SIRIA: INTERROGANDO A UN COMBATIENTE DE AL-ASSAD

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Mientras reconocieron con el Premio Nobel de la Paz 2013 a la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, la guerra civil siria prosigue. Una cronista se entromete entre las fuerzas rebeldes y asiste al interrogatorio a un combatiente del régimen de Bashar al-Assad. Luego recorre un escenario teñido de abusos generalizados o sistemáticos, y recoge testimonios desgarradores. Radiografía de un país en llamas, donde han muerto más de 100 mil personas y seis millones han abandonado sus hogares.

Texto: Shelly Kittleson / Fotos: Hozan al-Yubayr / Hashim Antaki

SYRIA-CONFLICT-ALEPPO

Presente aterrador. Torturas, humillaciones y simulacros de fusilamiento son parte de la cotidianeidad de ambos bandos.

Un prisionero maniatado y sucio es guiado hacia el interior de lo que hasta el año pasado se usaba como una escuela. “Un shabiha”, dice uno de los rebeldes sirios contrarios al régimen del Bashar al-Assad que se hallan en la habitación. “Lo encontramos hace dos días en un puesto de control”, alega sin inmutarse. De la pared, atrás de un escritorio, pende una pizarra con unas pocas palabras árabes escritas en azul.
Llevan al hombre al centro de la sala y lo hacen sentarse sobre la gastada alfombra. Un miembro de la inteligencia del Ejército Libre Sirio (ELS) se para detrás de él, junto con el comandante de una división local de la Brigada Suqour al-Sham. También está presente un combatiente del ELS de poco más de 20 años. Varios hombres armados montan guardia al otro lado de una puerta que conduce a lo que antes fue el patio de la escuela, y que luego de los bombardeos del régimen quedó parcialmente reducido a escombros.
La palabra “shabiha” se usa desde hace tiempo en Siria para referirse a las milicias que derivaron de agrupaciones delictivas alauitas en la región de Latakia a comienzos de los años 70, cuando Hafez al-Assad, padre del actual mandatario, se convirtió en el primer representante de esa minoría en ser presidente de Siria. El régimen, que durante mucho tiempo participó con impunidad en contrabando, torturas extrajudiciales, violaciones y asesinatos, esperaba a cambio que las pandillas fueran funcionales a sus propósitos cuando así lo requiriera. Se culpa a las mismas de algunos de los peores actos de brutalidad perpetrados contra civiles. Desde el levantamiento de 2011, el término se ha popularizado, y se usa para referirse a las varias organizaciones paramilitares conocidas por cometer masacres y propagar el terror con apoyo del régimen.
El comandante de la brigada local Suqour al-Sham, Maher, un ex taxista que antes del levantamiento sólo había disparado un arma durante su servicio militar obligatorio y que ahora comanda a unos 400 hombres, comenta que el detenido confesó múltiples asesinatos y violaciones en el área de Hama, unos 200 kilómetros al norte de Damasco. Según él, llevó a cabo todas estas acciones con fines de intimidación, para obtener combustible, medicamentos u otros suministros, o por medio de presiones indirectas.
A esta cronista se le permite formular algunas preguntas al prisionero. “Mustafá”, como se identifica, dice pertenecer a una comunidad de refugiados palestinos cerca de Hama. La pobreza, exacerbada por la guerra, lo empujó a unirse a una milicia irregular vinculada al régimen. Menciona estar casado, tener poco más de 30 años y tres hijos, a los cuales “ya no podía siquiera comprarles pan” tras ser forzado a cerrar su comercio.

“Llevan al hombre al centro de la sala y lo hacen sentarse sobre la gastada alfombra.”

