ALBERT EINSTEIN: EL GENIO DESPEINADO

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Cambió la historia con su teoría de la relatividad. Sin embargo, con la frescura de los antiguos sabios, también se emocionaba con la música, el arte y hasta la política. Se rodeó de muchas mujeres, pero todas quedaron a la sombra de su machismo visceral. Pacifista, después de Hiroshima y Nagasaki se arrepintió de haber desarrollado en Estados Unidos un programa de armas nucleares. Los nazis lo combatieron por ser judío, y el senador McCarthy lo tuvo en su lista por sus simpatías con el socialismo. Albert Einstein, siempre despeinado y desaliñado, sigue siendo un ícono universal de la genialidad humana.

Texto: Vicente Battista / Fotos: Bryan Persily / Ben Miller / Hartmut Schürrle / Dennis Neumann / Ken O´Hagan / John Milne / Nicholas Plunkett / Ashley Lowrey / David Strom

Ulm es una ciudad alemana situada a cien kilómetros al este de Stuttgart. El 14 de mayo de 1879, en una modesta casa de Ulm, Hermann Einstein no hace nada por disimular su alegría: Pauline, su esposa, acaba de darle un hijo que no cesa de llorar. Hermann acepta el nombre que Pauline elige para su hijo. Albert se llamará el niño llorón, quien de pronto hacía realidad aquello de que todo bebé llega con un pan bajo el brazo. Papá Hermann, que hasta ese momento se había desempeñado como un eficaz vendedor de colchones, pocos días después de nacer Albert conseguirá ingresar en una empresa electroquímica.
Se trata de algo más seguro y, sobre todo, mejor pagado. Esa seguridad y ese dinero se prolongarán a lo largo de dos años y contribuirán a que Hermann Einstein se aventure a poner en marcha un antiguo proyecto: en 1881 toda la familia se establece en Múnich, Hermann se dispone a fundar una empresa de electricidad.
Las cosas se complican cuando llega el momento de ingresar a la escuela pública: el niño Einstein no siente especial predilección por el estudio. Al menos tal como lo plantean sus maestros. Es un chico tímido, muy callado y poco atento a aquellas materias que no estén vinculadas con la física y las matemáticas. Los maestros no entienden cómo puede ser que ese chico, rebelde a las ciencias humanas, tenga especial predilección por la música: el pequeño Einstein pasa horas con su violín ejecutando obras de Bach y de Mozart.
En la Alemania de aquellos años las escuelas públicas se caracterizaban por su rigidez y por su disciplina militar. No es casual que recibieran el nombre de Gymnasium. Todas se alineaban bajo el pensamiento político de Otto von Bismarck, el canciller de hierro. Un pensamiento que está muy lejos del humanismo que postula el joven Einstein. Esa contrariedad se acrecienta no bien ingresa al bachillerato.

“Otro profesor es más terminante: le asegura que es un alumno mediocre, que nunca llegará a nada.”

Einstein probo que las ideas de Newton estaban incompletas

Einstein probó que las ideas de Newton estaban incompletas y ayudó a completarlas para que todos las pudieran entender mejor.

Muy pronto los profesores comprenden con qué alumno tendrán que lidiar. “Tu sola presencia mina el respeto que me debe la clase”, le dice uno de esos profesores. Otro es más terminante: le asegura que es un alumno mediocre, que nunca llegará a nada. Al joven Einstein ese juicio no lo preocupa. ¿Cómo explicarle a su sagaz profesor que a los doce años el “alumno mediocre que nunca llegará a nada” había comenzado a estudiar matemáticas y que a los quince se aventuraba con el estudio del cálculo infinitesimal? ¿Cómo decirle que con tío Jacob pasaba horas hablando de álgebra? El tío Jacob le había revelado más de un secreto: “Cuando el animal que estamos cazando –decía– no puede ser apresado lo llamamos temporalmente ‘x’ y continuamos la cacería hasta que lo echamos en nuestro morral”.
Albert tiene dificultades en el Gymnasium; su padre, en tanto, las tiene en la empresa que ha montado. Después de casi doce años de trabajo, la quiebra se hace evidente. Es preciso abandonar Múnich y tentar fortuna en Italia. Se trasladan a Pavia, muy cerca de Milán. Sólo Albert se queda en Múnich, para terminar sus estudios. Han resuelto que en cuanto se gradúe se reunirá con su familia en Pavia.
Pero esa graduación nunca se materializará: Albert decide abandonar el Gymnasium. A los quince años vaga por Italia. En especial por Roma y por Florencia. Se demora largas horas en San Pedro in Vincoli, en la Basílica de San Pedro y en la Galleria della Accademia. Lo conmueve Miguel Angel. Seguramente, junto al Moisés, a La Piedad y al David, y bajo los techos de la Capilla Sixtina, comienza a contemplar los efectos del movimiento a la velocidad de la luz, un rompecabezas cuya resolución, algunos años más tarde, cambiará para siempre la física y la cosmología. Pero para eso aún falta. Ahora le ha llegado la orden de viajar a Zurich: sus padres lo han matriculado en el Instituto Politécnico. Albert Einstein obedece a sus mayores, llega a Zurich y tiene una primera entrevista con el director.
–No me admiten –le informa luego a su padre y de inmediato explica la causa de ese rechazo–. No llegué a graduarme en el Gymnasium.
Aunque no todo está perdido. El director del Politécnico le ha dicho que complete sus estudios como bachiller y que, una vez que obtenga el título, de inmediato podrá ingresar al instituto. El director tiene referencias de los conocimientos científicos de ese joven. Y Albert, un año más tarde, ya con el título de bachiller debajo del brazo, ingresa en el Politécnico.
Está dispuesto a todo. En principio, renuncia a la ciudadanía alemana para adoptar la suiza. Se sumerge en la lectura de quienes marcan el pensamiento político y filosófico de la época. Con la misma intensidad con que años antes se había emocionado frente a la obra de Miguel Angel y de Leonardo, ahora se detiene en los textos de Marx y Engels, de Hume, de Kant, de Mach y de Spinoza. Su amigo Friedich Adler lo vincula con el movimiento socialista. En una de las tantas reuniones conoce a Mileva Marić, una joven condiscípula serbia.

