ANTIAMERICANISMO: CAMBIAR LA IMAGEN

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La imagen negativa que el mundo tiene sobre Estados Unidos ha crecido en los últimos años de un modo vertiginoso. Las causas: la política exterior y su unilateralidad en la guerra contra el terrorismo. Pero esto no es todo: el recelo y la crítica hacia el país se expanden más allá de sus políticas, implicando algunos de sus valores más tradicionales, como la democracia y la difusión de sus ideas y costumbres. El desafío del nuevo presidente será recuperar la imagen de la nación y con ella su poder de atracción para con los otros protagonistas del escenario internacional.

Texto: Matías Franchini / Fotos: AFP

Si uno se topara por casualidad con un habitante cualquiera de este mundo y lo asaltara una súbita e improbable necesidad de preguntarle sobre la imagen general que tiene de Estados Unidos, sobre la capacidad de liderazgo en asuntos mundiales del presidente George W. Bush, o sobre algunas de las políticas centrales de su agenda –como Irak, la guerra contra el terrorismo, Corea del Norte o la cuestión ambiental–, lo más probable sería que éste respondiera con visiones negativas sobre cada una de ellas. Es más, posiblemente sería más duro con Estados Unidos de lo que hubiera sido 5 años atrás, e incluiría tal vez alguna preocupación por el grado de “americanización” de su sociedad. No obstante crítica, su percepción no nos sonaría del todo extraña y definitivamente estaría en línea con la opinión de millones de habitantes de la Tierra. Y es que en los últimos tiempos el sentimiento antiamericano (muchas veces más ligado a los actos de su gobierno que a la consideración que se tiene de la sociedad misma) viene creciendo en forma sostenida y sistemática en casi todas las regiones del globo. Lo que plantea un fenómeno interesante para analizar y a la vez un desafío fuerte para el próximo líder de la nación.

IMAGEN EN CAIDA LIBRE

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Antiamericanismo.

