RICHARD DAWKINS: POR QUE LA EVOLUCION DE LA VIDA NO NECESITA DE NINGUN CREADOR

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Un libro como El relojero ciego deshace una buena parte de los equívocos que normalmente se proyectan sobre el evolucionismo; pero sobre todo es un intento serio de explicar basándose en la teoría de Darwin cómo han podido llegar a existir formas de vida tan increíblemente complejas como nosotros mismos, a partir de los más simples materiales. En sus páginas, Richard Dawkins rebate discursos teológicos acerca de la figura de Dios como creador de vida y esclarece cómo se puede conseguir la complejidad mediante la evolución. En la parte final del texto, el biólogo británico cuestiona otras teorías que han tratado de dilucidar la variedad de formas de vida y que van desde el creacionismo hasta el lamarckismo. Aquí el inicio.

Texto: Richard Dawkins / Fotos: Gentileza Editorial Tusquets

  1. Explicar lo muy improbable
El biólogo y divulgador, azote de las religiones, asegura que “es perverso instruir en falsedades”. El sólo cree en Darwin.

El biólogo y divulgador, azote de las religiones, asegura que “es perverso instruir en falsedades”. El sólo cree en Darwin.

Nosotros, los animales, somos las cosas más complejas del universo conocido. Nuestro universo, por supuesto, es un pequeño fragmento del universo real. Puede haber objetos más complejos que nosotros en otros planetas y es posible que algunos sepan ya de nuestra existencia. Pero esto no altera la idea que quiero exponer. Las cosas complejas merecen siempre una explicación muy especial. Queremos saber cómo empezaron a existir y por qué son tan complejas. Es probable que la explicación, como se verá más adelante, sea la misma en términos generales para todas las cosas complejas de cualquier parte del universo; la misma para nosotros, que para los chimpancés, los gusanos, los robles y los monstruos del espacio exterior. Por contraposición, no será así para lo que llamaré cosas “simples”, como rocas, nubes, ríos, galaxias y estrellas. Estas son materia de la física. Los chimpancés, los perros, los murciélagos, las cucarachas, la gente, los gusanos, las flores, las bacterias y los seres de otras galaxias lo son de la biología.

La diferencia radica en la complejidad del diseño. La biología es el estudio de las cosas complejas que dan la impresión de haber sido diseñadas con un fin. La física es el estudio de las cosas simples que no nos incitan a invocar un diseño deliberado. A primera vista, objetos hechos por el hombre, como los ordenadores y los coches, parecen excepciones. Son complejos y están, obviamente, diseñados con una finalidad, sin embargo carecen de vida y están hechos de metal y plástico en lugar de carne y hueso. En este libro los trataré como objetos biológicos.

Pensamos que la física es compleja porque nos resulta difícil de comprender, pero los objetos que estudian los físicos son sobre todo objetos simples.

La reacción del lector a este planteamiento puede consistir en preguntar: “Sí, pero ¿son realmente objetos biológicos?”. Las palabras están a nuestro servicio, no al revés. Por diferentes razones, nos resulta conveniente utilizar palabras con distinto sentido. La mayoría de los libros de cocina clasifican la langosta como un pez. Los zoólogos se quedarían pasmados al leerlo, y señalarían que las langostas podrían llamar peces a los humanos con mayor justicia, ya que los peces son una especie más cercana a los humanos que a ellas. Y, hablando de justicia y langostas, he oído que un tribunal tuvo que decidir recientemente sobre si las langostas eran insectos o “animales” (el tema surgió al discutir si se debería permitir que la gente cociese vivas a las langostas). Desde un punto de vista zoológico, las langostas ciertamente no son insectos. Son animales, pero también lo son los insectos y nosotros. No tiene especial interés ponerse a discutir sobre la forma en que las distintas personas utilizan las palabras (aunque en mi vida no profesional estoy bastante dispuesto a discutir con quienes echan las langostas vivas en el agua hirviendo). Los cocineros y los abogados necesitan usar las palabras con un estilo propio especial, igual que yo en este libro. No importa si los coches y los ordenadores son “realmente” objetos biológicos. La idea es que si encontráramos cualquier cosa con tal grado de complejidad en un planeta, no dudaríamos en concluir que allí existe vida, o que existió en algún momento. Las máquinas son productos directos de los seres vivos, su complejidad y diseño derivan de ellos, y son indicios de la existencia de vida en un planeta. Lo mismo vale para los fósiles, esqueletos y cadáveres.

