ALAN GREENSPAN: EL SEÑOR DE LAS FINANZAS

0

La invasión a Irak sin solución final, la imagen del presidente George W. Bush en sus peores días, los déficits presupuestarios, los indocumentados y los elevados costos de los servicios de salud y energéticos. Si algo faltaba para enrarecer aun más el clima político era la palabra crítica y sin anestesia del que fuera por 18 años presidente de la Reserva Federal. A fines de septiembre apareció en las librerías The Age of Turbulence, el libro en el que Alan Greenspan confirma por qué los colosos de la economía mundial estuvieron atentos a sus palabras durante las últimas dos décadas. Reproducimos aquí fragmentos del capítulo en el que descuartiza las políticas de varios presidentes de los países latinoamericanos. La versión española del libro estará a la venta recién en marzo de 2008.

Reagan Greenspan Volcker

Greenspan ingresó a la Reserva Federal en 1987 con Ronald Reagan en la presidencia y recién se retiró el 1º de febrero del año pasado.

Estuve sentado frente a Pedro Malan, ministro de Hacienda de Brasil, durante aquella reunión de diciembre de 1999 en Berlín. El fue uno de los muchos y muy competentes diseñadores de políticas económicas de países latinoamericanos que asistió al primer encuentro del Grupo de los Veinte. El G-20 es una organización que logró reunir a los ministros de Hacienda y a los directores de bancos centrales luego de varios años de turbulencias en las finanzas mundiales. Nosotros dos ya nos conocíamos pero el objetivo de reunir al grupo fue asegurarnos de que los países con economías emergentes tuvieran mayor participación en la discusión acerca de los procesos de la economía mundial. Malan, director del Banco Central durante la presidencia de Fernando Henrique Cardoso, fue uno de los arquitectos del “plan real” que logró con éxito reducir a la mitad la inflación galopante –5.000%– en 12 meses entre mediados de 1993 y mediados de 1994. Realmente admiro mucho a Pedro, pero aun así no pude preguntarle por aquello que realmente me preocupaba de su país: ¿Cómo es que la economía puede alcanzar un estado tan calamitoso al punto de que se vuelve necesaria una reforma tan drástica? Cardoso mismo es capaz de decir hoy: “Cuando acepté el trabajo, ¿quién en su sano juicio hubiera querido ser presidente de Brasil?”. En términos generales, ¿cómo es posible que Latinoamérica haya pasado de una crisis económica a otra, y haya ido y vuelto de gobiernos civiles a militares durante los años 70, 80 y 90? La respuesta fácil es que, con algunas excepciones, América latina no fue capaz de destetarse del populismo económico que en sentido figurado desarmó un continente entero en la competencia con el resto del mundo. Me angustiaba la evidencia de que a pesar de los malos resultados económicos de las políticas populistas que a su turno fueron implementadas por casi todos los gobiernos de Latinoamérica desde el fi n de la Segunda Guerra Mundial, estos resultados negativos no aguaron el impulso de recurrir al populismo económico. A todas luces, el siglo XX no fue benévolo con los países al sur de Estados Unidos. Afi rma Angus Maddison, prestigioso historiador de la economía, que Argentina comenzó el siglo con un producto bruto per cápita (PBC) mayor que el alemán y aproximadamente como tres cuartas partes del PBC de Estados Unidos. Al finalizar el siglo, el PBC de Argentina había caído hasta ser quizá mitad o menos del de Alemania o Estados Unidos. Durante el siglo XX, el nivel de vida de Estados Unidos, Europa Occidental y Asia creció a un ritmo tres veces mayor que los niveles de vida de Latinoamérica. Sólo Africa y Europa Oriental crecieron menos. El diccionario define “populismo” como una filosofía política que avala los derechos y el poder del pueblo, generalmente en oposición a una elite privilegiada. Yo defino el populismo económico como la respuesta de un pueblo empobrecido a una sociedad que le ha fallado, cuya elite económica es percibida como opresora. Bajo el populismo económico, el gobierno accede a los reclamos del pueblo sin tener en cuenta los derechos individuales ni la realidad económica a través de la cual una nación puede alcanzar y sostener el bienestar. En otras palabras, ya sea intencionalmente o no, las consecuencias económicas negativas no son tenidas en cuenta.

Fidel Castro

Todo un símbolo. Tras su cuarentena, Fidel Castro reapareció en público portando el voluminoso libro con las memorias de Greenspan.

