STEPHEN HAWKING: UNA MENTE BRILLANTE

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Para muchos es un genio. A la altura de Einstein, Newton o Galileo. Pero el físico inglés de 73 años, víctima de una rara y fatal forma de esclerosis, está condenado a una silla de ruedas y a comunicarse sólo por una pantalla y una voz de robot. Dueño de una inteligencia privilegiada e intacta, revolucionó la teoría del nacimiento del universo. Su vida está colmada de acontecimientos increíbles. El año pasado se estrenó una película basadas en las memorias de su primera esposa. Luces y sombras de un hombre fuera de serie.

Texto: Oscar Rolando / Fotos: Ben O’Hara / Susan Redknapp / Julia Monbiot / Frances Freedman / Sloane Shoard

Marcado por la ciencia desde el nacimiento. Celebra su cumpleaños todo 8 de enero, el mismo día que murió Galileo.

Marcado por la ciencia desde el nacimiento. Celebra su cumpleaños todo 8 de enero, el mismo día que murió Galileo.

Se festejaba el Año Nuevo. La familia vivía un momento feliz. Stephen, de 21 años, cantaba y se divertía como muy pocas veces. Se acababa el año 1962, en el que había ingresado a Cambridge, después de graduarse en Ciencias Naturales en Oxford, una carrera que le había parecido aburrida, pese a haber obtenido las máximas calificaciones. Cambridge era otra cosa: el curso de Cosmología lo apasionaba. Por eso reía y cantaba, aunque en la mesa había algunos extraños, como esa mujer de nombre Jane, que no dejaba de mirarlo.

Stephen, con un manotazo impensado, volcó su copa de vino sobre el mantel blanco. Como siempre, algunos trataron de minimizar el hecho. Pero cuando intentó levantar la botella y servirse nuevamente, se le escurrió de las manos y cayó al suelo. Stephen quiso romper el incómodo silencio, pero sólo atinó a decir: “No es nada, no es nada”, y huyó a su cuarto. Jane compartió esa angustia y quiso acompañarlo. Sin embargo, era una desconocida de la familia y se quedó inmóvil en su silla.

Stephen sintió, desesperado, que su vida estaba terminada. Días atrás había tenido un episodio parecido al intentar ponerse los zapatos. “Debe ser un calambre”, pensó, aunque sabía que era algo mucho más grave. Ya durante su carrera en Oxford había tenido dos caídas inexplicables. Su padre, que era médico, lo había llevado a un clínico de confianza, y luego a un especialista, y durante dos semanas hubo tests de todo tipo para determinar cuál era el problema. Esa noche de Año Nuevo todo el mundo se había enterado de su secreto.

Pero cuando intentó levantar la botella y servirse nuevamente, se le escurrió de las manos y cayó al suelo.

Retrato de un joven Stephen Hawking.

Retrato de un joven Stephen Hawking.

La verdad era dura de decir. Y de aceptar. El médico le dijo que estaba afectado por un raro mal que no era una esclerosis típica, pero no pudo darle otras precisiones. Un especialista de Londres, tras nuevos estudios, le completó el cuadro: su enfermedad era el “Mal de Gehrig”, y debía ese nombre por haber enviado a la muerte a un famoso jugador de béisbol. En términos científicos, lo había atacado el ALS, sigla en inglés de esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad que provoca la parálisis gradual del cuerpo sin interferir en las actividades cerebrales. Abatido hasta el límite, sólo preguntó:

–¿Qué puedo esperar de la vida con esta enfermedad?

–Es muy difícil responder eso. Si debo hacerlo hoy, le diría que puede morir en dos años, o tres.

Nada se oponía, entonces, al matrimonio. Salvo, la creciente degradación que produciría el ALS en el cuerpo del hombre.

Con esa condena a cuestas, Stephen llegó a su casa y se encerró en su cuarto. No salió de allí por cuatro meses. Se refugió en la música de Richard Wagner a todo volumen y en el whisky, con el que se emborrachaba todos los días. Desde la pared, con mirada insinuante, lo contemplaba un gran póster de Marilyn Monroe, una mujer que lo llenaba de fuego.

