ANNE WIAZEMSKY: UN AÑO AJETREADO

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Tras haber protagonizado su primera película con Robert Bresson, después de tres encuentros fortuitos e infructuosos con Jean-Luc Godard, una jornada de junio de 1966 Anne Wiazemsky le escribió una breve carta en la que le decía que le había gustado mucho su última película, y le aseguraba también que amaba al hombre que se hallaba detrás de aquello, que lo amaba a él. Y, pocos días más tarde, Godard visitó a la jovencita de 19 años en Montfrin, donde Anne pasaba sus vacaciones en una hermosa villa junto a su amiga Nathalie. Era el inicio de un apasionado romance. Pero el verano llegó a su fin. Y para Anne comenzaron tiempos difíciles y excitantes: ¿cómo conciliar su intenso deseo por ese hombre singular, 17 años mayor que ella, con las exigencias de una familia autoritaria liderada por su abuelo, el escritor François Mauriac, que repudiaba la relación entre el cineasta y la joven? Porque éste es un relato de descubrimientos y de iniciación al sexo, al amor y a la vida adulta, pero también un peculiar, sugestivo fresco de la Francia intelectual antes del estallido del mayo del 68. Aquí las primeras páginas de Un año ajetreado.

Un día de junio de 1966, escribía una breve carta a Jean-Luc Godard, dirigida a Les Cahiers du Cinéma, rue Clément-Marot, París 8. Le decía que me había gustado mucho su última película, Masculino Femenino. Le decía también que amaba al hombre que se hallaba detrás de aquello, que lo amaba a él. Había actuado sin calibrar el alcance de ciertas palabras, tras mantener una conversación con Ghislain Cloquet, a quien conocí durante el rodaje de Al azar, Baltasar de Robert Bresson.
Trabamos amistad, y Ghislain me invitó a comer la víspera. Era domingo, teníamos tiempo por delante y fuimos a dar un paseo por Normandía. Llegado un momento, le hablé de Jean-Luc Godard, de lo mucho que lamentaba que se hubieran “frustrado” nuestros tres primeros encuentros. “¿Por qué no le escribe?”, preguntó Ghislain. Y ante mi expresión dubitativa, añadió: “Es un hombre que está muy solo, ¿sabe usted?” Luego se entretuvo recordándome lo distinta que era mi actitud un año atrás.
Jean-Luc Godard había acudido al rodaje de Baltasar invitado por la productora, Mag Bodard. Esta me había obligado a comer con ellos y yo había accedido de muy mala gana. Aunque sabía quién era, no había visto ninguna película suya, harta de las polémicas que suscitaba: en mi entorno, en la prensa, todo el mundo se creía obligado a defender o atacar su cine; resultaba impensable ignorarlo. Un año después, el recuerdo de aquella comida me avergonzaba un poco. Robert Bresson, a quien aquella visita importunaba, se había burlado mucho de él. Lo había hecho amparándose en su habitual cortesía, dándoselas de inocente y dirigiéndome sonrisas de complicidad.
Aquel mismo año tuvimos un segundo encuentro. Robert Bresson visionaba los copiones de su película en el laboratorio LTC, lo acompañé y lo esperé leyendo en el café de enfrente. Jean-Luc Godard entró, me vio y se dirigió directamente hacia mí, como si tuviese algo importante que decirme. Pero, tras unos minutos de silencio, me preguntó señalando mi libro: “¿Está leyendo usted el Diario del cazador?” “Sí.” “¿Le gusta?” “Sí.” Y reanudé la lectura sin prestarle más atención.
