LOS DISCOS DE 2013: AFRICA SIEMPRE SORPRENDE

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Por Gustavo Alvarez Núñez

Hace días que en la mesa del living coloqué un viejo globo terráqueo. Como si fuese la lámpara de Aladino, no hay día que no pose mis manos sobre él, buscando que se dé el milagro. Por ahora no he tenido suerte, debo reconocer. Aunque me sirve para sacarme dudas sobre regiones o naciones de las que confundo su localización. No sé por qué pero en la génesis de nuestra educación (latinoamericana) no se nos alentó al conocimiento sobre territorios que se ubicasen más allá de la oferta occidental.

En mi primer viaje a Estados Unidos, allá por los primeros años de la década de 1990, conocí a unos jóvenes alemanes. Dos chicas y un chico. También estaban realizando su primera estadía. Compartíamos una habitación espaciosa en un hostel de Chelsea, Nueva York. Enseguida hubo sintonía entre nosotros. Después seguimos en contacto vía correo postal. Cuando tuve la oportunidad, fui a visitarlos a su ciudad. Son de Karlsruhe, en el suroeste de Alemania. Una de las cosas que siempre recuerdo fue la noche en que, delante de un globo terráqueo, se pusieron a bosquejar sus próximas vacaciones. Los destinos estaban en Asia o Africa. No pude dejar de comparar con mis deseos transatlánticos: a lo sumo yo llegaba a Australia…

Pasó el tiempo pero la alarma había sido encendida. Más que una alarma, una inquietud. Reconozco que aún no he podido poner mis pies en Asia ni en Africa, pero fui “saldando la deuda” con la incorporación en mi paleta de oyente musical de mucha música proveniente de esos confines. Si bien en mi DNA hay mucho rock y pop anglosajón, fui sumando diversas expresiones musicales del continente africano, siempre una marmita sin fondo. Fela Kuti, el James Brown de la región, se fue ubicando en lo más preciado de mi colección.

Con la reticencia que me generaba la etiqueta “world music”, fui separando la paja del trigo. Y en un momento descubrí El Dorado: el blues tuareg, la música del desierto. Tuaregs, es decir, nómades. Son 1.200.000 personas en total. Hablan en tamasheq, la lengua de los amazight o imazighen, los pueblos del norte de Africa, más conocidos con el nombre de bereberes. El símbolo musical de esta tribu milenaria es Tinariwen, grupo que a través de la exitosa respuesta que obtuvo su segundo trabajo, Amassakoul, en 2004, logró que se abriese la puerta para una mansalva de artistas de la región del Sahel y el Sáhara. “Los Desiertos”, eso significa Tinariwen, se había formado a principios de los años 80.

Hasta comienzos de la década pasada, Tinariwen era el secreto mejor guardado de Malí: sus integrantes vivían en campamentos de la región de Kidal, al noreste, y en las ciudades de Kidal o Tessalit, en uno de los entornos más adversos del mundo, con temperaturas que rondan los 40 grados centígrados. Arena y sol, no mucho más. Uno de sus miembros había cambiado la Kaláshnikov por la guitarra eléctrica. Y todos habían escuchado de los labios de sus padres la feroz represión del ejército maliense en 1963, aunque habían sido parte de la sublevación de los años 90 contra el gobierno de Malí, y la de principios de este siglo contra el de Níger.

Desde su aparición para el público occidental, han surgido muchos más representantes del blues tuareg: Terakaft, Tamikrest, Amanar, Ibrahim Djo Experience, Inerane, Koudede, Etran Finatawa, Imarhan N’Tinezraf y Atri N’assouf, entre otros. Todos han participado en los últimos diez años de la cita anual del género en las afueras de Bamako, capital del país: el Festival del Desierto, que a lo largo de tres días logra que su música vuelva al… desierto.

La última gran atracción del blues tuareg –y cuyo nombre verán repetirse en muchas encuestas de los mejores discos de 2013 por su último álbum, Nomad– es Bombino. Oriundo de Tidene, Níger, Omara Moctar –su verdadero nombre– es considerado el Jimi Hendrix tuareg y su salto internacional se lo debe a los oídos atentos del estadounidense Dan Auerbach, cantante y guitarrista de The Black Keys, quien puso su oficio de productor al servicio de Nomad. La portada del disco, con el desierto como telón de fondo y la estampida de un motociclista que cuelga del brazo derecho su guitarra eléctrica, unida al significativo título, son detalles más que elocuentes: traslucen de dónde viene y hacia dónde va el músico que deambuló por varios países del Sahel –expulsado por el gobierno de Níger durante las rebeliones tuaregs de 1990 y 2007 por pertenecer a este grupo étnico– hasta instalarse definitivamente pocos años atrás en Agadez, al norte de Níger.

La leyenda dice que fue un equipo de documentalistas españoles quien lo descubrió tocando en una boda –Bombino se ganaba el pan animando fiestas, casamientos y celebraciones de todos los tuaregs de la región– y le ofreció grabar una maqueta. En 2011, el sello estadounidense Cumbancha –propiedad del inquieto Jacob Edgar, quien había trabajado en otra emblemática compañía discográfica, Putumayo– editó su segundo disco, Agadez. Siete años antes, había visto la luz en una tirada local Agamgam 2004, una decena de canciones en formato acústico.

Más allá de ciertas “concesiones” al oído occidental –por lo pronto, la inclusión de batería y unas guitarras muy Nashville, ciudad donde se grabó el disco–, Nomad tal vez servirá para que nuevos oyentes se sumen a la causa musical tuareg. Sugestiva amalgama de colores y sensaciones, Nomad es un viaje al paraíso de la libertad. Las guitarras se trenzan como un tejido –psicodélico– y destilan una magia única en esas melodías casi mántricas.

Como cereza del postre: otro músico africano, en este caso originario de Nigeria. Se llama William Onyeabor. El sello de David Byrne, Luaka Bop, lanzó recientemente un compilado, Who Is William Onyeabor?, cuyo nombre hace alusión a la misteriosa figura de este experto del sintetizador que entre 1978 y 1985 grabó ocho discos. Después, ya volcado al cristianismo y a los negocios, mutis por el foro. Tanto que Onyeabor –quien electrificó la música tradicional africana– se negó a dialogar sobre su pasado con el compilador del álbum. Otro monumento a la música hipnótica y adictiva que planea sobre mi globo terráqueo.

Que nos sea leve,


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