MARCO TULIO CICERON: COMO GOBERNAR A UN PAIS

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Cicerón es, para la mayoría de nosotros, una referencia del mundo clásico: un gran estadista romano, de lectura reservada hoy a los especialistas. Sin embargo, el investigador Philip Freeman nos ha descubierto su sorprendente modernidad en Cómo gobernar un país – Una guía antigua para políticos modernos, un libro en que selecciona, reúne y comenta sus mejores textos sobre temas como el liderazgo, la corrupción, los impuestos, la guerra, la inmigración o la importancia del compromiso. La traducción va acompañada además de los textos latinos originales, para que los que tengan alguna noción de la lengua puedan disfrutar de su extraordinaria calidad literaria, y de una serie de complementos que facilitan su comprensión. El resultado son unas páginas de lectura lúcida y refrescante en las que, como dijo John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos: “Cambiad los nombres, y cada anécdota resulta aplicable a la actualidad”. Aquí el comienzo.

Texto: Philip Freeman / Fotos: Gentileza Editorial Crítica

Marco Tulio Cicerón nació en el año 106 a. C., cuatrocientos después de que Roma hubiese instaurado la república tras expulsar a su último rey. Procedía del modesto municipio rural de Arpino, sito en las colinas que se extienden al sureste de Roma y cuna también de Gayo Mario, quien había escandalizado a la aristocracia del senado romano con sus programas populistas y la reorganización del ejército para convertirlo en una fuerza voluntaria sin requisito de propiedad. Apenas hacía pinitos nuestro hombre cuando Mario libró a Roma de la invasión de las tribus germánicas venidas de más allá de los Alpes y cimentó así su poder político.

Relegado en el senado y despojado de poder real, comenzó a escribir sobre cómo debía dirigirse un gobierno.

Vigencia y presente. El libro que compiló Philip Freeman es una guía que veintiún siglos después sigue teniendo actualidad.

Vigencia y presente. El libro que compiló Philip Freeman es una guía que veintiún siglos después sigue teniendo actualidad.

Su padre, hombre de origen humilde según algunas fuentes, estaba resuelto a dar a Marco y a su hermano Quinto, menor que él, la mejor formación posible. Los dos estudiaron historia, filosofía y retórica en Roma con los mejores profesores del momento. Tras servir sin pena ni gloria en el ejército durante un período breve de su juventud, Marco cursó en Roma sus estudios de derecho. Una de las primeras causas que defendió en calidad de abogado fue la de un hombre llamado Roscio, al que acusaban injustamente de parricidio. El proceso lo enemistó con Sila, dictador de Roma a la sazón, y con su corrupto gobierno. Su actuación fue muy arrojada, y supuso la absolución del defendido; pero una vez acabado el juicio, nuestro hombre juzgó prudente ausentarse de la capital para proseguir su aprendizaje en Grecia y Rodas.

Muerto Sila y restaurada la república, Marco comenzó a ascender en el escalafón de la magistratura: de cuestor a pretor, y al fin, tras una campaña ardua, al cargo de cónsul, el más elevado de toda la república. Sin embargo, la Roma que gobernó durante el año de su mandato no era la misma que habían conocido sus ancestros: el pueblecito creado a orillas del Tíber había crecido hasta convertirse en un imperio que se extendía por todo el Mediterráneo.

Su último empeño en restaurar la república consistió en dirigir sus formidables dotes de orador.

La sencillez de héroes como el legendario Cincinato, que regresó a su arado tras ser llamado para acaudillar a su patria en el campo de batalla, había cedido el paso a la corrupción y a los abusos tanto en el interior como en el extranjero. Los ejércitos de ciudadanos de antaño se habían trocado en cuerpos de soldados profesionales que guardaban más lealtad a sus generales que al Estado. La marcha de Sila sobre Roma y la subsiguiente matanza de sus rivales políticos habían sentado un precedente terrible que jamás se olvidaría. El gobierno constitucional se estaba desmoronando ya en el momento en que llegó Cicerón a lo más alto del poder de la república, y, para colmo, las facciones políticas del momento se negaban a escucharse, la economía había empezado a estancarse y el desempleo se había erigido en una amenaza para la estabilidad ciudadana.