El tercer encuentro se remontaba al mes de junio. Yo había abandonado durante unas horas mi estancia en el campo, donde repasaba el examen de final de bachillerato, para acudir a casa de Roger Stéphane, quien, maravillado por Al azar, Baltasar, le dedicaba todo su programa de televisión Pour le plaisir. Entrevistaba a Robert Bresson, a mí, a distintos miembros del equipo y a un gran número de personalidades. Entre ellos, Jean-Luc Godard, contra el que tropecé bruscamente en la escalera del edificio, yo de bajada y él de subida. “¡Cretino! ¡Imbécil! ¡Estúpido!”, sin ver con quién me las tenía. Y, mientras me ayudaba a incorporarme disculpándose, murmuré: “¡Oh, perdón!” Acto seguido me escabullí, abrumada por mi timidez. Todo había cambiado desde que vi Pierrot el loco, cuya trágica belleza me sobrecogió. No fui a ver sus películas antiguas pero aguardé con impaciencia la siguiente.
Masculino Femenino fue el detonante. De modo totalmente irracional vi en ella una especie de mensaje dirigido a mí y lo contesté. Una vez enviada la carta, acudí, por primera vez en mi vida, al cóctel de la editorial Gallimard. Acababa de suspender el examen de filosofía de final de bachillerato y tenía que presentarme al oral de recuperación en septiembre. A pesar de ese fracaso y de mi timidez, experimentaba aquel día una extraña energía.
En el jardín se agolpaba un montón de gente, escritores que había visto en la televisión, algún amigo de mi familia, y muchos desconocidos. Por fortuna se hallaba presente Antoine Gallimard, con quien mantenía amistad desde mi adolescencia y que me ofreció una copa de champán. En voz baja me dio cuenta de quién era quién. La segunda copa de champán puso fin a mis miedos, y le pregunté con curiosidad si el hombre que estaba junto al bufé era Francis Jeanson. Antoine asintió.
Había oído hablar de Francis Jeanson a mi abuelo, François Mauriac, quien había evocado en diversas ocasiones su actividad durante la guerra de Argelia, su apoyo al FLN, la creación de una organización que ostentaba su nombre. Perseguido por la policía, finalmente había sido indultado y campaba a su antojo, como un hombre libre. Pero para mí Francis Jeanson era sobre todo un allegado de Sartre y de Simone de Beauvoir, a quien yo admiraba fervientemente desde los albores de mi adolescencia, desde la lectura de Memorias de una joven formal. Francis Jeanson le había dedicado obras que yo había leído. Sabía también que había enseñado filosofía en Burdeos. Este último extremo me decidió. Con una audacia de la que no me creía capaz, corrí hacia él para explicarle atropelladamente quién era y mi revés en el examen de bachillerato. Y concluí:
–Necesito que me dé clases de filosofía.
–¿Sólo eso?
Estaba un poco sorprendido.
–Sólo eso.
Intercambiamos nuestros teléfonos y me citó el 1 de agosto, en su casa de la rue Raynouard, en el distrito 16.
–Adiós, señorita.
–Adiós, señor Jeanson.
Tras estrecharnos la mano, Francis Jeanson reanudó la conversación que yo había interrumpido. De pronto me invadió un intenso cansancio, como si acabara de participar en una extenuante competición deportiva.
–¿Ya te vas? –preguntó Antoine.
–Sí.
–Te acompaño a la puerta.
Permanecimos en la acera ante el número 5 de la rue Sébastien-Bottin comentando nuestras inminentes vacaciones de verano. El iba a practicar la vela, a viajar; yo me marchaba dos días después al sur de Francia a ver a una amiga, para luego regresar a estudiar el 1 de agosto a París.
–Eres una caradura –dijo Antoine–, ¡mira que abordar a un hombre al que no conoces para pedirle que te dé clases de filosofía! –Y agregó, retomando una de sus bromas favoritas–: ¡Va a ser cierto que sólo te gustan los viejos!
Días antes ambos habíamos cumplido diecinueve años.

