DE MUSICA DE NEGROS, PROCAZ Y PROHIBIDA, A HONORABLE DANZA DE SALON: TANGO

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Está de moda en todo el mundo. Los franceses lo legitimaron como “tango apache”. Japoneses y escandinavos componen hoy sus propios temas. Las tanguerías se encuentran en internet como un delivery. Pero pocos saben que esta música rioplatense nació marginal, cerca del candombe negro, con un alto simbolismo sexual y perseguido por la justicia. El Kaiser lo prohibió para sus oficiales. Hitler lo adoptó por varonil. El Papa Pío X lo proscribió en Roma. Y Carlos Gardel, desde Hollywood, lo transformó en irreprochable canción.

Texto: Raúl García Luna Fotos: Luis Micou / AFP

El tango es un sentimiento que se baila”. No existe más ambigua –ni más precisa– definición que ésta. Hoy está de moda. Por supuesto en Buenos Aires y Montevideo. Pero también en París, en Tokyo y en Hollywood. Lo bailaron Al Pacino en Perfume de mujer y Arnold Schwarzenegger en Mentiras verdaderas. El tanguero Robert Duvall filmó en Buenos Aires Assasination tango. La banda sonora de Il postino –o El cartero de Neruda– es puro tango. Y de Rodolfo Valentino al sinfónico Astor Piazzolla, esa moda no pasa, sino que crece. Tanto, que ya hay latinos, europeos, orientales y hasta escandinavos que componen tangos, en su propio idioma y con absoluta independencia de su remoto origen en el Río de la Plata. Argentina tiene tres nombres populares for export: Carlos Gardel, Che Guevara y Maradona. Pero el apellido en común es Tango. “Tango que me hiciste mal, y sin embargo te quiero”: tal el mensaje de esa música, rara mezcla de apenado blues en castellano y tozuda canzoneta afrancesada. De ahí que para los alegres brasileños, el tango sea un “lamento de cornudo”, porque casi siempre –aunque no siempre– el varón le canta a una mujer que lo ha abandonado. Sin embargo el tango es cosa de hombres. O al menos lo fue en principio.

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Una tienda de venta de productos típicos en la calle peatonal Carlos Gardel en el barrio de Abasto, Buenos Aires. El tango es moda en todo el mundo y ha trascendido sus orígenes primigenios.

EN ESE AMBIENTE VIRIL, PULULABAN LAS PULPERIAS (BARES) Y LOS QUILOMBOS (PROSTIBULOS), Y ASI LAS PRIMERAS MUJERES DEL TANGO FUERON CAMARERAS Y PROSTITUTAS. HOMBRES SOLOS, MUJERES FACILES: RAIZ NATURAL DE LA “LUBRICIDAD” DEL TANGO-DANZA, CON LOS CUERPOS PEGADOS DE LA CINTURA PARA ABAJO, EN UN “ARRIME” (CONTACTO) TAN PROVOCADOR COMO EXPLICITO. POCOS BAILES TAN SEXUALES COMO EL TANGO.