El amor después de la física
¿Es amor a primera vista o entendimiento científico a primera vista? Mileva le lleva cuatro años, no es bonita y acusa una leve cojera. La madre de Einstein se opone abiertamente a que esa mujer sea la futura esposa de Albert.
–Ella es un libro, igual que tú –le dice–, pero tú deberías buscar otra mujer. Cuando tengas treinta años, ella será una vieja bruja.
Pero a Albert no lo inquietan los consejos maternos.
–Mileva es igual a mí y tan fuerte e independiente como yo –le asegura a su madre.
Y no miente. Eso mismo le ha escrito a Mileva: “Estoy solo con todo el mundo, salvo contigo. Qué feliz soy por haberte encontrado a ti, a alguien igual a mí en todos los aspectos, tan fuerte y autónoma como yo”. En 1900, Mileva y Albert se gradúan; dos años después tienen una hija, Liserl; y en 1903, se casan. Un año más tarde nace Hans Albert, el primer hijo varón de la pareja. Por entonces, las confesiones románticas de Einstein, el progresismo que parece caracterizar su vida, quedan de lado. A partir de esa boda, Mileva descubre el elemental machismo de su marido; el especial desprecio que siente por las mujeres y, a su vez, la necesidad de estar con mujeres a cualquier precio. El mismo lo resumirá en una de sus tantas frases: “La mitad superior del cuerpo piensa y hace los planes, pero la mitad inferior es la que determina nuestro destino”.
El destino de Einstein en aquellos días pasa por Berna, en Suiza. Allí va con Mileva, la pequeña Liserl y el niño Hans Albert, como experto técnico de tercera clase en la Oficina de Patentes. Le roba horas al sueño para realizar sus trabajos científicos. A lo largo de 1905 escribe cuatro artículos fundamentales sobre la física de pequeña y gran escala. En ellos explica el movimiento browniano, el efecto fotoeléctrico y desarrolla la relatividad especial y la equivalencia masa-energía.

“A partir de esa boda, Mileva descubre el elemental machismo de su marido; y su necesidad de estar con mujeres a cualquier precio.”

