LAS CHICAS DE VARGAS: EL DIBUJANTE PERUANO QUE CONQUISTO ESTADOS UNIDOS

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Al llegar a Nueva York, en 1916, el peruano Alberto Vargas jamás imaginó que sus refinados dibujos femeninos se convertirían en íconos de la revolución sexual de los ’60 y uno de los pilares de la cultura popular estadounidense. Los célebres editores Florence Ziegfeld y Hugh Hefner trabajaron con él. Dibujó a divas como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Shirley Temple y Marilyn Monroe. Novelistas como Henry Miller y Norman Mailer, artistas como Andy Warhol o Jean Michel Basquiat se declararon admiradores de sus acuarelas. En 1943 los bombarderos norteamericanos llevaron sus dibujos en el morro de los aviones, mientras miles de soldados tenían a “The Vargas girls” en cuarteles y trincheras de Europa y el Pacífico.

Texto: Héctor Velardde / Fotos: Vagas – Archivo ALMA Magazine

VARGASDIBUJANDO

Vargas comienza a dibujar mujeres en tinta china, cuando llega a New York.

Marlene Dietrich,

Marlene Dietrich, de 1932.

Marilyn Monroe

Marilyn Monroe (1957).

Anna Sten

Anna Sten (1933).

Spanish Gipsy.

Spanish Gipsy, de 1928.

Joaquín Alberto Vargas y Chávez nació en Arequipa (Perú) el 9 de febrero de 1896, en una familia de artistas de buena posición social. A los 6 años ya tomaba sus primeras fotos con la cámara fotográfica de su padre y sin su consentimiento. Max Vargas era propietario de un célebre estudio fotográfico en Arequipa y deseaba que sus hijos heredaran el próspero negocio familiar. Especialmente Alberto, quien era el mayor y a quien le enseñó las técnicas básicas de la fotografía y los secretos del aerógrafo, instrumento para retocar y colorear los negativos y las fotos. Apenas acabado el colegio, su padre los envió, a él y a uno de sus hermanos, a estudiar a Europa. Ese viaje fue clave en su formación. Su admiración por la plástica renacentista es total, y también por artistas más modernos como Ingres and Raphael Kirchner. Fue entonces cuando se entrenó dibujando las obras del Louvre, en especial las esculturas griegas, sin ropa ni nada que ocultara la belleza y sensualidad del cuerpo humano. Aunque Alberto era un autodidacta, tenía un talento natural para el retrato y el dibujo. Pasó cinco años estudiando fotografía en Suiza, como le había pedido su padre, quien planeaba heredarle el negocio familiar. Pero su verdadera vocación era la pintura y no la fotografía. Aprendió alemán y francés y trabajó en un estudio de fotografía en Ginebra. En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y en 1916 recibió un telegrama de su padre dándole instrucciones para viajar a Londres inmediatamente. Alberto partió a París, desde donde esperaba pasar a Inglaterra. Pero todos los viajes estaban cancelados. Su familia decidió que el medio más seguro para regresar a Perú era el barco, primero a Nueva York y luego a Lima.

