VAROSHA, CHIPRE: NADA MAS QUEDA

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En una isla de película sobrevive una ciudad fantasma que ha visto la gloria y el horror en igual medida, víctima del mismo interés que una vez la convirtió en la gema de la región. La ciudad de Varosha se extiende a lo largo de 180 kilómetros y está situada al este de la isla de Chipre. Bañada por las aguas del mar Mediterráneo, tiene al este a Grecia, al norte a Egipto y al oeste a Medio Oriente. Bajo su territorio hay gas y petróleo. Su historia y la de aquellos que han tratado de conquistarla durante siglos habla a las claras de su atractivo. Todos la han deseado, como a sus playas. Hoy, Varosha está vacía y aunque todos se la disputan, no es de nadie, tan sólo del tiempo.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Kyriakos Hadjikyriakou / Elias Efrem / Antonis Kaiafas / Lambros Stavrinou / Andreas Panagi / Nikos Stavrinou

Varosha 11964 fue un buen año para Michael Cacoyannis. Su película Zorba the Greek no sólo había trascendido las fronteras de su Chipre natal, sino que además había sido aclamada en los festivales de cine más importantes del mundo; había recuperado su costo de realización varias veces –con una recaudación que superaba los 23 millones de dólares–; había sido nominada a siete premios Oscar y había ganado tres. 1964 fue un buen año para Michael Cacoyannis y, salvo por el abrumador éxito de su realización cinematográfica que anticipaba una trascendencia inevitable, nada pronosticaba que exactamente diez años más tarde su historia personal y todo aquello que había significado algo para él desaparecería para siempre.

Es 14 de julio de 1974. El sol asomó como siempre, alrededor de las cinco y media. Lentamente los balnearios fueron cobrando vida, mientras las sombras de los trabajadores se iban haciendo cada vez más pequeñas hasta desaparecer, terminada la puesta en escena, al mediodía. Los ricos amanecen tarde, pero cuando lo hacen todo tiene que estar preparado para complacerlos. Especialmente si son turistas y con sus acaudaladas cuentas bancarias alimentan a una ciudad entera. Como Varosha, la Saint-Tropez de Chipre, el centro turístico de Famagoya que esta mañana una vez más abrió sus ojos para contemplar el horizonte mediterráneo con la felicidad que despierta un niño en vacaciones.
Después de todo, la vida es linda en Varosha: la arena encandila, el sol abrasa con cariño, el lujo deslumbra y las siluetas más deseadas se exhiben en sus playas, sobre las que la oscuridad parece no posarse nunca. Al menos así fue hasta hoy. Pero ninguno de los habitantes de la isla es capaz de adivinar lo que sucederá mañana. Hoy, grecochipriotas y turcochipriotas conviven en paz en un país que ha sabido de conquistas desde la antigüedad.
Allá por el 1600 a. C., fue la civilización micénica, a la que le siguió el establecimiento de colonias fenicias y griegas, que un siglo más tarde fueron sometidas por Egipto. En el siglo XIII a. C, los hititas llegaron a Chipre, para luego ser eliminados por los llamados pueblos del mar, que fueron a su vez vencidos por los aqueos griegos, que más tarde serían conquistados por los asirios hasta que el faraón Amasis recuperara la isla en el año 600 a.C.
Luego fue el tiempo de los persas, hasta la conquista de Alejandro Magno en el año 331 a.C. Tras la muerte del rey de Macedonia, los egipcios retomaron el dominio, que luego fue ostentado por el imperio romano. Ya en la era cristiana, tras la caída de Roma, pasó a manos de los bizantinos para después ser tomada por los cruzados, en 1192, con Ricardo I de Inglaterra al mando. La República de Venecia ejerció su dominio sobre Chipre hasta la invasión turca otomana de 1570. Ya en el siglo XX, fue declarada colonia británica, en el inicio de la Primera Guerra Mundial. Durante la década de 1930 los grecochipriotas, liderados por el arzobispo Makarios III, comenzaron a presionar contra el dominio británico a favor de la enosis (unión de Chipre con Grecia) y treinta años más tarde, en 1960, Turquía, Grecia y el Reino Unido –junto a las comunidades grecochipriotas y turcochipriotas– firmaron un tratado en el que se declaraba la independencia de la isla, y Makarios III –su nombre real era Michaíl Christodulu Muskos– asumía entonces la presidencia.

