ANNE-SOPHIE MUTTER: GLAMOUR SINFONICO

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Recorre el mundo con su Stradivarius y toca piezas que le regalan los grandes compositores. Si bien dota a cada concierto de su glamorosa presencia, descree de la apariencia como parte del evento: “El espectáculo no tiene que ver con lo nuestro”, asegura. Y recomienda escuchar con los ojos cerrados. En la madurez de una fulgurante carrera que empezó a los 13 años de la mano de Von Karajan, la violinista defiende la improvisación para devolver a la música “esa sensación de estar creándola en el mismo momento en que la interpretamos”.

Texto: Jesús Ruíz Mantilla / Fotos: AP / AFP

Desde los cinco años lleva pegado un violín al rostro. Lo recuerda. Fue tras una noche mágica en la que David Oistrakh –el maestro ruso– se le presentó como una revelación en el primer concierto al que asistía en su vida. Entonces Anne-Sophie Mutter supo lo que quería: sacar sonidos mágicos de aquella pequeña pieza de madera con cuatro cuerdas y hacer feliz a la gente. La vida musical de una violinista como ella, en la primera fila desde que Herbert Von Karajan la descubriera cuando tenía 13 años, es larga. Ahora disfruta de una deslumbrante madurez, con 44 años y un instrumento inseparable que la conecta con los sonidos guardados de tres siglos. Juntos, Mutter y su Stradivarius, a punto de cumplir 300 años, forman una pareja monógama y explosiva, deseada en cada país por el que paran a tocar, por las mejores orquestas y directores, aparte de un numeroso grupo de compositores que les dedican piezas sin cesar. Seguramente esto se debe a las equilibradas dosis de espontaneidad, elegancia y glamour que esta intérprete alemana desprende en escena. En su oficina de Munich, la ciudad en la que vive junto a sus dos hijos, Arabella y Richard, Mutter luce algunos grammies, fotos de su carrera, toma café con dulces, conversa y comenta un partido de fútbol que vio con su hijo, porque es aficionada desde pequeña. “Jugaba con mis hermanos, ahora sólo lo veo”, asegura. Para ella es una de las pruebas que la convierten en una mujer dada a la pasión: vehemente y alegre; decidida y simpática. De vuelta de muchas cosas ya tras haberse quedado viuda muy joven y después de un segundo matrimonio con divorcio del director y compositor André Previn, en este momento de su carrera se encuentra centrada en lo que para ella es fundamental. “Mis hijos, la música”, comenta. Fuera de las torres de marfil donde muchos se empeñan en encerrar a los prodigios de su nivel: “La vida es demasiado excitante como para encerrarse en una burbuja”, suelta.

ALMA MAGAZINE: Después de visitar tantos escenarios en todo el mundo, ¿prefiere los auditorios modernos o los más tradicionales?

ANNE-SOPHIE MUTTER: Depende demasiado de cada lugar. Cuando se construyó en los 70 la sede de la Filarmónica de Berlín, sorprendió la nueva estructura, la forma. Pero como decía Von Karajan, una nueva sala es como un óleo en blanco, necesita ser pintado, en este caso llenado del espíritu de veladas irrepetibles. Una sala debe cubrirse de experiencia, de vida, y eso también sirve para la acústica. Debe tener memoria, recuerdos. Aunque la música es aire, no más, aire que se convierte en sonido, debe quedar pegada a los lugares en los que se interpreta bien. La memoria es lo que nos convierte en seres humanos, lo que nos da raíces.

AM: A mitad de ese camino, ¿le empieza a pesar más lo que ha vivido que lo que le queda por experimentar?

A.S.M.: En la música todo eso va unido. Es un intercambio continuo con esa pregunta incesante, eterna: ¿qué podemos expresar a través de la música? ¿Cómo puedes encontrar tu propia forma de expresión en un código que ha funcionado durante siglos? Hubo un momento en el que se rompió con la tradición, pero ahora los compositores regresan a las fuentes. No hay pasado ni futuro, hay una fuerza del presente en la música que es un espejo del tiempo en que se hace.

AM: Por cierto, usted ha sido musa de muchos compositores. ¿Se reconoce en lo que le escriben?

A.S.M.: No tengo una opinión tan elevada de mí misma como para pensar que soy el centro de cada pieza. Pero es verdad que los compositores persiguen un gran nivel cuando me lo proponen, más por el sonido que mi violín es capaz de dar. Les atrae la coloratura y a mí me gusta que les salgan piezas muy profundas, con un nivel filosófico importante más que glamoroso y florido.

AM: ¿Habla mucho con ellos?

A.S.M.: Me siento libre al interpretar lo que me escriben. Quizás sea una ilusión, pero es que las ilusiones son parte fundamental de la vida. Yo trato las partituras que me dedican con mucho cariño, como si fueran de compositores muertos.

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Anne-Sophie Mutter.

AM: ¿No teme decepcionar a nadie?