Durante su consulado, Catilina, noble descontento, se sirvió de la fuerza para derrocar al senado, y aunque Cicerón y sus aliados le pararon los pies, tres años más tarde, Pompeyo, Craso y Julio César formaron un triunvirato con el que gobernar Roma entre bastidores. Lo invitaron a unirse a ellos, aunque nuestro hombre no quiso relación alguna con semejante conchabanza ilegítima. Así y todo, se hallaba en deuda con Pompeyo por el apoyo que le había brindado a lo largo de tantos años, y lo cierto es que le había impresionado lo que parecía prometer César; conque trató de mantener buenas relaciones con todas las partes mientras aguardaba el regreso de su amada república.

Relegado en el senado y despojado de poder real, comenzó a escribir, llevado de la frustración, sobre cómo debía dirigirse un gobierno. Mientras César conquistaba la Galia, cruzaba el Rubicón y sumía a Roma en una guerra civil, Cicerón redactó algunas de las obras más egregias de la historia de la filosofía política. Las cuestiones que plantea en ellas siguen teniendo vigencia: ¿Cuáles son los pilares de un gobierno justo? ¿Qué régimen es el mejor? ¿Cómo debería conducirse en el cargo un dirigente?

El abordó sin ambages estas y otras muchas cuestiones, no desde el punto de vista del teórico académico, sino desde el de quien tenía experiencia en la jefatura de Estado y había visto con sus propios ojos la caída del gobierno republicano. Su obra estaba destinada a todo aquel que estuviese dispuesto a prestarle oídos, aunque lo cierto es que su influencia política se hallaba en franca decadencia.

“Si antes mi sitio estaba en la cubierta –escribió a un amigo–, sosteniendo con las manos el timón del Estado, ahora apenas queda un hueco para mí en la sentina.” La victoria que obtuvo César en la guerra civil y el comienzo de su benévola dictadura le parecieron semejantes al fin del mundo. Sin embargo, los idus de marzo de 44 a. C. le causaron un nuevo arrebato de optimismo mientras se ocupaba en el renacer del gobierno republicano. Puso sus esperanzas en el joven Octaviano, sobrino nieto y heredero de César, por considerar que podía restituir a Roma la gloria de tiempos pasados. Sin embargo, la alianza de aquel con Marco Antonio le enseñó que no es fácil dejar a un lado el poder una vez que se ha ganado.

Su último empeño en restaurar la república consistió en dirigir sus formidables dotes de orador contra este último; pero la era de la libertad ya había pasado: con el beneplácito de Octaviano, Marco Antonio decidió ejecutar a su peor enemigo. Sus últimas palabras fueron destinadas a los asesinos que lo acometieron: “Aseguraos por lo menos de decapitarme como está mandado”.

Cicerón fue un autor prolífico que escribió numerosos ensayos, tratados y cartas en los que trataba de cómo dirigir el gobierno. Esta breve antología apenas puede brindar mucho más que una muestra reducida de las ideas que fue expresando a lo largo de muchos años y en circunstancias diferentes, aunque quizá pueda incitar al lector a explorar con más detenimiento otras de las obras que han llegado a nosotros del estadista más destacado de toda Roma.

Este conservador moderado creía en las bondades de colaborar con otros partidos por el bien de la nación y sus gentes.

resized_image2_0422373b6d5eb7ba6af6f9a005f09251Este conservador moderado, condición cada vez más difícil de hallar en nuestro mundo moderno, creía en las bondades de colaborar con otros partidos por el bien de la nación y sus gentes. Más que las de un político, sus palabras eran las de un hombre de Estado, categoría cuyas filas también se ven hoy más mermadas que nunca. Si bien sus escritos políticos constituyen una fuente valiosísima para el estudio de la antigua Roma, lo cierto es que su perspicacia y su sabiduría son intemporales: el uso y el abuso del poder han evolucionado poco en dos mil años. Entre las relevantes lecciones que puede enseñar aún Cicerón a quienes están dispuestos a escucharlo figuran las siguientes:

