BERNARD MARIS: HOUELLEBECQ ECONOMISTA

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Los economistas son una pandilla de intrigantes y no hay intrigantes inocentes. Mueven los hilos de los gobiernos, aconsejan guerras, traman burbujas, crisis y depresiones, están metidos en todas las empresas cobrando buenos salarios, inventan rumores y quimeras, han hecho creer a todo el mundo que la economía es una ciencia. Tal es la conclusión a la que se llega leyendo Houellebecq economista, el ensayo póstumo de Bernard Maris –uno de los doce asesinados en la masacre yihadista contra la revista Charlie Hebdo–, en el que se pasea por los libros del polémico escritor francés Michel Houellebecq. Aquí compartimos sus primeras páginas.

Texto: Bernard Maris / Fotos: Gentileza Editorial Anagrama

¿Houellebecq habla de economía?

Bernard Maris, una de las doce víctimas del atentado de Charlie Hebdo, disecciona al escritor francés en un libro póstumo.

Bernard Maris, una de las doce víctimas del atentado de Charlie Hebdo, disecciona al escritor francés en un libro póstumo.

No, diréis, y tendréis razón. Como todo gran escritor, habla de lo que habla todo poeta o escritor desde el origen de las palabras o de la escritura, como Homero en la Ilíada, en que el destino se ensaña con Héctor, como Ronsard en Mozuela, vamos a ver si la rosa, o como Proust en En busca del tiempo perdido: habla de la irreversibilidad del tiempo. “Si hay una idea, una sola, que atraviesa todas mis novelas, hasta la obsesión quizá, es la de la irreversibilidad absoluta de todo proceso de degradación, una vez iniciado.”

Ahora bien, la economía liberal se basa en la supuesta inexistencia de la flecha del tiempo, como la mecánica newtoniana, es decir, en la reversibilidad del tiempo. Los precios suben, pero la ley de la oferta y la demanda los hará bajar. El paro aumenta, pero el descenso de los salarios lo hará decrecer, etcétera. Todo acaba siempre por arreglarse. ¿Se agotan los recursos? La productividad resolverá el problema. ¿Desaparecen especies? El hombre creará otras. Todo conduce siempre al equilibrio, exactamente como una canica lanzada en un tazón termina por estabilizarse al cabo de cierto número de oscilaciones, correspondientes al juego de la oferta y la demanda.

Esta hipótesis de la reversibilidad ha sido criticada, evidentemente, por los economistas historicistas (Marx), así como por Nicholas Georgescu-Roegen, el único que ha tratado de aplicar a la economía la idea de entropía, y una vez más por nuestro querido Keynes, que utilizaba la imagen de la calma después de la tormenta para ilustrar el mito liberal del equilibrio resultante del juego de la oferta y la demanda: después de la tempestad viene la calma, es decir, el equilibrio, sólo que mientras tanto el mundo puede quedar devastado. Pero la corriente dominante de los economistas, los Nobel, los expertos, los consejeros, desprecia a Marx, a Georgescu-Roegen y más aún a Keynes.

Houellebecq habla, pues, de economía contra los economistas incapaces de concebir ninguna degradación o irreversibilidad.

Houellebecq habla, pues, de economía contra los economistas incapaces de concebir ninguna degradación o irreversibilidad. Cada cual inicia su propio proceso de degradación envejeciendo. No hay una segunda oportunidad. (…) La vida no se repite. ¿Es esta degradación lo que está en el origen del mal que generan los machos? Sin duda. Las mujeres, en cambio, sufren la violencia, la tortura, los golpes, como todos los débiles, como el pequeño Bruno, de Las partículas elementales, que en el internado sufre la tortura de los fascistones de su dormitorio y la repugnante risa de los vencedores. Burla y cinismo, las ubres de nuestra civilización.

Este mundo, nuestro mundo, se hunde en el horror y el desorden, a pesar del aumento de la esperanza de vida, ese señuelo que no hace otra cosa que prolongar vidas fracasadas como las cremas antienvejecimiento prolongan la juventud del rostro. Creced, multiplicaos, vivid más tiempo, henchid la tierra… Al final de vuestra degradación volveréis a ser partículas elementales.

Naturalmente, ningún problema humano puede resolverse sin la estabilización de la población mundial, sin la gestión inteligente de los recursos renovables, sin la vuelta a una economía cíclica y no de crecimiento, sin prestar atención a los peligros climáticos… Y Houellebecq explica que siente como una misión el dar testimonio de nuestro mundo: “Siempre he preferido la poesía, siempre he detestado contar historias. Pero sentí (…) algo parecido a una especie de deber (…); me requerían para salvar los fenómenos”.