Lo entrenaron durante 45 días con alrededor de otros 50 reclutas palestinos y le dieron un salario cada tres meses cuando empezó a participar en “misiones”, relata. Una vez, él y los otros milicianos que lo acompañaban violaron a la esposa de un hombre que se negó a darles combustible. Esta corresponsal no puede asegurar si esta fue una confesión hecha bajo presión tras la captura. Además, admite haber violado en Hama a una farmacéutica que se negó a venderle sedantes a la milicia tras darse cuenta de que la receta era falsa.
“Mustafá” asevera que lo obligaron a participar en violaciones y asesinatos, y que lo forzaron a violar a la esposa de su hermano para lograr que ella persuadiera al marido de unirse a la milicia irregular. El detenido afirma que había amenazado a la mujer con contarle a su hermano sobre la violación si ella no lo convencía, pero el hombre finalmente se integró al grupo armado.
En este punto, el combatiente del ELS presente escupe indignado al hombre y sale de la habitación. Cuando esta cronista pregunta qué podría haber pasado si su hermano se hubiera enterado, “Mustafá” calla, aparentemente molesto. El miembro de la inteligencia rebelde responde por él: “Seguramente el esposo de la mujer la habría matado, ya que habría sido una cuestión de honor familiar”.
El detenido sostiene que no era responsable de sus acciones porque estaba bajo la influencia de fármacos que les daban a los combatientes de la milicia irregular sin su conocimiento. Tras sacar a “Mustafá” de la habitación, el comandante local de Suqour al-Sham le expresa a esta corresponsal que el detenido será juzgado por un tribunal integrado por tres jueces que desertaron del régimen, asistidos por dos asesores religiosos expertos en shariá (ley islámica).

“El detenido confesó múltiples asesinatos y violaciones en el área de Hama.”

El tribunal será quien decidirá, no las brigadas del ELS. Si lo sentencian a pena de muerte, será fusilado. Es evidente que la justicia es rudimentaria en las áreas controladas por los rebeldes. Muchos de los reclamos iniciales del levantamiento fueron contra el sistema judicial de Al-Assad, notoriamente corrupto, y muchos señalan que es poco realista esperar que los insurgentes respeten el debido proceso.
Sin embargo, los tribunales locales imparten justicia en cierta medida. “Cuatro de los mayores batallones contra el régimen –incluido el gran grupo islamista Ahrar al-Sham y la Brigada Suqour al-Sham– empezaron en los últimos tiempos a cooperar en el sector de la justicia en la provincia de Idlib”, subraya Maher. No obstante, la cooperación se dificulta por el hecho de que Maarat an-Numan y el área circundante prácticamente están aislados del mundo.
No hay acceso a internet ni señales de telefonía celular. Los combatientes hablan a través de “walkie talkies”. Casualmente, según un combatiente, en la misma frecuencia que los del régimen. “A veces decimos cosas raras sólo para asustarlos. La mayoría de los llamados atentados suicidas en realidad fueron bombas detonadas a distancia”, explica un combatiente de Ahrar al-Sham. Su grupo concluyó que hablar de ataques suicidas era una táctica útil para hacer que los reclutas del régimen abandonaran más fácilmente los puestos de control.

Luchar contra las penurias en zonas rebeldes
El escenario es otro, pero la rispidez se repite. Combatientes del ELS montan guardia en el edificio de la compañía estatal de cable para evitar saqueos en el distrito de Jan al-Assal, 14 kilómetros al oeste de Aleppo. El resto del lugar parece un pueblo fantasma. Cerca de esta localidad que las fuerzas rebeldes tomaron en julio está Al Rashideen, la primera línea de los francotiradores, en los suburbios de Aleppo, la ciudad más grande de Siria que antes del conflicto era un importante centro industrial.
La base de operaciones de los rebeldes se localiza en el piso bajo de un edificio abandonado y prácticamente destruido. Afuera hay unos 20 pares de zapatos, y adentro están los hombres sentados y descansando, con sus rifles Kalashnikov al lado, excepto cuando la habitación se usa para rezar. Entonces las armas se colocan junto un mosquitero bajo el cual suelen dormir.
Antes de la guerra casi todos eran civiles. Ahora ninguno podría considerarse tal. Los rebeldes obstaculizaron con escombros la carretera que conduce a Aleppo para impedir que civiles en sus vehículos “se pierdan y terminen en la línea de fuego de un francotirador”, indica un soldado del ELS. El mismo tipo de bloqueo carretero “temporario” se ve en otros sitios.