Un paso al costado, otro atrás

Los primitivos elementos estructurales del tango se “casaron” en 1870. En esa intolerante época, la palabra Tango era sinónimo de “baile de negros”. La población blanca de Buenos Aires –el 70 por ciento– bailaba habaneras, polcas, mazurcas, zarzuelas y algún vals. Pero un 30 por ciento de origen africano –restos del esclavismo local– se mecía al compás del candombe: base del tango, género-madre que sólo unos pocos cantantes rescatarían luego, ya en pleno siglo XX. Entre ellos, dos muy famosos: Hugo Del Carril, que en los ‘40 grabaría la Marcha peronista, y Alberto Castillo, seudónimo artístico de un médico de apellido italiano. Es que por entonces ser “gringo” –no hispano– estaba tan mal visto como ser negro. Más percusión que melodía, el candombe se bailaba no como el tango, de abrazo corto y firme, sino al son de los tamboriles, más abiertamente. Tambores que en lapsos de sometimiento y explotación les fueron prohibidos a los negros por ser “bestiales, excitantes y lúbricos”. Lo que explica por qué el ritmo debió ser marcado al fin por ese típico “chan-chan” del bandoneón y por qué las futuras orquestas de tango –a excepción de las de Astor Piazzolla– no tendrían batería, como las del jazz. Algunos sostienen que el tango fue un subproducto de la bella habanera cubana, que influenció a no pocas corrientes musicales de las costas occidentales a fines del siglo XIX. Pero no fue así. En 1870, el pujante puerto de Buenos Aires –“La reina del Plata”, a la que le cantó el tango– adolecía de mil problemas económicos, con abundantes trabajadores esperanzados en “hacer la América”, en su mayoría inmigrantes de muy diversos orígenes: polacos, judíos, germanos, galos,  árabes, que se sumaban a los ya numerosos españoles e italianos y a los “morochos” (negros) y “pardos” (mestizos) de otras épocas. Y de ese llamado “crisol de razas” nació el tango porteño. Como el jazz en New Orleans: germen negro, fruto multiétnico. Música rea (al margen de la justicia) y de los suburbios industriales, ese tango inicial no era como el de hoy, elevado a categorías de “danza de salón” con destreza y elegancia al tono. No. Aquellos procaces contoneos de caderas heredados del candombe –como los de Elvis Presley en sus primeros rocks– eran su neta marca de cuna, su emblema negro y su bandera de fusión. Argentina era una Babel de lenguas extranjeras y sus pobladores, mayoritariamente varones: los inmigrantes viajaban solos para probar suerte, casi el 70 por ciento era masculino. Más aún, el país pasó de tener dos millones de habitantes en 1870 a más del doble 25 años después. Y más de la mitad de ellos se concentraron en Buenos Aires, junto a los gauchos e indígenas llegados del interior del continente. En ese ambiente forzosamente viril, pululaban las pulperías (bares) y los quilombos (prostíbulos), y así las primeras mujeres del tango fueron –por lógica– camareras y prostitutas. Hombres solos, mujeres fáciles: raíz natural de la “lubricidad” del tango-danza, con los cuerpos pegados de la cintura para abajo, en un “arrime” (contacto) tan provocador como explícito. Pocos bailes tan sexuales como el tango. Tanto, que los primeros títulos del tango canción eran frontalmente obscenos: Siete pulgadas; Qué polvo con tanto viento; Con qué tropieza que no entra; El fierrazo; Colgate del aeroplano; Sacudime la persiana; Dos sin sacarla, e incluso El choclo, mazorca de maíz que en el argot “orillero” (marginal) significaba pene. Y sin discos ni radios, en dos décadas de práctica y divulgación, los mil patios de extramuros –casas de citas primero, casas de familia después– se convirtieron en un pecado imperdible para el mismísimo centro de la Gran Aldea porteña. Hacía años que los “niños bien” (ricos)

Y LLEGO CARLOS GARDEL. MUERTO EN 1935 EN UN ACCIDENTE AEREO EN MEDELLIN, COLOMBIA, YA HABIA CONQUISTADO PARÍS Y NUEVA YORK, FILMADO NUMEROSAS PELICULAS “CRIOLLAS” EN HOLLYWOOD Y CANTADO FOX-TROTS EN CASTELLANO Y TANGOS EN INGLES, LLEVANDO SU ETERNA SONRISA Y SU LATINA “ESTAMPA DE VARON” A NIVELES DE LEYENDA. TANTO, QUE HASTA LOUIS ARMSTRONG GRABARIA TANGOS DE SU AUTORIA.

bailandotango

bajaban a los arrabales para divertirse en las “milongas” (lugares donde se baila tango) y, de paso, comprar los servicios amorosos de una “milonguita” (bailarina pobre y joven). Las clases altas se oponían –legalmente incluso– a la difusión del tango, por ser “guarango” (soez) y un “mero entretenimiento de burdel”. Pero el nuevo ritmo pronto triunfaría en París, y su rumbo cambiaría. Un paso adelante, ya abrazados Llegó a Francia alrededor de 1910, bajo la forma de “fandango” (otra vez: “baile de negros”). En Buenos Aires aún se lo disfrutaba a escondidas, perseguido por las autoridades eclesiásticas e incluso policiales: créase o no, se iba preso por sólo bailar tango. Pero en la díscola París –capital de los excesos permitidos– su adaptación y relanzamiento como Tango apache (se ignora por qué los franceses lo bautizaron así) fue un suceso popular, tanto en bares de marineros y prostitutas como en salones de damas y caballeros, sin barreras de clase ni de cultura. Después, “qué importa del después”, dice un tango inspirado en su clara filosofía sentimental. Esa es su alma: la nostalgia, propia de negros relegados e inmigrantes lejos de casa, esencialmente triste. Y al rodar, el tango se abrió camino en su segundo tiempo.

ES EL HOMBRE QUIEN CONDUCE A LA MUJER MIENTRAS BAILA EL TANGO. SIN EMBARGO, LEJOS DE SER PASIVO, EL ROL DE LA MUJER ES DE SECUNDAR Y SEDUCIR A SU COMPAÑERO, CONTRIBUYENDO A ESE JUEGO/DANZA QUE EMULA EL SEXO.