Voluntad a toda prueba

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Junto a su segunda esposa Elaine Mason, luego de celebrar su matrimonio en el Cambridge Register Office, en septiembre de 1995.

Nadie podía imaginar en ese momento que la enfermedad, lejos de anularle el futuro, sería la clave para forjar a un auténtico genio. Stephen Hawking pudo sobreponerse a esa condena de muerte apoyado en una increíble fuerza de voluntad y determinación. Las ideas que lo acosaban día y noche eran los orígenes y el fin del universo. Se decidió a exprimir su mente en todo el tiempo que le quedara de vida (que imaginaba muy escaso) hasta encontrar la respuesta final. La enfermedad podía esperar: “Si las enfermedades funcionan como los principios físicos –escribió en su diario personal en los peores días del encierro–, la única manera que existe de frenar su fuerza es oponiéndole una fuerza equivalente. Todavía no la conozco, no la tengo. Pero la voy a encontrar”.

Y a esa búsqueda contrarreloj llegaron a auxiliarlo dos poderosos estímulos: un libro y una mujer. El libro estaba en su biblioteca, sobre su propia cabeza, y era del físico Roger Penrose: La teoría de la singularidad en relación a los agujeros negros. “Quedé como iluminado por su explicación, y le escribí inmediatamente, para comunicarle mis ideas al respecto. Desde ese momento tuve formado un ideal”, relató años después en la BBC. Pero si Hawking quedó iluminado con ese libro, Penrose quedó también fascinado con lo que había recibido de parte del joven de Oxford.

El otro factor fue una mujer. Jane, la misma que compartió su mesa esa desgraciada noche del 31 de diciembre de 1962, y que lo había llamado a su casa sin que él se enterara semana tras semana, para chocar con la barrera de sus padres. “No, Stephen no quiere ver a nadie”, le contestaba Isobel, la madre, que tampoco quería que vieran a su hijo borracho y llorando cada noche desconsoladamente.

Pero un día, Jane se decidió y fue a visitarlo. Sorpresivamente, la madre vio que esa noche estaba de buen humor, e hizo pasar a la muchacha. El encuentro fue muy especial. Tanto, que le devolvió la sonrisa a Stephen.

Muchos lo veían como un hombre arrogante y testarudo. La enfermedad ya le impedía escribir.

Sueños y realidad

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Modelo. Ejemplo vivo de hasta dónde puede llegar la capacidad de superación del ser humano ante la adversidad más cruel.

Dedicado totalmente a la física, arrancando de la teoría de Penrose, Hawking comenzó a elaborar su tesis final para el posgrado de Cambridge con su primera teoría de los agujeros negros. Jane seguía visitándolo, hasta que surgió el tema del casamiento. La joven, nacida en Londres y profundamente católica, tenía una única duda para unirse a él: si la enfermedad se trasladaría o no a sus hijos. Ella y Stephen lo hablaron abiertamente.

Consultaron a los mejores especialistas, pese a que las respuestas fueron ambiguas. Aunque ambos rescataron algo: había una buena posibilidad de que no se tratara de una enfermedad hereditaria. Nada se oponía, entonces, al matrimonio. Salvo, la creciente degradación que produciría el ALS en el cuerpo del hombre. Sin embargo, eso no parecía detener a Jane.

En sus escritos posteriores, Hawking habló sin rodeos de su enfermedad: “Cuando supe lo que tenía, sin saber cuán rápidamente iba a progresar la enfermedad, estaba desocupado. Los médicos me dijeron que volviera a Cambridge y siguiera con mis investigaciones sobre relatividad y Cosmología. Pero yo dudaba, porque imaginaba que no viviría lo suficiente como para terminar mi master, y mucho menos para completar mi teoría. La llegada de Jane a mi vida me cambió por completo. Ya tenía algo para vivir. Y también tenía que trabajar, porque sólo con un empleo podría casarme. Para mi gran sorpresa, obtuve una beca, y a los pocos meses ya estaba casado”.

