GIANCARLO DE CATALDO: EL BAILE DEL POLVO

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Cocaína es el título del libro que reúne tres relatos policíacos escritos por tres autores italianos de gran éxito –Massimo Carlotto, Gianrico Carofiglio y Giancarlo De Cataldo– que conocen muy bien el funcionamiento de la justicia. Sus historias están hilvanadas por una fina línea blanca, las tres denuncian un problema global que es un fenómeno social en su país. En el tercer relato, “El baile del polvo”, De Cataldo aborda la cocaína con una mirada panorámica mediante una historia que recorre el camino de la droga desde su origen –las laderas de una montaña en Perú– hasta que ésta cobra su auténtico sentido en forma de dinero negro. A través de cinco capítulos desgrana todos los entresijos de un cargamento por valor de 2 mil millones de dólares en el que se ven involucrados diferentes perfiles de gente de todas las clases sociales. Aquí el comienzo.

Texto: Giancarlo De Cataldo / Foto: Gentileza Editorial Malpaso

Suite

Un convoy formado por dos todoterrenos Land Rover Defender blindados avanzaba por uno de los muchos senderos que bordean la orilla del río Apurímac.

En el primer vehículo, conducido por un indio silencioso, había tres hombres. El asiento del copiloto lo ocupaba un robusto mexicano de pelo rubio y pómulos de corte oriental. Su nombre era Fernando Rivera, “el Güero”. Nadie lo había visto jamás sin sus gafas de espejo con montura roja. Había quien decía que las utilizaba para esconder una cicatriz que ni las técnicas más avanzadas de cirugía plástica habían podido eliminar, y quien las atribuía a una enfermedad degenerativa de la córnea. La verdad es que el Güero sólo reservaba para unos pocos elegidos el privilegio de su mirada de serpiente: a las personas de su mismo rango en el cártel, a las mujeres de las que se encaprichaba y a los hombres que liquidaba. El Güero era el ministro de Exteriores del Cártel de Sinaloa.

La plantación era asunto suyo.

El segundo era un peruano, Jaime Gonzales. El cártel le pagaba (y le pagaba bien) por supervisar el cultivo y la cosecha, pero en el fondo no era más que un empleado de rango medio.

El tercer hombre era Tano Raschillà. De tez amarillenta y con gafas, elegante a pesar del traje de camuflaje y los zapatos impermeables, era un joven financiero licenciado con mención de honor en la Bocconi y con un máster en la London School of Economics; don Achille Patriarca había decidido invertir en él porque estaba convencido de que el chico, hijo de campesinos pobres, íntegros y obedientes, jamás desleales, se abriría paso en la vida.

Aún no era un “hombre de honor” y quizá nunca lo fuese, pero don Achille se fiaba de él. Por eso lo había enviado a Perú, a la región del VRAE, con una propuesta que el Güero no podría rechazar.

En cuanto al segundo vehículo, en él se hacinaban siete guerrilleros de Sendero Luminoso responsables de garantizar el orden en la plantación y la seguridad de los distinguidos visitantes, más un mexicano con el rostro marcado de viruelas y una mirada indescifrable que se agarraba con fuerza a su guitarra de mariachi. Se hacía llamar “el Norte” y todos ignoraban de dónde procedía exactamente. Lo cierto es que no había en Sinaloa un cantante de narcocorridos mejor que él; por eso el Güero lo había contratado, sólo para que cantara sus hazañas.

La excursión turística llevaba ya una hora de camino. El italiano, que se expresaba en un excelente español, preguntó cuánto quedaba por ver.

–Tenemos para una horita más –respondió rápidamente Jaime Gonzales–; aquí comienza el sector de las nuevas plantaciones. Tal vez puedan interesarle los canales que yo mismo mandé excavar para dosificar el riego cuando las lluvias estacionales se hacen demasiado intensas…

El Güero y el italiano intercambiaron miradas elocuentes. El Güero palmeó la espalda del conductor y le hizo una seña para que retrocediera en dirección al campamento; Gonzales masculló una protesta.

Al Güero no le gustaba que lo contradijeran. A los mexicanos no les gustaba que los contradijeran. Los mexicanos eran los amos. Durante los últimos años y gracias al eclipse de los cárteles colombianos y a las guerras de los Bush, padre e hijo, la mafia mexicana se había hecho con el poder. Las plantas de coca seguían cultivándose en las zonas de origen, Colombia, Bolivia o Perú, pero los productores habían sido apartados sin contemplaciones de la distribución.

