ANDALUCIA: EL SUSPIRO DEL MORO

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En el mes en que se conmemora la llegada de Colón al Nuevo Mundo, nada mejor que viajar al lugar de donde partió. El añejo reino morisco de Europa, Al-Andalus, sintetiza los diálogos y pugnas entre musulmanes y cristianos, entre Oriente y Occidente. Como resultado queda un enorme legado cultural, arquitectónico, culinario y artístico. Por sus palacios de ensueño y ciudadelas encantadas, similares a las de Las mil y una noches, la Unesco consagró a Sevilla, Granada y Córdoba como patrimonio de la humanidad.

Texto: Felipe Real / Fotos: Gentileza Patronato de Turismo de Granada / Turespaña / AFP

Una lengua de tierra besa sensualmente la frente de Africa. El sur de España, bañado por el mar Mediterráneo y el Océano Atlántico, ha sido un puente para las civilizaciones desde la antigüedad; los vestigios de las glorias remotas todavía imponen su magnifi cencia. Tierra de olivares y naranjos, de magia y poesía, hacen confundir la literatura con la historia, la vigilia y las fantasías. Sus costas fueron pisadas, tras la guerra de Troya, por Ulises y siglos después, cabalgadas por el Cid Campeador en su arremetida final contra los moros. De sus puertos partieron centenas de carabelas hacia América en busca de oro. Su sol, supo inspirar al poeta sevillano Antonio Machado y su luna, al granadino Federico García Lorca. Tierra de embrujo que danza al son del flamenco y esconde antiguas joyas de la arquitectura tras un halo de misterio.

Periplo

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Pasión gitana. Jóvenes de Huelva demuestran su amor ante la iglesia del Rocío.

Con 8 millones de personas, Andalucía es la región más poblada de España. Las estadísticas nada dicen sobre la sensualidad de sus habitantes, vistoso milagro de la genética, producto de un impetuoso intercambio cultural (y de alcobas). Fenicios, griegos, romanos, vándalos, visigodos y vikingos poblaron este pedregoso suelo de clima benévolo y sierras bajas. Pero la mayor huella la dejaron los árabes y beréberes que desde 711 y por siete siglos serían amos y señores de la península ibérica. Al-Andalus abarcaba una cuarta parte del actual territorio español y florecía mientras Europa yacía en la niebla medieval. Todavía hoy la hidalga España ha sido gobernada más tiempo por los califas que por los reyes católicos, que recién se adueñaron de esta región en 1492. Gran parte del oro americano influyó en el desarrollo de estas arcaicas ciudadelas. Un mapa carretero es el mejor compañero en un periplo por los caminos andaluces que conducen a los confines de nuestra historia. Huelva Pequeña y prolija, Huelva parece un museo a cielo abierto. Recién culminaban las embestidas contra los moros, cuando un marino genovés ingresó al Santuario de La Cinta y se arrodilló para orar por un viaje que iba a emprender con el aval de Isabel, la Católica. Allí volvió para agradecer, Don Cristóbal Colón, quien se había alojado en el cercano monasterio de La Rábida, antes partir desde el puerto de Palos de la Frontera rumbo al oeste. Igual de interesante es la casa de Martín Alonso Pinzón, capitán de la carabela La Pinta. No es casual que de allí haya partido una larga saga de expedicionarios y colonos, pues los castellanos replicaron en América el mismo modelo de conquista, político y poblacional, que habían usado contra “los infieles”. Por su parte, los admiradores de la literatura se encontrarán con el Instituto La Rábida, donde estudió Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo. O la Ermita de la Soledad, de Huelga, donde detuvieron al poeta Miguel Hernández durante la Guerra Civil.

Sevilla

A orillas del Guadalquivir, se encuentra uno de los mayores centros comerciales y turísticos de España. Con gran personalidad, Sevilla posee una excitante vida nocturna. Su casco histórico y su catedral son algunos de los más grandes de Europa. Pero su emblema es la Giralda, omnipresente torre de 104 metros de altura, inspirada en los miradores de la gran mezquita marroquí de Kutubia. Por su parte, el Alcázar –que en árabe significa fortaleza– está construido sobre cimientos de templos romanos, visigodos, paleocristianos, musulmanes y todavía hoy sirve como residencia a los monarcas. Sus patios –cubiertos de palmeras y naranjos– son jardines de ensueño. Pese a su belleza, la Torre del Oro –antiguamente cubierta de azulejos dorados– era una construcción militar del siglo XIII. Con un poco de imaginación se siente la presencia amenazante de los marinos que solían unir con una cadena este edificio a la torre de la otra orilla, intentando impedir el ingreso de barcos indeseables al puerto. Allí también se guardaron muchos de los tesoros traídos desde América. Pero el edificio que jugó un rol central en aquellos tiempos es el Archivo de Indias, nacido en 1785 para centralizar toda la documentación sobre las colonias españolas: conserva 45 mil legajos con 80 millones de páginas y 8 mil mapas.

