DERRUMBE EN BANGLADESH: CICATRICES DE LA TRAGEDIA

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El edificio Rana Plaza ubicado en Savar, cerca de la capital, Dhaka, se derrumbó a fines de abril mientras miles de personas trabajaban en las fábricas de ropa que albergaba. Fue el peor accidente industrial en la historia de Bangladesh. La tragedia expone las penosas condiciones en que desempeñan sus tareas las trabajadoras textiles. Ocasión ideal para destejer los hilos de una industria con muchos puntos oscuros. Dos de nuestros cronistas se metieron en el corazón de la bestia y obtuvieron una serie de testimonios más que significativos para también comprender por qué las mujeres se han transformado en el motor de la economía del país asiático.

Texto: Naimul Haq / Suvendrini Kakuchi / Fotos: Gentileza Nari Uddung Kendra (Centro de Iniciativas de Mujeres)

Building collapse aftermath

La catástrofe centró la atención sobre las normas de seguridad en las fábricas que confeccionan ropa para las grandes marcas.

“Estaba oscuro y caluroso, con un asfixiante polvo por todos lados. En el aire dominaba el olor de los cuerpos descomponiéndose”, recordó Nasima, de 24 años, una trabajadora textil que pasó cuatro días enterrada bajo los escombros del gran Rana Plaza, un edificio con cinco talleres textiles que colapsó en abril último en Dhaka, la capital de Bangladesh. La joven recordó el terror que ella y otras cuatro trabajadoras sufrieron cuando quedaron sepultadas por restos de vidrios, hierros y concreto del inmueble de ocho plantas. Los equipos de rescate las encontraron entre las ruinas del quinto y del sexto piso. Nasima admitió que estaba “demasiado asustada” para recordar todos los detalles de esas 96 horas. “Mis colegas murieron una tras otra a pocos metros de mí”, contó. Se dio cuenta de que habían fallecido cuando dejó de escuchar sus voces llamándola en la oscuridad.
Nasima comenzó a trabajar en Ether Garments, una de las muchas compañías que funcionaba en el Rana Plaza, sólo 20 días antes de la tragedia. Se trató del peor accidente industrial en la historia de Bangladesh, en el que murieron 1.130 personas. Además, son 1.537 los heridos –incluidos decenas de mutilados–, según el sindicato mundial IndustriALL. Aún hay 316 trabajadores desaparecidos y 216 cadáveres enterrados pendientes de ser identificados. El único laboratorio que gestiona las pruebas de ADN está saturado y tardará meses.
Mientras las familias de las víctimas comenzaban a llegar desesperadas al lugar del desastre, surgían a la luz informes de falencias en las medidas de seguridad y de negligencia de parte de los responsables. Rápidamente quedó claro que los dueños de la fábrica habían sido alertados sobre la posibilidad de un colapso del edificio, al que sólo se le había autorizado operar hasta el quinto piso.
Una semana antes de la catástrofe comenzaron a aparecer grandes grietas en los techos y los ingenieros advirtieron de que el derrumbe era inevitable. La desidia en materia de seguridad laboral es una de las tantas violaciones de derechos que sufren las empleadas de las fábricas. A veces deben cumplir turno de 14 horas para producir una partida que le generará un rápido beneficio a los propietarios.
Cuando los sobrevivientes empezaron a hablar, denunciaron que sus empleadores habían ignorado las recomendaciones de los ingenieros de cerrar las fábricas el 24 de abril, el día del desplome, y que incluso amenazaron a los trabajadores con el despido si no concurrían a trabajar. Estas revelaciones desataron la indignación internacional y pusieron al descubierto la situación de la industria textil de Bangladesh, el sector que genera más divisas al país, unos 20 mil millones de dólares al año (lo que supone un 80% de las exportaciones); y que ha contribuido a que la economía crezca desde hace años por encima del 6%.

