VIRGINIA WOOLF: LA MODERNIDAD TIENE NOMBRE DE MUJER

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Revolucionó la literatura inglesa y sentó las bases de una mirada femenina intelectual y poderosa. Padeció su vida mucho más de lo que fue capaz de apreciar el valor de su obra y las repercusiones de su legado. Amó sin límites y prefirió partir antes que dañar a los que amaba. Sin duda, Virginia Woolf fue una de las escritoras más influyentes e importantes del siglo XX. El 28 de marzo se cumplen 74 años de su suicidio.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Edward Jones / Roger Dry / Lytton Birggs / Andrew Polivat / Harry Sttopard / Stephen Pearson

Virginia

Activista social, política y defensora de los derechos de la mujer, Virginia Woolf fue también una escritora genial.

Existen tantas versiones de uno mismo como personas que alguna vez se hayan cruzado por nuestras vidas. Existen tantas versiones de uno mismo como vínculos sanguíneos y sociales hayamos sido capaces de generar y sostener. Existen tantas versiones de uno mismo como manifestaciones externas de ese enigma que somos –inclusive y sobre todo– para nosotros mismos. Existen, efectivamente, todas esas versiones de Adeline Virginia Stephen: la mujer, la hija, la hermana, la esposa, la amiga, la amante; la escritora, la lectora, la editora, la crítica; la moderna, la revolucionaria, la feminista. A todas ellas las conocemos como Virginia Woolf y, combinadas, conforman un fascinante caleidoscopio.
Durante este relato, el tubo de espejos girará lenta y cuidadosamente y cada una de esas versiones de Virginia Woolf irá revelando su magnífico ser. Aparecerá también un fantasma que atentará contra todas ellas indiscriminadamente. Una presencia en sí misma. Una versión más de Virginia, tal vez. Aunque también podría argumentarse que hay vidas que se construyen en torno de una circunstancia cuya existencia es inevitable. Esa circunstancia atraviesa al ser y se manifiesta en cada una de todas esas versiones de uno mismo. En Virginia Wolf se llamó depresión. Ese presencia ineludible, densa y agobiante, que será protagonista, en el peor de los casos, pero que asechará siempre desde un rol secundario en cada una de las infinitas combinaciones que describen el misterio que fue una de las más prolíficas y brillantes pensadoras del siglo XX.

Cuna de ilustres personajes
La cuarta hija de la bellísima Julia Prinsep Jackson –modelo de los artistas más destacados de la época– y Sir Leslie Stephen –hombre de letras y primer editor del Oxford Dictionnary of National Biography– nació durante el invierno de 1882, en Londres. El 25 de enero para ser exactos. La pequeña Virginia creció en una casa que era punto de encuentro de intelectuales. Y fueron precisamente las visitas ilustres de amigos de sus padres como Henry James (autor del notable The Turn of the Screw), George Henry Lewes (filósofo y crítico literario), Julia Margaret Cameron (fotógrafa) y James Russell Lowell (poeta) y la inmensa biblioteca familiar las dos fuentes de inspiración de la pequeña Virginia, así como sus únicos medios de aprendizaje ya que, a diferencia de sus hermanos varones, las hijas mujeres de los Stephen no recibieron educación formal.
Las niñas habían nacido en la sociedad victoriana, dentro de la cual la mujer se encontraba –al igual que en el resto del mundo– relegada al trabajo hogareño o fabril. Y además, era mal visto que una dama pretendiera acceder a la educación formal. Desde la mirada femenina actual, sin embargo, la lectura es que gracias a haber nacido en ese momento de la historia inglesa y del mundo, Virginia llegaría a convertirse más tarde –con un punto de vista que hoy suena contemporáneo– en una de las voces feministas más resonantes, así como en una referente obligada, por ejemplo, por reflexiones como la que aparece en su libro de no ficción A Room of One’s Own: “Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. Las glorias de todas nuestras guerras serían desconocidas. (…) Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. (…) Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres. (…) Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye”.

“A todas ellas las conocemos como Virginia Woolf y, combinadas, conforman un fascinante caleidoscopio.”