Por eso escribe Ampliación del campo de batalla: “Es un libro saludable y creo también que no podría publicarse hoy día, porque nuestras sociedades han llegado ya a ese estadio terminal en que se niegan a reconocer su malestar”. Y por eso escribe El mapa y el territorio, donde el protagonista, Jed Martin, salva los fenómenos, los objetos y el espacio con sus fotos, con sus cuadros, y además los oficios de esta época de hierro en que el crecimiento y la competencia estaban aún a la orden del día. Da testimonio de nuestra época de competencia y globalización económica. Da testimonio. Del sentido del bien y del mal en la civilización comercial y técnica.

Es verdad que el capitalismo conoce momentos de paz y nuestro poeta se alegra de vivir en un mundo temporalmente apaciguado en el que la renuncia a la violencia física como modo de solucionar conflictos le parece una de las pocas ventajas del paso a la edad adulta. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los vencidos. Bienaventurados aquellos a quienes Nietzsche calificaba de resentidos y esclavos, por quienes un hombre que se hizo pasar por Dios sufrió el suplicio de los esclavos, la crucifixión.

Pero Michel Houellebecq no es cristiano, porque no puede perdonar. El odio a los demás, a su madre, a los torturadores del dormitorio, a ese muchacho que baila con la chica a la que desea, el sufrimiento, las lágrimas fueron heridas incurables y el terreno abonado para su poesía. Los monstruos le enseñaron a no amarse y a no amar la vida. “Aprender a ser poeta es desaprender a vivir.”

El reinado absoluto de los individuos o Alfred Marshall

Nada es colectivo. Los individuos son átomos perpetuamente en conflicto o en transacción. No hay más que simios, vagamente superiores, sometidos a una especie de movimiento browniano y que sufren por ello. “El sufrimiento es la consecuencia necesaria del libre juego de las partes del sistema.” Colectivo, comunidad, asociación, sociedad, altruismo, generosidad, bondad… son palabras que no existen para los economistas.

Por una curiosa treta de la razón, el antagonismo de los egoísmos crea lo que los economistas llaman un equilibrio: si obtengo un pedazo de pan o de carne no es por la benevolencia del panadero o del carnicero, sino por su egoísmo, por su fría razón. Así hablaba Adam Smith. Así habla Michel Houellebecq: “Nos hemos vuelto fríos, racionales (…); ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia”.

Houellebecq explica que siente como una misión el dar testimonio de nuestro mundo.

Pero no siempre ha sido así. Para los grandes economistas clásicos (Smith, Ricardo, Malthus, y Marx después de ellos) existen las clases: rentistas, empresarios, asalariados. Pero según Marshall no existen más que individuos utilitarios. En otras palabras, estos individuos son “racionales”: se comportan según la ley de la oferta y la demanda, ley fundamental de la economía, y según la cuantificación monetaria de los placeres y las penas.

Esto es falso, naturalmente. Los individuos, partículas elementales que se arriesgan, compuestas a su vez de partículas elementales que se arriesgan, aunque totalmente egoístas, son totalmente irracionales. Sí, “sólo existe el egoísmo. Nada permite transgredir las leyes universales del egoísmo y las malas intenciones”. Pero por ello mismo, los individuos, agregados transitorios de partículas elementales que chocan con otras partículas elementales, no son racionales.

Hélène, la esposa del investigador de El mapa y el territorio, es profesora de economía. Su perro bosteza o ladra según se evoque a Schumpeter o a Keynes. “La existencia de agentes económicos irracionales había sido desde siempre la parte de sombra, la falla secreta de toda teoría económica”, dice ella. Su interés por la economía ha disminuido mucho con el paso de los años. Las teorías que trataban de explicar los fenómenos económicos le parecían cada vez más incoherentes, caprichosas, basadas en la charlatanería pura y simple… ¿Por qué una disciplina que ni siquiera consigue hacer pronósticos verificables podría considerarse una ciencia?

Hélène invoca a Popper, con su concepto de refutabilidad, como criterio de demarcación para diferenciar la ciencia de las pseudociencias. “Era incluso sorprendente que concedieran un Premio Nobel de Economía, como si esta disciplina pudiese alegar la misma metodología seria, el mismo rigor intelectual que la química o la física.” La mujer sonríe cuando ve a un experto hablar de la crisis bursátil: en una semana quedó claro que todos sus pronósticos eran falsos. Lo cual no es grave, porque se llamará a otro experto (incluso al mismo) que hará más pronósticos con la misma seguridad. Está decepcionada. “Su vida profesional, en suma, podía reducirse al hecho de enseñar absurdidades contradictorias a cretinos arribistas.”

