MANUEL PUIG: LA CELEBRACION DE LO MUNDANO

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Fue un niño de pueblo chico con una imaginación inmensa. Creó un estilo literario que lo transformó en uno de los escritores fundamentales de América Latina. Sus novelas han alcanzado una popularidad singular entre un público que se identifica con sus personajes, consagrando al autor de Boquitas pintadas, El beso de la mujer araña y Pubis angelical como un auténtico best-seller. Autodenominado “hijo del folletín”, el argentino Manuel Puig es un escritor de lectura obligatoria en los círculos académicos del mundo. Y a 25 años de su muerte, sus creaciones están más vivas que nunca.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Facundo Iglesias / Roberto Martínez / Rafael Burguez / Juan Manuel Gorosito / Laura Rodríguez / Carlos Balmaceda

Pasión por el séptimo arte. Contagiado por su madre, Puig escapó del entorno chato del pueblo provinciano a través del cine.

Pasión por el séptimo arte. Contagiado por su madre, Puig escapó del entorno chato del pueblo provinciano a través del cine.

Coco le tiene miedo a la oscuridad. Male, su madre, decidió llevarlo al cine por primera vez, pero no hay caso. Cuando las luces se apagan, Coco no para de llorar. A Baldomero, su padre, se le ocurre acompañarlo a la cabina de proyección. Coco tiene sólo tres años, así que el proyectorista del Cine Teatro Español de Coronel Villegas acepta su compañía sin dudarlo y le acomoda un taburete a su lado. Desde allí, Coco por fin se anima a ver la primera película de su vida, Bride of Frankenstein, de James Whale. Es el comienzo de una historia de amor. La del niño Manuel Puig con el mundo del celuloide. A partir de aquella tarde, y hasta el día que abandonó Coronel Villegas por el barrio bonaerense de Ramos Mejía para cursar la escuela secundaria, Coco cumpliría religiosamente con la cita de las 6:00 p.m. en el Cine Teatro Español los lunes, miércoles, jueves, sábado y domingo.

Su padre lo había rebautizado Coco el día que nació, el 28 de diciembre de 1932, a las dos de la mañana. Manuel fue el primer hijo de María Elena Delledonne, a quien todos llamaban Male, y de Baldomero Puig. Male se había diplomado en Química y trabajaba en el hospital local, mientras que Baldomero poseía una pequeña tienda en la que vendía vino. Los Puig eran una familia de clase media descendiente de inmigrantes españoles e italianos. Male añoraba sus días de ciudad en La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, donde residían su madre Annunziatta y su hermana María Carmen. Coronel Villegas era un punto muerto en la vida de esta mujer cuya apreciación de la cultura sería fundamental en la vida de su hijo. No sólo por llevarlo de la mano al mundo del cine, sino además por rodearlo de un universo cultural que Manuel aprehendería con placer. Como las clases de piano y de inglés a las que Coco asistía todas las tardes. Luego llegaba la hora de la merienda y más tarde, a las seis en punto, el cine.

Es el comienzo de una historia de amor. La del niño Manuel Puig con el mundo del celuloide.

La planicie infinita de General Villegas fue el lienzo en blanco sobre el cual la imaginación del pequeño Coco dibujó un porvenir colmado de la fantasía y el glamour que en la vida real le eran ajenas. Inmerso en una realidad de pueblo chico, con todas sus limitaciones territoriales y mentales, la cita cinematográfica, prácticamente diaria, no hacía otra cosa que estimular la imaginación (y los pesares) del niño Manuel, que no dejaba de comparar lo que era de lo que podía llegar a ser.

Más cerca del mundo real

Puig supo narrar la fábula del “pueblo chico, infierno grande” mediante un collage de recursos alejados de la literatura tradicional.

Puig supo narrar la fábula del “pueblo chico, infierno grande” mediante un collage de recursos alejados de la literatura tradicional.

El Colegio Ward de Ramos Mejía fue la primera parada rumbo de ese otro mundo. Ubicado en la zona oeste del Gran Buenos Aires, ya mucho más cerca de la gran metrópoli. “El colegio me deslumbró. Tenía todo el barniz Hollywood, pero pronto descubrí que en esa arquitectura vivían los mismos salvajes que en Villegas”, le contó Manuel a la guionista de cine y periodista Aída Bortnik en una entrevista publicada en 1969 en la revista Señoras y Señores. “La impiedad de Buenos Aires me agobiaba. Cuando dejé el Ward por el Nacional Pueyrredón, descubrí que el ambiente menos selecto era también menos agresivo. A pesar de eso, decidí hacer libre el 5° año. Los colegios no eran sitios para mí”, remató el escritor.

