IRENA SENDLER: LA MADRE DE LOS NIÑOS DEL HOLOCAUSTO

0

Algunos seres humanos aparentemente ordinarios, bajo circunstancias extraordinarias, son capaces de cambiar el mundo. La polaca Irena Sendler fue uno de ellos. Siendo enfermera en plena Segunda Guerra Mundial, salvó a dos mil quinientos niños del gueto de Varsovia. El Tercer Reich no pudo contra el coraje de esta enfermera católica que se libró de ser ejecutada y que pasó a la clandestinidad. Aunque tarde, ha recibido numerosos reconocimientos y fue nominada al Premio Nobel de la Paz 2007. Un año después, murió.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Edmund Łyszczyński / Tadeusz Chmielewska / Zygmunt Potocki / Waclaw Tokarczuk / Joseph Sienkiewicz / Adam Sempoliński / Zbigniew Mrożek / Karol Słowacki

Irina S

Coraje y valor. Ni la Gestapo ni sus torturas consiguieron que Irena Sendler revelara dónde estaban los pequeños.

Un niño es una hoja en blanco, cuya imaginación es un mundo infinito de posibilidades, vacío de prejuicio y de maldad –eso lo aprendemos con los años–. Un niño percibe e interpreta la vida desde su emoción –la inteligencia se mete en el medio con el tiempo–. Sabia y misteriosamente la niñez es el momento de la vida de un ser humano en el que se construye el andamio que sostendrá toda una vida –a menos que amerite cuestionarlo–. Irena Sendler rescató a dos mil quinientos niños del gueto de Varsovia. Dos mil quinientas hojas en blanco en las que empezaba a inscribirse un cimiento basado en la incertidumbre, el rechazo, la tristeza y el abandono.
Irena comprendió que valía la pena arriesgar su propia vida para poder darle a esos dos mil quinientos niños un nuevo principio, para poder reajustar ese andamio que desde demasiado temprano había comenzado a tambalear, para poder mostrarles que los rodeaba el amor de sus padres –los que supieron dejarlos ir y los que aceptaron darles refugio– y conseguir así que percibieran la vida desde la fertilidad y no desde la carencia. Irena Sendler no sólo salvo vidas, las reformuló.
Sin embargo, como la verdadera protagonista de la historia que fue, Irena era incapaz de ver la grandeza de su propia obra. Ella interpretaba su vida desde otro lugar. “Podría haber hecho más, y este remordimiento me perseguirá hasta la muerte”, se lamentaba en el documental Tzedek: The Righteous, del escritor francés descendiente de judíos polacos Marek Halter, basado en la premisa de que, inclusive en las horas más oscuras del Holocausto, los judíos pudieron contar con amigos dispuestos a protegerlos, mitigar su padecimiento. Irena fue uno de ellos, pero renegaba del crédito fervientemente.

“Los primeros niños fueron rescatados escondidos en ambulancias.”

Es que había nacido en el seno de una familia en la que el sacrificio se daba por sentado. Sus padres le habían enseñado que “si alguien se está ahogando hay que tratar de salvarlo aunque uno no sepa nadar. Hay que ayudarlo sin importar su religión ni su nacionalidad. Hay que ayudarlo porque se trata de un ser humano”. De hecho, el padre de Irena había dado el ejemplo que sentaría las bases de la convicción que la llevó a convertirse en la heroína que todos vemos, menos ella.
Su progenitor fue el doctor Stanislaw Krzyzanowski, uno de los primeros socialistas polacos. Médico dedicado primordialmente a brindar su conocimiento y asistencia a pacientes de escasos recursos, especialmente judíos. Cuando tras la Primera Guerra Mundial estalló la epidemia de tifus, el padre de Irena enfermó y murió. La pequeña contaba con sólo siete años y el ineludible ejemplo a seguir de su patriarca.