  1. Existen leyes universales que gobiernan la conducta de los asuntos humanos. Aunque él nunca habría entendido el concepto de derecho natural tal como lo harían más tarde los cristianos, creía firmemente en la existencia de leyes divinas, no sujetas al tiempo ni al espacio, que garantizan las libertades fundamentales de todos los seres y constriñen la conducta de los gobiernos. Tal como escribieron en la Declaración de Independencia los Padres Fundadores de Estados Unidos, prudentes estudiosos de Cicerón: “Consideramos evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”.
  2. La mejor forma de gobierno es la que se basa en el equilibrio de poderes. Hasta los monarcas más nobles se trocarán en tiranos si nada restringe su reinado, del mismo modo que la democracia está condenada a caer en el dominio de la turba si no se limita el poder popular. Un gobierno justo debe fundarse en un sistema de supervisión y equilibrio. Hay que recelar del dirigente que elude las leyes constitucionales so pretexto de la necesidad de conveniencia o seguridad.
  3. Quienes nos dirigen deberían poseer un carácter y una integridad excepcionales. Los gobernantes de una nación han de estar dotados de un valor, una capacidad y una resolución notables. Los verdaderos dirigentes anteponen siempre los intereses de su patria al suyo propio. Tal como dice Cicerón, presidir un país es como gobernar una nave, sobre todo cuando empiezan a soplar vientos de tempestad: si el capitán no es capaz de mantener un rumbo constante, la travesía se resolverá en desastre para cuantos viajan a bordo.
  4. Hay que tener cerca a los amigos… y más cerca a los enemigos. Los dirigentes fracasan cuando subestiman a sus amigos y aliados, y lo cierto es que nunca hay que descuidarlos. Sin embargo, resulta aún más importante asegurarse de saber qué está haciendo el adversario. No debemos tener miedo de tender lazos a nuestros oponentes: el orgullo y la terquedad son lujos que no podemos permitirnos.
  5. La inteligencia no es mala. Quienes gobiernan una nación deberían ser los más perspicaces del país. Tal como lo expresa Cicerón, si los dirigentes no poseen un conocimiento meticuloso de aquello de lo que hablan, sus discursos no serán sino una cháchara de palabras vanas y sus actos estarán mal informados hasta extremos peligrosos.
  6. Para obtener resultados es fundamental hacer concesiones. Dado que en política todo se encuentra en continua evolución, Cicerón considera irresponsable la adopción de posturas inflexibles. Si bien hay veces en las que se hace necesario no dar un paso atrás, negarse siempre a transigir constituye un signo de debilidad, y no de fortaleza.
  7. No hay que subir los impuestos si no es absolutamente necesario. Toda nación necesita tener ingresos para funcionar; pero al parecer de Cicerón, el propósito principal de un gobierno consiste en garantizar a los individuos la conservación de lo que les pertenece, y no la redistribución de la riqueza. Por otra parte, nuestro orador condena la concentración de esta en manos de una minoría selecta, y asevera que el Estado tiene el deber de ofrecer a sus ciudadanos seguridad y una serie de servicios fundamentales.
  8. La inmigración fortalece a un país. Roma pasó de ser un pueblecito a un imperio poderoso gracias a que acogió en su seno a nuevos ciudadanos a medida que se extendía por el Mediterráneo. Hasta los esclavos manumisos podían llegar a ser integrantes plenos de la sociedad y tener, por lo tanto, derecho a voto. Los ciudadanos nuevos aportan nueva energía e ideas a la nación.
  9. Jamás hay que empezar una guerra injusta. Los romanos, como cualquier pueblo moderno, creían, por supuesto, que podían justificar cualquier conflicto bélico que desearan emprender; pero Cicerón, cuando menos, sostiene el ideal de que resulta inexcusable hacerlo por codicia en lugar de para defender la nación o salvaguardar su honor.
  10. La corrupción destruye a la nación. La codicia, los sobornos y el fraude devoran a un Estado desde el interior y lo hacen débil y vulnerable. La corrupción no es sólo un mal moral, sino una amenaza práctica que, como mínimo, desalienta a la ciudadanía, y en el peor de los casos la hace presa de la cólera y la incita a la rebelión.

Ni siquiera quienes discrepaban de él podían menos de admirarlo. Entrado ya en la senectud, Octaviano, convertido ya en el emperador Augusto, vio un día a su propio nieto leyendo una de las obras de Cicerón. El muchacho, aterrado al verse sorprendido con un libro escrito por alguien a quien su abuelo había condenado a muerte, trató de ocultarlo bajo la capa; pero Augusto asió el libro y, después de leer un fragmento extenso ante la mirada despavorida de su vástago, se lo devolvió diciendo: “Un hombre sabio, hijo mío: un hombre sabio y amante de su patria”.

Edición bilingüe, selección y comentarios: Philip Freeman

Traducción: David León Gómez


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