ALICE STEWART: LA CIENTÍFICA ANTINUCLEAR

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Durante más de 40 años la epidemióloga Alice Stewart desafió las teorías oficiales sobre los riesgos de las radiaciones. Sus descubrimientos salvaron vidas pero asimismo pusieron la suya en peligro. Una artista de la investigación científica, Stewart fue tenaz e independiente de los poderes que intentaron silenciarla. Madre, esposa, profesional, feminista y enemiga pública de las armas nucleares, siempre insistió en que era una científica, no una activista, y que no apoyaba ningún programa político.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Rick Cahn / Michael Oppel / Neil Parker / Eric Blake / Leonard Williams / Keith Bracken

Sus investigaciones en 1956 y 1958 alertaron a la comunidad médica sobre la relación entre radiografías fetales y cáncer infantil.

Sus investigaciones en 1956 y 1958 alertaron a la comunidad médica sobre la relación entre radiografías fetales y cáncer infantil.

La capacidad del aula magna del Girton College, de la Universidad de Cambridge, estaba casi completa. Los 300 estudiantes, varones en un 100%, aguardaban en silencio el comienzo de la clase. Quedaban aún cuatro lugares vacíos. Sólo de vez en cuando se escuchaba el crujir de una butaca cuando alguno, de los que hacía rato que esperaban, abandonaba su posición original buscando una más cómoda. De repente, un murmullo disparó la ola de protesta que comenzó a formarse en la última fila. Los 300 hombres comenzaron a golpear sus pies violentamente contra el piso, repudiando el ingreso al aula de la primera de las únicas cuatro mujeres que asistirían a esa clase. Corría 1925. La estudiante era Alice Stewart. El ruido de la desaprobación era una sombra de humillación que cubría el recinto desde la última hasta la primera fila acompañando el descenso de Alice. Allí, estaban ubicados los cuatro lugares vacíos que les correspondían a las mujeres. Cuando Alice finalmente se ubicó en su lugar, la ola de sonido estalló. La sombra de la humillación la acompañaría durante toda la vida.

Alice Stewart fue la epidemióloga británica que, en los años 50, demostró que el cáncer infantil estaba estrechamente ligado a la exposición del feto a los rayos X. Y fue, dos décadas más tarde, “la mujer que sabía demasiado”, al demostrar que los trabajadores de la industria de fabricación de armas nucleares estadounidense estaban expuestos a niveles de radiación que superaban 20 veces los límites “aceptables”. Entonces fueron los radiólogos y el comité de protección contra la radiación, primero, y los lobbies nucleares, el gobierno británico y el de Estados Unidos, después, los que zapatearon contra el piso repudiando a Alice.

Cuando Alice finalmente se ubicó en su lugar, la ola de sonido estalló. La sombra de la humillación la acompañaría durante toda la vida.

En 1986, Stewart obtuvo el Right Livelihood Award, una distinción conocida como “El Premio Nobel Alternativo”, ya que también lo otorga el gobierno sueco. En represalia, su par británico se negó a enviar un automóvil al aeropuerto a su regreso de Estocolmo. No sólo eso. Al hacerse públicos los resultados de lo que se denominó “El análisis Stewart-Kneale del estudio Hanford”, que revelaba los altísimos e ilegales niveles de exposición a la radiación bajo los que trabajaba la industria de armas nucleares estadounidense, la oficina que dirigía Alice, en el Departamento de Medicina Social de la Universidad de Birminghan, fue trasladada a una casa rodante, su trabajo de investigación académica condenado al aislamiento, y ella víctima de injustificados ataques. “Ya no te queman en la hoguera, hacen lo equivalente, te cortan los recursos que te permiten trabajar”, así la citaba el periódico británico The Telegraph en su obituario. Alice Stewart falleció a los 95 años, el 3 de junio del 2002, en Oxford.

El pasado me alienta

Además, Alice Stewart obligó a las autoridades a una mayor transparencia sobre los efectos de las radiaciones ionizantes.

Además, Alice Stewart obligó a las autoridades a una mayor transparencia sobre los efectos de las radiaciones ionizantes.

En la Inglaterra de comienzos del siglo XX la educación de las mujeres no superaba la instrucción secundaria. Pero Alice Mary Naish, nacida en Sheffield, el 4 de octubre de 1906, no pertenecía a una familia convencional. Su padre, Albert Naish, era médico y su madre, Lucy Wellburn, había sido una de las primeras médicas británicas. En 1907, a sólo un año del nacimiento de Alice, su progenitora establecería la primera clínica de niños de Sheffield y, durante la Primera Guerra Mundial, dictaría clases en la escuela de medicina de esa ciudad.