Exactamente en el umbral de la adolescencia, el momento preciso en el que la niña comienza la búsqueda de su propia versión de mujer y el modelo a seguir o a rechazar es el de la propia madre, Virginia perdió a la suya. Julia Stephen falleció repentinamente. El devastador desenlace comenzó con una fuerte gripe que terminó por tornarse en una fiebre reumática que el corazón de Julia no pudo resistir. Fue el 5 de mayo de 1895. Virginia tenía 13 años. La tragedia desencadenó la primera gran depresión de Virginia.
Dos años más tarde, el destino fatal se llevaba a su media hermana Stella, quien falleció durante su luna de miel a causa de una peritonitis. “But this is impossible; things aren’t, can’t be, like this. The blow, the second blow of death, stuck on me; tremulous, filmy eyed as I was, with my wings still creased, sitting there on the edge of my broken chrysalis”, evocó Woolf con hermosas palabras aquel devastador momento en su memoria A Sketch of the Past.
En el mismo texto, escrito a los 57 años, confesó haber sido –junto a su hermana Vanesa– víctima de abuso por parte de sus medio hermanos, los Duckworth –un dato fundamental que aporta algo de luz a la oscuridad que rodea al fantasma de la depresión–. Y en ese ensayo autobiográfico, publicado en 1976, detalló la relación con su padre como forzada por la madre y su propia devoción por cuidarlo, atenderlo, protegerlo de todo mal –que también imponía a sus hijas– y que, tras su muerte y la de Stella, heredaría Virginia, hasta que la enfermedad que tanto temía Julia se manifestaría sin importar cuánto todas sus mujeres lo habían cuidado. Sir Leslie Stephen murió víctima de cáncer de estómago el 22 de febrero de 1904, a los 72 años. Virginia contaba con 22. Ni su emoción ni su frágil estado anímico pudieron tolerar tanto daño y, tras un –afortunadamente– fallido intento de suicidio, debió ser ingresada en un instituto para la salud mental por una breve temporada.

Ilusiones perdidas
La carrera literaria de Virginia Woolf comenzó en 1905 –a los 23 años– colaborando con artículos periodísticos para el suplemento literario del Times. Diez años más tarde publicaba su primera novela The Voyage Out. Pero fueron Mrs Dalloway, To The Lighthouse, Jacob’s Room y The Waves, las que transformaron a Woolf en la mujer de letras a quien Hisham Matar (novelista y ensayista norteamericano) en el artículo The Unsaid: The Silence of Virginia Woolf –publicado por la revista The New Yorker en 2014–, describiera como “destinada a convertirse en una escritora sin la cual el panteón de la literatura estaría incompleto por haber alcanzado el dominio de un tipo de oración (…) de la que es dueña: una libre y progresiva sucesión de observaciones y percepciones que, aún liberadas del apuro por contar una historia poseen la constante progresión de un bisturí”.

“La tragedia desencadenó la primera gran depresión de Virginia.”

NPG P363(21); Virginia Woolf (nÈe Stephen); Angelica Garnett (nÈe Bell) by Ramsey & Muspratt

Influenciada por escritores y filósofos como Henri Bergson, Woolf experimentó con especial interés con el tiempo narrativo.

Durante la breve internación que sucedió al fallecimiento de su padre, los hermanos de Virginia decidieron vender la casa de la infancia y mudarse a Bloomsbury, un barrio londinense que daría nombre a la comunidad artística que conformarían junto a Vanesa y Virginia Stephen y otros artistas, escritores y pensadores contemporáneos como Clive Bell –crítico de arte–, Bertrand Russell y T. S. Elliot –futuros Premio Nobel de literatura–, John Maynard Keynes –creador de la teoría económica que llevaría su nombre– y el teórico político y escritor Leonard Woolf, entre otros.
Quienes integraban esta compañía compartían criterios estéticos y mostraban cierto rechazo hacia la clase media alta a la que pertenecían. Los archivos del británico Tate Modern atesoran un fascinante legado del arte, las ideas, el estilo de vida y las relaciones personales que se gestaron dentro del grupo. Entre ellas, por ejemplo, el matrimonio de Virginia con Leonard Woolf. Se casaron en 1912. Ella tenía 30 años.
Existen dos visiones diametralmente opuestas de este vínculo. La que postula Irene Coates, autora del libro Who’s Afraid of Leonard Woolf, es la de un marido fundamentalmente culpable del estado anímico de su mujer. Mientras que en Leonard Woolf: A Biography, de Victoria Glendinning, se destaca la vital importancia que su apoyo y comprensión tuvo en la vida de Virginia. Esta última mirada se acerca mucho más a lo que las últimas palabras que le dedicara a Leonard permiten deducir: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé”.

“Tras un fallido intento de suicidio, debió ser ingresada en un instituto para la salud mental por una breve temporada.”