Houellebecq economista está escrito con el mismo humor y el mismo desencanto que los libros del polémico Houellebecq.

Houellebecq economista está escrito con el mismo humor y el mismo desencanto que los libros del polémico Houellebecq.

¿Entonces? ¿Por qué da clases de Económicas? Por cansancio, por cobardía, los defectos más comunes. Saca de la profesión algunos beneficios simbólicos, una categoría en la universidad; colabora en los gastos domésticos. Pero enseña una disciplina que desprecia. Y Houellebecq concluye: “La economía casi no estaba ligada con nada, sólo con lo más maquinal, previsible y mecánico que había en el ser humano. No sólo no era una ciencia, sino que tampoco era un arte, y en definitiva no era prácticamente nada en absoluto.”

“Mecánico y maquinal”: es un juicio temible que penetra en el corazón de la disciplina gris. Rational fools, decía el premio Nobel de Economía Amartya K. Sen, “tontos racionales”, totalmente capacitados para salivar un poco más si los precios bajan y un poco menos si los precios suben. Animales de reacciones tan simples como las del perro de Pávlov, simplemente aptos para responder a estímulos monetarios: un poco más de salario y trabajas más, un poco menos caro y compras más. Punto.

Ahora bien, el ser humano es un animal mucho más complejo e interesante. Nadie trabaja más que por dinero, nadie compra racionalmente al ciento por ciento. Es esta “indeterminación fundamental de las motivaciones, tanto de los productores como de los consumidores, lo que vuelve tan aventuradas y, a fin de cuentas, falsas las teorías económicas”, dice Hélène. Es una frase demoledora. En ella vemos toda la crítica radical de Keynes contra la economía de Marshall. Todo está en el término “indeterminación”. Por introducir la incertidumbre radical en economía, Hélène- Keynes destruye la disciplina y piensa en la realidad de la vida, en las pasiones, los entusiasmos, los mimetismos, los miedos, los movimientos de multitudes que encontramos, por ejemplo, en los fenómenos bursátiles. Y Houellebecq diserta sobre el crimen y sobre el arte. Aquí tenemos actos profundamente humanos. Como el trabajo.

¿Por qué una disciplina que ni siquiera consigue hacer pronósticos verificables podría considerarse una ciencia?

Diréis: pero existe una ley de la oferta y la demanda… Sí. Detengámonos en ella. Existe una ley de la oferta y la demanda de la sexualidad, dice Houellebecq, los países ricos compran la sexualidad de los pobres, o una ley de la oferta y la demanda del turismo, países como Francia venden su turismo a nuevos ricos como los chinos. La ley de la oferta y la demanda acaba a menudo sosteniendo los pensamientos de los personajes: así, “el valor comercial del sufrimiento y de la muerte había llegado a superar al del placer y el sexo”, piensa Jed Martin en El mapa y el territorio. La ley de la oferta y la demanda se aplica a su propia producción artística: Jed conoce su valor de mercado. Pero desconoce lo que vale realmente.

El lugar epistemológico de la ley de la oferta y la demanda es cosa de las tertulias de los cafés. Es una perogrullada, una banalidad más o menos equivalente a “sólo se es joven una vez” o “mañana hará buen tiempo si no llueve”. Evidentemente, se ha discutido mucho: no importa cuál sea el fenómeno, especulativo, borreguil o de masas, que hace aumentar la demanda cuando aumentan los precios, por ejemplo. La ley de la oferta y la demanda dice que “los precios suben después de haber bajado” o “bajan después de haber subido”. Y Keynes señalaba con ironía: esto quiere decir que después de la tempestad viene la calma. Todo acaba por recuperar el equilibrio. Todo termina por arreglarse. Mal, pero termina por arreglarse.

Entonces, ¿cómo explicar la vida social? La vida social se parece a una madeja enredada. Muchos son los que se consagran a deshacerla: sociólogos (Durkheim), antropólogos (Mauss), psicólogos (Le Bon) y, naturalmente, economistas. Pero los economistas tienen una inmensa ventaja sobre los otros: piensan que lo social no existe. Es lo que decía Margaret Thatcher, cuyo pensamiento fue estrictamente económico: “La sociedad no existe”. No hay sociedad, no hay colectividad; no hay más que individuos que intercambian palabras, miradas, bienes, dinero, cualquier cosa; sólo que en el comienzo de todos estos actos está el individuo calculador y racional, que pesa los pros y los contras, las ventajas y los inconvenientes, hasta en el deseo de ir a ahorcarse cuando el coste de su vida es demasiado alto en relación con las escasas ventajas que proporciona.

Traducción: Antonio-Prometeo Moya


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