A.S.M.: Me aterra, pero si eres afortunado y encuentras la verdad de la pieza, es algo único, formar parte de un proceso de composición. Como dice Gubaidulina, el intérprete es el 50% de la pieza. No digo que seamos tanto, pero es cierto que somos quienes dotamos de alma a la partitura. Hay momentos en los que necesitamos esa comunicación espiritual con algo o con alguien. Creo en la música como una religión creativa, que no nos castiga y nos da esperanza. La humanidad busca el amor y la belleza y, en ese sentido, la música lo da todo.

AM: La divinidad entonces es algo que usted encuentra fácilmente en la música más que en otros lugares como pueden ser los mensajes del papa Ratzinger, a quien ha criticado, ¿me equivoco?

A.S.M.: Bueno, ése es otro tema. La Biblia, como cualquier pieza musical, se puede interpretar de muchas formas. Si se usara para que la gente respete las diferencias y el igualitarismo, sería perfecto. Pero como no ocurre, busco todo eso en la música.

AM: ¿La igualdad en la música? ¿No es cosa de los elegidos?

A.S.M.: Hay dos cosas en la música que un niño comprende perfectamente. El latido, quizás porque lo ha sentido en el útero materno, y el sonido. No hay nada más bello que tocar para un niño. Por eso hay que reforzar la educación musical y empezarla cuanto antes.

AM: Para eso, ¿no deberíamos sacar más a la música de un terreno demasiado exclusivo?

A.S.M.: Recuperar la espontaneidad, algo que nos falta. Mozart fue una estrella del pop en el siglo XVIII. Entonces la improvisación era parte de los espectáculos. Hoy falta eso. Si devolviéramos a la música esa sensación de estar creándola en el mismo momento en que la interpretamos, nos iría mejor. Una de las claves de la música moderna es ésa. A nosotros nos falta fuego. Sería estupendo encontrar la fórmula, pero también horrible. Una vez que hallas la clave, tu vida se termina. Es como alcanzar la perfección. Cuando lo logras, ¡se acabó! No más preguntas, no más dudas. ¡No más logros! Perseguir logros es fundamental, no puedes llegar a las estrellas si renuncias a tu espíritu de superación.

AM: Esa manera de relativizar la perfección es una prueba de madurez. Los jóvenes se obsesionan demasiado por eso. ¿A usted le ocurría?

A.S.M.: La perfección no es el objetivo. La perfección técnica es una herramienta que viene bien. Pero tienes que liberarte de ella para ir al fondo.

Mozart fue una estrella del pop en el siglo XVIII. Entonces la improvisación era parte de los espectáculos. Hoy falta eso. Si devolviéramos a la música esa sensación de estar creándola en el mismo momento en que la interpretamos, nos iría mejor. Una de las claves de la música moderna es ésa. A nosotros nos falta fuego.

AM: ¿Cuándo supo eso?

A.S.M.: Con Von Karajan. No le importaba cómo debe cada uno tocar su instrumento en particular. Le interesaba la música como un todo y cómo las partes de los solistas debían encajar en lo general. Cuando discutíamos, yo le echaba en cara cosas que me eran difíciles y me decía: “Me da igual cómo consiga lo que le pido técnicamente. Usted es la que debe resolverlo, pero hágalo”. Después lo entendías y lo hacías. Además, convertías la técnica en tu esclava y no al revés.

AM: Usted discutía con Von Karajan.

A.S.M.: Sí, sí, en los 13 años que tocamos juntos. Bueno, tenías que estar muy convencida de tus argumentos, porque luego debías demostrárselos.

AM: Ahora se va a cumplir su centenario, precisamente. ¿Qué se perdió en la música con él?

A.S.M.: Lo que quedará para siempre es que en los 36 años que dirigió la Filarmónica de Berlín formó su propio instrumento. Ahora no existe otra orquesta que toque con una cultura del sonido tan importante. Hace unos días hablé con un músico que estuvo con él en su época y me recordaba la obsesión con los ensayos. Podía probar una pieza 50 horas. Literalmente. Pero convertía todo en algo muy auténtico, porque pasaba mucho tiempo con la orquesta. Eso hoy es muy difícil de encontrar. Aunque en el arte nada bueno desaparece.

AM: ¿A qué edad empezó usted a aprender?

A.S.M.: A los cinco años. Me llevaron a un concierto de David Oistrakh y supe que quería hacer eso mismo.

AM: ¿Qué vio para que le impactara?

A.S.M.: Era el primer concierto al que iba en mi vida y ya eso era todo un acontecimiento. Me transformó. Veía que la música nos enriquecía, nos abría una ventana a otro universo. Todo el arte es un gran regalo divino. Un misterio de nuestra fuerza creativa, que está en todos nosotros.

AM: A lo mejor, Dios es precisamente eso, una fuerza creativa que está en nosotros, dentro, y no fuera.

A.S.M.: No estoy segura. Lo que tenemos es la libertad para elegir desarrollarla y convertirnos en humanistas o dedicarnos a comprar autos, aunque me encantan. Pero el arte hace que la lucha por la vida sea una aventura. No todos podemos ser Beethoven, pero puedes aportar algo para que Beethoven sea mejor.

AM: Volviendo a la niña violinista. ¿Fue feliz?