Años locos

Así, con 23 años, llega a la Gran Manzana. Su amor por la ciudad es instantáneo. Se entrega a la alegría y frivolidad de los ’20. Años de jazz, art déco, moda y color en los medios impresos. Admira a la mujer norteamericana, las que lucen para él muy seguras de sí mismas. Comentaría años después: “De cada edificio salen torrentes de chicas. Nunca he visto nada como esto, cientos de chicas con un aire de determinación, algo así como: ‘Aquí estoy yo. ¿Cómo te gusto?’, y ciertamente no se trataba de la mujer española, suiza o francesa”. Le informa a su padre que piensa quedarse en Nueva York, y éste le desea la mejor de las suertes, pero le advierte que desde ese momento no contaría más con el apoyo económico de la familia. De esos años son sus primeros dibujos de mujeres en tinta china. No pasará mucho tiempo hasta encontrar el estilo que lo haría famoso. Su primera Vargas girl es de 1919 y está dibujada en acuarela, técnica que no abandonaría nunca. La leyenda cuenta que una tarde ve caminar por las calles de Times Square a una joven pelirroja y la sigue extasiado. Ella entra a uno de los teatros de Broadway y Alberto le pregunta al portero quién es y le responde: “Una actriz”. Alberto Vargas la espera horas y al final, venciendo su timidez, se acerca y le pide que pose para él: se llamaba Anna Mae Clif, modelo y actriz de Tennessee, quien aceptó la proposición, pese a que Alberto Vargas no tenía ni un dólar para pagarle. Se casaron en 1930. A lo largo de 44 años de matrimonio, Anna Mae no sólo será su modelo, esposa y musa, sino que también lo apoyará durante toda su carrera.

Smoke Dreams,

Típica ilustración de Vargas -derecha-: Smoke Dreams, de 1927.

Catálogos de la noche

Una noche, Vargas le enseña sus dibujos a Florence Ziegfeld, empresario visionario que llevó a USA los espectáculos nocturnos franceses, iniciando así la primera revolución sexual en Norteamérica. Vargas pasa a ser el dibujante oficial de los catálogos de Ziegfeld. Conocía bien los requerimientos del público masculino norteamericano, y recién llegado de  la guerra en Europa traía consigo las postales de las frenchs girls, antecedente de la Pin up. Los años ’30 lo encuentran con mucho trabajo en diferentes publicaciones. Son los tiempos del art déco, la única escuela pictórica en la cual participó, en medio de tantos “ismos” vanguardistas. Se muda a Los Angeles junto a su esposa y vendrían las colaboraciones para los grandes estudios de Hollywood y los retratos a la alta sociedad neoyorquina. Pero no todo fue auspicioso. Mientras trabajaba para la Warner Brothers participó en una huelga con otros artistas. Por ello fue puesto en la lista negra, perdió su empleo y fue acusado de comunista. Durante ocho meses estuvo sin trabajo y al borde de la bancarrota; por eso decidió regresar a Nueva York.

De Esquire a Playboy

esposaJOAQUINVARGAS

El retrato de su esposa: Reflection in Mirror, de 1940.

Fue un buen paso, porque en 1939 llegó su consagración definitiva, cuando la revista Esquire lo incorpora como ilustrador principal, por sobre el famoso George Petty, creador de las Chicas Petty. Esquire difundirá masivamente las Pin up, pero con el trazo del dibujante peruano adquirirían otra categoría:“ The Vargas girls”. Con la Segunda Guerra Mundial su arte llega a los confines: cientos de miles de postales y calendarios de las Pin up son llevados, como una muestra de lo mejor de Estados Unidos, por los soldados norteamericanos a los campos de batalla. En 1953 abandona Esquire, y los acusa de explotación y de haberlo engañado en la firma de unos contratos, e ingresa en la nueva revista Playboy, de Hugh Hefner. En esta publicación permanecerá 12 años. Alberto Vargas dejó de dibujar en 1974, cuando muere su esposa y cae en una profunda depresión de la que nunca se recuperará. No tuvo hijos, y su sobrina Astrid Vargas Conde se hizo cargo de él. Sin embargo, a principios de los años ’80 reaparece por última vez para diseñar discos de grupos de rock y publicar su autobiografía, “Vargas”. En diciembre de 1982, seis semanas antes de su muerte, realiza una gran retrospectiva de su obra en Europa. Su trabajo es admirado unánimemente, tanto o más que en los Estados Unidos. Las “Chicas de Vargas”, obra casi desconocida en Perú y el resto de Latinoamérica, han seducido desde entonces a coleccionistas y críticos de todo el mundo –sus Pin up están valorizados en cientos de miles de dólares–, como lo hicieran en otros tiempos sus inolvidables y perturbadoras muñecas de papel.


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