He mencionado que la física es el estudio de las cosas simples, lo cual, en principio, puede resultar extraño. La física parece un tema complejo porque sus ideas son difíciles de comprender. Nuestros cerebros fueron diseñados para entender la caza y la recolección, el apareamiento y la reproducción: un mundo de objetos de tamaño medio moviéndose en tres dimensiones a una velocidad moderada. Estamos mentalmente mal equipados para comprender lo muy pequeño y lo muy grande; cosas cuya duración se mide en picosegundos o en gigaaños; partículas que no tienen posición; fuerzas y campos que no podemos ver o tocar, que sólo conocemos porque afectan a lo que podemos ver o tocar. Pensamos que la física es compleja porque nos resulta difícil de comprender y porque los libros de física están llenos de complejas fórmulas matemáticas. Pero los objetos que estudian los físicos son sobre todo objetos simples. Son nubes de gases o pequeñas partículas, o conjuntos de materia uniforme como los cristales, con patrones atómicos repetidos casi de manera infinita. No poseen, de acuerdo con los patrones biológicos, partes complejas. Incluso los grandes objetos físicos como las estrellas están formados por un conjunto de elementos bastante limitado, ordenados más o menos al azar. El comportamiento de los objetos físicos, no biológicos, es tan simple que puede usarse el lenguaje matemático existente para describirlo, y por ello los libros de física están llenos de fórmulas.

Los libros de física pueden ser complejos, pero al igual que los coches y los ordenadores, son producto de unos objetos biológicos: los cerebros humanos. Los objetos y fenómenos en un libro de física son más simples que una sola célula del cuerpo de su autor. Y el autor está formado por billones de estas células, la mayoría de las cuales son diferentes entre sí, y se encuentran organizadas con una intrincada arquitectura y dirigidas con precisión, hasta formar una máquina capaz de escribir un libro. Nuestros cerebros no están mejor equipados para manejar complejidades extremas que para manejar tamaños extremos u otros problemas extremos de la física. Nadie ha podido hallar todavía los cálculos matemáticos necesarios para describir la estructura y el comportamiento de un objeto tal como un físico, o incluso una de sus células. Lo único que podemos hacer es tratar de comprender algunos de los principios generales sobre el funcionamiento de los seres vivos y el porqué de su existencia.

Aquí es donde entramos nosotros en escena. Queríamos saber por qué existimos y por qué existen todas las demás cosas complejas. Hoy podemos contestar a estas preguntas en términos generales, aun sin ser capaces de comprender los detalles de la propia complejidad. Por poner un ejemplo, la mayoría de nosotros no entendemos cómo funciona un avión. Probablemente, sus constructores tampoco lo entienden en su totalidad: los expertos en motores no comprenden del todo la problemática de las alas, y los expertos en alas conocen los motores sólo de forma vaga. Los expertos en alas tampoco entienden de lo suyo con una precisión matemática absoluta: pueden predecir cómo se comportarán unas alas en condiciones de turbulencia, analizándolas en un túnel de aire o mediante una simulación en un ordenador; más o menos lo que podría hacer un biólogo para entender la mecánica de un animal. Pero, a pesar de lo incompleto de nuestra comprensión sobre cómo funciona un avión, todos sabemos cómo se originó. Fue diseñado por unas personas en una mesa de dibujo.

Después, otras personas fabricaron las piezas a partir de tales dibujos, y luego muchas más personas (con ayuda de máquinas diseñadas también por personas), atornillaron, remacharon, soldaron y encolaron las piezas, colocando cada una en su sitio correcto. El proceso por el cual se originó un avión no es fundamentalmente misterioso para nosotros, porque lo construyeron seres humanos. Colocar piezas de forma sistemática para ejecutar un diseño con una finalidad es algo que conocemos y comprendemos bien, porque lo hemos experimentado de manera directa, aunque sólo haya sido con nuestros juegos infantiles de construcciones.