Las condiciones estaban dadas para que Alice tuviera una educación privilegiada. La Sheffield Girl’s Highschool y la St Leonard’s School fueron los primeros pasos académicos que la conducirían al infame Girton College, de Cambridge, desde 1925 hasta 1929. Terminada la primera etapa de sus estudios, las prácticas la llevaron al Royal Free Hospital londinense entre otras razones porque el sistema médico de Sheffield, su ciudad natal, no aceptaba residentes mujeres en sus hospitales. Corría 1932.

Al año siguiente, Alice se casaba con Ludovick Stewart, un maestro de escuela. Ese mismo año, Ludovick era trasladado a una escuela de Manchester, y allí Alice continuaría sus prácticas en el hospital de niños de esa ciudad. En 1934, una nueva vacante escolar devolvería a la pareja a Londres. Allí, Alice cubriría un puesto en la London School of Hygiene & Tropical Medicine. En 1935, Stewart obtuvo el puesto de jefa de medicina general del Royal Free Hospital. Un honor sin precedentes y a la altura de sus sorprendentes logros académicos. Ella misma bromearía al respecto asegurando que se consideraba “una especie de niña prodigio”.

En 1939, Alice abandonó el Royal Free por un cargo de consultora en el Elizabeth Garrett Anderson Hospital. Era el final de la década de 1930, y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual Stewart montó una unidad clínica de emergencia en el Saint Albans City Hospital, mientras su marido recibía órdenes de trasladarse a Buckinghamshire para trabajar como decodificador durante el conflicto. En 1941, Alice cubrió una vacante en el Departamento de Clínica Médica de Nuffield, en Oxford. Allí, trabajando bajo la tutela del doctor Leslie Witts, incursionó en varias investigaciones, como la que analizaba los efectos que el TNT provocaba en los trabajadores de las fábricas de municiones; la que examinaba el efecto del tetracloruro de carbono con el que se impregnaba la ropa del personal de servicio para protegerlos del gas; y, por último, en la que se preguntaba por qué quienes trabajaban en la industria del calzado eran más proclives a desarrollar tuberculosis.

Por sugerencia del doctor Witts, Alice hizo público el contenido de sus estudios en una conferencia que mantuvo con los miembros de la The British Medical Association. Aquella sería la piedra fundamental de una relación que alcanzaría su punto culminante cuando fue convocada a formar parte de dicha organización, siendo la primera mujer entre sus integrantes, en 1946. El mismo año en el que el Royal College of Physicians la invitaría a unirse a sus filas, siendo la dama más joven en la historia del organismo; ese año también Alice fundaría el periódico British Journal of Industrial Medicine.

Su descubrimiento conduciría con el tiempo a un cambio dramático en la práctica medicinal.

Las razones del corazón

Poco corriente. Continuó trabajando después de casarse y tener hijos. Incluso luego de divorciarse y quedar sola con los niños.

Poco corriente. Continuó trabajando después de casarse y tener hijos. Incluso luego de divorciarse y quedar sola con los niños.

Inmersa en el mundo de la medicina desde su infancia, por herencia primero y por elección más tarde, Stewart buscaba en sus amistades un respiro lejano a la epidemiología, cercano al arte. Alice compartía sus escasos momentos de ocio con el periodista y conductor de televisión británico Alistair Cooke, el fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson, el historiador británico Anthony Blunt y la poeta británica Kathleen Raine. Y fue precisamente en el mundo impredecible del arte en el que Alice perdió la razón por William Empson. El profesor y crítico literario había llegado a Sheffield tras haber caído en desgracia en Cambridge.

El propietario de la vivienda que habitaba lo había denunciado tras haber encontrado en su cuarto “diversos mecanismos de contracepción”. Iconoclasta y seductor, Empson cautivó a Alice, con quien mantuvo un intenso romance hasta su inesperada partida rumbo a Oriente. El final de la relación quedó sellado cuando la travesía acercó a Empson a otra mujer, con la que decidió casarse, y cuando Alice, en 1933, se unió en matrimonio con Ludovick Stewart.

Los primeros tiempos de la pareja fueron ideales. Se habían trasladado a Manchester. Alice continuaba realizando sus prácticas y temía que su nueva vida atentara contra el futuro de su carrera. Sin embargo, al año siguiente dio a luz a su primera hija, Anne. Tres años más tarde nacía Hughie, su hijo varón. En 1939, la guerra separó a Alice y Ludovick, y la distancia desgastó a la pareja que sin embargo se sostuvo hasta 1953, cuando terminó en divorcio. Tiempo más tarde, la travesía de Empson y su matrimonio llegaría a su fin, y en una romántica noche londinense, William y Alice volverían a encontrarse. Sólo la muerte de Empson volvería a separarlos, en 1984.