PEOPLE MOURN FOR THEIR RELATIVES, WHO ARE TRAPPED INSIDE THE RUBBLE OF THE COLLAPSED RANA PLAZA BUILDING, IN SAVAR

Según el Banco Mundial, Bangladesh ocupó el último puesto en la clasificación de salarios mínimos para trabajadores fabriles.

Paraíso de la mano de obra económica
Bangladesh, donde la pobreza afecta al 49% de sus 150 millones de habitantes, desempeña desde hace una década un papel crucial en el comercio internacional al ofrecer una vasta mano de obra económica. La industria textil bangladesí es la tercera mayor del mundo, detrás de China y Vietnam. Grandes compañías de Occidente o de ricos países asiáticos, como Japón y Corea del Sur, comenzaron a trasladar sus centros de producción a Bangladesh, cuando en los viejos polos productivos, como Tailandia, aumentaron los salarios.
Más de 6.500 fábricas, con 4 millones de trabajadores hacinados en altos edificios de Dhaka y sus alrededores, funcionan de forma ininterrumpida. La plantilla de las empresas, de las grandes como de las pequeñas, son principalmente mujeres jóvenes de zonas rurales que emigraron a la ciudad con la esperanza de adquirir una capacitación a la que no acceden en las regiones agrícolas. En la ciudad suelen vivir juntas en lugares pequeños y compartir el baño y los alimentos.
Analfabetas y sin formación, las trabajadoras textiles tienen pocos medios para proveerse un ingreso estable. Su vulnerabilidad las convierte en presas fáciles de los empresarios, quienes arguyen que para seguir siendo “competitivos” en el mercado mundial deben gastar lo menos posible en mano de obra. Mashud Jatun Shefali, fundadora y directora de Nari Uddung Kendra (Centro de Iniciativas de Mujeres), una organización dedicada a abogar por mejores condiciones de trabajo, contó que las jóvenes suelen comenzar a trabajar como aprendices y no perciben un salario sino sólo una paga que puede ser de apenas un dólar al mes. Al año pasan a operar máquinas más complejas y cobran un salario regular.
La mayoría de las mujeres cosen, lavan y empacan la ropa por el equivalente a 30 o 40 dólares, trabajan un promedio de 10 horas por jornada y los siete días de la semana. En cambio, los hombres suelen ocupar cargos más altos, como de control de calidad y de gerencia. El sector de la vestimenta es el que ofrece más cantidad de empleo y proporciona un salario a miles de mujeres.
Sin embargo, en los últimos tiempos, una serie de tragedias subrayaron las duras condiciones de trabajo del rubro. En noviembre pasado, murieron 112 trabajadoras en el incendio de la fábrica Tazreen Fashion, ubicada en las inmediaciones de Dhaka. Las sobrevivientes denunciaron que los gerentes las encerraron cuando trataron de escapar. En 2005, el desplome del edificio Spectrum dejó sin vida a 64 personas.

“Analfabetas y sin formación, las trabajadoras textiles tienen pocos medios para proveerse un ingreso estable.”