El único relojero que existe en la naturaleza son las fuerzas ciegas de la física, aunque desplegadas de manera especial.

¿Qué pasa con nuestros cuerpos? Cada uno de nosotros es una máquina, como un avión, sólo que mucho más compleja. ¿Fuimos también diseñados en una mesa de dibujo, y nuestras piezas fueron ensambladas por un hábil ingeniero? La respuesta es no. Es una respuesta sorprendente, y la conocemos y comprendemos sólo desde hace alrededor de un siglo. Cuando Charles Darwin explicó este concepto por primera vez, mucha gente no quiso, o no pudo, entenderle. Yo mismo rehusé decididamente creer la teoría de Darwin cuando la oí por vez primera, de niño. A lo largo de la historia, hasta la segunda mitad del siglo XIX, casi todo el mundo creía con firmeza en lo contrario: la teoría del Diseñador Consciente. Mucha gente todavía cree en una creación divina, quizá porque la verdad, la explicación darwiniana de nuestra propia existencia, no forma parte aún (lo que resulta curioso) de los programas de educación.

Según Dawkins, nuestros organismos están diseñados para garantizar la supervivencia de los genes que portan.

Según Dawkins, nuestros organismos están diseñados para garantizar la supervivencia de los genes que portan.

Y por ese motivo aún hay gente que no la entiende. El relojero que da título a este libro lo he tomado prestado de un famoso tratado escrito por William Paley, teólogo del siglo XVIII. Su Natural Theology – or Evidences of the Existence and Atributes of the Deity Collected from the Appearance of Nature (Teología Natural, o pruebas de la existencia y atributos de la divinidad recogidas a partir de los aspectos de la naturaleza), publicada en 1802, es la exposición más conocida del “argumento del diseño”, el argumento que más ha influido para demostrar la existencia de Dios. Es un libro que admiro en gran medida, porque en su tiempo su autor obtuvo éxito haciendo lo que yo trato de hacer ahora. El tenía una idea que expresar, creía firmemente en ella y no ahorró esfuerzos para expresarla con claridad. Sentía un respeto peculiar por la complejidad del mundo de los seres vivos, y observó que requería un tipo de explicación muy especial. En la única cosa en que se equivocó –y hay que admitir que no es un aspecto menor– fue en la explicación misma. Dio la tradicional respuesta religiosa al enigma, pero la articuló de manera más clara y convincente que cualquier otro antes que él. La verdadera explicación, sin embargo, era totalmente distinta, y tuvo que esperar la llegada de uno de los pensadores más revolucionarios de todos los tiempos: Charles Darwin.

Paley comienza su Teología Natural con un famoso pasaje:

Supongamos que, al cruzar un páramo, mi pie tropieza con una piedra, y se me pregunta cómo ha llegado esa piedra hasta allí; probablemente, podría contestar que, por lo que yo sabía, había estado allí desde siempre: quizá tampoco hubiera sido fácil demostrar lo absurdo de esa respuesta. Pero supongamos que hubiese encontrado un reloj en el suelo, y se me preguntase qué había sucedido para que el reloj estuviese en aquel sitio; no podría dar la misma respuesta que antes, de que, por lo que yo sabía, el reloj podía haber estado allí desde siempre.

Paley aprecia aquí la diferencia entre los objetos físicos naturales, como las piedras, y los objetos diseñados y fabricados, como los relojes. Continúa exponiendo la precisión de los engranajes y muelles de un reloj, y la complejidad con que están montados. Si encontráramos en un páramo un objeto similar a un reloj, aunque desconociéramos cómo se originó, su precisión y la complejidad de su diseño nos forzarían a concluir que el reloj debió de tener un fabricante:

que debió de existir en algún momento, y en algún lugar, un artífice o artífices, que lo construyeran con una finalidad cuya respuesta encontramos en la actualidad; que concibió su construcción, y diseñó su utilización.