Cádiz

Tras las columnas de Hércules –o sea, más allá del estrecho de Gibraltar– en los tiempos que los fenicios asolaban los mares, Cádiz ya era celebre por su estratégica ubicación en un inalcanzable tómbolo –isla unida al continente por un pequeño istmo–. Con más de 3.100 años, es considerada la ciudad viva más antigua de Occidente. Edificada con piedras blancas –brillantes bajo el sol– se la apodó “la tacita de plata”. Desde cualquier esquina se aprecia su catedral que parece estar hecha de tiza. Por la noche, sus pobladores salen a tapear (comer bocadillos y beber) por el barrio de la Viña o el del Pópulo. Extramuros de la ciudad se encuentra la Playita de las Mujeres, paraje famoso de la Costa de la Luz. Con una ribera de 138 kilómetros, existen playas de todo tipo: familiares e íntimas, con o sin olas, con o sin viento.

Córdoba

Vista de Cordoba

Córdoba fue la ciudad más grande de Europa. Todavía luce eterna e imponente.

Fue, según cuentan, la ciudad más excelsa de Europa, aunque se declaraba fiel al Califato de Damasco, en la actual Siria. Tras la caída de Roma, no tuvo competencia y su moneda de oro fue la más valiosa. Cercana al río Guadalquivir, desarrolló el comercio, las artes y la filosofía. No es casual que el filósofo estoico Séneca, el médico musulmán Averroes y el teólogo judío Maimónides habitaran en esta urbe de 400 mil almas. Los populosos mercados estaban tan provistos como los de Persia o Bagdad. Su imponente mezquita, transformada en catedral por los castellanos, tiene una superficie de 23 mil m2 y es la tercera más grande del mundo. Con lujo asiático decoraron los techos del deslumbrante templo, propio de un cuento de la princesa Sherezade. Por orden del primer emir cordobés, la mihrab (habitación sagrada) en vez estar orientada hacia la Meca –como es habitual–, lo hace hacia Damasco, la cabecera imperial. Los historiadores afirman que las disputas de los emires con los independentistas, abrieron un flanco que los castellanos supieron aprovechar. Así comenzó la caída de Al-Andalus.

Marbella

Templo granadino

Manos laboriosas. Sabios artesanos dejaron su impronta en cada templo granadino.

Ante un Mediterráneo zafiro, Marbella se muestra inquieta y febril. Gracias a sus noches prolongadas y a su crecimiento urbano y hotelero, es uno de los epicentros de la Costa del Sol. Durante el verano, los personajes más populares de España (empresarios, futbolistas, bravos toreros y bellas modelos) recalan en sus yates en la altiva marina de Puerto Banús buscando exclusividad y buenas compañías. Es habitual cruzarlos en las refinadas tiendas, en los pomposos campos de golf y en las áreas VIP de las discotecas. Aquéllos que tengan otros planes, pueden conocer el Museo Picasso de Málaga, ciudad natal del maestro modernista.

Granada

Alhambra de Granada. Patio de los Arrayanes.

La Alhambra muestra su gracia artística en todas las habitaciones y en cada patio.