Cuenta Bortnik en esta conversación entre amigos que, más tarde, “alguien le sugirió (a Manuel) que estudiara ingeniería, para hacer después, en Estados Unidos, una especialización en sonido cinematográfico”. A lo que Puig agregó: “Muy pronto descubrí lo disparatado del plan y elegí Arquitectura. No soporté más de seis meses. Después entré a Filosofía, la clave más brillante para disfrazar de respetabilidad mi verdadera pasión, el cine. Pero me atasqué en latín, nunca pude pasar un solo examen. Entonces seguí todos los cursos, devoré todos los apuntes y bibliografías. Cuando terminé esa especie de carrera solitaria y paralela, sentía que había cumplido”.

En 1967, Puig dejó Nueva York, volvió a Buenos Aires y escribió una de sus novelas más celebradas, Boquitas pintadas.

Al cumplir 23 años, y habiendo culminado además sus estudios de italiano en la Dante Allighieri, Manuel obtuvo una beca para ir a estudiar cine a Roma, nada menos que en la Escuela del Centro Experimental de Cinecittà. Sin embargo, según le confesó a Bortnik, la experiencia no fue mágica como lo esperaba: “Hollywood era una mala palabra, la imaginación el enemigo número uno del cine, las obras de autor una blasfemia”. Así que cuando llegaron las vacaciones partió rumbo a París, donde el ambiente creativo se planteaba más propicio para sus ilusiones. Rememoró Manuel en la entrevista para Señoras y Señores: “Comenzaba el tiempo de la revista Cahiers du Cinéma, la revalorización del cine imaginativo, de la obra de autor. Yo llegaba casi ahogado de Roma, donde todo lo que me importaba carecía de prestigio, donde siempre parecía equivocado. Me quedé cinco meses, volví tarde a las clases, no podía arrancarme de París”.

A 25 años de su desaparición, todavía hay quienes se preguntan si aquella fue la verdadera causa de su muerte.

Censura y persecución. Luego de la publicación de su tercera novela, The Buenos Aires Affair (1973), Puig abandonó Argentina.

Censura y persecución. Luego de la publicación de su tercera novela, The Buenos Aires Affair (1973), Puig abandonó Argentina.

Al año siguiente, Puig viajó a Londres y allí trabajó dando clases de italiano por la mañana y sirviendo mesas por la noche. Fue en la capital inglesa que escribió su primer guión en inglés llamado Ball Canceled. Pero uno de sus amigos italianos le sugirió que escribiera en su propio idioma. En 1960, de regreso en Buenos Aires, escribió La tajada, la historia de una actriz que, durante el gobierno peronista –con el general Juan Domingo Perón al frente del Poder Ejecutivo–, seduce a un congresista y se casa con él, para utilizarlo en una venganza. Mientras tanto, consiguió trabajo en dos producciones locales: Casi al fin del mundo y Una americana en Buenos Aires. Sin embargo, esas oportunidades laborales sólo sirvieron para confirmar una sospecha que Manuel venía arrastrando desde su época en Cinecittà: “Cerca de los treinta años descubría algo que ya no podía seguir ocultándome. Yo no servía para el cine, no tenía temperamento para ese mundo. Había estado del otro lado de la pantalla y sabía, por fin, que hacer cine no era vivirlo, que la realidad de ese mundo era más agresiva, más competitiva, más feroz que aquella de la que siempre había huido, transformándome en espectador”.

Entonces, Manuel dejó una vez más Buenos Aires para, primero, regresar a Roma y luego partir hacia Estados Unidos. Aquí, con un permiso de trabajo de inmigrante, consiguió empleo en la aerolínea Air France, rentó un apartamento en Greenwich Village y se dedicó a escribir la que después de diferentes borradores y versiones sería su primera novela, La traición de Rita Hayworth. “Todo Puig está en su primera novela. La traición de Rita Hayworth es su obra máxima y una de las grandes novelas de la literatura argentina. En ese libro Puig encuentra, a la vez, un mundo narrativo y una técnica. Define lo que podemos llamar ‘el efecto Puig’: esa marca que lo hace inimitable (pero fácil de plagiar) y lo distingue en la literatura contemporánea”, reflexionó el profesor y escritor argentino Ricardo Piglia.