Virginia y Leonard fueron socios, emocionales e intelectuales, y crearon un vehículo fundamental, tanto para ambos como para las letras de la época, que fue la editorial independiente Hoghart Press. En 1917, adquirieron una pequeña imprenta, que instalaron en el living de su casa llamada Hogarth House, con el objetivo de resolver sencillamente una serie de problemas: contar con la posibilidad de editar sus propios trabajos sin editores como intermediarios, facilitarle a Virginia una labor manual terapéutica interesante y contar con el derecho y el poder de editar a aquellos artistas en los que creían.
Tras un comienzo que resultó cuesta arriba, la imprenta despegó y terminó por publicar –hasta 1946– 525 títulos, que incluyeron obras de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield, T. S. Eliot, Clive Bell, Maynard Keynes, Vita Sackville-West –amiga íntima de Virginia– y, entre otras piezas literarias, las primeras traducciones de los escritos de Sigmund Freud, el gigante y revolucionario padre del psicoanálisis.
“Uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”, apuntaba con certeza Jorge Luis Borges (traductor de lujo de la edición en español más popular de Orlando, cuya autora es la protagonista de esta historia). Y los grandes lectores habitualmente resultan ser los críticos más incisivos. Virginia Woolf repartía sus jornadas entre escritura y lecturas y, como ha sido efectivamente demostrado, planeaba romper con las reglas de la novela británica tal y como se las conocían en aquel momento. Datos no menores a la hora de apreciar sus conceptos fluctuantes –entre odiosos y amorosos– respecto de la obra del genial novelista irlandés James Joyce.

“Virginia y Leonard fueron socios, emocionales e intelectuales, y crearon un vehículo fundamental.”

Cuenta la que es hoy una de las más apasionantes anécdotas literarias de la historia que Harriet Shaw Weaver –editora de la revista The Egoist y reconocida mecenas de Joyce– le acercó allá por 1918 a la Hogarth Press los primeros cuatro capítulos del Ulysses con la esperanza de que les interesara publicarlo. Sin embargo (de acuerdo a la perspectiva de James Heffernan, profesor del departamento de inglés del Dartmouth College), la negativa no se hizo esperar y fue respaldada con dos argumentos: la imprenta era muy pequeña para un libro de tal envergadura (entre 700 y 1000 páginas, según la edición) y, de acuerdo a palabras de Virginia, el libro era “indecente y aburrido”.
Aquella fue una histórica primera reacción ante una obra descomunal a la que, inclusive Woolf más tarde y tras sucesivas lecturas, terminaría considerando, primero, como un experimento “interesante”, para luego –aunque sin abandonar del todo el recelo– ir de a poco aceptando lo que realmente había significado para ella enfrentarse con el Ulysses. “Según entiendo, todo gran libro ha sido un acto revolucionario”, decía justificándose. Otro dato valioso para interpretar los vaivenes de Woolf en este caso es que Virginia escribió Mrs Dalloway (reverenciado más tarde por la crítica como su propio Ulysses) mientras leía a Joyce.

Vida de novelas
Mrs Dalloway, la primera novela de Woolf que definitivamente quiebra con las estructuras tradicionales, cuenta un día en la vida de Clarissa Dalloway y vio la luz finalmente en 1925. Dos años más tarde edita To the Lighthouse, el retrato de una familia de vacaciones en Escocia –se cree que hay algo de biográfico en ella, ya que la familia Stephen solía vacacionar en St Ives, un pueblo costero ubicado en el extremo sudeste inglés en cuya cercanía se encuentra la isla de Godrevy, que también ostenta su propio faro–, y es una de sus novelas más vendidas.
Por otro lado, Orlando está inspirado en Vita Sackville-West, su amante –durante los años 20– y una amiga muy cercana a lo largo de toda la vida. Publicado en 1928, Orlando cuenta la historia de un ser humano que vive varios siglos, la primera mitad como hombre y la segunda mitad como mujer. Un cautivante manifiesto feminista y una (como todo en Virginia Woolf) valiente mirada al cambio de género. Nigel Nicolson, hijo de Vita Sackville-West, calificó a Orlando como “la carta de amor más larga y encantadora de la historia de la literatura”.

“El 28 de marzo de 1941, Virginia llenó los bolsillos de su abrigo con piedras, y se internó en las aguas del Ouse River.”

Y hablando de manifiesto feminista, el citado A Room of One’s Own, fue editado en 1929. Se trata de un ensayo sobre la necesidad de la mujer de contar con independencia económica, la cual debe manifestarse en un ingreso fijo anual y en una habitación propia. En 1931 llegaría The Waves, su novela más desafiante en términos conceptuales. El libro está escrito en las voces de seis personajes diferentes y experimenta con las nociones tradicionales de personaje, escena, género y argumento. Luego llegarían más novelas. Y arribaría también la Segunda Guerra Mundial. En 1940, el ejército alemán destruiría la casa que los Woolf tenían en Londres, así como también las oficinas de la Hogarth Press. Algunos originales y la imprenta serían rescatados y llevados a su casa de campo en Rodmell. Virginia tenía 58 años.
El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf escribió la carta que dedicó a Leonard –esa otra carta de amor–, llenó los bolsillos de su abrigo con piedras, y se internó en las aguas del Ouse River, paso a paso, sin duda alguna, con la certeza de quien escapa a una maldición, de quien está convencida de que enfrentar la muerte es menos doloroso que estar viva.


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