JOYCE CAROL OATES: MÁGICO, SOMBRÍO, IMPENETRABLE

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Incisivo, perturbador, asombroso en su agudeza, mágico, sombrío, impenetrable evidencia la portentosa capacidad de Joyce Carol Oates para poner la lupa sobre el amor, el dolor, la incertidumbre y también la ironía que acechan la vida de cualquiera de nosotros. Los vínculos eróticos que surgen del miedo, la gratitud o la distancia; la vulnerabilidad de una mujer temerosa de que su marido esté desapareciendo de su vida; un nacimiento que trae consigo el final de una relación, o el polémico relato que da título al libro, donde el anciano poeta Robert Frost recibe la visita de una inquietante joven que sabe más de lo que debería… Este libro muestra a un artista en la cúspide de su capacidad creativa, desnudando el alma humana en trece apasionantes relatos. Reproducimos las primeras páginas del cuento de apertura, “Sexo con una camella”.

Texto: Joyce Carol Oates / Foto: Gentileza Editorial Alfaguara

-Muchas cosas se valoran más de la cuenta. El suicidio, por ejemplo.

 Poemas-de-amorEl chico rió al comprobar lo listo que era. La abuela, que conducía atenta al tráfico matutino, pareció no darse cuenta.

Recalcando las palabras, su nieto dijo:

-Por ejemplo, sólo en el condado Boondock, de Estados Unidos, se hacen la competencia dos teléfonos directos antisuicidio para adolescentes.

-¿Condado Boondock? ¿Dónde está eso?

-¿Bromeas, abuela? Aquí.

-Ah, aquí. Entiendo.

La abuela sonrió pero no llegó a reír. No era que el chico hubiera hecho una observación muy ingeniosa, aunque tampoco era frecuente que dejara de reír los comentarios de su nieto por muy poca gracia que tuvieran.

-En el instituto nos bombardean con anuncios por correo electrónico. “Si estás solo y preocupado y no tienes a nadie con quien hablar. Los consejeros para crisis están esperando tu llamada, que será siempre estrictamente confidencial”. Ahora hay uno nuevo: “¿Te sientes seguro en casa?” -el chico se echó a reír.

-Bueno, ¿te sientes tú?

-¿Bromeas, abuela? Según las estadísticas, el noventa por ciento de los accidentes mortales suceden en el hogar.

Rieron juntos. Aquello sí tenía gracia.

Al chico le gustaba divertir a… bueno, a cualquiera que se le pusiera por delante. Había sido listo y despierto casi desde que aprendió a hablar. Si bien, como chico guapo, quizás había llegado a la cima hacia los once años. En su próximo cumpleaños sumaría diecisiete.

La abuela, vestida con elegancia como siempre que salía de casa –atractivo turbante de seda blanca, conjunto de jersey y chaqueta blancos de cachemira, pantalones de lino de color azul claro de raya impecable, zapatos de buena calidad– iba camino del hospital nuevo. Su nieto quiso conducir, claro está, pero la abuela le recordó que ella se acercaba ya a una edad (no había llegado aún, pero pensaba que no andaba lejos) en la que saberes tan básicos como conducir un coche podían empezar a atrofiarse si no se practicaban a diario.

Obsoleta. La abuela no quería ser eso, había dicho. A su nieto la palabra le había impresionado y se había apresurado a apropiársela.

Desde muy joven coleccionaba palabras. Cigoto, paralaje, exanimación eran algunos ejemplos. Ahora, obsoleta.

NH552_GAquella salida matutina tenía un algo de aventura: para llegar al hospital nuevo –según el mapa de Google que el chico había impreso– era necesario recorrer, desde su casa, 10,7 kilómetros más que para ir al viejo.

El hospital viejo lo habían agotado ya. Era el momento de pasarse al hospital nuevo que acababa de abrir hacía una semana, al otro extremo de una autopista estatal de seis carriles.

-El suicidio es algo así como una especie de pasatiempo estúpido. El noventa por ciento de los suicidios son equivocaciones: la víctima en realidad no tiene intención de matarse.

-¿Y por qué estamos hablando de eso? –preguntó la abuela (que había tenido un cargo administrativo en un pequeño college de humanidades en una vida anterior) con aire de desconcertada incredulidad. Luego miró de reojo al muchacho con una expresión que le habría fulminado si hubiera querido darse por enterado.

El chico se encogió de hombros. Solo pretendía pasar el rato, nada de lo que había dicho tenía la menor importancia ni peso específico.

-¿Quién ha sacado el tema? –preguntó–. Yo no.

-Bueno; tampoco yo.

De hecho, mientras la abuela conducía, su nieto había estado leyendo a toda velocidad correos electrónicos y mensajes de texto en su móvil. Había sido uno del montón de correos electrónicos, en su mayor parte no solicitados, procedentes de su instituto, el que ofrecía el enlace con una línea directa para momentos de crisis, mensaje que él se había apresurado a borrar sin pensárselo dos veces.

-Cuéntame algo divertido. Pero divertido de verdad.