El surgimiento y vigencia de los sentimientos negativos alrededor de Estados Unidos tienen que ver, como muchos se imaginarán, con el papel protagónico que éste desempeña en el sistema internacional: rol de potencia y antiamericanismo parecen ser caras reversas de la misma moneda. De esta forma, no es de extrañar que haya un relativo consenso alrededor de la apreciación de que las primeras expresiones de antiamericanismo hayan surgido sobre fines del siglo XIX justamente con la expansión de la presencia estadounidense en los escenarios internacionales. Desde aquellos tiempos, este sentimiento ha sufrido fluctuaciones y variado en intensidad pero ha estado siempre presente. Por dar un ejemplo, citemos al investigador William Chislett: “En el caso de España, habría que distinguir entre el antiamericanismo conservador del régimen de Franco, que rechazaba los valores democráticos, de tolerancia y de libre mercado de Estados Unidos; un antiamericanismo nacionalista al margen de las clases y de los partidos políticos, como resultado de los acuerdos de 1953; y el antiamericanismo de izquierda, proveniente del apoyo de EE. UU. a los dictadores de América Latina, de la Guerra de Vietnam y de otros elementos. Habría que hacer tal vez también una distinción entre `antiamericanismo´ y `antiBushismo´”. Así, el antiamericanismo se refiere básicamente a la imagen negativa que el mundo y sus regiones puedan tener sobre Estados Unidos en general, visión contraria que ha venido extendiéndose y profundizándose claramente en los últimos 5 años, después de una década de 1990 relativamente favorable y de la especie de tregua que siguió a los ataques del S-11 y se extendió hasta la intervención en Irak. Según dos estudios importantes tomados de aquí en adelante como referencia (Pew Research Center (2007). The Pew Global Attitudes Project; BBC World Service Poll (2007). World View of US Role Goes From Bad to Worse), la mayoría de los países medidos han degradado la imagen que tienen de Estados Unidos en el último lustro. Según la encuesta de Pew Research Center (PRC), en 26 de los 33 países donde es posible trazar una trayectoria desde 2002, ha caído la visión favorable a la nación. Algo similar muestran los datos de la BBC, ya que en los 18 países observados entre 2005 y 2007 ha disminuido en 11 puntos promedio la porción que considera que el país está teniendo una influencia especialmente positiva en el mundo; mientras, ha crecido en 6 puntos la porción que la considera negativa. Esta caída generalizada de la imagen norteamericana se produce en casi todas las regiones del mundo, con la excepción notable de Africa subsahariana, donde los niveles de popularidad de Estados Unidos son notablemente altos. Cae entonces la consideración entre algunos de sus importantes aliados: Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Turquía y Pakistán. Se desploma también su imagen en América Latina (aun cuando la mayoría en 4 de los 7 países cotejados por PRC la consideran favorable), en Medio Oriente y en Europa, tanto la “vieja” como la “nueva”. La situación tampoco es buena en Asia, y mucho menos en el mundo musulmán, donde Estados Unidos permanece ampliamente impopular. Este creciente antiamericanismo se refleja en la progresiva y sistemática desaprobación global de los pilares de la política exterior: Irak, Afganistán, guerra contra el terror, política en Medio Oriente, Corea del Norte o Irán, y de otros tópicos considerados menores en su agenda como el tratamiento de los presos en Guantánamo o el calentamiento global. Lo que ha llevado al director del Programa sobre Actitudes Políticas Internacionales (PIPA, por sus siglas en inglés, uno de los organismos responsables por el estudio de la BBC), Steven Kull, a decir que “de acuerdo a la opinión pública mundial, en estos días el gobierno de Estados Unidos parece difícilmente capaz de hacer algo bien”. Según el estudio del PRC, en 30 de los 34 países medidos desde 2002, no se apoya la guerra contra el terrorismo y sólo en 16 de los 47 países relevados cuenta con la confianza de al menos la mayoría; en 43 de ellos una gran parte considera que deberían retirarse las tropas de Irak y 32 de los 47 que deberían hacerlo de Afganistán. Las conclusiones del trabajo de la BBC van en la misma dirección, el promedio de los 25 países encuestados muestra niveles de desaprobación altos para la forma en que el gobierno de Estados Unidos maneja el programa nuclear de Corea del Norte (54%), el programa nuclear iraní (60%), el calentamiento global (60%), el tratamiento de los detenidos en Guantánamo (67%) y la guerra en Irak (73%). Particularmente resistida a nivel global es la presencia militar en Medio Oriente, donde la gran mayoría considera que genera más inconvenientes de los que soluciona. Esta desaprobación general de la política exterior incluye la creencia fuertemente diseminada de que el país actúa unilateralmente en la arena internacional, sin reparar en otras naciones a la hora de decidir o actuar. Esta apreciación es particularmente prevaleciente en Europa y muy común en Medio Oriente, Asia y en menor medida en Latinoamérica. Africa, como en otros casos, es la excepción. Como singularidad cabe resaltar que también esta apreciación está ganando adeptos entre los propios norteamericanos. El sentimiento creciente de crítica hacia Estados Unidos se expande sin embargo más allá de sus políticas, abarcando algunos de sus valores más tradicionales, como la democracia y la difusión de sus ideas y costumbres. En este sentido, según el PRC, en casi todos los países las ideas norteamericanas sobre democracia han perdido apoyo, lo que probablemente esté atado a la percepción mayoritaria que se tiene sobre la forma en que el gobierno la promueve: buscando más su propio interés que la promoción del ideal mismo. También aumenta la preocupación global por la diseminación de las ideas y costumbres norteamericanas, sentimiento de todos modos ya ampliamente visible en las mediciones de 2002. Otra vez de acuerdo a los datos del PRC, en 37 de los 46 países medidos, al menos el 50% dijo que es malo que este fenómeno de “americanización” se produzca en sus sociedades. Esta opinión generalizada muestra de todos modos alguna contradicción si se la compara con la creencia que se tiene de algunas expresiones y vehículos culturales como la televisión, películas o música norteamericanas, tenidas en alta estima por la mayoría de los países estudiados. Lo que equivale a conjeturar que en ciertas ocasiones el juicio abierto proviene de sociedades que estiman la cultura del entretenimiento como estandarte de lo “cultural” y no tanto los bienes culturales en sí. Por lo que se supone que se trata de pueblos subyugados con la cultura de masas norteamericana, y por ende, imbuidos en una mirada ombliguista del asunto. Finalmente, una última referencia sobre las expresiones del antiamericanismo muestra cómo buena parte del mundo considera que las políticas estadounidenses incrementan la brecha entre países pobres y ricos, contribuyendo a la inequidad global (más del 50% en 32 de los 47 países, siguiendo a PRC); y cómo, en medio de un proceso de toma de conciencia global por los problemas ambientales, Estados Unidos es el país más frecuentemente culpado por las agresiones al medio ambiente.