Nadie podría disentir razonablemente de esta conclusión, insiste Paley, aunque eso es justo lo que en realidad hace el ateo, cuando contempla las obras de la naturaleza, ya que cada indicación de inventiva, cada manifestación de un diseño inteligente que existe en el reloj, existe en las obras de la naturaleza; con la diferencia, por parte de éstas, de ser tan excelsas o más, y en un grado que supera todo cálculo.

Paley ilustra sus tesis con descripciones bellas y reverentes del mecanismo de la vida, que disecciona, comenzando con el ojo humano, uno de los ejemplos favoritos que Darwin usaría luego y que volverá a aparecer a lo largo de este libro. Paley compara el ojo con un instrumento diseñado como el telescopio, para concluir que “existen exactamente las mismas pruebas de que el ojo fue hecho para la visión, como de que el telescopio fue hecho para ayudarle en su función”. Por tanto, el ojo debe haber tenido un diseñador, de la misma forma que lo tuvo el telescopio.

Si puede decirse que la selección natural cumple una función de relojero en la naturaleza, ésta es la de relojero ciego.

El argumento de Paley está formulado con una sinceridad apasionada e ilustrado con los conocimientos biológicos más avanzados de su tiempo, pero es erróneo, clamoroso y rotundamente erróneo. La analogía entre el telescopio y el ojo, entre un reloj y un organismo vivo, es falsa. Aunque parezca lo contrario, el único relojero que existe en la naturaleza son las fuerzas ciegas de la física, aunque desplegadas de manera especial. Un verdadero relojero tiene una previsión: diseña sus engranajes y muelles, y planifica las conexiones entre sí, con una finalidad en mente. La selección natural, el proceso automático, ciego e inconsciente que descubrió Darwin, y que ahora sabemos que es la explicación de la existencia y forma de cualquier tipo de vida con un propósito aparente, no tiene ninguna finalidad en mente. Carece de mente e imaginación. No planifica el futuro. No tiene ninguna visión, ni previsión, ni vista. Si puede decirse que cumple una función de relojero en la naturaleza, ésta es la de relojero ciego.

A prueba de balas. Su escepticismo no se dirige sólo contra la religión: también contra la superstición y las seudociencias.

A prueba de balas. Su escepticismo no se dirige sólo contra la religión: también contra la superstición y las seudociencias.

Explicaré todo esto y muchas cosas más. Pero lo que no haré será restar importancia a la maravilla de los “relojes” vivos, que tanto inspiraron a Paley. Por el contrario, trataré de ilustrar mi convicción de que aquí Paley podía haber llegado aún más lejos. Cuando se trata de sentir reverencia ante los “relojes” vivos, no me quedo atrás. Noto que tengo más cosas en común con el reverendo William Paley que con un distinguido filósofo moderno, un ateo muy conocido, con quien discutí una vez este tema durante una cena. A mi afirmación de que no podía imaginarme ser ateo antes de 1859, cuando se publicó el Origen de las especies de Darwin, el filósofo replicó: “¿Y qué pasa con Hume?”. “¿Cómo explicó Hume la compleja organización del mundo viviente?”, pregunté. “No lo hizo”, contestó el filósofo. “¿Por qué habría necesitado una explicación especial?”

Paley sabía que era necesaria una explicación especial, como Darwin, y sospecho que en el fondo de su corazón, mi compañero, el filósofo, también lo sabía. En cualquier caso, mi trabajo consistirá en demostrarlo aquí. Respecto a David Hume, se ha dicho a veces que el gran filósofo escocés disponía del argumento del diseño un siglo antes que Darwin. Pero lo que Hume hizo fue criticar la lógica de usar el aparente diseño de la naturaleza como prueba positiva de la existencia de un Dios. No ofreció ninguna explicación alternativa a este aparente diseño, pero dejó planteada la cuestión. Un ateo anterior a Darwin podría haber dicho, siguiendo a Hume: “No tengo una explicación del complejo diseño biológico. Todo lo que sé es que Dios no es una buena explicación, de manera que debemos esperar y rogar que alguien ofrezca otra mejor”.

Traducción: Manuel Arroyo Fernández


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