tanguerosEl papa Pío X lo proscribió en Roma. El Káiser de Alemania lo prohibió a sus oficiales. La revista La Ilustración Española y Americana lo juzgó “un grotesco conjunto de indecentes contorsiones y repugnantes actitudes”. Pero nada pudo con él y, desplegado por toda Europa, se  convirtió en el “baile-rey” de la preguerra de 1914. Y tanto rodó que, ya al borde de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler –que rechazaba el jazz por ser cosa de negros– lo adoptó como “danza oficial” del Tercer Reich, debido a su potente impronta masculina. Verdad es que, en el tango, el varón conduce a la mujer, pero no menos cierto es que ella lo secunda con dignidad y astucia. Eso es el tango-danza: un preludio del amor carnal, una sensual metáfora del sexo explícito. Y llegó Carlos Gardel. Muerto en 1935 en un accidente aéreo en Medellín, Colombia, ya había conquistado París y Nueva York, filmado numerosas  películas “criollas” en Hollywood -producidas con la única excusa de escuchar su voz- y cantado fox-trots en castellano y tangos en inglés, llevando su eterna sonrisa y su latina “estampa de varón” a niveles de leyenda. Tanto, que hasta Louis Armstrong grabaría tangos de su autoría. Gardel fue la “bisagra” del tango en el Río de la Plata y en el resto del mundo. Lo volvió canción para escuchar –como el “pop” de los Beatles en los ‘60– sin la obligación de lanzarse a las pistas de baile en loco frenesí. Y atrás quedaron los burdeles de extramuros, las parejas de hombres que –por falta de mujeres– bailaban tangos en las esquinas porteñas, los patios de los conventillos (edificios en los que se hacinaban  los inmigrantes) y las ineptas críticas morales. Entre 1925 y los duros ’70 –años de dictadura militar–, el desfile de orquestas, cantores y poetas fue realmente impresionante. Desde las batutas superiores de Juan D’Arienzo, Aníbal Troilo u Osvaldo Pugliese -nótense los apellidos italianos– hasta las emotivas letras de un clásico Homero Manzi o un moderno Horacio Ferrer, en las varoniles gargantas de Edmundo Rivero (los turistas que visitan Buenos Aires no dejan de pasar por el Viejo Almacén, una tanguería que él mismo fundó), el uruguayo Julio Sosa o el “Polaco” Goyeneche, el tango creció sin prisa ni pausa, por derecho propio. Y aún es la música de un pueblo, el “mensajero de arrabal”. Y no sólo como “cosa de hombres”: también hubo “minas” (mujeres) clave en su desarrollo.

MUCHOS SOSTIENEN QUE EL TANGO FUE UN SUBPRODUCTO DE LA BELLA HABANERA CUBANA, QUE INFLUENCIÓ A NO POCAS CORRIENTES MUSICALES DE LAS COSTAS OCCIDENTALES A FINES DEL SIGLO XIX.

Para los no iniciados

corrientes musicales

El tango fue –y es aún– una música “de resistencia”: la defensa de lo propio ante lo impuesto. Pero su expansión nunca fue hostil a otros aportes. Si así fuese, no habría incorporado registros de jazz como los de Piazzolla en los ’60, ni voces como las de Azucena Maizani, Libertad Lamarque (muy reconocida también en México, ya que tuvo que emigrar por un enfrentamiento con Eva Perón) o Tita Merello en los ’50, única cantante a la que los compositores “machistas” le confeccionaron tangos “para damas”: hasta ese entonces, ellas debían reciclar letras “de hombre”, con la consabida confusión de roles, erotismo y apetitos. Faltaba mucho para el arribo de bailarines como Juan Carlos Copes, las giras internacionales del Ballet de Tango Argentino y las más actuales melodías de Eladia Blázquez, Chico Novarro o grupos de rock que han creado sus propios tangos en un marco diferente o –mejor dicho– renovado. En no pocas geografías del Primer Mundo –incluido Estados Unidos– hay más tanguerías que en Argentina. Con navegar en Internet, basta para saberlo. Pero el lenguaje original del tango –en Buenos Aires, aún vigente– se les puede escapar como agua entre los dedos. Ese sub-idioma se llama Lunfardo y está presente en casi todas las letras de tango. Y para entender el tango, es conveniente entender el lunfardo. Eso es “una fija” (indudable, imperativo, ganador). Según José Gobello –académico del lunfardo–, la palabra Tango provendría de “tambor” o de “tambo” (choza o galpón donde se ordeñaban las vacas y los negros hacían su música secreta), al igual que “Mandinga” (diablo) o “quilombo” (en principio, no un prostíbulo, sino un lugar de baile). carlosgardelEl lunfardo –nacido de la jerga carcelaria de las “maras” de fines del siglo XIX y comienzos del XX– “copó” (conquistó) el actual idioma español del Río de la Plata, imprimiéndole códigos “cocoliches” (mezcla de napolitanos, rusos, anglos) en procura de no ser entendido por cualquier “gil de cuarta” (ciudadano o policía). Tango y lunfardo son hermanos gemelos, Caín y Abel en infinito duelo a cuchillo, como los “guapos” y “malevos” de los cuentos de Jorge Luis Borges. Tenga en cuenta: “Percanta que me amuraste”, como empieza la letra del primer tango grabado por Carlos Gardel (“Mi noche triste”, de Pascual Contursi) quiere decir “mujer que me abandonaste”. Y el resto es inexplicable, “un sentimiento que se baila”.


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