Mileva, además de cumplir con los deberes de esposa que Einstein le ha impuesto, ayuda a su marido en el campo científico. A pesar de que ya vislumbra la infidelidad de su esposo, continúa admirándolo con el fervor de los primeros días. En una carta que le envía a su amiga Helene Kaufler, señala: “Hace poco hemos terminado un trabajo muy importante que hará mundialmente famoso a mi marido”. Como consecuencia de ese plural, más tarde se dijo que Mileva había jugado un papel importantísimo en las investigaciones que derivarían en el principio de relatividad que, efectivamente, hizo célebre a Einstein.
Lo cierto es que en la primavera de 1905, una década después de aquel viaje iniciático por Italia, el joven Albert (tenía sólo 26 años) da a conocer su célebre relación E=mxc2. Se trata del principio de relatividad que excluye la noción de espacios y tiempos absolutos. Si un tren pasara a nuestro lado a 20 kilómetros por hora y un chico desde un vagón tirase una pelota a 20 kilómetros por hora en la dirección del movimiento del tren, para el joven, que se mueve junto con a la máquina, la pelota se moverá a 20 kilómetros por hora. Pero para quienes están en tierra, el movimiento del tren y el del balón se suman, de modo que la pelota se moverá a la velocidad de 40 kilómetros por hora. Por consiguiente, no se puede hablar de la velocidad de la pelota a secas. Lo que cuenta es su velocidad con respecto a un observador particular.
Los intervalos de tiempo y de longitud dependen del sistema de referencia en los que se realiza la experiencia. Un gemelo B viaja hasta un planeta situado a 90 años luz de distancia a una velocidad cercana a la velocidad de la luz (299.792 kilómetros por segundo). El gemelo A, que permanece en la tierra, medirá un tiempo de ida y vuelta. Así, para el gemelo A habrían transcurrido 200 años desde que su hermano partió desde la tierra. En cambio, para el gemelo B sólo habrían transcurrido 87,2 años desde que partió de la tierra.
Dicho de esta manera puede resultar espinoso para los ajenos a la matemática y a la física. El propio Einstein manifestó que “no entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela” y entonces, para que hasta la abuela lo entienda, explicó su teoría con estas palabras: “Pon tu mano en un horno caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica preciosa durante una hora y te parecerá un minuto. Eso es la relatividad”.
Secretamente, sabe que lo que acababa de exponer va a modificar el pensamiento científico del siglo XX, del mismo modo que la teoría de la gravitación universal, descubierta por Isaac Newton, había modificado el pensamiento científico del siglo XVII. No obstante, agudo observador de su tiempo y de su gente, Einstein dice: “Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que soy ciudadano del mundo. Pero si no es exacta, los franceses dirán que soy alemán, y los alemanes que soy judío”.

“Lo cierto es que en la primavera de 1905, el joven Albert (tenía sólo 26 años) da a conocer su célebre relación E=mxc2.”

El 28 de julio de 1910, Albert y Mileva tienen un nuevo hijo, Eduard. El chico ha nacido con serios problemas mentales. A Einstein le resulta difícil aceptar la esquizofrenia de su flamante vástago y se arrepiente de ese nacimiento. Mileva queda al cuidado del pequeño Eduard, de Liserl y de Hans Albert. Ahora toda la familia se muda a Praga. Allí Einstein ocupa una plaza de Professor, el equivalente a Catedrático en la Universidad Alemana.

Pacifista y judío
Su nombre ya circula en los principales círculos científicos. Es natural entonces que las autoridades académicas alemanas lo inviten a regresar al país. En 1914, poco antes de desatarse la Primera Guerra Mundial, se establece en Berlín y es nombrado miembro de la Academia Prusiana de Ciencias y director del Instituto de Física Kaiser Wilhelm. El horror de la guerra ya cubre los campos de Europa y el ejército alemán comienza a ser uno de los protagonistas de ese horror. Para los nacionalistas germanos, Einstein se convierte en un personaje incómodo: es pacifista y, además, judío.
Una poderosa campaña en contra de su pensamiento y de sus propuestas científicas se pone en marcha de inmediato. Pero el descrédito dura muy poco, exactamente hasta un eclipse de Sol que se registra en 1919. En base a las mediciones realizadas durante ese eclipse, se puede llevar a cabo la primera comprobación empírica de la teoría de la relatividad. Las medidas demuestran que los cálculos de Einstein sobre la curvatura de la luz en presencia de un campo gravitatorio son exactos.
Cuando se dan a conocer los resultados en la Royal Society de Londres, su presidente expresa: “No se trata en este caso del descubrimiento de una isla alejada del mundo, sino de todo un nuevo continente de flamantes ideas científicas. Es el más grande descubrimiento concerniente a la gravitación que se haya hecho después de que Newton enunció sus principios”.

“Para los nacionalistas germanos, Einstein se convierte en un personaje incómodo: es pacifista y, además, judío.”

el FBI y otras agencias lo espiaron

Paz y amor. Horrorizado por la bomba atómica, después de la II Guerra Mundial se declaró en favor de un gobierno mundial.