Heroína de carne y hueso
Irena nació en Varsovia el 15 de febrero de 1910 y murió en esa misma ciudad el 12 de mayo de 2008, a los 98 años. Tras su nacimiento la familia se mudó a Otwock, una villa ubicada a unos veinticinco kilómetros al este de la capital. Allí pasó los primeros años de vida, hasta la muerte de su padre cuando, junto a su madre Janina Krzyżanowska, regresaron a Varsovia. Allí, Irena completó sus estudios escolares y comenzó su educación universitaria.
Aquellos ya eran años difíciles en Polonia. Existían reglas estrictas que separaban a los estudiantes judíos de aquellos que no lo eran. Irena –digna hija de su padre– no las respetaba y, por su insubordinación, fue suspendida durante un año. De todas maneras, pudo completar sus estudios y en 1939, cuando los alemanes invadieron Polonia, ya ejercía un cargo administrativo superior en el departamento de asistencia social de Varsovia, que operaba en los comedores sociales de cada distrito acercando habitualmente alimentos y asistencia financiera a huérfanos, ancianos y pobres.
Con Irena al mando, a esta ayuda se le había sumado abrigo, medicamentos y dinero para los judíos. La única forma de hacerlo era registrándolos bajo nombres católicos ficticios y asegurándose de que las familias fueran declaradas como altamente infecciosas para evitar las inspecciones. Una situación altamente riesgosa que terminó por transformarse en una certera cuestión de vida o muerte en 1942, con la creación, por parte del ejército nazi, del gueto de Varsovia: dieciséis manzanas a la redonda cercadas con una población prisionera de alrededor de cuatrocientos cincuenta mil judíos.

“El momento más traumático y desgarrador no era el de la huida, sino el que la precedía.”

Cuando se impuso esta nueva realidad, la mayoría de las familias judías que el equipo liderado por Irena socorría, quedó atrapada dentro del gueto. Pero nadie, ni siquiera el horror nazi sería capaz de desviarla de su propósito. “Yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía”, fueron siempre sus palabras, tanto a su biógrafa Anna Mieszkwoska –autora de Irena, la madre de los niños del Holocausto–, como a los periodistas que desde 2001 hasta su muerte la visitaron para conocer a una “heroína de carne y hueso”, como la definió uno de los tantos que la hizo enojar con la referencia.
El desafío seguía siendo el mismo: auxiliar a los que se estaban ahogando. La pregunta era cómo. Lo bueno es que a veces sólo basta con que uno se cuestione ciertas cosas para inspirar a otros a echar manos a la obra. Y así fue: Irena comenzó a buscar aliados y a esgrimir un plan que aunque a ella siempre le haya parecido una obligación moral, tuvo todas las características de una extraordinaria hazaña. Irena Schultz, colega y tocaya, fue la primera conspiradora reclutada para entrar al gueto. Irena Sendler, gracias a sus contactos con médicos del Departamento de control de epidemias de Varsovia, pudo obtener credenciales oficiales para pasar los controles de ingreso. Una vez adentro, visitaban contactos y coordinaban la entrega de medicamentos, comida, dinero y ropa.
No obstante, toda la ayuda posible resultaba insuficiente en un contexto que se hacía de la vida de cinco mil seres humanos por mes. La única ventana hacia alguna esperanza era poder rescatar del gueto a la mayor cantidad de personas posible, empezando por los más chicos. Y eso fue lo que Irena y todo aquel que estuviera dispuesto a apoyarla hicieron. Por lo menos una persona por cada uno de los diez centros del departamento de ayuda social aceptó sumarse a la causa.
Los primeros niños fueron rescatados escondidos en ambulancias. El conductor siempre iba acompañado de un perro. Entonces, cuando el llanto de los niños ponía en peligro la misión, generando la posibilidad de que los detuvieran para chequear el vehículo, Irena pateaba al perro que inmediatamente comenzaba a ladrar, provocando una reacción en cadena con los perros de los oficiales nazis y un caos posterior de tal magnitud que terminaban dejándolos pasar para poder volver a la calma. Otras vías de escape consistían en ocultar muy cuidadosamente a los niños en bolsas de papas o en cajas de herramientas, inclusive en ataúdes. Las maneras más insólitas eran las que aseguraban una exitosa fuga hacia la salvación.