Cuando llegó el primer hijo, Robert, en 1967, Jane Wilde se aferraba solamente a su fe en la existencia de Dios. Stephen, en principio, compartía la creencia, aunque con los años pasaría a convertirse en un ateo. Llegarían otros dos hijos, Lucy y Timothy, pero también una mala noticia: debería movilizarse para siempre en silla de ruedas. Para Stephen fue desmoralizante, porque siempre había rechazado esa dependencia que consagraba su condición de minusválido. Sin embargo, no había más remedio. Su desánimo duró poco: estaba decidido a seguir viviendo, a seguir trabajando en su teoría, a seguir su destino.

La suya, desde entonces, es una voz metálica, impersonal, que parece salida de un robot.

Arrogante y cabeza dura

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Su deseo para la posteridad: “Espero que se me recuerde por mi trabajo en el campo de la cosmología y los agujeros negros”.

Muchos lo veían como un hombre arrogante y testarudo. La enfermedad ya le impedía escribir. Para sus manos era imposible aferrar un bolígrafo o tipiar en una computadora. No obstante, cada nueva dificultad acicateaba más su espíritu. Convirtió a su memoria en un inmenso archivo de datos, los mismos que no podía guardar por escrito. Y entre 1978 y 1979 vivió otro tiempo de gloria: con 36 años, le entregaron el Premio Albert Einstein. Y nació Timothy, su tercer hijo que, al igual que los otros, llegó perfectamente normal.

Luego de 1980, algo varió en la vida familiar. Jane dejó de encargarse de todo y pasaron a tener enfermeras privadas, que arribaban a la casa algunas horas por la mañana y otras por las tardes. Hasta que en 1985, una neumonía obligó a que se le practicase Stpehen una traqueotomía que finalizó con la ablación de parte de su garganta, justamente la que corresponde a las cuerdas vocales. Desde ese momento, Hawking se quedó sin olfato y, sobre todo, sin voz.

“Antes de esa operación –recordó luego– mi voz era cada vez más turbia y difícil de entender. Sólo algunas pocas personas eran capaces de interpretar lo que decía. Pero podía comunicarme. Así pude escribir documentos científicos dictándolos a una secretaria, y dar seminarios apoyado por un intérprete. Hasta que un experto en computación de California, Walt Woltosz, me envió un programa llamado Equalizer. Esto me permitió seleccionar palabras desde una serie de menús en la pantalla, presionando una llave que me ponía en la mano. Incluso se podía operar este programa con la cabeza y los ojos. Todo aparecía escrito en una pantalla. Claro que esto no equivalía a hablar.”

Técnicamente el problema fue resuelto por David Mason, un experto de Cambridge que le agregó a su silla una pequeña computadora y un sintetizador de voz. “Con este sistema pude hablar mucho mejor que antes de la operación –relató emocionado Hawking–. Usándolo pude escribir libros y docenas de documentos.” La suya, desde entonces, es una voz metálica, impersonal, que parece salida de un robot. No obstante, al genio sólo le molestaba una cosa: el acento estadounidense que tenían las palabras, lejano al british de un natural de Oxford. El año pasado, Hawking estrenó nueva silla en la que puede transmitir sus pensamientos con mayor rapidez y realizar algo tan simple pero fundamental para él como navegar por internet en la décima parte de tiempo que le permitía su anterior silla.

Física y cristianismo

Stephen Hawking.

Stephen Hawking.

Una vez, dialogando con un periodista, el tema giró hacia lo inevitable: de qué manera se articula (o no) su teoría sobre el nacimiento del universo con la noción de Dios como creador y ser supremo.

–Si su teoría sobre los agujeros negros es cierta, ¿usted cree que modificará la conducta del hombre?

–Bueno, eso es difícil. El cristianismo hace dos mil años que intenta modificar al hombre.

–¿Usted quiere decir que la física es igual al cristianismo?

–No. La física no le enseña al hombre a ser un buen vecino.