No todo será alegría en aquel 1919. El matrimonio con Mileva va de mal en peor. Ella ha descubierto que su marido mantiene desde hace tiempo una relación paralela con Elsa Loewenthal. Ella es una prima de Einstein, incluso se apellida Einstein, Loewenthal es el apellido de su ex marido. No obstante, Mileva hace lo imposible para que su matrimonio no se desintegre; incluso acepta las prerrogativas por escrito que Einstein le impone: “Te encargarás de que: 1) mi ropa esté en orden; 2) que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación; 3) que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo. Además, renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que: a) me siente junto a ti en casa; b) que salga o viaje contigo. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo: 1) no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello; 2) deberás responder de inmediato cuando te hable; 3) deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho”.
El 14 de febrero de 1919 el matrimonio se separa definitivamente. Por esos mismos días muere Eduard, el hijo esquizofrénico, y Liserl, la primera hija. El 2 de junio de 1919 Albert se casa con su prima Elsa. Dos años más tarde, la Academia Sueca le otorga el Premio Nobel de Física, por sus investigaciones sobre el efecto fotoeléctrico y sus grandes aportaciones en el terreno de la física teórica. Parte del dinero del premio, Einstein se lo entrega a Mileva, su primera esposa: ¿un acuerdo derivado del divorcio o una recompensa por la ayuda científica que ella le brindó? No hay modo de responder a esta pregunta.
El reciente matrimonio con Elsa de ningún modo aplaca el interés de Einstein por las relaciones paralelas. Aparecen nuevas amantes: Margarete, Estella, Toni, Ethel. Esta última es quince años menor que él y, además, amiga de Margot, su hijastra. En 1933, Hitler asume el poder en Alemania. Einstein no puede quedarse un minuto más en ese país: el régimen nacionalsocialista lo acusa de crear una “Física judía” en contraposición con la “Física alemana” o “Física aria”.
Estados Unidos es su nuevo destino. Se instala en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, continúa con sus investigaciones científicas y con la búsqueda de nuevas amantes. Ahora entra en escena Margarita Konenkova, una espía soviética casada. Se conocen en 1935, poco después de que el matrimonio Einstein se mudase a Princeton.

La paradoja
En 1940, Einstein adopta la ciudadanía estadounidense. Un año antes, con la entrada de las tropas nazis en Polonia, comenzaba la Segunda Guerra Mundial. En ese mismo momento, Albert le envía una carta al presidente Franklin D. Roosevelt. Con palabras claras le habla de la imperiosa necesidad de poner en marcha un proyecto atómico. Ha dejado atrás su mentado pacifismo: en la referida carta le aconseja a Roosevelt desarrollar el proyecto de una bomba atómica antes de que Alemania tome la delantera.
Sin dudarlo, apoya abiertamente la iniciativa de Robert Oppenheimer. De ese modo se pone en marcha el Proyecto Manhattan, un programa de desarrollo de armas nucleares. Dos años después, Estados Unidos integraría las fuerzas aliadas y tres años más tarde, Hiroshima y Nagasaki sufrirían las consecuencias de esas bombas infernales. Luego de aquel espanto, Einstein no vacila en confesar: “Si hubiera sabido esto, me habría dedicado a la relojería”.
Pero en Estados Unidos no se dedica a la relojería, sino que continúa con sus investigaciones en el campo de la física. Se ha convertido en un científico de fama mundial y por su aspecto físico resulta el arquetipo del sabio: pelo revuelto, vestimenta desaliñada, mirada dirigida a temas superiores. Ya tiene 70 años y si bien no ha decrecido su pasión por las mujeres, la ciencia y la actividad política completan sus horas. En mayo de 1949 publica en la revista Monthly Review un artículo que le originará problemas. Se llama “¿Por qué el socialismo?”, y analiza las consecuencias de la “anarquía económica de la sociedad capitalista”. El senador Joseph McCarthy, que había iniciado la sombría caza de brujas, pone sus ojos en Einstein.

“Luego de aquel espanto, Einstein no vacila en confesar: ‘Si hubiera sabido esto, me habría dedicado a la relojería’.”

Pero la fama del sabio supera al fundamentalismo de McCarthy. Nada se puede probar en contra de ese hombre que, inscripto en el pacifismo, propone un utópico gobierno mundial en el que todas las naciones del planeta deben unirse con el sólo propósito de abolir la guerra. En esos días lanza el Manifiesto Russell-Einstein, por medio del cual se convoca a los científicos para que se unan en pro de la desaparición de las armas nucleares.
Los últimos años de su vida transcurren con la placidez que él había deseado para los primeros. Las autoridades de Israel le ofrecen la presidencia del Estado recién fundado, pero Einstein se niega: “Estoy profundamente conmovido por el ofrecimiento del Estado de Israel y a la vez tan entristecido que me es imposible aceptarlo”, confiesa en su carta de rechazo. Prefiere persistir en su lucha en contra de las armas nucleares y en eso está cuando el 18 de abril de 1955 lo sorprende la muerte. Poco antes le habían preguntado de qué modo imaginaba la III Guerra Mundial, y qué armas se utilizarían en esa contienda. Con esa mezcla de sarcasmo y sabiduría que lo caracterizaba dijo: “No sé qué armas se utilizarán en la Tercera Guerra Mundial, pero les aseguro que palos y piedras serán las armas que se e1mplearán en la Cuarta”.


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