Algunos activistas señalan que en un país musulmán con altos índices de pobreza, la industria textil ofrece a las mujeres una oportunidad para salir de sus casas y mejorar su estatus, pues pasan de trabajadoras del hogar a proveedoras de la familia. La profesora Sharmin Huq, retirada de la Universidad de Dhaka y especializada en discapacidad, teme que la discriminación social haga más complicada la vida de las mujeres. También alertó a que las generosas donaciones que llegaron de países como Alemania y Estados Unidos para ayudar a los sobrevivientes deben canalizarse hacia la “gran cantidad de trabajadoras afectadas y ayudarlas a recomenzar sus vidas”. Eso incluye desde la adquisición de miembros artificiales hasta la atención psicológica regular para lidiar con el trauma de la catástrofe.
Empresas transnacionales como la sueca H&M, la irlandesa Primark y las estadounidenses Gap y Walmart, que subcontratan la mayor parte de su producción en Bangladesh para aprovechar la mano de obra económica, ahora son blanco de duras críticas por no haber adoptado los estándares de seguridad. Aunque estas acusaciones no son nuevas, grupos de derechos humanos esperan que la tragedia sacuda a la industria lo suficiente para que implemente mejores leyes laborales y adhiera a las reglas de seguridad. Activistas destacaron, como contraste, que aproximadamente de las 2.500 personas que se ofrecieron para ayudar en el rescate, en su mayor parte eran mujeres.
“Primero fabricábamos en Africa del Norte, luego en Europa del Este, en Rusia, Turquía, China y ahora aquí.” Es el recorrido que han hecho comerciantes como Bertus Geel, un holandés que trabaja en el sector hace dos décadas. “Yo sólo sigo al mercado”, asintió sentado en un hotel de un barrio diplomático. Explica que en China, donde vive, el coste laboral se ha disparado a los 500 dólares al mes mientras en Bangladesh ronda los 100-145 dólares. Director de calidad de una compañía cuyo nombre pide omitir, es su primera visita al país. “El tema está muy candente en Europa. Mis jefes me han mandado para que eche un vistazo a nuestras fábricas.” Aseguró que las que ha visto están mejor que en China. La industria textil bangladesí es un enorme tinglado montado por las autoridades y los fabricantes locales (uno de cada 10 congresistas posee un taller textil) a la medida de las empresas extranjeras.

Prueba viviente de la negligencia
Shapla, de 19 años, cuyo brazo izquierdo resultó tan gravemente herido que debió ser amputado en el mismo lugar del accidente, habló con este cronista desde su cama en el hospital del Instituto Nacional de Traumatología y holandés Ortopédica de esta capital. La joven recordó haber sobrevivido por varias horas atascada entre las ruinas del segundo y el tercer piso del edificio, “con sangre y cadáveres por todos lados”.
Mehedul, esposo de Shapla y quien trabajaba como operador de una máquina de coser en el mismo piso, comentó que sobrevivió de pura suerte, pues se encontraba en la parte de atrás del inmueble en el momento en que la estructura se vino abajo. La mayoría de los trabajadores que se encontraban en la parte delantera del centro textil quedaron aplastados.
Algunos de los sobrevivientes, como Razia, de 21 años, sufren tanto dolor que preferirían la muerte. “¡Que alguien me dé veneno, quiero morir!”, clamaba en la sala del hospital donde ella y otros 121 heridos son atendidos gratuitamente. Al lado de su cama yacía Shamsul Alam, un inspector de calidad, de 28 años, quien sufrió heridas en su espina dorsal que, según los médicos, son “demasiado difíciles de operar” y podrían terminar siendo fatales. El trabajador aseguró que ahora sabe “cómo es estar dentro de un ataúd”, al explicar lo que se siente al estar postrado en una cama.

“La mayoría de las mujeres cosen, lavan y empacan la ropa por el equivalente a 30 o 40 dólares.”

