JIM MORRISON: CABALGANDO LA SERPIENTE

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Hijo de una típica familia estadounidense, James Douglas Morrison fue todo menos convencional. A mediados de la década de 1960, en apenas cinco años, se transformó en una estrella de rock de esas que hoy no se consiguen. Poeta, cineasta, músico y provocador, construyó una imagen mitológica que su muerte no hizo más que potenciar. Su legado inmortal son sus palabras y esa voz raída, potente y seductora que cautiva, inmune al paso del tiempo.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Thomas Cox / Stuart O’Brien / Ian Patrin / Julian Budd / Pat Garvey / Bob Scott

Jim MorrisonLa vida puede ser una condenada línea recta. Y esa monotonía, una bomba de tiempo, cuya detonación se va cocinando lentamente en el inconsciente a la espera de una excusa que encienda la mecha. Hay quienes surcan cómodamente las aguas de esa rutina aparentemente ineludible, y hay quienes, como James Douglas Morrison, han encontrado todas las excusas posibles para estallar en llamas e iluminar a quienes se dejaran seducir por su resplandor.

“Father. Yes, son. I want to kill you. Mother, I want to f…”, explotaba sobre el escenario del Whisky A Go Go, el templo del rock del Sunset Strip californiano, un Jim Morrison que sabía exactamente lo que hacía: molestar, conmover, despertar de la inercia interminable a la masa que no salía de su asombro. Aquel domingo 21 de agosto de 1966, enojó a la mayoría –inclusive a los dueños del Whisky A Go Go que despidieron a su banda The Doors, hartos del hombre extraño que los lideraba– pero sedujo a uno. Jac Holzman, el dueño de Elektra Records, estaba prestando atención y vio lo que los demás no pudieron, por estar muy ocupados lavándose los oídos de tanta verdad: un fenómeno altamente redituable. No era tan grave, las palabras recitadas al final de The End eran tanto de Morrison, como de los griegos. Eso sí, eran inflamables.

Un año más tarde, el 17 de septiembre de 1967, Jim se paraba frente a millones de televidentes, y encendía la mecha del escándalo en el Ed Sullivan Show. La frase “Girl, we couldn’t get much higher”, de la canción Light My Fire, segundo corte de su álbum debut The Doors (1967), molestaba a los realizadores del programa televisivo de variedades más visto de Estados Unidos; estos habían pedido encarecidamente que Jim no dijera la palabra “higher” en cadena nacional. “No volverán a estar jamás en el Ed Sullivan Show”, recordó el tecladista Ray Manzarek que amenazó uno de los productores al final de la transmisión. Morrison, que sabía cómo enfurecer a quienes se sostenían de las leyes mundanas, respondió: “Ya estuvimos”.

La opinión pública y los medios de la época leían estas anécdotas como actos de rebeldía de un joven que no había tenido una infancia estable y que buscaba desesperadamente llamar la atención. Y si bien el por qué de una conducta tiene varias explicaciones, y esas dos pueden bien ser algunas de ellas, hay una gran chance de que el joven de 22 años que cantaba The End sobre el escenario del Whisky A Go Go y el de 23, que escupía Light My Fire frente a la cámara de Ed Sullivan, estuviera tratando de hacer lo mismo que los poetas malditos que admiraba: animarse a atravesar los límites de lo que parecía ser la realidad y bucear en lo desconocido para, de alguna manera, renacer en una nueva versión de sí mismo que no fuera la que le había sido impuesta. En palabras de Jim Morrison: “Break on through to the other side”.

Doors_electra_publicity_photoJim y sus precursores

Arthur Rimbaud, Friedrich Nietzsche y los escritores de la Beat Generation fueron los verdaderos padres de James Douglas Morrison, nacido el 8 de diciembre de 1943, en Melbourne, Florida; hijo sanguíneo de Clara Virginia Clarke y del almirante George Morrison; hermano mayor de Anne Robin y de Andrew Lee. Dotado de un coeficiente intelectual superior y devoto de la lectura, el pequeño Jim cambiaba constantemente de domicilio, como consecuencia de los traslados que involucraban el trabajo de su padre, y encontraba en la literatura una estabilidad que en su casa no existía.

“Intelectualmente, Jim era superior a todos nosotros”, rememoró Stan Durkee, compañero de Morrison en la George Washington High School de Alexandria, Virginia, y sostuvo que estuvo junto al cantante de The Doors en una clase en la que se analizaba la novela Ulysses del revolucionario escritor irlandés James Joyce: “Hasta la maestra parecía aprender de las interpretaciones que Morrison hacía del texto. Era una especie de líder intelectual. Nadie lo comprendía realmente. Era distante y creativo. Pocos, casi nadie, lo conocían bien”. El segundo corte del álbum Strange Days, que sucedió al debutante The Doors, fue People Are Strange, una canción que decía: “La gente es rara cuando eres raro / las caras se ven feas cuando estás solo”, tal vez recordando las miradas de aquellos asombrados compañeros de escuela.

“Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos”, fueron las palabras del poeta francés Rimbaud escritas en 1871 en una de sus Cartas del vidente dirigida a su maestro Georges Izambard. Un romántico permiso al exceso que todos los poetas malditos parecían dar en sus escritos. No por el exceso como fin, sino como medio para alcanzar lo que no nos está dado, lo invisible, lo que de otra manera no seríamos capaces de ver.

La voracidad por la literatura como vía de escape fue la primera puerta que el pequeño Jim abrió hacia lo desconocido, en la adolescencia sumaría el alcohol a la ecuación, y en su juventud, ya en las décadas de la liberación de los sentidos y de la experimentación, encontraría el abrigo en esas sustancias que terminarían matándolo. No sin antes permitirle abrir las puertas de la percepción y darle pie a encontrar el nombre del grupo que armó junto al ya citado Manzarek, el guitarrista Robby Krieger y el baterista John Densmore: el verso “the doors of perception” pertenecía al poema de 1793 The Marriage of Heaven and Hell del británico William Blake.

Jim MorrisonLas puertas de la percepción

Es 1955 y Jim está en problemas. Intentando escapar de la situación, cierra los ojos, baja la mirada, se toma la cabeza con ambas manos tapándose los oídos con los brazos, intentando desesperadamente aislarse de la discusión que sostienen sus padres, quienes una vez más no tienen la menor idea de cómo ponerse de acuerdo en la manera de criar a su hijo. “¡Están destrozándome!”, les reclama Jim desgarrándose en un grito que pasaría a la historia. Dadas las circunstancias de su propia vida, Jim podría ser tranquilamente Morrison, pero se trata de Jim Stark, el protagonista de Rebel Without A Cause, el filme del estadounidense Nicholas Ray que catapultara al éxito a otro James, Dean.

Morrison tenía 12 años en 1955 y es probable que haya visto la película en algún cine de barrio de Albuquerque, Nuevo México, o de San Diego, California, ya que la familia se mudó dos veces ese año. Ya sea por identificación o porque –como cada una de las personas que la vieron– Morrison fue víctima del encanto de James Dean, ese filme abrió una nueva puerta en la búsqueda de Jim, la del mundo del celuloide. Ese nuevo romance intelectual lo llevaría, en 1964, a la escuela de cine de la Universidad de California de Los Angeles. Y sería en esa prestigiosa institución académica estadounidense donde conocería a Ray Manzarek, con quien formaría The Doors.

“Don’t you love her madly? / Don’t you need her badly? / Don’t you love her ways? / Tell me what you say / Don’t you love her madly? / Wanna be her daddy? / Don’t you love her face? / Don’t you love her as / She’s walkin’ out the door”, entonadas por la voz gastada, sexy y blusera del cantante que la revista Rolling Stone eligiera entre las 50 mejores de todos los tiempos, las palabras descansan sobre la melodía que construyen un piano y un teclado eléctrico; y disparan en la mente imágenes de ruta sobre la que avanza un Shelby Mustang GT 500 que baja hacia el Pacífico en un atardecer glorioso por la 101 californiana.

Love Her Madly fue el primer corte del último trabajo discográfico de The Doors con Jim Morrison, L.A. Woman, dos fuertes alusiones al universo femenino cuyas puertas abrió Pamela Courson, una presencia que siempre cobra vida al escuchar a Morrison hablar de amor. Jim conoció a Pam durante la temporada de conciertos que The Doors brindara en 1966 en el London Fog de West Hollywood, antes de ser contratados por The Whisky A Go Go. Hubo siempre otras mujeres, pero fue Courson el gran amor de su vida, quien lo acompañó a París cuando decidió abandonar la música para convertirse definitivamente en el poeta que siempre había querido ser y fue quien lo heredó tras su misteriosa muerte.

A todo esto, el año pasado causaron revuelo las declaraciones a la revista inglesa Mojo de la cantante y actriz Marianne Faithfull, que reveló que conoció al traficante de drogas que en 1971 le llevó heroína al cantante de The Doors. Faithfull aseguró que el crimen fue “accidental” y que sucedió por una sobredosis ya que su novio era el dealer de Jim. “Nos habíamos instalado en un hotel parisino y Jean fue a visitarlo a su apartamento, en la Rue Beautreillis, mientras yo me quedé en la habitación porque tuve la intuición de que podía haber problemas”, contó. “Pensé: ‘Me voy a tomar una pocas Tuinal (barbitúricos) y no voy a ir’. Y él (De Breiteuil) fue a verlo y lo mató. Lo que quiero decir es que estoy segura de que fue un accidente”, precisó la artista, hoy de 67 años, también ex novia de Mick Jagger. “De todas maneras, todo el mundo relacionado con la muerte de este pobre chico está muerto ya. Excepto yo”, concluyó Faithfull.

