MEQUÍNEZ: LA VERSALLES MARROQUÍ

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Situada a unos 130 kilómetros de Rabat, en medio de un valle verde, Mequínez se transformó en ciudad imperial en el siglo XVII gracias a las obras del sultán Mulay Ismaíl, que construyó murallas con puertas monumentales, jardines, mezquitas, alcazabas y su primer palacio. Junto con Fez y Marrakech, forman parte de un circuito obligatorio a la hora de visitar Marruecos: el de las ciudades imperiales.

Texto: Ulises Parigi / Fotos: Karol Kozlowski / Waj / Mdmworks / Pe3k / Aníbal Trejo / John Copland

Mequínez es la más modesta de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, algo que hace de ella un lugar diferente.

Mequínez es la más modesta de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, algo que hace de ella un lugar diferente.

Marruecos fascina. Playas extensas, desiertos interminables, ciudades imperiales. Cada vez más turistas se sienten atraídos por este país, emplazado entre la cordillera del Atlas y el océano Atlántico, con palacios propios de Las mil y una noches, que se debate entre la tradición y la modernidad. Marruecos esconde un montón de secretos. Y uno de ellos es Mequínez, una capital imperial atractiva donde la vida es apacible. A pesar de la riqueza de su patrimonio histórico, conserva la sencillez de sus orígenes.

En el siglo XVII, el sultán alauí Mulay Ismaíl –el de mayor influencia en la historia del país– decidió hacer de Mequínez una de las ciudades imperiales más hermosas y poderosas de Marruecos. Aún hoy en día, está protegida por unos cuarenta kilómetros de murallas, atesora imponentes monumentos, entre ellos muchas mezquitas, de ahí que se la conozca como la “ciudad de los cientos alminares”. Entre ellas, la Gran Mezquita, probablemente fundada en el siglo XII, que se destaca por sus puertas de hermosos tejadillos esculpidos. Su medina y los vestigios del palacio real han sido motivo para que Mequínez fuese declarada patrimonio mundial de la Unesco en 1996; un complejo urbano y arquitectónico que combina de manera armónica elementos de diseño y planificación islámicos y europeos. La ciudad prospera imparablemente gracias a los cultivos de la rica planicie del Saïs (cereales, olivos y viñedos).

Bab Mansour. Considerada como una de las más bellas puertas del mundo, Bab Mansour la construyó a principios del siglo XVIII Mulay Abdallah, hijo de Mulay Ismaíl. Las proporciones de esta puerta son majestuosas. Abre la ciudad imperial propiamente dicha. Bab Mansour fue renovada integralmente en los años 90, los trabajos de restauración sirvieron para realzar su color verde oscuro característico. Está ubicada al otro lado de la plaza el-Hedime, la medina principal.

Mausoleo de Mulay Ismaíl. Si bien pasó a la historia por su mano de hierro a la hora de gobernar –apodado “el Sangriento”, sostiene el récord Guinness de ser el hombre que más hijos ha procreado, pues según los archivos de la época, Ismaíl habría sido padre de 888 descendientes–, sus restos se conservan en un mausoleo en el interior de una mezquita y es un auténtico tesoro del arte mudéjar. Para ello hay que desplazarse hasta el municipio de Mechouar Stinia, que alberga el palacio Dar el Makhzen, donde residió Ismaíl. Asociado a este personaje, también sobresale la Koubat Al Khayatine, la sala en la que la máxima autoridad del sultanato recibía a los embajadores y emisarios extranjeros. A diferencia de lo que suele ser habitual en Marruecos, está permitida la entrada a los no musulmanes, salvo la sala donde se atesoran sus restos.

En el siglo XVII Mulay Ismaíl estableció en Mequínez la capital de Marruecos, creando las murallas y sus magníficas puertas.

En el siglo XVII Mulay Ismaíl estableció en Mequínez la capital de Marruecos, creando las murallas y sus magníficas puertas.

Mercados y plazas. La plaza el-Hedime, situada entre la ciudad antigua (la medina) y la parte imperial de la ciudad, alberga el mercado cubierto que se anima al llegar el crepúsculo: lanzafuegos, cuentacuentos, adiestradores de animales y saltimbanquis crean un ambiente diferente y singular. Allí se pueden comprar sus famosas aceitunas. Los restaurantes y las terrazas se han instalado en las zonas donde antaño se presenciaban las ejecuciones públicas y los anuncios reales. Cruzando la muralla se encuentra la amplia plaza de Lalla Aouda, rodeada de edificios oficiales y también muy animada al caer la tarde, resguardada por dos gigantescas puertas: la de Bab Jama En Nouar y la de Bab Mansour.