ORIGENES Y DESAFIOS

Según lo demuestran los datos anteriores, el sentimiento antiamericano crece en todo el mundo, de forma generalizada y en algunas regiones de manera vertiginosa, de modo que la pregunta sobre el origen de esta tendencia se impone fácilmente. Como respuesta, los estudios parecen referirse a la política exterior norteamericana como fuente primordial de su mala imagen, y hay una especie de consenso entre los analistas en relación a que la guerra contra el terrorismo, y sus intervenciones directas en Afganistán e Irak, han sido centrales para la fuerte caída de la imagen de Estados Unidos. Es probable que entre las fuentes del antiamericanismo haya también lugar para los prejuicios, preconceptos y falta de conocimiento. Es decir, que buena parte de la imagen de Estados Unidos, sus acciones y su cultura deriva de conclusiones ya sacadas y tomadas por ciertas. En este sentido, el estudio de PRC refuerza este argumento al mostrar que, consistentemente, aquellos ciudadanos que han viajado a EE. UU. tienen una opinión más favorable sobre el país que aquellos que no lo han hecho, y lo mismo sucede con los que tienen familiares o amigos en el país que regularmente llaman, escriben o los acogen. Se puede concluir entonces que probablemente el mundo sepa poco de Estados Unidos, y base sus opiniones en lo más externo de su comportamiento como política gubernamental y en una especie de tradición aprendida sobre lo que el país es en general. Podría pensarse incluso, exagerando los límites de la imaginación, que Estados Unidos tiene poco que ver con la visión que de él tiene la opinión mundial. Pero aun cuando todo sea un error de percepción, se sabe que en política las percepciones pesan tanto como las realidades. Y nos encontramos entonces con un punto central: justificado o no, el sentimiento antiamericano existe, es fuerte, y ha venido creciendo en los últimos años, y plantea un desafío enorme para el próximo gobierno, al margen de lo sólido o endeble de los argumentos que lo respaldan. Es un tema vital no porque la imagen positiva sea un valor per se y sea deseable para los Estados contar con una alta consideración internacional sólo por tenerla, sino porque una mala imagen genera presiones en los mercados políticos locales, donde Estados Unidos, como trascendental protagonista del sistema internacional, suele recurrir en busca de cofrades. En defi nitiva, cuanto peor es la imagen de Estados Unidos en un país o región, más elevado es el costo para los gobernantes locales de apoyarlo y mayor, por ende, el esfuerzo diplomático, económico, militar o de cualquier otro tipo. Las diferencias en los procesos que llevaron a las intervenciones militares en Afganistán y en Irak ilustran este punto. Como conclusión podemos decir que la imagen (o reputación) de un país juega un papel central a la hora de determinar su capacidad para alcanzar objetivos y obtener apoyos sin recurrir a la fuerza o a la coerción. Es lo que el académico y ex asistente de la Secretaría de Defensa, Joseph Nye, ha denominado “soft power”. Como es de suponer, este tipo de poder es más efectivo y menos dañino que su contraparte más directa llamada “hard power”. Sin embargo, basado en la capacidad de atracción de las políticas aplicadas y en los valores que bajo ellas yacen, una caída en la imagen del país redunda casi necesariamente en una disminución de su “soft power”. En este sentido, Estados Unidos está perdiendo esta capacidad progresivamente en casi todas las regiones del mundo y entre sus grandes aliados. Al margen del evidente problema inmediato que esto plantea dada la cargada y complicada agenda internacional, también problemático es el hecho de que la recuperación de este poder persuasivo es extremadamente arduo, ya que depende de la confi anza en la nación y de la legitimidad de sus políticas, algo que es muy difícil de construir y lleva su tiempo. La tarea de los actuales y futuros líderes de Estados Unidos, los enfrentará con el tan duro como necesario trabajo de recuperar la imagen del país y con ella su poder de atracción para con los otros actores del escenario internacional. Está claro que de no hacerlo queda siempre el camino del unilateralismo, cuyos resultados (que dejamos a criterio del lector) han quedado más que expuestos en los últimos años.


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