El populismo es más evidente, como podríamos esperar, en economías con altos niveles de inequidad. Tal el caso de Latinoamérica. Las raíces de la inequidad en América latina deben ser rastreadas en lo profundo del proceso colonial que desde el siglo XVI al XIX explotó a los pueblos originarios y a los esclavos. Podemos ver las consecuencias aún hoy en día, como sostiene el Banco Mundial, en la disparidad racial del ingreso. Como resultado del colonialismo, Latinoamérica ha sido tierra fértil para la emergencia del populismo económico durante el siglo XX: la pobreza crónica coexiste junto con la opulencia económica. Las elites económicas son acusadas invariablemente de servirse de los gobiernos para llenar sus propios bolsillos. Estados Unidos es considerado equivocadamente, hasta el día de hoy, el causante principal de la miseria económica al sur de su frontera. Durante décadas, los políticos latinoamericanos han despotricado contra el capitalismo corporativo de Estados Unidos. (…) Desde que finalizara la Segunda Guerra Mundial, la política exterior de Estados Unidos ha intentado mejorar su imagen negativa, pero la historia pesa mucho en la región. Las creencias, que pasan de una generación a otra, y la cultura de cada sociedad cambian muy lentamente. Muchos latinoamericanos del siglo XX, según mi propia experiencia, siguen despotricando contra Estados Unidos. El venezolano Hugo Chávez es uno de los que viene trabajando de manera consistente para mantener el sentimiento antinorteamericano. El populismo económico busca una reformulación, no una revolución. Los profesionales tienen bien en claro las quejas específicas, pero sus prescripciones son vagas. El populismo económico, al contrario que el capitalismo o el socialismo, no trae consigo un análisis formal de las condiciones necesarias para crear riqueza y elevar la calidad de vida. Lejos de ser cerebral, el populismo económico es más un grito de dolor. Los líderes populistas ofrecen promesas claras para remediar las injusticias.

El diccionario define “populismo” como una filosofía política que avala los derechos y el poder del pueblo, generalmente en oposición a una elite privilegiada. Yo defi no el populismo económico como la respuesta de un pueblo empobrecido a una sociedad que le ha fallado; cuya elite económica es percibida como opresora. El populismo es más evidente, como podríamos esperar, en economías con altos niveles de inequidad. Tal el caso de Latinoamérica.

La redistribución de la tierra y la persecución de la elite corrupta que supuestamente roba a los más pobres son los remedios más comunes; los líderes prometen tierra, vivienda y alimento para todos. Se pide “justicia” y ésta es por lo general redistributiva. De todas las formas posibles, por cierto, el populismo económico se opone al capitalismo de libre mercado. Pero este concepto es realmente erróneo y se basa en una comprensión distorsionada de qué es el capitalismo. Yo mismo y muchos otros, de dentro y fuera de la región, sostenemos que los populistas económicos tendrían más posibilidades de alcanzar sus metas con más capitalismo, no con menos. (…) La mejor evidencia de que el populismo es esencialmente una respuesta emocional y no está basada en ideas es que el populismo no parece desvanecerse siquiera frente a sus reiterados fracasos. Brasil, Argentina, Chile y Perú han tenido múltiples fracasos de las políticas populistas desde el fi n de la Segunda Guerra Mundial, y sin embargo líderes de la nueva generación no parecen haber aprendido de su historia y siguen recurriendo a las simplistas soluciones populistas. Podría decirse que en el proceso han empeorado las cosas. (…) Confi eso, no sin cierta ironía, que siempre me intrigó la buena voluntad de pueblos tan numerosos y escasamente educados, así como la de los representantes de sus gobiernos, en adherir a las reglas del mercado capitalista. El mercado capitalista es una gran abstracción que no siempre se adapta a la idea de alguien lego acerca del modo en cómo funciona la economía. Supongo que el mercado es aceptado porque tiene una larga historia en la creación de riquezas. No obstante, escucho a mucha gente quejarse: “No entiendo cómo funciona, y siempre parecería estar balanceándose al borde del caos”. (…)

GREENSPAN

Alan Greenspan.