Ya es mediodía del 14 de julio de 1974 en Varosha. La agenda del día incluye la llegada al país de una serie de últimos modelos de Toyota Corolla, que circularán por la tarde camino de la concesionaria por la avenida JFK. Además, los periódicos anuncian la visita de Elizabeth Taylor y Richard Burton, la pareja más glamorosa del momento, que aunque está atravesando una de sus recurrentes crisis, no renuncia al placer de la playa privada del hotel Argot, cócteles en mano, disfrutando de la encantadora (¿y premonitoria?) melodía de Les divorces, de Michel Delpeche, éxito europeo del momento que suena en el exclusivo resort. El Argot es el preferido de Liz, mientras que nunca se sabe en cuál se registrará Brigitte Bardot. Parte del encanto de Varosha reside en la existencia casi corpórea de la posibilidad de cruzar miradas con la celestial BB.
Sin embargo, el titular principal del diario tiene que ver con la tensión gubernamental que ha habido últimamente entre los representantes grecochipriotas y turcochipriotas. Es que la Constitución aprobada en 1960 les otorgaba a los turcochipriotas la vicepresidencia y poder de veto, y esto ha venido dificultando el funcionamiento del Estado. El presidente grecochipriota está cercado. Mañana, cuenta el periódico, será otro día de sol. Sí, saldrá el sol, aunque lo que el periódico no cuenta es que una trágica nube bloqueará su luz y opacará el brillo de este paraíso mediterráneo por un largo tiempo.

“La vida es linda en Varosha: la arena encandila, el sol abrasa con cariño, el lujo deslumbra.”

Varosha 2Es 15 de julio de 1974. En el palacio presidencial la jornada había comenzado a las ocho menos cuarto de la mañana, con el anuncio de la llegada del contingente de niños provenientes de El Cairo que el presidente Makarios esperaba de visita. El encuentro finalmente, y tal como estaba planeado, se había iniciado a las ocho y veinte. Todo en la agenda del día parecía fluir sin inconvenientes. No obstante, sólo unos minutos de conversación habían transcurrido cuando se filtró en el salón el sonido de unos disparos que sorprendió a todos, pero que Makarios desestimó a pesar de las advertencias de su seguridad.
Tal vez un poco ingenuo respecto de su posición, o con cierto menosprecio por la capacidad de sus enemigos o simplemente por la ceguera que provoca el poder, Makarios no vio venir lo que en tan sólo minutos estaba literalmente explotándole en la cara: la guardia presidencial le señalaba la presencia de tanques en las inmediaciones y del inevitable comienzo de la toma del palacio. Ante la ineludible realidad, los asistentes rogaron a Makarios que abandonara el edificio, quien esta vez no dudó.
Quince minutos más tarde huían por el ala oeste hacia el jardín de la propiedad, y salían por una pequeña puerta de madera del cerco que la rodeaba hacia una callecita trasera. En ese mismo instante se cruzaron con un automóvil civil que la guardia detuvo, solicitando al conductor que abandonara el vehículo en pos del escape del mandatario. El ciudadano colaboró y Makarios partió, acompañado por sólo tres miembros de la guardia nacional, junto a los cuales se dirigió hacia el Monasterio de Kikkos, a unos veinte kilómetros de Pedoulas, al suroeste de Chipre.
En el camino estuvieron cerca de ser interceptados por un grupo de tanques, aunque tuvieron la suerte de poder esquivarlos variando el periplo hacia la zona de las montañas Troodos. Ya era mediodía. Makarios intentó comunicarse sin suerte con el palacio, que ya estaba tomado por la junta opositora –que más tarde se haría de la presidencia, acusando a Makarios de abuso de poder, de torturar a sus enemigos y de atentar así contra la unidad nacional–. Con quien sí se pudo comunicar fue con el arzobispado. Al primer intercambio de saludos y al tiempo que oía a su interlocutor mencionar su nombre, alcanzó a escuchar un estallido de gritos y llantos de fondo.
Es que la radio lo había dado por muerto pasadas las nueve de la mañana. Ante la impensada noticia, y a mitad de camino de lo que se parecía cada vez más a un escape hacia el exilio, el ya depuesto Makarios pidió a sus guardias que lo condujeran rumbo al noroeste, hacia Paphos, en busca de una pequeña estación de radio. Allí, se comunicó con sus compatriotas. “Griegos de Chipre. Esta voz es familiar. Saben quién está hablando. Es Makarios, su líder electo. No estoy muerto, como la junta de Atenas quiere creer. Estoy vivo y a su lado”, fue el mensaje del que más tarde se haría eco no sólo la prensa nacional sino también los medios del mundo entero. Los mismos que también esa misma tarde anunciaron a Nikos Sampson como el nuevo presidente de Chipre.

