DAVID BOWIE: PLEGARIAS ATENDIDAS

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Pasa algo inédito cuando muere un gran artista. Entiendo que cuando un familiar o un amigo nos deja, el hecho repercute y moviliza una serie de sensaciones y sentimientos que a veces no han sido o no han podido cobijarse en diálogos, en consideraciones o en abrazos hacia el deudo. La mancha que esparce esa ausencia, lo intolerable de la falta, nos asalta de una manera tan inconsciente y fatal, que materializarla en remembranzas acompaña la pérdida para hacerla menos tangible, menos certera e inadmisible.

Sin embargo, ¿qué fuerzas se articulan en nosotros cuando quien muere es alguien muy popular, pero que específicamente no forma parte de nuestra cotidianeidad, más allá de que es un ser cercano debido a la influencia de su obra artística? ¿Qué fascinación desata en ese coro que comienza a aletear con la desmesura congénita del ave que siente que expira?

Al recibir un premio a su trayectoria en la última entrega de los Golden Globe, Sylvester Stallone manifestó: “En la vida, nada se acaba hasta que se acaba”. Horas más tarde, el corazón del gran David Bowie (Londres, 1947) decía también basta. Aquejado en los últimos 18 meses por un cáncer de hígado, la batalla concluyó pacíficamente según el triste anuncio que dio su hijo Duncan Jones. Con 69 años recién cumplidos y dejándonos el legado de un intenso álbum como Blackstar, ese lunes 11 de enero en que conocimos la noticia no fue un día más para todos los millones de adoradores de su música.

Tanto los muros de mi Facebook como de mi Twitter estaban cargados de la emoción de los que pierden imprevisiblemente a alguien que los ha guiado en este mundo complejo y hostil. Sin ser un maestro o un político, Bowie nos ha sensibilizado de una manera que no lo hace cualquiera. Sólo con un puñado de canciones, sólo con un puñado de acciones. Su voz, su postura en el escenario, sus costumbres existenciales, nos habían fijado y marcado una pauta, un sendero para hacer que nuestra vida sea diferente. Casi sin proponérselo, había hecho del artificio una bandera que exhibía una crítica a lo engañoso de la autenticidad (una actitud propia del universo del rock). Unas de mis amistades rescató la frase del crítico musical Federico Monjeau: “El verdadero artista no debe mostrar el mundo, el verdadero artista debe mostrar un mundo corregido”.

Si la generación de los años 80 lo descubrió por una película como Labyrinth, la de los 90 con la versión inspirada que hizo Nirvana de The Man Who Sold The World y la de la primera década de 2000 resultó cautivada por su papel de juez en la comedia Zoolander, Bowie encarnaba la posibilidad inaudita de ser alguien diferente a pesar de todo. Por eso enarboló la mutación como prenda insustituible. No sólo por el desdén a formas anticuadas y conservadoras (la autenticidad, al fin y al cabo, terminó siendo un valor de mercado), sino por cuestionar su propia debilidad por el cambio.

Ese mundo corregido nos fue proponiendo modos de vida distintos y posibles. Pienso también en el vacío que nos dejó a muchos amantes del rock latinoamericano la pérdida del argentino Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950 -2012), hace ya cuatro años. Unos meses atrás se rescataron unas sesiones de grabación con dos amigos que tuvieron lugar justo antes de que lo internasen por un cáncer de pulmón. Ese testimonio fue editado en un álbum y cobró una trascendencia inédita: esa semana fue el lanzamiento más vendido. Emisoras radiales que no lo tenían en su grilla, pasaban su música y comentaban sus logros. Sin embargo, jamás había sido tan venerado y vanagloriado en vida. No por nada alguna vez había escrito una canción con un título tan significativo: Nunca me oíste en este tiempo (Spinetta Jade, 1981).

A la semana de la muerte del gran David Bowie pudimos leer una noticia que señala la marea de loas y sentimientos desatados ese lunes tan triste: “El último disco del recientemente fallecido artista británico, Blackstar, encabeza el top 40 de Billboard en Estados Unidos, logro que no consiguió con ninguno de sus álbumes mientras estuvo vivo”. Más allá de la necesidad física de acompañar el deceso de un héroe, me persigue la duda si en ese embeleso por celebrar la muerte no se esconde algo más recóndito, más inviable. Algo más postrero y casi inadmisible. Como escribió alguna vez el alemán Elías Canetti: “El momento de sobrevivir es el momento del poder”.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez

 


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