El populismo económico siempre imagina un mundo más sencillo, en donde un marco teórico parece una distracción ante las necesidades más evidentes y urgentes. Sus principios son sencillos: si hay desocupados, es el gobierno quien debe contratarlos. Si hay poca liquidez de dinero, y por lo tanto las tasas de interés son elevadas, es el gobierno quien debe poner un techo a las tasas o bien imprimir más billetes. Si la importación amenaza las fuentes de trabajo, entonces hay que dejar de importar. ¿Por qué estas respuestas son menos razonables que suponer que para poner en marcha un auto es preciso accionar una llave? (…) Lo bello del sistema de mercado es que cuando funciona bien, cosa que sucede casi siempre, tiende a autorregularse. La mirada populista es equivalente a llevar un libro de una sola entrada, que registrase sólo los créditos (como el beneficio inmediato del bajo costo de la gasolina). Quiero creer que los economistas llevan un libro de doble entrada. (…) Es por eso que los líderes populistas deben ser carismáticos y exhibir un aura de poder, aun cuando pueda ser considerado autoritario. Muchos de esos líderes –quizá la mayoría– provienen del ámbito militar. Por cierto, ninguno de ellos sostiene efectivamente la superioridad conceptual del populismo sobre el libre mercado. No asumen el formalismo intelectual de Marx. Su mensaje económico es pura retórica condimentada con palabras como “explotación”, “justicia” y “reforma agraria”. No eligen palabras como “productividad”. (…) Hugo Chávez está embelesando y politizando lo que alguna vez fuera la fortísima industria petrolera venezolana (la segunda más importante hace medio siglo). El nivel de la producción de crudo cayó brutalmente cuando Chávez reemplazó a los técnicos expertos pero apolíticos de las compañías petroleras del Estado por compinches del régimen. Eso causa una pérdida permanente de la capacidad productiva de varios cientos de miles de barriles. La producción de crudo en Venezuela cayó de un promedio de 3,2 millones de barriles diarios en el año 2000 a 2,4 millones de barriles diarios durante la primavera del 2007. Sin embargo, la suerte le sonríe. Sus políticas habrían llevado a la bancarrota a cualquier otro país. Pero desde que asumió la presidencia, la demanda mundial de crudo cuadruplicó su costo, y esto por ahora paga su fianza.

La mejor evidencia de que el populismo es esencialmente una respuesta emocional y no está basada en ideas es que no parece desvanecerse siquiera frente a sus reiterados fracasos. Brasil, Argentina, Chile y Perú han tenido múltiples fracasos de las políticas populistas desde el fi n de la Segunda Guerra Mundial, y sin embargo líderes de la nueva generación no parecen haber aprendido de su historia y siguen recurriendo a las simplistas soluciones populistas. Podría decirse que en el proceso han empeorado las cosas y mucho.

Pero la fortuna puede no sonreírle eternamente. El mundo debería estar agradecido de que no todos los carismáticos populistas se comportan como Chávez. (…) Luiz Inácio Lula da Silva, un populista brasileño con gran predicamento, fue elegido presidente en 2002. Anticipándose a su victoria, la Bolsa de Valores de Brasil cayó abruptamente, aumentó la expectativa inflacionaria y muchas de las posibles inversiones se retiraron. Pero para sorpresa de la mayoría –incluido yo mismo–, Lula siguió en general con las políticas planificadas en el “plan real” que Cardoso, su antecesor, introdujo para atemperar la hiperinflación en Brasil a comienzos de los 90. El populismo económico promete mucho sin preocuparse por cómo lo financiará. A menudo, cumplir las promesas perjudica las finanzas públicas y resulta imposible obtener créditos del sector privado o de inversores extranjeros. (…) Es entonces cuando se requiere de la emisión de moneda para aumentar la capacidad de compra del gobierno, y esto invariablemente alimenta el fuego de la hiperinflación. (…) Esta dinámica fue una característica de los episodios inflacionarios de Brasil en 1994, Argentina en 1989, México a mediados de la década del 80 y Chile a mediados de la del 70. Los efectos de estos procesos, en cada una de las sociedades, fueron devastadores, como afirman los prestigiosos economistas Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards: “Al final de cada experimento populista, el salario real es más bajo que al inicio”. (…) ¿Es posible que una sociedad con raíces profundamente populistas cambie rápidamente? Los individuos pueden cambiar, y de hecho lo han hecho, pero: ¿Es posible imponer a una sociedad construida sobre antagonismos muy profundos las leyes, las prácticas y la cultura de una economía de mercado? El “plan real” de Brasil sugiere que es posible.


Compartir.

Dejar un Comentario