Fue el mismísimo Michael Cacoyannis, una década más tarde de aquel 1964 glorioso, quien volvió a pararse detrás de la cámara –esta vez muy lejos de la encantadora sonrisa de Zorba– para registrar el dolor, la pérdida, la violencia y el horror de una nación dividida por el poder. En primera persona y con planos secuencia desgarradores que describen una ciudad devastada, el documental cuenta con entrevistas exclusivas a Makarios y a Sampson, testimonios invalorables de ciudadanos que acababan de perderlo todo, de familiares que a días del golpe de Estado y de la posterior invasión se veían a sí mismos a pocos metros de lo que habían sido; viviendo en una nueva realidad en la que eran incapaces de reconocerse; buscando a familiares que casi en un abrir y cerrar de ojos habían dejado de ser seres humanos para transformarse en tarjetas que se acumulaban en cajas de archivo.
“No puedo dejar de pensar en lo que fui y en lo que soy”, es quizá la anónima y desoladora frase que mejor ilustra el estado anímico de un pueblo que quedó preso de una disputa que ha dejado huellas irreparables, y que la ciudad de Varosha y su abandono insisten en traer a la memoria. El documental de Michael Cacoyannis se llama Attila ’74: The Rape of Cyprus. Attila fue el nombre del plan de invasión en dos etapas que los turcos pusieron en marcha exactamente cinco días después del golpe de Estado.

“Es el fin de Varosha. El paraíso perdido ya es una noción cruelmente real para los quince mil residentes.”

Varosha 3Es 20 de julio de 1974. El sol asoma a las 5:45. Más de treinta aviones pueblan el cielo de Varosha. Tanques T34 invaden la costa, una bandada de helicópteros sobrevuela la zona, destructores, cañoneras, batallones y más de mil paracaidistas se lanzan sobre Famagusta. Es el comienzo de la Operación Attila, que en manos del ejército turco se apoderará del norte de la isla que ya se han disputado varios y que a partir de hoy quedará dividida en tres partes: la República Turca del norte de Chipre –solamente reconocida por la República de Turquía–, la República de Chipre y las dos bases militares británicas de Acrotiri y Dhekelia.
Es el fin de Varosha. El paraíso perdido ya es una noción cruelmente real para los quince mil residentes que, horas antes de que el ejército turco y el grecochipriota cruzaran fuego en las calles de Famagusta, temiendo una masacre, huyeron, dejando atrás su historia y su identidad, sin saber que jamás las recuperarían. Muchos se refugiaron en el sur, en las ciudades de Paralimni, Deryneia, y Larnaca.
Cuando el ejército turco tomó el control de la zona, la valló. Cuando Naciones Unidas exigió el cese del fuego, en agosto de ese mismo año, las tropas turcas controlaban Varosha. El 7 de diciembre de 1974 Makarios, reclamado por un pueblo que lo asociaba con la esperanza de unidad, retomó la presidencia de la República de Chipre. Las divisiones territoriales subsistieron. Desde entonces, hasta hoy, el acceso a Varosha está prohibido, excepto para los militares turcos y el personal de Naciones Unidas.