“En este punto, el combatiente del ELS presente escupe indignado al hombre y sale de la habitación.”

Entre las principales ciudades todavía circulan algunos autobuses, que generalmente utilizan carreteras secundarias para evitar que los ataquen. Para atravesar los puestos de control del régimen de Al-Assad y del ELS, los civiles deben demostrar que están “limpios” para ambas partes, o recurrir a identificaciones falsas, que pueden adquirir muy fácilmente a cambio de la suma correcta.
En cuanto al combustible, se consigue el de Irak, el de refinerías improvisadas en las áreas rebeldes o el contrabandeado desde zonas bajo mando del gobierno. Los tres difieren en calidad y precio, aunque todos cuestan mucho más que antes de que comenzara la guerra civil, y eso afecta los importes de otros productos. La escasez de pan, gasolina y atención de salud hace sufrir a la población en áreas tomadas por la insurgencia. Las panaderías, las escuelas y los hospitales son blancos habituales de las tropas gubernamentales. Además, el gobierno niega el acceso a organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras (MSF) que, sin embargo, administra varias clínicas en lugares no revelados de zonas rebeldes.
Esta corresponsal visitó un hospital de campaña en Maarat an-Numan, en el sur de la provincia de Idlib, sobre la autopista que une Hama y Aleppo. “Los combatientes no pagan, pero los civiles abonan la mitad de lo que cuesta el tratamiento”, revela un médico que trabaja en el lugar. Al principio, varios habitantes de Damasco enviaban dinero en forma clandestina para mantener este dispensario, pero como esto se hizo demasiado peligroso, el funcionamiento se sustenta ahora con fondos de donantes individuales de Emiratos Arabes Unidos.
Aquí llegan entre 30 y 40 pacientes por día. El centro de salud empleaba su propio vehículo para trasladar a los heridos graves a otros hospitales. No obstante, desde que se rompió, un mes y medio atrás, se echa mano a una combinación de “autos, bicicletas o lo que sea de otra gente” para desplazar pacientes hasta la frontera con Turquía, cruzándola cuando es necesario, explica el médico.
La incidencia de enfermedades transmitidas por mosquitos, como la leishmaniasis, creció drásticamente desde que empezó la rebelión contra el gobierno de Al-Ashad por la falta de agua, energía y servicios públicos y por las malas condiciones sanitarias. No obstante, los mosquiteros sólo se aprecian en hogares que pueden costearlos. En algunas áreas dominadas por los rebeldes hay electricidad, pero no en Maarat an-Numan. El zumbido de los contaminantes generadores a diésel (gasóleo) alivia a los pocos que los poseen.
Una casa a la que esta reportera fue invitada, a pocos kilómetros del aeropuerto militar Wadi al-Daif, exhibe en sus paredes las marcas de las balas de los francotiradores. Una ventana estalló. Aquí viven cuatro niños pequeños con sus padres y el hermano menor del padre. Antes estudiante de literatura inglesa en la Universidad de Aleppo, ese familiar, de 20 años, fue obligado a abandonar su carrera, pues su zona de origen –estampada en las tarjetas de identificación de los estudiantes sirios– era conocida por la actividad rebelde. El también acabó tomando las armas.

“Antes de la guerra casi todos eran civiles. Ahora ninguno podría considerarse tal.”

