al movimiento del comic underground y conoce a los que luego se transformarían, junto a él, en los cronistas gráficos de la contracultura pop: Robert Crumb, Shelton y todos los otros. Eran los años ’60 y nada parecía ser demasiado lineal: mientras dibujaba controvertidas tiras de corte autobiográfico en revistas que aparecían y desaparecían velozmente en el mercado, Art tuvo muchos trabajos. Entre ellos, el de diseñar packaging de golosinas para la Topps Chewing Gum Co. O el de dibujar la serie de cartas Garbage Pails Kid, en las que niños de mejillas gordas y rosadas se mezclaban con secreciones y escatologías varias. Pero además de los empleos, también estaban las drogas, y en 1968, Spiegelman se somete una breve temporada de internación, por culpa de un desorden nervioso. Ese mismo año, su madre se suicida. El padre de Art fue quien la encontró al regresar del trabajo, con las venas abiertas y un frasco de píldoras vacío. “Prisionero en el Planeta Infierno”: así definió Spiegelman su situación unos años más tarde, en un comic que relata estos hechos. COMICSARTPIEGELMANHasta mediados de los setenta dibujó con su nombre o bajo seudónimos –Joe Cutrate, Skeeter Grant y Al Flooglebucke– historietas satíricas como Ace Hole, Midget Detective; Nervous Rex; Douglas Comics y Cracking Jokes en efímeras revistas de comics: Real Pulp, Young Lust y Bizarre Sex, entre otras. En 1975 debuta como editor con Arcade, una revista trimestral que dura siete números y que marca el fin de su etapa underground y el comienzo de búsquedas conceptuales más intensas, en las que trabaja con referencias al género, citas, cruces, sátira y reflexión. Ese mismo año se casa con la diseñadora francesa Françoise Mouly, quien se convertiría, desde entonces, en su compañera y socia. Con ella tiene dos hijos –Dash y Nadjia– y funda en 1980 la mítica revista Raw, que durante la primera mitad de esa década acoge a los auto res nuevos más creativos del comic norteamericano. Cada número de la revista incluía una entrega de Maus, la saga que relata la historia de sus padres en los campos de concentración y que Art había comenzado a dibujar en 1978. En ella los judíos son representados con ratones, y los nazis, con gatos, pero todo remite más a Orwell y su Rebelión en la granja que a las simpáticas persecuciones de Tom y Jerry. Su primera parte –A Survivor’s Tale (Memorias de un sobreviviente)– fue publicada en 1986  por Pantheon Books y resultó un éxito editorial y de crítica. Art se vuelve merecedor de una beca Guggenheim y al aparecer la segunda parte, Maus II: From Mauschwitz to the Catskills, en 1992, obtiene el premio Pulitzer. Era la primera vez que un comic lograba ese reconocimiento.
Era la primera vez que la historia se desacraliza y aparecía, cruda y desfigurada, en los cuadros de una historieta. Spiegelman continúa su vida: durante la década de 1990 se dedica a enseñar historia y estética de los comics en la School for Visual Arts de Nueva York, mientras, junto a su esposa, trabaja en el área de diseño del New Yorker. Allí permanecerá Art, ilustrando portadas como consultant editor, durante diez años. Hoy, desvinculado del New Yorker y con la publicación del visceral In the Shadows of no Towers, un libro monumental (física y conceptualmente), en donde intenta aprehender el horror del 11 de septiembre de 2001, Art Spiegelman, de 57 años, y radical opositor de la administración Bush, sigue dibujando su historia personal y la del mundo.