La antigua capital medieval luce tan bella como siempre. Suspendido en el tiempo, el barrio Albaicín mantiene el diseño urbano de los Nazaríes, última dinastía musulmana. Sus estrechas e intrincadas callejuelas descienden hasta el río Darro; las viviendas tradicionales, rodeadas por un alto muro, conservan pequeños huertos y centenarios aljibes. Cualquier parecido con Las mil y una noches no es pura coincidencia. Sin embargo, la obra cumbre de Al-Andalus es la Alhambra, la ciudad palaciega mora. Totalmente amurallada, poseía talleres, escuelas y comercios, brindando a la familia real y su séquito cierta autonomía frente a Granada. A cada paso, el palacio sorprende. Aunque todas las habitaciones son motivo de elogio, los baños son grandilocuentes. Ya que por obligación el creyente islámico debe practicar el aseo diario, los sultanes decidieron copiar el modelo de las termas romanas: una sala, la destinaban al cambio de ropas; otra al reposo –donde también comían o escuchaban orquestas–; y otra, a los baños de vapor, en donde un sistema de tragaluces cubiertos con vidrios de colores permitían la salida del vapor y la entrada de luz. Tras la conquista y ante tal magnificencia, los Habsburgo –en vez de destruirla– se limitaron a realizar unas reformas. Es digno de admiración el patio diseñado por pedido de Carlos V: de forma circular, posee dos pisos encolumnados con una uniformidad y gracia superlativas. Muchos lo consideran una de las mayores obras del Renacimiento. Como si fuera poco, después de tanta belleza, se pueden conocer la casa natal y la residencia de verano de García Lorca, hijo dilecto de la ciudad.

Flamenco

Su origen es un cruce de caminos. Adscribirlo a una cultura determinada es defraudarlo, ya que surgió en las romerías del siglo XVIII donde se mezclaban moros, sefardíes, gitanos, castellanos, africanos, y más tarde, españoles de ultramar. De ahí esa fuerza de seducción universal que explota en su canto y baile. En pensiones y puertos, sus secretos se divulgaron de boca en boca, de maestro a pupilo. Los gitanos calé con sus camisas rojas y sensuales bailaoras lo llevaron a su máxima expresión. El mejor cantaor: Camarón de la Isla, oriundo de Cádiz. Los guitarristas: Paco de Lucía, de Algeciras; Tomatito, de Almería. Recién en 1958 en Jerez de la Frontera se crea la primera cátedra de Flamencología. Actualmente, en cada ciudad existen festivales especializados y los restoranes presentan vistosos shows para turistas. ¿Dónde encontrar hoy al fl amenco con sabor auténtico? Difícil saberlo: para eso hay que caminar las calles y preguntar. El flamenco, con su alma nómada, sigue evolucionando y gente como La Mala Rodríguez y Ojos de Brujo combinan esos sonidos con hip hop, música electrónica y reggae.

Sabores

A la hora de cenar, lo estrictamente árabe y lo castellano se confunden como sucedió entre lo aborigen y lo hispano en América. Sin embargo, un contraste abrupto se aprecia en la recetas de las zonas costeras con las del interior. Junto al mar se preparan mariscos en diferentes modalidades: chipirones, gambas. Los jamones Pata Negra, queso de cabra, cerdo asado, guisos de jabalí y conejo alegran el paladar serrano. Pero en toda la región se prepara un fino aceite de oliva y el famoso gazpacho, sopa de tomate fría. En Antequera hacen una variante llamada porra y en Córdoba, salmorejo. El ajoblanco, otra sopa fría, es habitual en Granada. La repostería tiene alma árabe: abundan almendras, miel, canela. Los más sabrosos: alfajores y polvorones. Si bien sus vinos son famosos, el jerez tiene el honor de haber sido admirado por Shakespeare.

Suspiros

Costa Tropical. Puerto deportivo de Marina del Este. La Herradura (Almuñécar). © Patronato Provincial de Turismo de Granada

Encanto del mar Mediterráneo. En la región existen más de 30 puertos deportivos con 13 mil puntos de atraque.

Las leyendas se repiten hasta parecer ciertas. Una cuenta que Boabdil el chico, último rey musulmán, perdió el Reino de Granada porque –en vez de ocuparse de los problemas internos– prestó demasiada atención a su esposa favorita –una cristiana llamada Isabel de Solís, convertida al islamismo con el nombre de Zoraya–, ofendiendo a Aixa, la ruda madre del monarca. Cuando los reyes católicos se impusieron, Boabdil parecía más entristecido por abandonar la Alhambra –su fabulosa morada– que su territorio. Apático e inexpresivo, partió al exilio. Pero al subir a una colina –donde se aprecia la ciudadela– miró por primera vez hacia atrás, suspiró y se llenó de lágrimas. Secamente, su madre replicó: “Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre”. Ese monte, ubicado a 12 kilómetros de Granada, fue bautizado El suspiro del Moro. Ningún otro lugar expresa de manera tal, la nostalgia por el fin de una etapa histórica cuya herencia puede palparse hasta nuestros días.


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