Mientras, el trauma borró por completo la memoria de otros supervivientes. Un operador llamado Runu estuvo dos días bajo los escombros antes de ser rescatado. Hoy es incapaz de rememorar nada de la jornada macabra. Los que sí recuerdan, prometieron no volver a trabajar en un taller. “Recurriré a mendigar si tengo que hacerlo, pero nunca volveré a trabajar en una fábrica textil”, advirtió la joven Mariam, de 25 años, cuyas piernas y brazos fueron destrozadas por el concreto y las barras de hierro. “Nací de nuevo”, reconoció la trabajadora Shakhina. “No cometeré el error de volver a una trampa mortal.”
Hasta hace un mes, la joven Kapla era sólo una empleada más de una fábrica de la localidad de Savar. En la actualidad es una sobreviviente discapacitada. “Me desespera el futuro”, confesó. Un sentimiento que comparte con cientos de mujeres que, como ella, perdieron algún miembro del cuerpo aquel fatídico día. Esta joven madre se recupera en un hospital de la amputación de una de sus manos. La consideran como una de las “afortunadas” por sobrevivir al derrumbe, aunque ella se resiste a encontrarle al asunto un lado positivo, pues su discapacidad seguramente le impida encontrar trabajo en el futuro. Las mujeres, que constituyen el 80% de la fuerza laboral en la industria de la vestimenta de este país, fueron las más perjudicadas por el desastre: representaron también el 80% de las personas que murieron o resultaron heridas.
Ni la joven Shapla ni los otros supervivientes del Rana Plaza entrevistados están, por ahora, dispuesto a regresar a un empleo similar. Aunque tampoco tienen grandes alternativas. La industria textil ha permitido a infinidad de mujeres provenientes del medio rural –proliferan las divorciadas con hijos a su cargo– alcanzar la independencia económica aunque sea mediante trabajos extremadamente precarios. Kalpana, de 28 años, era sirvienta por 7 dólares al mes, y tras 12 años cosiendo ganaba 135 dólares.
“Las mujeres tienen una fuerte desventaja social y económica”, remarcó Shefali. Algunas “quedaron tan mal que dicen que nunca volverán a trabajar en una fábrica otra vez. Necesitan rehabilitación física y psicológica a largo plazo, y que sus familias y la sociedad las acepten como personas discapacitadas”, indicó la experta.

“Las mujeres constituyen el 80% de la fuerza laboral en la pujante industria de la vestimenta de este país.”

Bangladesh, país que supo ser sinónimo de miseria, redujo la pobreza a la mitad en menos de dos décadas, según cifras oficiales. Y las mujeres jugaron un papel protagónico en ese avance. “La capacitación de mujeres definitivamente contribuyó a la reducción de la pobreza. Es significativa la cantidad que trabajan en medianas y grandes empresas y también colaboran en la generación de empleo”, explicó Qazi Joliquzzaman Ahmad, presidente de la Fundación Palli Karma Shahayak. La agencia colabora económicamente con las ONG en programas de alivio a la pobreza. “Antes, las mujeres recurrían al microcrédito para pequeñas empresas. Pero ahora muchas de ellas piden préstamos a nivel ‘macro’. Esta es una forma de reducir la pobreza”, observó.
“Hubo un tiempo en que las mujeres no podían trabajar. La salida de la casa estaba limitada bajo las estrictas normas de la ‘purdah’ (prohibiciones religiosas para la población femenina). Las familias pobres dependían sólo de los ingresos de los hombres”, reveló Jalaluddin Ahmed, director de Trinamool, una ONG que trabaja en el distrito de Rajshahi, asolado por la indigencia. “Las restricciones sociales y religiosas desaparecieron cuando las ONG asumieron su defensa y aparecieron los programas de microcrédito. Cuando los hombres se dieron cuenta de que las mujeres eran igualmente capaces de contribuir al ingreso familiar, comenzaron a permitirles salir a trabajar”, añadió Ahmed.
En tanto, grandes exponentes de la industria están finalmente adoptando medidas de seguridad. A. K. M. Salim Osman, presidente de la Asociación de Fabricantes y Exportadores de Tejidos de Punto, sostuvo que el incidente de abril es un “gran toque de atención. Si seguimos ignorando estrictos estándares éticos de seguridad, nos equivocaremos de nuevo”. Osman admitió que la ratificación por el sector textil del Acuerdo para la Seguridad y Prevención de Incendios es un paso en la dirección correcta.
Según el convenio, un comité tripartito conformado por representantes de cada compañía, por trabajadores y por un inspector neutral, elegido por la Organización Internacional del Trabajo, debe vigilar la implementación de los estándares de seguridad establecidos en los desatendidos protocolos vigentes. “Si es necesario, obligaremos a las fábricas (con defectos) a cerrar hasta que se cumplan esas pautas”, indicó Mohammad Shafiqul Islam, ex presidente de la Asociación de Fabricantes y Exportadores de Ropa de Bangladesh, en diálogo con este cronista. Habrá que prestar atención a los próximos pasos.


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