En los días en que esta cronista pasó en este país, oyó historias similares con frecuencia. A otro hombre de veintipocos años que había vivido un tiempo largo en Dubai, el régimen le prohibió viajar al exterior luego de que retornó a Siria tras el comienzo del levantamiento. Actualmente combate con una pequeña brigada rebelde que tiene su base de operaciones junto a la casa de su familia, aunque busca alguna forma de llegar a Europa.
Por la misma calle donde está la casa de la familia que visitó esta corresponsal hay una mezquita. Un cohete disparado por las fuerzas del régimen le voló un lado y dejó un cráter. “El ataque ocurrió un viernes, durante los rezos comunitarios semanales. Afortunadamente, todos los feligreses estaban en el sótano, por precaución, así que solo murió un niño”, formula un residente.
Otro niño, de 10 años, atiende un único puesto de venta de cigarrillos en la calle principal. En las afueras del pueblo, tres mujeres con sus rostros enrojecidos por el sol y cinco niños se sientan bajo un precario cobertizo. Junto a él hay una gasolinera improvisada, con sus bidones, embudos y grandes jarros de plástico, que las mujeres manejan mientras sus esposos contrabandean combustible de Hama.
No hay escuelas funcionando en el área cercana a Maarat an-Numan, según se informó a esta reportera. Como tampoco hay acceso a internet ni recepción de señales de telefonía celular, y los pocos edificios que visitó esta cronista, en los que antes funcionaban institutos educacionales, ahora están parcialmente destruidos por los bombardeos. Las fuerzas rebeldes se acuartelaron en algunos de ellos.
A comienzos de septiembre, la Organización de las Naciones Unidas reportó que la cantidad de refugiados sirios había aumentado a más de dos millones. Muchos huyeron a Líbano, Turquía, Jordania y el norte de Irak. A esta última zona cruzaron más de 40 mil en apenas 10 días de agosto. Otros se fueron más lejos: en un solo día de septiembre, la guardia costera italiana llevó de regreso a la costa a más de 400 que viajaban en dos embarcaciones atestadas.

Grietas entre los rebeldes
Seguimos nuestro itinerario. Las llamas y el humo de una improvisada refinería de petróleo irritan ojos y gargantas cerca de la cima de una colina en el noroccidente, donde combatientes del ELS se reúnen para conseguir combustible, beber café y realizar llamadas telefónicas mientras oscurece. “La población de la cercana localidad de Ad Dana creció en decenas de miles de habitantes en los últimos dos años dado que muchos huyeron más cerca de la frontera desde áreas que eran objeto de ataques cada vez más frecuentes”, asegura un miliciano del ELS de la zona.
Esta colina estaba cubierta de árboles antes del último invierno boreal, cuando los habitantes y los desplazados se vieron obligados a talarlos para obtener combustible que les permitiera calentarse. Pero este sitio donde ahora sólo quedan piedras y restos de troncos es también uno de los pocos del área donde hay recepción de las señales de telefonía celular.
Un comerciante del área que pertenece a las Brigadas Farouq, una de las unidades más grandes del ELS, advierte que cuando el Estado Islámico de Irak, grupo islamista activo en Irak y Siria, y Al-Sham (ISIS), organización vinculada a la red extremista Al Qaeda, instalaron puestos de control en el pueblo y asumieron el dominio del área, todos los comercios fueron obligados a cerrar a la hora de las plegarias. “Los castigos para los delitos se habían vuelto más severos. Sin embargo, en este momento tenemos problemas más grandes”, afirma.
Otro habitante del lugar menciona que los grupos fundamentalistas que luchan contra el régimen de Al-Assad tendían a ocupar áreas ya tomadas por otras brigadas de la oposición, insinuando que les dejaban a estas últimas las batallas más duras. Muchos combatientes del ELS con los que habló esta cronista en las regiones de Aleppo e Idlib manifestaron que su plan era que, después de que cayera el régimen de Al-Assad, se abordara el asunto de los grupos más fundamentalistas. Unos pocos incluso dijeron esperar que luego se desate una guerra abierta contra ellos.

“Los enfrentamientos entre facciones de la oposición insumen cada vez más tiempo.”