A.S.M.: Sí. No estaba todo el día con el violín, ahora tampoco. Nunca ocho horas al día. Pienso constantemente en la música, eso es otra cosa. Tuve una infancia muy especial, con mis dos hermanos. Vivíamos en el bosque y nos perdíamos en él. No teníamos televisión, ni PlayStation, jugábamos al fútbol, al ping pong. En tierra de nadie.

AM: Entonces Von Karajan entró en su vida. ¿Fue como un padre?

A.S.M.: No tanto. Era una especie de superhéroe, respetadísimo por mí. Por otra parte, era demasiado superhombre para ser una fi gura paterna. Pero intentó convertirse en alguien que me guió durante años importantes de mi vida. Me ayudó.

AM: Sigo pensando que debió ser duro y que debió sentirse sola.

A.S.M.: No es que fuera duro. Era diferente. Pero es que ser diferente es bueno y normal. Es mucho más duro para un niño encontrar ese talento y no poder desarrollarlo. Así que yo tuve suerte.

AM: ¿Nunca se sintió como parte de un circo?

A.S.M.: No. Es verdad que hay veces en que debes parar eso. En mi fundación para ayudar a niños músicos muchas veces tenemos que hablar con los padres seriamente para que sus hijos terminen sus estudios y para que les den tiempo para otras cosas. Yo he tenido una vida demasiado interesante como para encerrarme en una burbuja.

AM: ¿Tiene su lado salvaje? ¿Le brota?

A.S.M.: En la música, con mi violín, soy responsable. En otros aspectos de la vida soy…, bastante normal. Una madre normal en mi trabajo, ya es una locura. He disfrutado viendo crecer a mis hijos, pero me está llegando el momento de que empiecen a vivir su vida. Intento ser razonable. Extraño que sean pequeños a veces, pero me alegra comprobar que van a saber cuidar de sí mismos. Inculcarles su independencia para mí ha sido crucial. Tener hijos es lo mejor que me ha pasado. El mero hecho de verles sonreír me derrite.

AM: ¿Cómo anda el otro miembro de la familia, su Stradivarius?

A.S.M.: Es un instrumento extraordinario, muy sensible a los cambios bruscos de clima. Cuanto más viejo se hace, más especial. No sé si es él o yo quien cambia esa percepción. Tiene una voz magnífica, colores para los que sólo debes buscar un camino correcto con el que permitir que se expresen, que exploten. Siempre mantengo una lucha para sacar lo mejor de él.

AM: ¿Le da miedo perderlo?

A.S.M.: Los violinistas se suelen poner muy cursis cuando hablan de sus instrumentos. Vivir con una pieza de arte, que ha vivido desde hace trescientos años y que debe pasar a siguientes generaciones, es especial, pero su cuidado resulta algo natural.

AM: ¿No se le pasa por la cabeza cambiarlo?

A.S.M.: No, es perfecto. Me lo da todo. Los instrumentos históricos, además, tienen una personalidad, un carácter que los modernos no tienen y eso te obliga a acoplarte a ellos, es más difícil, menos aburrido. Te dan una intimidad cercana a la voz humana.

AM: En estos 20 años, ¿le falta algo por explorar?

A.S.M.: Me faltan cosas. Tiene más colores, lo sé y voy a buscarlos. Lo hago en compositores contemporáneos, cada pieza nueva me da algo desconocido y me enseña también limitaciones, mías y de mi violín, que podemos superar.

AM: Usted sabe utilizar como pocos un sentido del glamour en los conciertos. ¿Necesitamos eso como parte del espectáculo musical?

A.S.M.: No lo sé. La música sinfónica no es ópera. Tiene más importancia el sentido auditivo que el visual. No somos actores. Somos quienes aportamos sonido y sensibilidad. No creo que el espectáculo tenga que ver con lo nuestro. Lo que buscas es compenetrarte con la música, ser ella. Que vibre. Y a quién le importa en ese momento único el peinado o la postura. No sé si la belleza desempeña un papel en esto, es muy subjetiva. En un concierto cierras los ojos, si quieres, y no pasa nada. Es más, ayuda.

AM: ¿Qué falta en el espectáculo sinfónico hoy en día?

A.S.M.: Vivimos en una época en la que nuevos directores están apareciendo y van a cambiar la manera de afrontar la música en directo. La tradición debe permanecer pero con nuevas ideas.

AM: ¿Tanto confía en los jóvenes? Tienen un panorama duro con todo lo que se puede hacer ahora en el tiempo de ocio.

A.S.M.: Sí, pero nada como asistir a escuchar música en directo. No hay lata, disco, ni conserva que lo iguale. Nunca morirá, aunque necesitamos una nueva forma de relacionarnos con el público más joven.

AM: ¿Cómo?

A.S.M.: Con más cosas que ayuden a entender el hecho musical, charlas previas, el uso de internet, de los medios. Nuestro mundo debe encontrar la manera de relacionarse con el siglo XXI, con sus herramientas, sus posibilidades. Nadie quería discos compactos en los ochenta, y mire… Mire Von Karajan, que se anticipó a todo.


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