ACA0313a-El caso de un chico que acompaña a su abuela porque tiene hora para el médico en un maravilloso día de otoño cuando podría estar de excursión por el Peace River Canyon con sus amigos o solo, con sus zapatillas Nike D200.

-Muy gracioso.

-A un disléxico le pregunta un amigo: “¿Qué tal el concurso de tiro con arco?”. “Fui certero.” “¿Ganaste?” “No. Quedé certero.”

La abuela se echó a reír.

-Eso sí es divertido.

-Eres tan fea que el gato trató de enterrarte en el cajón de arena.

-No. Eso no tiene gracia.

-Vamos, abuela, hay como un millón de chistes con “Eres tan feo”. Ese es el menos asqueroso.

-No me gustan los chistes sobre personas que son feas o estúpidas o… –la voz de la abuela cambió justo lo bastante para que su nieto se diera cuenta de que se proponía decir algo divertido– polacas.

Obsoleta. La abuela no quería ser eso, había dicho. A su nieto la palabra le había impresionado y se había apresurado a apropiársela.

El chico quiso hacerle ver que los chistes se basan casi siempre en insultos. ¿Dónde había estado ella toda su vida? Los chistes que oía a sus amigos o que él les contaba eran bastante groseros, y procedían de internet o de la televisión por cable.

-Hay un fulano que está atravesando el desierto montado en una camella. Lleva varios días solo, de manera que siente la necesidad de hacer el amor. No hay ninguna mujer a la vista, así que se fija en la camella, pero el animal desconfía de él, porque, al parecer, ya ha tenido antes alguna experiencia similar. De manera que el fulano intenta colocarse en posición para tener relaciones sexuales con la camella, pero el animal sale corriendo. El tipo corre para alcanzarla y la camella le deja que se le suba encima, pero solo como montura. El otro no tarda en sentir la necesidad de hacer el amor, así que vuelve a intentarlo, pero la camella sale corriendo. Por fin, después de cruzar todo el desierto llegan a una carretera y se encuentran con un automóvil que no funciona y dos rubias despampanantes. El tipo les pregunta si necesitan ayuda y ellas le dicen que si les arregla el coche, harán cualquier cosa que les pida. El fulano se pone a trabajar y consigue ponerlo en marcha; las mujeres le dan las gracias y le preguntan: “Ahora, ¿qué podemos hacer por ti?”, y el tipo contesta: “¿Os importa sujetarme a la camella?”.

La abuela pareció reflexionar durante algún tiempo pero acabó por echarse a reír.

-De acuerdo, tiene gracia. Pero no mucha.

-Hay chistes más subidos de color que son más divertidos, abuela. Pero supongo que no querrás oírlos.

9788432225079El tono de voz del muchacho había cambiado un poco. La abuela siguió conduciendo, absorta ahora en el torbellino del tráfico en una rotonda. El chico supo guardar silencio mientras la abuela superaba la dificultad: no tenía que tomar la primera salida, ni la segunda, sino la tercera.

A veces, el nieto se sentía muy mayor. Pero ese era su secreto. Después de superar con éxito la rotonda y cuando conducía de nuevo a velocidad normal, la abuela dijo:

-Por lo menos cinco personas me han preguntado, por teléfono, quién me acompañaba al hospital y quién volvería a casa conmigo. Lo que buscan evitar a toda costa es que alguien salga de su consulta después de despertar de una anestesia, se desmaye y se caiga. Todavía peor si lo que hace es caerse por una escalera.

-Lo que no quieren –dijo el chico– es un pleito.

La abuela se mordió el labio, meditativa.

-Supongo que debes de tener razón. Nunca lo había enfocado así. Creía que yo les tenía sin cuidado.

-Puede que no les importes lo más mínimo, abuela, y sin embargo, no quieran que los demandes.

-Haz el favor de leerme las instrucciones para llegar a la consulta.

-Ya lo he hecho. Y he estado. ¡Dios del cielo!

La abuela conducía despacio por una carretera recién asfaltada en dirección a un edificio de muchas plantas y color verde pálido, que parecía hecho de cristal resplandeciente, y con diferentes alas a partir de un núcleo central. Más allá de aquel edificio había otros más pequeños y más bajos. Todos rodeados de aparcamientos. El chico estaba tratando de hacer coincidir el mapa de Google con el mundo real y tropezaba con dificultades.

El “hospital nuevo” estaba formado por un conjunto de edificios de líneas elegantes construidos en las afueras de la ciudad en un paisaje lunar de aparcamientos y suelo en su mayor parte aplanado con excavadoras. En algunas zonas, sin embargo, se había plantado un frágil césped nuevo, regado con agua de aspersores, un agua que subía y bajaba iluminada por el sol.

Aunque todo era nuevo, las zonas de aparcamiento más cercanas al hospital estaban casi llenas. Y resultaban enormes y desalentadoras. Incluso el chico se sintió desanimado.

Había un sitio para depositar a pacientes y visitantes cerca de la entrada principal del resplandeciente edificio verde de muchos pisos, y el chico y su abuela trataron de averiguar cómo se podría evitar que tuvieran que caminar lo que parecía más de un kilómetro desde el aparcamiento. Al cabo de un rato el nieto dijo:

-Apéate, abuela. Me encargo yo de aparcar el condenado coche. Seguro que en una propiedad privada no va a haber policías de tráfico de Nueva Jersey para pedirme el carné de conducir.