Cultura tradicional. El museo regional de etnografía, instalado en el palacio Dar Jamaï, se articula armoniosamente en torno a un espléndido jardín andalusí. Está emplazado en un precioso edificio con un patio central y tiene muy buena decoración. Bordados con hilo de oro, cerámica y joyas antiguas dan una idea exhaustiva del pasado esplendoroso del reino. Otros enclaves de interés son las majestuosas puertas de Bab Berdaïne y Bab Lakhmiss, ambas del siglo XVII; la cárcel de Cara, que lleva el nombre de un célebre arquitecto y prisionero portugués; y el complejo cultural Fandouk El Hanna, propiedad de los Habous. Merecen también una visita el centro de cría de caballos Le Haras, concebido originariamente como establecimiento militar; el palacio Ksar Mansour, de dominio público; y el gigantesco conjunto arquitectónico del Granero y las Caballerizas, erigidos también por Mulay Ismaíl, al igual que Bassin Agdal, el estanque creado para irrigar los jardines de Mequínez.

Volúbilis. A 33 kilómetros al norte de Mequínez se extiende el yacimiento arqueológico romano más grande de Marruecos: Volúbilis. Arco del triunfo, capitolio, casa de Baco… todo es testimonio de la fastuosidad de la ciudad y de su peso económico y político. Sin olvidarnos de la conmovedora delicadeza de sus mosaicos. La ciudad llegó a contar con más de 20 mil personas dedicadas en su mayoría al cultivo del trigo, ya que la producción la ordenaba Roma. Un tesoro al aire libre.

La Madrasa Bou Inania fue fundada en 1336 y existe otra con el mismo nombre en Fez.

La Madrasa Bou Inania fue fundada en 1336 y existe otra con el mismo nombre en Fez.

Campos de cultivo. Mequínez está rodeada de campos de cultivo, siendo los productos agrícolas una de las bases de la economía de la ciudad. La bonanza de sus tierras, regadas por los arroyos que bajan de las últimas estribaciones del Atlas Medio, y la fama de sus cultivos, principalmente olivos, vides y frutales, propiciaron que la ciudad estuviera siempre en el punto de mira de las distintas dinastías que gobernaron el país. Curiosamente, en esta región se produce la mayor cantidad de vino de Marruecos, algo que ya sorprende por sí mismo, ya que los musulmanes tienen prohibido beber alcohol.

Madrasa Bou Inania. Madrasa es el nombre con el que se conoce en la cultura árabe a cualquier tipo de escuela, sea religiosa o no. Desde su parte superior se obtienen unas vistas particulares de la ciudad. Data de 1336 aunque fue restaurada posteriormente por el sultán meriní Bou Inania, de quién tomó el nombre. Sigue el modelo de las madrasas marroquíes, organizadas en torno a un patio central porticado, con una pequeña fuente y ricamente decorado con estucos de yeso y artesonado de cedro con incrustaciones. Además, la ciudad cuenta con otra madrasa histórica: la de Filalia, levantada en 1789.

Moulay Idrís. Es uno de los centros de peregrinaje religioso de Marruecos y alberga el santuario del fundador de la dinastía Idríssida. A pesar de que es una ciudad santa, puede ser visitada por aquellos que no profesen el islam. Eso sí, como en todas las mezquitas está prohibida la entrada a los no musulmanes. Aún así vale la pena recorrer sus angostas calles empedradas, o contemplar el pueblo desde las colinas que lo rodea. Se encuentra a 25 kilómetros de Mequínez.

Volúbilis formó parte del imperio romano hasta finales del siglo III, cuando quedó en manos de bereberes, griegos, sirios y judíos.

Volúbilis formó parte del imperio romano hasta finales del siglo III, cuando quedó en manos de bereberes, griegos, sirios y judíos.

Sabores. La gastronomía de Marruecos es uno de los aspectos del país que mejor le representa ya que, como éste, posee una enorme riqueza y diversidad, debido a la multitud de intercambios culturales producidos a lo largo de su historia. Sazonada con ingredientes procedentes de la cultura bereber, árabe y mediterránea, se trata de una cocina única en la que a la sencillez y el refinamiento en su elaboración se le une la combinación de los sabores salados y dulces y un uso intensivo de las especias y condimentos. Es una cocina que tiene como ingredientes principales y más habituales: el cuscús –producido con sémola de trigo y acompañado normalmente de verduras, pollo o cordero–, el tajín, nombre con el que se conoce a todo aquello que se cocina en un recipiente compuesto por un plato de barro y una tapa cónica, cuya función es mantener el calor y el vapor durante y después de la cocción; y la harira, tradicional sopa marroquí. Se suelen emplear muchos frutos secos, desatancándose los melones y los dátiles. En cuanto a los postres, los cuernos de gacela (kaab el ghazal), mazapán perfumado al azahar, son los más conocidos. Entre las bebidas, el té es una de las más consumidas, los marroquíes pueden llegar a tomarlo hasta seis veces en el día. Si nos es ofrecida una taza de té rechazarla sería visto de mal gusto. Los vinos marroquíes suelen ser de buena calidad, es para destacar el de denominación de origen Meknes/Mequínez.


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