Jim_Morrison_1968El rey lagarto

Imposible no caer presa de The Lizard King, poseído por el espíritu de un chamán, capaz de mimetizarse con su alrededor, misterioso y seductor, sin límites, sin miedo, poeta, trovador, irreverente, hipnotizador de masas y niño eterno. “Era escalofriante, sensual, poderoso y experimental”, se emocionó al evocarlo Perry Farrell, cantante de Jane’s Addiction y creador del festival Lollapalooza.

“I am the Lizard King / I can do anything”, aseguraba Jim en Not To Touch The Earth, tercer track de Waiting For The Sun el disco que The Doors editara en 1968. En esa canción, que forma parte del opus Celebration Of The Lizard, Morrison revela una creencia arraigada en él desde un incidente fundamental que tuvo lugar en 1947.

Jim tenía sólo cuatro años e iba con su familia camino de uno de los traslados de su padre cuando se toparon con un accidente automovilístico en el que habían perdido la vida un grupo de nativos estadounidenses y, según Morrison, el espíritu de uno de ellos encontró consuelo en el cuerpo del niño Jim. Ya poseído, como es tradición de los chamanes identificarse con una deidad animal, Morrison eligió la imagen del lagarto. Elusivo, poderoso, infalible –salvo por sus propias debilidades– y excesivo, Jim era el cénit de una estrella de rock.

A lo largo de varios años de los floridos 60, Morrison no sólo construyó su carrera discográfica con The Doors, sino que también cimentó las bases de una reputación de outsider cuya sombra lo persigue, inclusive, décadas más tarde. Durante esos años Jim fue arrestado seis veces. En 1963, en Tallahassee, Florida, por robarle el casco a un policía, alterar el orden público, resistir el arresto y estado de ebriedad. En 1966, en Inglewood, California, el padre de su amigo Phil O´Leno lo denunció por la desaparición su hijo luego de que partiera con Jim –al desierto a conseguir peyote–. Aparentemente Jim y Phil discutieron en el camino, y Phil partió hacia Arizona; pero al regresar a Inglewood, Jim aseguró que había matado a Phil y que lo había enterrado en la vera de un río. El padre de Phil pidió su captura.

En 1967, en New Haven, Connecticut, un policía no lo reconoció mientras estaba besándose con una chica en el backstage; trató de pedirle que se fuera y como Jim se resistió, le roció la cara con gas lacrimógeno, entonces cuando Morrison subió al escenario aprovechó a contar la historia refiriéndose a un “pequeño hombre azul, con su pequeña gorra azul”; los oficiales de policía se dieron cuenta de que se estaba burlando de ellos, dieron por terminado el show y lo detuvieron.

En 1969, en Miami, Florida, dos días después del concierto que The Doors brindara en el Dinner Key Auditorium, la policía emitió una orden de arresto por exposición indecente, ebriedad pública y profanidad. Jim había llegado tarde al recital, había subido borracho al escenario y, motivado por una obra de teatro que había visto antes del show, había arengado al público a que se desnudara. Ese mismo año, en Phoenix, Arizona, Morrison y un amigo fueron encarcelados por molestar a una azafata en un vuelo comercial que los llevaba a un concierto de los Rolling Stones.

The Soft Parade, el cuarto álbum de The Doors, fue editado en julio de 1969, y Touch Me fue su single más exitoso, alcanzando el puesto número 3 en el chart de ventas. En febrero de 1970 fue el turno de la placa Morrison Hotel, que alcanzó el cuarto lugar en el ranking de álbumes de la revista Billboard, y en abril de 1971, salió a la venta L.A. Woman, el único disco de The Doors que no fue producido por el estadounidense Paul A. Rothchild.

Photo of Jim MorrisonSu partida fue el fusible de una situación interna que se había vuelto insostenible, aparentemente, porque el lagarto ya era incontrolable, incluso para sí mismo. Jim y Pam decidieron abandonar definitivamente su estilo de vida californiano y se fueron a vivir a París, a disfrutar de la bohème, viajar y recuperarse. La luminosidad del bienestar brilló por un tiempo, pero la oscuridad de la depresión y la autodestrucción pudieron más y el 2 de julio de 1971, a los 27 años, Jim Morrison encontró la puerta hacia el misterio que tanto lo había fascinado.


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