Libros recomendados del mes

Flores oscuras
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(Alfaguara)

Cosmología de la India
Juan Arnau
(Fondo de Cultura Económica)

Memoria de la inocente niña homicida
Isabel Camblor
(Pre-Textos)

Gallinas de madera
Mario Bellatin
(Sexto Piso)

Plano americano
Leila Guerriero
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En la casa de mi amiga Nathalie en Montfrin, el tiempo pasaba rápido. Madrugábamos mucho para participar en la recolección de melocotones, un trabajo agotador que me encantaba. Consistía en recoger los frutos y clasificarlos en diferentes cajas según el tamaño. Había que trabajar deprisa y con precisión, junto con una veintena de jornaleros. Me gustaba la luz dorada todavía tan suave de la mañana, el perfume mareante de los melocotones, el silencio concentrado de todos. Nathalie y yo poníamos todo nuestro empeño en no reducir el ritmo, en no charlar.
Por las tardes, descansábamos al borde de la piscina o, cuando apretaba el calor, en nuestros cuartos, con los postigos cerrados. La finca de la familia de mi amiga se hallaba situada a cierta altitud, con vistas a toda la comarca. Vivíamos en la mansión, que era un auténtico castillo del siglo XVIII, parecido a los castillos de los cuentos de hadas de mi infancia. No me cansaba de visitar las numerosas estancias y de hurgar en la biblioteca. La encargada de la casa nos preparaba las comidas, y las tomábamos solas en el imponente comedor.
Una noche, a eso de las diez, sonó el teléfono, que estaba en el vestíbulo, lejos del salón donde nos habíamos quedado. Nathalie salió a contestar, y gritó mi nombre. Ponía una cara muy rara cuando me alargó el aparato.
–Dice que es Jean-Luc Godard –murmuró incrédula.
La voz, al teléfono, era la suya, pero pensé que era una broma de Antoine, o de algún amigo nuestro, pues teníamos la edad y la costumbre de gastárnoslas. Sin embargo, la voz daba precisiones. Mi carta había llegado efectivamente a Les Cahiers du Cinéma, y el que mi interlocutor hubiera tardado en contestarme se debía a que estaba en Japón. Yo había olvidado poner mis señas y mi teléfono. El había llamado de inmediato a la productora Mag Bodard, y luego a mi domicilio. Mi madre le había contestado “que yo me hallaba en algún lugar del Sur y que era difícil contactar conmigo”. Godard había insistido mucho asegurándole que era muy importante y que, aun siendo las diez de la noche, tenía que hablar urgentemente conmigo. Mi madre acabó cediendo no sin reticencias.
–Necesito verla mañana. ¿Dónde está? ¿Dónde podemos encontrarnos?
Le pasé a Nathalie, en mejores condiciones que yo para contestarle. Se lo explicó: avión hasta Marsella, alquilar un coche, dirección Aviñón, después aparecía indicado el pueblecillo de Montfrin. Volví a coger el teléfono.
–Dígame algún café o restaurante donde podamos vernos.
Como nunca me movía del castillo, no conocía ninguno.
–Pues entonces en el ayuntamiento. Todos los pueblos de Francia tienen un ayuntamiento.
Lo oí calcular en voz baja.
–Mañana a las doce. –Y añadió antes de colgar–: Delante del ayuntamiento, no lo olvide.
Nathalie y yo nos miramos en silencio. La radio, en el salón, difundía un vals de Strauss y, bruscamente, arrastrándonos la una a la otra, nos pusimos a bailar como locas en el vestíbulo desierto, riéndonos hasta saltársenos las lágrimas, de alegría, de impaciencia, de nervios, no sabíamos de qué.
Sí, allí estaba, a las doce, delante del ayuntamiento, vestido de calle, con un libro en la mano. Unas gafas de sol le ocultaban en parte los ojos pero mucho menos de lo que decían los periodistas. Lo veía chispear de alegría, una expresión acorde con su sonrisa franca e infantil. Nathalie y yo nos habíamos separado un cuarto de hora antes con la sensación de que comenzaba un día importante.
–Me ha dado tiempo de echar un vistazo por aquí, no hay nada… Lo mejor sería comer cerca de Aviñón. ¿Tiene usted hambre? He alquilado un coche.
Habló mucho durante el trayecto, como si le diera miedo el silencio. Me pareció entender que se disponía a rodar dos películas a la vez, pero cuando quise preguntarle, había cambiado ya de tema: ¿cuáles eran mis escritores preferidos? ¿Me gustaba Mozart? El saber que me dedicaba a recoger melocotones antes de empezar a estudiar filosofía pareció interesarle especialmente.
En el restaurante, mientras que yo me puse a estudiar la carta con voracidad, él pidió lo primero que vio. Nos mirábamos a menudo pero nunca abiertamente, siempre de soslayo. En cuanto yo notaba clavarse sus ojos en mí, apartaba los míos y a la inversa. No era por hipocresía, era un juego entre su pudor y el mío. Me sentía feliz y sabía que él también lo estaba. Era una sensación sutil pero que fue acentuándose con el paso de las horas.
Al salir del restaurante, deslizó el brazo bajo el mío. A ambos nos parecía natural deambular el uno junto al otro por las calles de aquel pueblo próximo a Aviñón. ¿Nos tomaba la gente con la que nos cruzábamos por una pareja? Ni lo sabía ni me lo planteaba. Unicamente pensaba en disfrutar del placer que sentía notándolo pegado a mí, oyéndolo hablar, porque hablaba y hablaba…
En una tienda de discos, me regaló unos cuartetos de Mozart; en una librería, Nadja de André Breton. Me habría hecho más regalos si no le hubiera pedido que dejara de hacerlo, incómoda de pronto por tan excesiva generosidad. Pero se acercaba el momento de su regreso a París, tenía que dejarme en Montfrin para luego trasladarse al aeropuerto de Marsella.
En el coche, aquella deliciosa sensación de felicidad se perdió. El callaba, y yo no sabía qué decir. Se había instaurado entre ambos un pesado silencio. El no apartaba la vista de la carretera y yo contemplaba el paisaje. Me daba la sensación de que entre nosotros se había interpuesto algo irremediable que lo había echado todo a perder, y de que lo veía por última vez.
Detuvo el coche en la terraza en forma de media luna, junto a la mansión, tan brutalmente que estuve a punto de golpearme contra el parabrisas. Después soltó el volante y me estrechó en sus brazos. Murmuraba que le resultaba dolorosísimo separarse de mí, que no podía ya plantearse una vida sin mí, que, que… Lo interrumpí: “Vuelva.” “Sí.” Depositó un casto y rápido beso en mi mejilla y me apeé de inmediato, azorada y con el corazón más acelerado que nunca.
Durante tres días recibí varios telegramas en los que me repetía lo que me había murmurado en el coche. Yo los leía una y otra vez. Casi todo se volvía confuso, irreal.


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