Un indicio temprano de esta tensión sobrevino el 18 de septiembre, cuando estallaron fuertes enfrentamientos en la norteña localidad de Azaz entre una brigada del ELS y el ISIS, luego de que combatientes de una de las organizaciones afiliadas a Al Qaeda fueran filmados en una clínica por un trabajador humanitario alemán. Unos días antes, cuando esta cronista atravesó la ciudad, ubicada al norte de Aleppo, los escombros de más de dos años de bombardeos y ataques eran visibles en las calles. Varios combatientes extranjeros armados, conocidos localmente como “muhajiroun”, claramente estaban en los alrededores. No obstante, esta reportera –que viajaba en un vehículo con el comandante de una pequeña unidad de combate– atravesó fácilmente un puesto de control del ISIS justo en las afueras de la ciudad.
Mientras los ataques aéreos y los bombardeos por parte del régimen continúan inexorables, los enfrentamientos entre facciones de la oposición insumen cada vez más tiempo, atención y recursos humanos de las fuerzas del ELS. Tras el estallido de las luchas en Azaz, Turquía cerró indefinidamente la cercana frontera de Oncupinar, cortando así la línea de salvataje que antes había permitido el ingreso de la ayuda humanitaria, y dejando a los refugiados afuera.
En Ad Dana, un combatiente señala que hasta hace cuatro meses continuaba yendo a la ciudad de Idlib, en manos del régimen, usando una falsa identificación para pasar por los puestos de control oficiales a fin de recoger su cheque del gobierno como maestro de inglés en una escuela secundaria. Aún ejerce la docencia a tiempo parcial, pero ahora se ha vuelto demasiado peligroso cruzar líneas enemigas para obtener el muy necesario efectivo, mientras los productos básicos son cada vez más escasos.
Pese a que los precios se dispararon, a los bombardeos incesantes y a las más de 100 mil muertes que se produjeron en dos años y medio de luchas, los rebeldes del ELS reunidos igual expresan un cauto optimismo. “Estamos volando”, sostiene Aref Najjar, ex empleado del gobierno. Aref pasó cinco años en prisión bajo acusaciones falsas tras negarse a viajar para participar en el funeral del ex presidente Hafez al-Assad. “Nos mantuvieron bajo la mesa por mucho tiempo, pero apenas uno ve lo que hay sobre la mesa, lucha”, rememora.
Dado el peligro, muchos de los combatientes, especialmente del sur de la provincia, trasladaron a las mujeres y los niños de sus familias a Turquía. La esposa de Mohammad, un experto anti-aviones de 25 años, inicialmente permaneció con él en la casa de su familia, que quedó semidestruida por los bombardeos del régimen. Pero luego se unió a sus parientes políticos, que habían cruzado la frontera hacia Turquía luego que soldados del gobierno violaron mujeres en aldeas vecinas y que las incursiones de las irregulares milicias shabiha se volvieron más frecuentes.
Mohammad culpó a los rebeldes de no aprovechar la experiencia de los oficiales desertores, y de cometer numerosos errores a consecuencia. Además, observó que de los 80 hombres que tenía bajo su mando, sólo 40 contaban actualmente con sus Kalashnikov, y que sólo los grupos fundamentalistas podían atraer financiamiento. Pocos meses antes decidió dejarse crecer la barba al modo salafista, en un intento por recabar fondos, aunque continúa fumando y se apresura a mostrar una fotografía suya de comienzos de este año: afeitado y sonriendo, con lentes de sol, pantalones vaqueros y una camiseta de color rojo brillante.
Más tarde, Mohammad le confesará a esta cronista que admiraba a los grupos fundamentalistas por su “valentía”, citando una cantidad de importantes logros conseguidos por ellos, como tomar la estratégica base aérea de Menagh en agosto, luego que un sitio de un año impuesto por las brigadas del ELS demostrara no dar resultados.
Un periodista sirio reparó en que “el lugar más seguro durante un ataque aéreo contra las ‘áreas liberadas’ es la sede el ISIS. La gente corre hacia allí porque sabe que el régimen no le hará nada”, insinuando que los grupos más fundamentalistas en realidad están colaborando con el gobierno. Pero los combatientes en el frente de batalla son más cuidadosos. “Si los milicianos extranjeros vienen a ayudar a los sirios, les estaré agradecido”, remarca uno de ellos.


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