Ese es otro rasgo de Hawking: su ironía y su sentido del humor, que no lo abandona pese a todo. Una de las mujeres que fue su secretaria, Sue Massey, dijo de él: “Son raros los días en que está de mal humor. Raros los días en los que se no se burla de sí mismo o de su enfermedad”. Su hija Lucy, en cambio, no es tan benévola con su padre. Cuando le preguntaron en qué se parecía a él, marcó la diferencia: “Es muy cabeza dura. Yo no creo tener la fuerza de su pensamiento. Pero esa misma fuerza es la que le permite hacer lo que quiere sin importarle lo que les pase a los demás”.

Muchos atribuyen esas declaraciones a un hecho sorprendente que se produjo en 1990: la separación del matrimonio, casi simultánea a la finalización del rodaje de una película sobre su libro A brief history of time, aparecido en 1988. Años después se uniría a otra mujer, Elaine Mason, que comenzó a atenderlo cuando incorporó en su silla de ruedas el invento de quien era su marido, David Mason: el sintetizador de voz.

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Lanzamiento de su libro “La teoría del todo”.

A partir del primer libro, la figura de Hawking se convirtió en un imán en todo el mundo. A brief history of time lleva vendidos más de 25 millones de ejemplares, y su renovación, que el propio autor hizo en 1996, le ha otorgado un interés extra. El objetivo de Stephen ha sido desde el principio unificar dos teorías profundas sobre el surgimiento del universo: la relatividad y la física cuántica.

En 1981, en el Vaticano, había afirmado su teoría de un universo finito que, a la vez, carece de un límite. En el fondo, este concepto ilimitado no tiene pruebas que lo avalen, pero posee, al contrario, profundas implicancias religiosas. Lo que habría sido el desencadenante de su separación de Jane. En su primer libro, Hawking sostiene que “en tanto que el universo posee un comienzo, podemos suponer que tuvo un creador. Pero si el universo está realmente contenido en sí mismo, y no tiene límites ni bordes, no debería tener ni un comienzo ni un final: simplemente sería. ¿Cuál entonces habría sido el lugar de un creador?”.

El nuevo matrimonio se formalizó en 1995, y tuvo ribetes cinematográficos.

Turbulencia sentimental

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge donde es profesor de matematicas.

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge donde es profesor de matematicas.

Esas palabras, corrosivas para la fe en un Dios, también tuvieron ese efecto dentro de su hogar. A los dos años de haber aparecido el texto, el matrimonio con Jane Wilde se deshizo. También se habló de un tercero que desequilibró a la pareja. Jane estuvo muchos años dedicada exclusivamente a su marido. Aunque, durante el embarazo de su tercer hijo, tomó una decisión importante: volvió a la iglesia. Se integró a un coro y allí conoció a Jonathan Hellyer-Jones, un hombre que tocaba el clavicordio y que tenía algunos años menos que ella. Tímido, religioso y con rasgos de artista, Jonathan era la antítesis de Stephen.

Por algún motivo, Jane se lo presentó a su marido y los dos hombres hicieron una amistad. Tanto, que Jonathan terminó viviendo en la casa como amigo de la familia. La relación del recién llegado con Jane, que comenzó en forma platónica, fue cambiando. Tal vez ambas cosas –las profundas diferencias religiosas y el conocimiento de una relación extramatrimonial– hayan provocado el fin de la pareja en 1990.

Según las personas que se sucedieron en el cuidado del genio, Jane lo trató siempre en forma condescendiente, como un inválido. En cambio, Elaine Mason, hasta ese momento una de las enfermeras, se comportaba de manera distinta. Mientras para Jane toda la gente que rodeaba a su marido era una incomodidad (más de una vez aludió al “carnaval” que se formaba a su alrededor), para Elaine eso era lo mejor que podía pasarle a Hawking.

El nuevo matrimonio se formalizó en 1995, y tuvo ribetes cinematográficos. El científico se escapó de su casa para irse a vivir con su enfermera en un lujoso apartamento. Los primeros años de la nueva pareja fueron sorprendentes. Incluso, hasta se lo vio a Stephen corriendo con su silla a su nueva mujer por los pasillos de un hotel de Kioto. Elaine, “una mujer alta, efervescente, rulos rojizos y gran contextura”, como la definió la revista Vanity Fair, tenía dos hijos de su anterior matrimonio con Mason, y no hizo esfuerzo alguno para ocultar lo que hacía su nuevo marido.