A Gonzales no le gustaban los mexicanos, añoraba los buenos y viejos tiempos. Los colombianos no eran precisamente blandos, pero los mexicanos eran unos verdaderos cabrones. Ejercían el poder como una despiadada dictadura: el terror era su única forma de gobierno. Y Gonzales sospechaba que la violencia sembrada incluso les producía placer. Tiranos y además sádicos.

Los vehículos dieron media vuelta en dirección al campamento. Supervisados por capataces armados que no los perdían de vista, los campesinos operaban con milenaria lentitud en un mar de hojas verdes moteado por los destellos purpúreos de los frutos maduros.

Sólo una de las cabezas no se agachó al paso de los todoterrenos. Pertenecía a un chico de quince años de pelo largo y negro y ojos profundos, recelosos por culpa del hambre; se llamaba Felipe. La noche anterior su tío Jorge se presentó en la choza que Felipe compartía con su madre y siete hermanos, lo abrazó y anunció que se necesitaban hombres para la cosecha.

–Felipe aún no es un hombre –protestó su madre.

–Confíamelo, Lupe, y lo será pronto.

–No. Le va bien en la escuela, debe continuar.

–¿Acaso tienes dinero para comprar libros, hermanita?

–Ya lo buscaré.

–No lo encontrarás y lo sabes. No hay salidas. Ahora vete a dormir, hijo mío; mañana, cuando amanezca, vendré a buscarte.

Ya era oficialmente un recolector. El y su tío trabajaban codo con codo. Descubría los secretos del oficio. Aprendía a separar las hojas sin dañar el tallo mientras trataba de ignorar el ardor de los dedos agrietados.

Por un momento, Felipe cruzó una mirada con el tipo de las gafas de sol espejadas. Le pareció que el otro también lo miraba y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

–¿Quiénes son ésos?

–Vuelve al trabajo –murmuró su tío, inquieto–, baja la cabeza y no mires. Sobre todo no parezcas curioso. Aquí nadie puede ser curioso.

Obedeció a regañadientes. Su tío dejó pasar unos minutos y después le habló en tono afectuoso.

–Sé que estás cansado, las primeras veces es duro, pero después te acostumbras. Cuando no puedas más, agarra una hoja y mastícala.

–¿Se puede hacer eso? ¿Qué somos, pues? ¿Esclavos? –replicó el chico.

–Desde hace miles de años, Felipe. Ese es nuestro destino.

–¿Y nadie se ha rebelado?

–Rebelarse significa morir antes, hijo mío. Anda, toma, agarra esto, te sentirás mejor.

El chico vaciló un momento, después agarró la hoja de coca, se la puso en la boca y empezó a masticarla. Aunque al principio era amarga, entendió que acabaría por gustarle. Pensó que su tío Jorge tenía razón, rebelarse no tenía sentido, ésa no era la respuesta. Conducir uno de esos monstruos de tracción total, poseerlo y, tal vez algún día, tener una plantación.

Esa era la respuesta.

La coca, poco a poco, empezaba a saber bien.

Un coro de aullidos y ráfagas de ametralladora los recibió en el campamento. El Güero fue el primero en bajar del Defender y se dirigió, seguido por los otros, hacia un grupito de guerrilleros reunidos en una gran explanada.

–¿Qué pasa?

El griterío cesó. Se adelantó un hombre con un mono de camuflaje y una venda sobre el ojo izquierdo.

–Comandante Gualtiero –se presentó mientras ejecutaba una especie de saludo militar–, hemos capturado a un espía.

Dos muchachos jovencísimos arrojaron a los pies del Güero a un hombre de mediana edad con la cara reducida a una máscara de sangre y moco y la camiseta blanca hecha jirones.

–Es el maestro de Cuazco –dijo alguien.

–Un pueblo a diez kilómetros de aquí –se apresuró a señalar Jaime Gonzales.

El Güero se inclinó sobre el hombre y lo agarró del pelo.

–¿Eres un delator?

El maestro se puso a gimotear. Era un error: él no se ocupaba más que de sus muchachos, a los que enseñaba a leer y a contar; los guerrilleros estaban equivocados, sólo era un pobre diablo.