El origen de la investigadora

A los 80 años recibió el Right Livelihood Award, conocido como el “Nobel alternativo”, que se entrega en el Parlamento sueco.

A los 80 años recibió el Right Livelihood Award, conocido como el “Nobel alternativo”, que se entrega en el Parlamento sueco.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se multiplicaron los casos de leucemia infantil en Gran Bretaña, y la causa se le atribuía a una secuela ambiental del conflicto armado. Alice se sumó a las investigaciones y fue en aquella oportunidad cuando descubrió una clara relación entre la leucemia que aparecía antes de los 10 años de vida con la exposición de la madre a los rayos X durante el embarazo. Aunque fue desacreditada al principio, tanto por sus propios colegas como por los físicos, los radiobiólogos y la comisión de protección contra la radiación, entre muchos otros, su descubrimiento conduciría con el tiempo a un cambio dramático en la práctica medicinal.

Lo que realmente molestaba era lo que el hallazgo sugería: que los bajos niveles de radiación, a los que tanto los trabajadores nucleares como la ciudadanía en general eran expuestos en forma de desechos nucleares, tenían efectos mucho más serios de los que oficialmente se había admitido. Mucho tiempo después, en 1974, Alice y su colega estadístico George Kneale visitaron Estados Unidos para participar de un encuentro académico en el que se discutirían los resultados obtenidos por ambos en aquellos estudios. Fue en dicha ocasión que el epidemiólogo Thomas F. Mancuso los invitó a unirse a su propia investigación, como asesores.

El estudio que lideraba Mancuso, a pedido del gobierno estadounidense, indagaba sobre la salud de los trabajadores de Hanford, el complejo armamentista que produjo el plutonio que se utilizó en el Manhattan Project. El informe Radiation exposures of Hanford workers dying from cancer and other causes era de una escala ambiciosa y apuntaba a determinar los efectos a largo plazo de los bajos niveles de radiación en los jornaleros de la industria nuclear. Y era considerado como una prueba a los estándares con los que se estaba trabajando. Aquellos establecidos por la ICRP, la Comisión Internacional de Protección Radiológica. El análisis de Stewart y Kneale reveló que la incidencia de cáncer en los obreros de la industria nuclear estadounidense era diez veces mayor a la que se le había pronosticado a los sobrevivientes de la bomba atómica.

Como consecuencia de estas revelaciones, Mancuso fue despedido. Los resultados nunca fueron publicados. Y los asesores externos fueron prohibidos. Sin embargo, la colaboración entre Alice, George y Thomas continuó, en la sombras, con independencia y determinación. Producto de sus descubrimientos, Stewart y Mancuso se convirtieron en referentes del movimiento antinuclear. En 1990, el periódico The New York Times describió a Stewart como “la crítica científica más influyente y temida por el Departamento de Energía de Estados Unidos”. “Las plantas obtienen su energía del sol y nosotros deberíamos hacer lo mismo”, proclamaría Alice.

Producto de sus descubrimientos, Stewart y Mancuso se convirtieron en referentes del movimiento antinuclear.

El logro

Alice Stewart enseñando.

Alice Stewart enseñando.

Durante las décadas de 1980 y 1990, su reputación dentro del movimiento antinuclear la convirtió en una testigo de lujo en las demandas que se presentaban contra el establecimiento de dependencias nucleares así como en reclamos de indemnizaciones. Gayle Green, autora de la biografía The Woman Who Knew Too Much: Alice Stewart and the Secrets of Radiation comentó que, cuando le preguntó a Alice por qué creía ella que el reconocimiento le había llegado tarde en su país, respondió: “Las buenas personas raramente son reconocidas en vida. Un día se darán cuenta de que mis descubrimientos deberían haber sido aceptados”.

A fines de la década de los años 70 las asociaciones médicas más importantes de Estados Unidos y de Gran Bretaña recomendaron a sus profesionales que no expusieran a las mujeres embarazadas a los rayos X. Los descubrimientos publicados en el informe Radiation exposures of Hanford workers dying from cancer and other causes impulsaron investigaciones por parte del Congreso estadounidense, en 1978 y 1979. Y aunque todavía se cuestiona los resultados del análisis, la Comisión Internacional de Protección Radiológica, ICRP, en su código de instrucción, redujo los niveles de radiación permitidos en dos tercios. Alice vivió lo suficiente para ver cómo la ciencia de las radiaciones evolucionaba en la dirección que ella quería, admitiendo con cada nueva limitación de dosis de radiación que las antiguas estimaciones suponían mayor peligro que lo hasta entonces admitido.


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