Escritor profesional

En 1967, Puig dejó Nueva York, volvió a Buenos Aires y escribió una de sus novelas más celebradas, Boquitas pintadas. En el artículo En las pampas de ensueño, publicado en 1990 en el periódico británico The Guardian, el cubano Guillermo Cabrera Infante admitió: “Jorge Luis Borges, a quien Manuel solía llamar viejo maldito, declaró a la revista norteamericana Newsweek: ‘Imagínese una novela titulada con un lápiz labial’; sin embargo, el libro de Manuel vendió más de cien mil copias solamente en Argentina. Manuel finalmente obligó a los argentinos a reconocer que pequeñas personas en un pueblo pequeño podían ser héroes y que las películas podían convertirse en otras pampas, en la frontera final”.

Puig es clave para entender la literatura de la segunda mitad del siglo XX. En su narrativa conviven la vanguardia con lo popular.

Puig es clave para entender la literatura de la segunda mitad del siglo XX. En su narrativa conviven la vanguardia con lo popular.

Al año siguiente, 1968, finalmente La traición de Rita Hayworth se editaba en Argentina luego de varios encontronazos con la censura –eran tiempos de la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía–. Y un año más tarde Boquitas pintadas llegaba a las librerías y arrasaba. Cuatro años después sería el turno de The Buenos Aires Affair, otra novela que estuvo rodeada de polémica. En una entrevista realizada por la revista argentina Siete Días en 1984 –con el regreso de la democracia a su país–, Manuel comentaba: “Fue una novela que desagradó a mucha gente; había cierta crudeza sexual –yo diría más bien “candor”–; las cosas se nombraban directamente; no había intención pornográfica sino desmistificadora de la pornografía. (…) En ese momento había una gran parte del ‘intelectualado’ que veía muy mal la discusión del ‘personaje Perón’. Se exigía una adhesión incondicional. Y mi visión crítica molestó mucho. Esto a partir del 20 de junio de 1973. En enero del 74 el libro fue secuestrado, y de ahí en adelante todo fue empeorando. Ya después de la muerte de Perón, sí, la cacería de brujas se desató. Había pasado más de un año de mi salida del país, en septiembre del 73, cuando llamaron a mi casa de la Triple A pidiéndome que saliera del país dentro de las 24 horas. Yo jamás estuve ligado a ningún movimiento armado ni nada que se le parezca. Pero sí pretendía opinar, tanto a través de mis libros como en entrevistas, y eso no estaba bien visto”.

Lo admirablemente vanguardista de su postura al respecto es que Manuel no creía en la homosexualidad.

Durante la segunda mitad de la década de 1970, Puig vivió entre México y Estados Unidos. Mientras que en su país, en 1974, el reconocido director Leopoldo Torre Nilson realizó la versión cinematográfica de Boquitas pintadas. En tanto, ya instalado en México, Puig escribió El beso de la mujer araña, novela que fue publicada en 1976. Vivir en Ciudad de México, a 2.300 metros de altura, probó no ser apropiado para la salud de Manuel, así que decidió partir rumbo a Nueva York. Allí, entre 1978 y 1980, se dedicó a dictar talleres de escritura en la prestigiosa Universidad de Columbia. Durante 1979 editó la novela Pubis angelical. En un artículo aparecido en el periódico El País en 1990, esto escribía el poeta y ensayista español Juan Goytisolo: “Manuel Puig es el autor de las mejores novelas políticas de la década de los sesenta en Latinoamérica pues son obras de un escritor que desconocía otro compromiso que el que había contraído con la escritura y consigo mismo. Pubis angelical y El beso de la mujer araña reflejan con una penetración y rigor moral ejemplares el sistema de terror impuesto por la junta militar argentina y la lucha bienintencionada pero ineficaz de los grupos extremistas latinoamericanos de las pasadas décadas, grupos situados, como dijo Octavio Paz: ‘En las afueras de la realidad’”.

La segunda estadía en Nueva York no resultó ser para Puig tan acogedora ni interesante como como la primera. “Soy afortunado, no tengo necesidad de vivir en una ciudad, de ir a la oficina”, le confesaba Manuel a la italiana Giovanna Pajetta, en 1986: “A mi trabajo lo puedo hacer donde sea. Y Nueva York tiene esos inviernos tremendos, esos veranos ardientes, y en un determinado momento, me pareció que no era muy sano. Me fui también por la llegada de Reagan. (…) Para mí, Europa y Estados Unidos son, de todas formas, lugares para volver, pero para mi vida cotidiana necesito una realidad sudamericana”.

La cita cinematográfica, prácticamente diaria, no hacía otra cosa que estimular la imaginación (y los pesares) del niño Manuel.

Cae la noche tropical

El secreto de su éxito. Encontró en personajes marginados, en oscuros rincones del alma una singular forma de belleza.