Desde una casa en llamas

PRISIONEROARTCOMICSComo ha pasado con los relatos de Tom Wolfe, de Hunter Thompson y de otros popes del Nuevo Periodismo durante la década de 1960, el trabajo de Art Spiegelman ha borrado los límites de género y ha inaugurado una nueva manera de croniquear la historia. En un doble movimiento que incluye el relato de su vida personal y de los acontecimientos más relevantes para el mundo, el artista ha ido construyendo en sí mismo una forma nueva –¿pop?, ¿posmoderna? – de cronista.  Spiegelman dibuja en Maus lo que le cuenta su padre sobre los campos de concentración y sobre el horror de la guerra; en In the Shadows of no Towers cuenta lo que vio y vivió él mismo durante y después del atentado en New York. En esas viñetas, junto a los hechos históricos, se muestran las propias dudas y las propias miserias: Art y su padre discuten por nimiedades mientras hablan acerca de los campos de extermino y duermen juntos, en el suelo, la noche del suicidio de su madre; Art se desespera por encontrar a su hija mientras siente que el cielo se viene abajo el 11 de septiembre y corre a esconderse bajo una bandera norteamericana. “Aquí estaré seguro”, dice, “aunque no pueda ver nada”. El trazo del dibujo siempre es un relato en primera persona; el arte siempre se apropia de la realidad, o al menos lo intenta. Y, en ese sentido, hay una relación entre la forma de la historieta y la de la memoria. Los cuadros, las imágenes imprecisas y deformes; ese cúmulo de animales parlantes, de rostros desencajados y de colores que configuran el mundo de Spiegelman recuerdan más al flujo de la conciencia que los almidonados retratos de los próceres en los libros de historia. La representación imaginativa es más abarcadora, incluye la mueca, el tic, la hipérbole caricaturesca que conlleva todo acontecimiento. El comic funciona, en Maus y en In the Shadows of no Towers, como metáfora de la subjetividad implícita en todo relato. Porque la contradicción tiene más lugar en el pastiche, y esa esquizofrenia de viñetas que se superponen es la forma más lúcida y coherente de contar algo en la posmodernidad. Spiegelman, se ha dicho antes, no está de acuerdo con seguir las convenciones sociales y hay una irreverencia obvia en el gesto de llevar lo siniestro al dibujo; de transformar en gatos a los jerarcas nazis o en avestruces humanas a los norteamericanos que “hundían su cabeza bajo la tierra” luego  de las medidas tomadas por la administración Bush a partir del 11-S. COMICLas caricaturas de Spiegelman despojan a la humanidad de un aura santa e igualan a los hombres en su animalidad y su grotesco. Maus muestra cómo entre un gato, un cerdo y un ratón se pueden establecer jerarquías naturales, modos de relación signados por los instintos, pero, a su vez, enseña que si esos gatos y esos ratones dialogan entre ellos y siguen, sin embargo, cumpliendo como si nada sus instintos salvajes hay algo en el lenguaje, en la comunicación, que no funciona. y ponen en evidencia las diferencias más sutiles y groseras. En la primera página de In the Shadows of no Towers se ve al fantasma esquelético de las Torres Gemelas envuelto en llamas, mientras una multitud huye desesperada y un gran zapato que dice Jihad cae sobre sus cabezas. Más adelante, un viejo, mezcla entre el Tío Sam y un hobbit tolkiano, arroja baldes de petróleo sobre unos niños incendiados, con la supuesta intención de apagar el fuego. Spiegelman aparece todo el tiempo tratando de explicarse lo inexplicable del miedo, la destrucción y la miseria. Sabe que tal vez no logre nunca una respuesta contundente, pero tiene la valentía de desplegar su trabajo en lo irracional y descubrir que ese es el verdadero campo de acción del artista. Cuando uno escribe en una casa en llamas, como solía decir el escritor norteamericano John Cheever, denunciar la existencia de lo innombrable, en ese esfuerzo por aprehenderlo que es el acto creativo, es la función final del arte. Spiegelman muestra que si lo siniestro se presenta, cínicamente, en su forma más amena y simpática, si toma el cuerpo de un niño rubio, de un ratón o de un mapa de colores, lo horrendo se vuelve repentinamente familiar, omnipresente y propio. Ante esa realidad todas las posturas críticas son admisibles, todas las reacciones posibles, excepto la indiferencia.


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