Una prueba de la creciente desesperación de la abuela fue que aceptó la propuesta de su nieto. El muchacho se deslizó hasta el asiento del conductor tan pronto como la anciana salió del coche y lo condujo hasta la zona B del aparcamiento.

La abuela entró en el vestíbulo del reluciente edificio nuevo, refrigerado con ferocidad, y apenas había empezado a mirar a su alrededor en busca de alguien que la asesorase, cuando su nieto, con el Acura estacionado ya, se presentó corriendo para reunirse con ella.

El chico era un excelentísimo corredor. Sobre todo en ocasiones como aquella. En los deportes que se practicaban en el instituto era demasiado perezoso, o se dedicaba a soñar, o se distraía. No lograba tomarse en serio lo que a otros les parecía importante. Todas aquellas tonterías eran como vivir con la cara pegada a un espejo: no te la veías y, menos aún, todo lo que la rodeaba. Las cosas para críos ya no le atraían ahora que no era un crío.

Todo relucía en el nuevo hospital. Al alzar la vista esperabas ver globos de bienvenida rebotando contra el techo varios pisos más arriba.

-¡Buenos días! ¿Les puedo ayudar en algo?

Una joven sonriente, vestida con colores que entonaban muy bien con los rosas, verdes y azules suaves del vestíbulo, apareció a su lado. La abuela dijo “sí, gracias”. Como si no hubiera memorizado las palabras, leyó, con el ceño fruncido, un impreso que llevaba en la mano, pronunciando con mucho cuidado las palabras:

-Buscamos el Departamento de Cirugía Ambulatoria.

La cita era para las 9.30. En aquel momento eran las 9.22. La joven sonriente les informó de que estaban en el edificio equivocado, es decir, en el hospital. El Departamento de Cirugía Ambulatoria estaba en el Pabellón de Artes Médicas, al otro extremo del complejo hospitalario.

-Deberían haber dejado el coche en la zona este del aparcamiento y haber utilizado la entrada correspondiente.

-¿Cómo íbamos a saberlo? “Zona este”, nada menos –el chico se estaba sintiendo beligerante.

-Si tienen una cita, deben de haberles dado instrucciones y un mapa para llegar al Pabellón de Artes Médicas.

-¿Pabellón? ¿Qué es eso? ¿Estamos hablando de un carnaval o algo parecido? ¿Un pabellón no es un sitio donde toca una banda?

cub_Amores_equivocados_MaquetaciÛn 1La joven sonriente pareció perpleja.

-Pabellón es como se llama. Donde están las Artes Médicas.

La abuela se apresuró a intervenir.

-El Pabellón de Artes Médicas ¿se encuentra en esa dirección? ¿Atravesando por ahí?

La joven sonriente dijo sí. Señalaba hacia el interior del hospital: se veía una hilera de ascensores, un corredor reluciente, largo y ancho, un patio con árboles enmacetados y un café al aire libre. Algunos obreros instalaban, haciendo mucho ruido, algo que requería cables eléctricos más allá de un cartel que decía, elegantemente, ¡DISCULPEN LAS MOLESTIAS!

El chico, con el pulso acelerado a raíz de su carrera desde la zona B, le dijo a la joven sonriente:

-¿Cómo lo va a saber nadie? Nos dijeron que viniéramos al hospital.

Hablando de manera estricta, era probable que aquello no fuese cierto. Cuando la abuela había mencionado su cita en “el hospital nuevo” hablaba en general y por tanto de manera imprecisa, aunque su nieto lo hubiera tomado al pie de la letra y ahora se resistiese a rendirse, a la manera en que un perro leal no cede a otra persona el objeto que su dueño le ha arrojado para que lo coja.

-Si han venido para un procedimiento médico, tienen que haber recibido información, un papel con un mapa –dijo la joven sin alterarse. Aún sonreía, pero su sonrisa se había vuelto tensa–. Pero no hay ningún problema. Aquí me tienen a mí para guiarlos.

El chico estaba que trinaba. Difícil decir por qué. Quizá por ver a su abuela –con los ojos expertos de la joven recepcionista– como una mujer de casi setenta años, vestida con demasiada elegancia para la ocasión, decidida a representar el papel de persona dueña de sí misma, tranquila.

-Basta con que nos diga la dirección, ya encontraremos el camino –dijo el chico, pero la abuela intervino:

-¡Gracias! Muy amable por su parte.

Juntos avanzaron por el interior del edificio de muchos pisos, dirigidos por la joven sonriente.

El chico echaba chispas y le rechinaban los dientes.

Le dio un codazo a la abuela que sujetaba su bolso -demasiado grande y demasiado caro- de una manera que le resultaba molesta.

-El numerito de abuela desvalida se queda viejo muy pronto.

-Pues el de nieto maleducado, todavía más deprisa.

Traducción: José Luis López Muñoz

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