El secreto de su éxito. Encontró en personajes marginados, en oscuros rincones del alma una singular forma de belleza.

Ya en 1980, el rumbo fue otro: Puig se radicó en Río de Janeiro, Brasil, donde escribió la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas. Dos años más tarde publicó Sangre de amor correspondido y en 1988 Cae la noche tropical, además de varias piezas teatrales y la adaptación al cine de El beso de la mujer araña, que fue filmada por el argentino Héctor Babenco en 1985. El beso… se convertiría más adelante también en una comedia musical de Broadway, en una ópera con música del alemán Hans Werner Henze y en una obra de teatro escrita por el propio Puig. “En noviembre del 89, (Manuel y su madre) decidieron que Río de Janeiro no era ya el de antes, y que en México, donde tenían tantos amigos, podrían volver a ser felices. Compraron tres hectáreas en lo alto de una colina, con un bosquecito que Manuel sembró de gardenias y azaleas, y una piscina de agua tibia donde Male y él nadaban juntos desde las ocho y media hasta las nueve de la mañana”, contó el escritor argentino Tomás Eloy Martínez en 1990.

Aquel terreno estaba ubicado sobre la calle Orquídea en Cuernavaca, a unos 58 kilómetros del DF. Aquella sería sorpresivamente su última casa. A los 58 años, el 22 de julio de 1990, Manuel Puig fallecía en la Central Quirúrgica de Las Palmas, víctima de una complicación posterior a una operación de vesícula realizada de urgencia.

A 25 años de su desaparición, todavía hay quienes se preguntan si aquella fue la verdadera causa de su muerte. Dudan porque Manuel prefirió una clínica de pueblo cuando podría haber elegido entre los mejores centros de salud del DF. Dudan porque nadie sabe si sus cenizas fueron esparcidas en la calle Orquídea o si su madre se las llevó consigo misma a Buenos Aires a su regreso. Dudan porque Manuel manifestaba su sexualidad abiertamente y porque una de las razones de la discreción podría haber sido que Manuel padeciera sida.

Jaime Manrique, uno de los discípulos de Puig, a quien había conocido en 1977 en uno de sus talleres de la Universidad de Columbia, realizó una investigación exhaustiva con el fin de sacarse la duda. No obtuvo certezas. Ciertamente, en esa época se relacionó su muerte misteriosa con el sida porque se sabía que Manuel era gay, ya que manifestaba su homosexualidad sin rodeos.

Vanguardista fue también su estilo literario que definió una década larga en la literatura latinoamericana y dejó su huella en la historia.

Puig no fue sólo un gran escritor, sino que también inspiró a muchos de sus lectores; tiene fans, como una estrella de rock.

Puig no fue sólo un gran escritor, sino que también inspiró a muchos de sus lectores; tiene fans, como una estrella de rock.

Lo admirablemente vanguardista de su postura al respecto es que Manuel no creía en la homosexualidad, y así lo expresó en su texto El error gay, publicado por la revista argentina El Porteño en 1990: “La homosexualidad no existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral, trascendente. Aún más, el sexo es la inocencia misma, es un juego inventado por la Creación para darle alegría a la gente. Pero solamente eso: un juego, una actividad de la vida vegetativa como dormir o comer; tan importante como esas funciones, pero carente de peso moral. Banal, moralmente hablando. Por lo tanto la identidad no puede ser definida a partir de características sexuales, ya que se trata de una actividad justamente banal. La homosexualidad no existe. Existen personas que practican actos sexuales con sujetos de su mismo sexo, pero este hecho no debería definirlo porque carece de significado”.

Vanguardista fue también su estilo literario que definió una década larga en la literatura latinoamericana y dejó su huella en la historia. En el sitio Educ.ar, el guionista y escritor Javier Hildebrandt recuerda las palabras de Manuel respecto de su legado: “Hice mi obra, creé mi estilo, con los desechos, con la basura que arrojaba la gente culta, con la sobra que dejaba la intelligentzia. Con el mal gusto que ellos despreciaban y pensaban inútil, armé mi discurso y le di peso a mi lenguaje”.

Coco jamás regresó a Coronel Villegas ni al Cine Teatro Español. Así se lo explicaba a la escritora española Rosa Montero en 1988: “Nada me produce más curiosidad que mi pueblo. Pero yo quería volver como una mirada sin cuerpo. Como cuando ves una película. Quedar reducido a una mirada, ser un par de ojos, de oídos. Más allá del alcance del dolor. Ir a ver el pueblo como se entra a un cine, pues. Esa es la película que más quiero ver”.


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