Stephen Hawking en la gala del festival de fiasco 2010.

Stephen Hawking en la gala del festival de fiasco 2010.

Sin embargo, en 2004, una denuncia echó sombras sobre la vida del matrimonio. Parte del personal que cuidaba al físico denunció que Stephen estaba siendo objeto de abusos y agresiones, incluyendo cortes en los labios y golpes en la cara, por parte de Elaine. La policía de Londres no encontró sustento para la denuncia. El caso se archivó sin que la pareja aclarara la situación en público. Dos años después, ambos firmaron los documentos del divorcio, poniendo fin a una experiencia “apasionada y tempestuosa”.

Un tiempo antes, Jane Wilde había publicado un libro de confesiones privadas –Music To Move The Stars, posteriormente adaptadas en el filme de la BBC, Hawking–, en el que escribió que su ex marido se comportaba como “un emperador todopoderoso” y un “maestro titiritero”, y justificó su affaire con el músico Hellyer-Jones, por su “desesperación por hallar una realización emocional y física”. Ya más tranquila, Wilde lanzó dos años atrás Travelling to Infinity: My Life with Stephen, el libro que derivó en la película The Theory of Everything, estrenada a fines de 2014 y que le dio un Oscar por su composición del genial científico al actor británico Eddie Redmayne.

La vida de Hawking, contrariamente a la premonición de aquel especialista que detectó su enfermedad en 1963, se prolongó mucho más que tres años. Su aporte a la ciencia hizo que muchos lo equipararan con otros grandes: Einstein, Galileo o Newton. Hay científicos que lo discuten todavía. Pero nadie duda de su genio. Y la lucidez con que pudo sortear todas las trampas que la enfermedad le puso a su cuerpo.

La teoría de la unificación

Stephen Hawking revolucionó la física con su teoría sobre los orígenes del universo. Es una construcción superadora que intenta unir los dos logros intelectuales más grandes del siglo XX: la relatividad (la estructura del universo en gran escala, determinada por la gravedad), y la mecánica del quantum, es decir, las fuerzas que operan a una escala atómica. A eso se lo llama “La Gran Unificación” o teoría del todo. Se trata de una labor ciclópea, que el propio Albert Einstein eludió, pero que de confirmarse descifraría nada menos que el mecanismo del nacimiento del universo.

La relatividad fue el gran descubrimiento de Einstein. Y según la física cuántica, una partícula no tiene existencia real, sino que se mueve eternamente como una onda, dentro de un dominio en el que el espacio y el tiempo no existen. Los físicos denominan a este fenómeno “reducción al paquete de ondas”. Para Hawking, en el origen del universo estas ondas se transformaron en partículas, y por lo tanto en materias. Estrellas apagadas se convirtieron en agujeros negros. Y éstos, tras millones de años de lenta evaporación, explotaron formando otras estrellas y galaxias.

Otra consecuencia de esa Unificación sería que los agujeros negros no serían totalmente negros, sino que emitirían radiación antes de desaparecer. De todo ello se desprende que Hawking descubrió un universo sin límites en el espacio, sin comienzo ni fin en el tiempo. En ese caso –punto más que polémico– no sería necesaria la existencia de un creador.

Hacia fines de la década 1980, cuando apareció la primera edición de su libro A brief history of time, muchos creyeron que el científico británico se alzaría con el Premio Nobel. Pero nunca obtuvo esa distinción. Tal vez esa negativa se deba a que las reglas del Nobel exigen que una teoría sea probada para acceder al galardón. Y esa condición no se cumplió.

No obstante, ha sido galardonado con una distinción más prestigiosa, la Medalla Copley, el premio científico más antiguo y que se concede a una sola persona. La han ganado Darwin, Franklin, Einstein y Pasteur. Cuando fue difícil inclinarse por un candidato, como en 1838, la compartieron Faraday y Gauss. Hawking la recibió en 2006.


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