Fuga y torturas
Durante el otoño de aquel fatídico 1942, dos mujeres polacas llamadas Zofia Kossak-Szczucka y Wanda Krahelska-Filipowicz fundaron Zegota, una organización clandestina de resistencia creada con el fin de ayudar a los judíos de la Polonia ocupada por los nazis. Irena fue convocada por ellas para que se hiciera cargo de salvar a los niños y, por supuesto, aceptó. “Ni siquiera me detuve a reflexionar, sabiendo que tanto yo como mi corazón debíamos ser parte del rescate”, explicaría ella con el tiempo. A partir de ese momento, luciendo un brazalete con la estrella de David y utilizando el nombre en clave de Jolanta, Irena se infiltró en el gueto y continuó su tarea de salvación bajo el cuidado de Zegota, y con la asistencia de un grupo de veinticuatro mujeres y un hombre. “Sabía que podía contar con mis hermanas”, se enorgullecía al recordarlo.
Había dos rutas posibles de escape del gueto y ambas atravesaban edificios ubicados en los límites que lo separaban del resto de Varsovia. Uno de los edificios era un tribunal y el otro, una iglesia. A los niños que eran lo suficientemente grandes, les inventaban una historia, les enseñaban las oraciones católicas básicas y les daban una nueva identidad. Así, los niños judíos ingresaban en la iglesia por una puerta y salían niños católicos por otra. Afuera los esperaban los soldados nazis y sus interrogatorios, cuyas respuestas los pequeños habían estudiado a la perfección para salvar sus vidas –ningún niño que haya intentado escapar por esta vía fue atrapado jamás–.
Una vez fuera del gueto, generalmente la primera parada era la casa de los Piotrowski, una familia amiga de Irena. Allí los niños tenían la posibilidad de cambiarse de ropa, comer y descansar. El rescate continuaba con el traslado de los pequeños a un refugio temporal, donde aguardaban la llegada de los papeles de identidad falsos que proveía Zegota. Luego de un período de adaptación a su nueva situación de vida se los ubicaba en un orfanato.

“En la prisión de Pawiak fue torturada durante varios días que parecieron una eternidad.”

Irena guardó registro de cada uno de los niños rescatados. Escritas en una delgada tirita de papel de seda, quedaban la verdadera identidad del niño, la nueva identificación y el nombre de la familia que aceptaba darle un hogar. Doblado en varias partes, el único documento que probaba la existencia de ese niño se sumaba a los demás dentro de un frasco que luego permanecía enterrado bajo un árbol, en casa de los Piotrowski, con el fin de que, cuando la guerra terminara, fuera rescatado junto con las raíces de los sobrevivientes.
Sin embargo, el momento más traumático y desgarrador no era el de la huida, sino el que la precedía: el de la decisión de los padres de dejar ir al niño. La labor más difícil y conmovedora de Irena fue la de ser capaz de convencer a los padres sin poder darles ninguna certeza de salvación. Ni Irena ni nadie podía asegurarles que sus hijos sobrevivirían fuera del gueto –si conseguían salir–, pero era claro que no dejarlos ir era garantizarles la muerte.
“Ahí estaba yo”, solía recordar Irena, “una extraña pidiéndoles que dejaran a su hijo bajo mi cuidado. Me preguntaban si podía garantizarles su seguridad. Tenía que responderles que no. A veces me daban al niño. Otras me pedían que volviera unos días más tarde. Entonces me iba y regresaba, y cuando lo hacía ya la familia entera había sido deportada”. Incluso muchos años más tarde Irena aseveraba escuchar en sus sueños el llanto de los niños cuando los separaba de sus padres.
El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue arrestada por la Gestapo. Su labor clandestina ya no lo era tanto como la importancia que la misma ameritaba. En la prisión de Pawiak fue torturada durante varios días que parecieron una eternidad. Los nazis buscaban información que expusiera a Zegota. Irena soportó inhumanos castigos que terminaron provocándole lesiones irreparables que le impidieron volver a caminar, pero jamás delató a sus colegas y fue sentenciada a muerte. Aunque, como desde el principio, no estaba sola en la cruzada: la organización clandestina de resistencia, temiendo que Irena sucumbiera al dolor y confesara, se encargó de comprar a uno de los guardias nazis que la escoltarían el día programado para su ejecución. El dinero pudo más que la causa y, en el instante en el que el resto de las mujeres condenadas eran ubicadas contra el paredón de fusilamiento, Irena fue separada y consiguió huir. Zegota se ocupó de rescatarla y mantenerla oculta hasta el fin de la guerra.