15 de enero de 2015. Varosha está cercada, rehén del conflicto chipriota. En sus desoladas calles sólo florecen relatos de un mundo que fue. Sus playas y su mar parecen ser los mismos, aunque en realidad son los únicos que han cambiado. Sus habitantes y los visitantes disfrutan de la costa. Como telón de fondo, se exhiben altaneros y decadentes los cientos de inmuebles desteñidos; se pueden apreciar las persianas a medio cerrar y ventanas a punto de descolgarse y colapsar contra lo que queda de asfalto; pensar que esas calles alguna vez sintieron el calor del acelerar de los neumáticos de los Toyota último modelo, que hoy acumulan polvo en esa misma concesionaria en la que, en 1974, brillaba la novedad.
Los años 70 son muertos vivos que habitan los edificios con diseño de aquella época y visten los harapos que se lucen en alguna que otra vidriera espectral del que fuera en su momento el paseo sinónimo de estilo mediterráneo. La invisible línea de glamour que separaba a los comunes mortales del jet set hoy es un filoso alambre de púa y, si antes cruzar la línea imaginaria conducía al desencanto de saberse ordinario y no divino, hoy atravesarla es comprar un boleto seguro al disparo posible.
De todas maneras, parece haber esperanza para Varosha. Es que con las idas y vueltas en las negociaciones entre el norte y el sur se ha terminado por convertir en una significativa carta de negociación. Por ejemplo, el actual gobierno de la República de Chipre la está poniendo sobre la mesa con un rol clave en el mercado de la exportación de gas y le está ofreciendo a Turquía una parte de las ganancias. Asimismo, y por razones completamente diferentes, se está retomando el tema de devolverle Varosha a sus dueños originales, como una manera de testear las buenas intenciones de Turquía hacia un futuro de discusiones abiertas y de reunificación.
Otro de los sueños que rondan la ciudad fantasma es el de recuperar la gloria del pasado, restaurando la villa que fue y devolviéndole el esplendor que supo seducir a los ricos y famosos. Sus impulsores se ilusionan con la idea de ver a la nueva y joven monarquía europea caminando por sus playas, tanto como imaginan juegos de póker con George Clooney y Brad Pitt sentados a la mesa, y desfiles de las casas de moda más importantes del mundo en cuya primera fila brillarán sus exquisitas bellezas respectivas, Angelina y Amal. Este sueño casi de celuloide ha sido valuado en ocho billones de libras, y se estima que llevaría alrededor de diez años de realización.

“Otro de los sueños que rondan la ciudad fantasma es el de recuperar la gloria del pasado.”

Sin embargo, el proyecto más ambicioso de todos para Varosha es también el más humanitario e involucra nada menos que a dos mujeres con raíces en la isla. Se trata de Vasia Markides y Ceren Bogac. La primera vive en Nueva York y es bisnieta de chipriotas. La segunda se crió a metros de la ciudad cercada, en Famagusta, viviendo en una casa que sus padres habían obtenido en un trueque por los bienes que se habían visto obligados a abandonar al huir en medio del conflicto. La idea es la Eco ciudad. Un modelo de sustentabilidad y de convivencia pacífica.
Markides ha conseguido lo que la política no ha podido aún, contar con el apoyo de las dos partes, tanto de los griegos como de los turcos. Quizá porque, como dice Vasia, “se trata de convertir una historia de guerra, odio, abandono y negligencia en una historia de éxito, en un modelo que el resto del mundo podría usar”; o tal vez porque, como señala Ceren Bogac, “el problema de Chipre no es la política. El problema es que estamos esperando que otros vengan e inicien algo en nuestro propio país, pero si empezamos ese movimiento por primera vez creo que podemos estar listos para cualquier situación económica o financiera. Tenemos que hacer algo por esta ciudad”.
Lo cierto es que nada es tan sencillo como las palabras bien dichas siempre parecen sugerir. Fiona Mullen, economista y socia del proyecto Famagusta Eco City, cuenta que “los turcos y los turcochipriotas siempre se han preocupado de que si devuelven Varosha los grecochipriotas podrían simplemente guardársela y no dar nada a cambio”, así es que sostienen su posición respecto de que Varosha forme parte de un acuerdo global.
Vasia Markides y Ceren Bogac no pierden la esperanza. Vasia es la autora del documental Escondida en la arena, en el que habitantes de las dos Famagusta –la única capital del mundo que hoy está partida al medio– cuentan cómo se siente vivir en una ciudad dividida. Ese mismo documental fue el que captó la atención de Ceren y la unió a Vasia. Ceren ha vivido obsesionada por la idea de habitar un lugar que originalmente pertenecía a otros que lo tuvieron que abandonar. Ha buscado respuestas toda su vida, a partir del día en el que encontró en la que creía su casa una caja con objetos personales de los verdaderos dueños de la propiedad en la que se había criado. Eventualmente encontró una punta de consuelo estudiando psicología y arquitectura, y hoy el proyecto Famagusta Eco City es el desenlace posible más cercano para por fin calmar los demonios que han habitado su mente desde pequeña.


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