El Güero soltó al hombre; fuera o no un soplón, el asunto era del todo irrelevante.

–Llévenselo –ordenó–, nosotros tenemos que hablar de negocios.

Los guerrilleros sujetaron al maestro, que lanzó un grito aterrador y empezó a forcejear.

–¡He dicho que fuera de aquí! –repitió el Güero enfadado.

Volvió la calma. Jaime Gonzales propuso que se retiraran a su barraca, la más bonita y confortable de todo el campamento. El Güero meneó la cabeza.

–Hace un día muy lindo, quedémonos al aire libre.

–Permíteme que insista, Güero. En mi barraca tengo sillones, una mesa estupenda, el ordenador, el mejor tequila y…

–Me has convencido –sonrió el Güero.

–¿Vamos, pues?

–No, lo traes todo acá.

Tardaron una media hora en montar un escenario que dejara satisfechas las pretensiones del mexicano. Durante todo ese tiempo, Tano Raschillà se mantuvo apartado observando la procesión de campesinos que depositaban la cosecha en los almacenes. Toneladas de materia prima; Tano se aventuró a hacer una primera estimación del género. Considerando el volumen, la situación del mercado y las posibles pérdidas, la cosecha debía de rondar los mil doscientos millones de euros. A todo eso había que restarle un diez o un doce por ciento de intermediarios, gastos accesorios y posibles complicaciones legales. Mil millones limpios, no se hable más. Si los mexicanos conseguían garantizar tres cosechas anuales, el trato parecía colosal.

Al cabo de un rato lo tuvieron todo listo; dos sillones rodeando una mesa de trabajo Casus, todo a la sombra de un gigantesco cedro. Ikea, pensó Tano Raschillà deplorando la rudeza del mexicano. El Güero saludó con un gesto imperioso a Jaime Gonzales y lo invitó a tomar asiento.

La discusión duró horas y pasó por momentos de tensión, pero al final se llegó a un acuerdo. A cambio de una considerable reducción del precio, la familia de don Achille se comprometía a adquirir enteramente la producción anual.

A cargo de los mexicanos corría el secado de las hojas y la transformación en pasta base; después entraba en escena la familia Patriarca, que se ocuparía del transporte a Europa, el refinado y la distribución de la mercancía. Los mexicanos cobrarían mediante transferencias a cuentas cifradas del Intertrade Bank en Providenciales, una pequeña isla perteneciente al archipiélago de Turcas y Caicos.

–¡Ahora estamos de acuerdo!

Tano se aclaró la voz.

–Sí, pero si usted quisiera podríamos mejorar la cosa…

Congelar los fondos de las cuentas receptoras para que confluyeran también las ganancias de las ventas, que serían expedidas directamente por la familia Patriarca.

–Así, en un primer cálculo… –puntualizó Tano.

En total eran unos dos mil millones tirando por lo bajo.

Una suma apreciable.

–¿Y qué se supone que haríamos con todo ese capital?

El calabrés proponía una joint venture; invertir en fondos de alto riesgo con posiciones muy cortas y, por otro lado o al mismo tiempo, comprar sociedades “limpias” que operan en el sector de las grandes obras públicas.

El Güero dejó pasar unos segundos antes de contestar.

–De esta manera ustedes se convertirían en nuestro banco…

–Sería de ambas partes. Riesgo y capital divididos al cincuenta por ciento.

–¿Y qué ventajas tendría?

–Entrada directa en el mercado europeo.

–Europa me vale madre.

–Quizás Europa, pero los europeos como nosotros sí que contamos, vaya si contamos.

El Güero encendió un Cohiba y echó tequila en su vaso.

–Tengo que hablarlo con el cártel, no sé si estarán de acuerdo.

–Si acepta, señor Rivera, usted recibiría una comisión neta de trescientos mil euros. No hace falta que se informe a todo el mundo, quedará entre nosotros. Podría abonársela en la cuenta que usted me indique en, digamos, cinco días.

–Cinco días son una eternidad, amigo.

–Mañana por la noche, cuando volvamos a Ciudad de México.

El Güero resopló. Tano se inclinó hacia él.

–Creo que llegar a cuatrocientos mil no supondría ningún problema.

El Güero sonrió y se quitó las gafas.

–Trato hecho.

Traducción: Nicolás Pastor

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