La otra historia
Irena Sendler era católica. No superaba el metro y medio de altura. Tenía unos ojos clarísimos que parecían llenos de lágrimas, y su mirada era de una inmensa bondad. Estuvo casada dos veces. Primero con Mieczyslaw Sendler y más tarde con Stefan Zgrzembski, con quien tuvo tres hijos: Andrzej, Janina y Adam. Durante el período de clandestinidad posterior a la guerra la madre de Irena murió. No pudieron despedirse.
En 1933, nueve millones de judíos vivían en los veintiún países de Europa que fueron ocupados por Alemania durante la guerra. En 1945, dos de cada tres judíos habían sido eliminados por los nazis. Un millón y medio de niños habían sido asesinados. Irena Sendler consiguió salvar a dos mil quinientos. Elzbieta Ficowska es una de ellos. Tenía sólo cinco meses cuando fue rescatada del gueto dentro de un cajón de madera.
Elzbieta permaneció en contacto con Irena durante toda su vida, la consideró una figura materna y fue uno de los tantos niños rescatados que impulsó el reconocimiento de la labor de Irena. Es que al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando el régimen comunista tomó el poder en Polonia, Irena fue discriminada por su trabajo junto a la resistencia. Así, su heroísmo permaneció oculto a los ojos del mundo, que más tarde la descubriría –no sin sorpresa– gracias a un grupo de chicos.
En 1999, Irena tenía 89 años y vivía junto a su familia en Varsovia. Al otro lado del globo, a unos ocho mil kilómetros de distancia, en Kansas, Missouri, Estados Unidos, un grupo de alumnas aceptaba la tarea de realizar un trabajo de historia. El profesor, Norman Conard, les entregó el puntapié inicial del proyecto en una edición de US News and World Report. Se trataba de un artículo periodístico sobre una mujer polaca que había salvado a muchos niños durante la contienda bélica.
Megan Stewart, Elizabeth Cambers, Sabrina Coons y Janice Underwood tomaron el desafió y se pusieron a investigar. Pronto descubrieron que “muchos niños” era en realidad más de dos mil y se entusiasmaron con la idea de armar una obra de teatro que contara la historia. La llamaron Life in a Jar, en alusión a los frascos en los que Irena había guardado los papeles con las identidades de los pequeños. No sólo eso, rastrearon los restos de Irena, creyendo que ya había fallecido, y la encontraron.

“Como sucede sólo con unos pocos privilegiados, Irena Sendler pudo recibir todos los reconocimientos en vida.”

Durante un tiempo intercambiaron cartas con ella, hasta que pudieron, con la ayuda de la comunidad de Kansas, conseguir el dinero para los pasajes y visitarla en Varsovia. Las autoras de la obra viajaron junto a sus padres y el profesor Conard. Medios de todo el mundo cubrieron la historia y el legado de Irena recobró vida y reconocimiento popular. Inclusive la cadena de televisión estadounidense CBS produjo en 2009 The Courageous Heart of Irena Sendler, una película sobre su vida, protagonizada por Anna Paquin, la actriz que ganara el Oscar a los once años por el largometraje The Piano de Jane Campion.
Como sucede sólo con unos pocos privilegiados y quizá como recompensa por su insuperable coraje y sacrificio, Irena Sendler pudo recibir todos los reconocimientos en vida. A ella no le gustaban, pero sí se permitió recoger el cariño de quienes la admiraron y sobre todo el de quienes están seguros de deberle la vida, como Elzbieta Ficowska.
En 1965, Irena obtuvo la distinción Righteous Among the Nations que otorga el Estado de Israel a aquellas personas no judías que arriesgaron su vida para salvar a judíos del exterminio. En 1991, fue nombrada ciudadana honoraria del Estado de Israel. El 10 de noviembre de 2003 le fue otorgada el galardón mayor que entrega su país, la Orden del Aguila Blanca, y ese mismo año fue reconocida con el premio Jan Karski al valor y al coraje.
Además, Irena ha sido declarada heroína nacional en su Polonia natal, y su día es celebrado en toda Europa, así como también en Estados Unidos. Finalmente, en 2007 fue nominada al Premio Nobel de la Paz, reconocimiento que fue anunciado por el presidente polaco Lech Kaczynski en una ceremonia que tuvo lugar en el Parlamento de dicho país. Durante el encuentro, Elzbieta Ficowska fue la encargada de leer una carta en nombre de Irena en la que la reacia heroína manifestaba que “cada niño que ha sido salvado con mi ayuda no es un título de gloria sino la justificación de mi existencia”.


Compartir.

Dejar un Comentario